Palahniuk y la literatura posmoderna: Es Insoportable Ser Quienes Somos

Creo que existe, en el cúmulo de obras que se denominan posmodernas, una distinción importante que practicar: hay algunas que pretenden encarnar en sí mismas el núcleo medular del posmodernismo (sea cual sea ese núcleo, incluso la ausencia de núcleo) y hay otras que intentan reflexionar sobre los tópicos de ese núcleo. Dicho de modo más simple: algunas obras escriben el posmodernismo y otras escriben acerca de él.

Eres hermosa o cómo consumirse de placer según Palahniuk

Admitida esta distinción, las novelas y los relatos de Chuck Palahniuk se ubican en el segundo grupo. Quiero decir: las novelas de Palahniuk no emplean con tanto rigor los procedimientos literarios posmodernos sino que discurren desde formas más bien ortodoxas de narración sobre los tópicos neurálgicos de la posmodernidad. Por supuesto que Palahniuk no narra en forma lineal como Balzac o Melville, pero ¿cuál es la sorpresa al hallar recursos de estilo tales como la dispersión temporal, el cambio de narrador o el monólogo interior en torrentes? Esos recursos siquiera son posmodernos, pertenecen de pleno derecho a la modernidad decadente. Sí resulta sugestivo, en cambio, la insistencia de Palahniuk respecto a las premisas capitales de la posmodernidad; es allí, en el tratamiento punzante y exhaustivo de dichas premisas, en donde radica la nota específica de sus narraciones.

“Cuando los pájaros se comieron mi cara…”

Monstruos invisibles (1999) no es, ni por asomo, la mejor novela de Palahniuk. La afamada Figth Club, Diario: Una novela o Rant, entre las que leí del autor, son indudablemente más relevantes. Pero me propongo escribir sobre Monstruos invisibles porque en ella se trasluce de modo asfixiante la obsesión del autor en lo tocante a los tópicos posmodernos, particularmente la fragmentación, la despersonalización, la ascensión de la belleza como modelo de éxito y el travestismo como forma vital de rehuir a cualquier esencia definida de antemano, a cualquier clausura.
Shannon, la protagonista de la novela, es una joven hermosa que se paga sus caprichos con desfiles y sesiones de fotos; cuenta además con un apuesto novio, un hermano homosexual y conjeturalmente muerto, una amiga con la que se envidia mutuamente y una pareja de padres conservadores y lunáticos que la desprecian frente al fantasma de su hermano. Puesto que estas palabras no aspiran a la reseña – para eso, estimados lectores, existen las contraportadas de los libros – no es mucho más lo que diré sobre la trama de la novela. Palahniuk, por lo demás, ralenta y acelera el argumento de forma tal que hace improcedente cualquier cotejo; va y viene en el tiempo con violencia, remite a una escena y a otra con una fugacidad que, al menos en algunos pasajes, parece colocar al lector como frente a un álbum de fotografías familiares interminable y anárquico en lo cronológico. El mismo narrador de la novela lo aclara al comienzo: “No esperéis que esta sea una de esas historias que dicen: y luego, y luego, y luego

Una palabra más sobre los acontecimientos: un infortunio le borra la cara a Shannon y le quita el habla en apenas minutos.

Entrevista radiofónica a Chuck Palahniuk

Emmanuel Levinas, en Totalidad e Infinito afirma que el encuentro con el Otro, con eso/e Otro asimétrico, irreductible a lo mismo, se evidencia en una epifanía del rostro que nos expone al Otro mientras ese Otro (rostro) nos muestra su aspecto más desnudo y vulnerable. Pero a su vez es dicho rostro ajeno el que nos dice un “¡No matarás!” que podría traducirse por un “¡Jamás te desligarás de tu responsabilidad por mí!”. La destrucción facial de Shannon, que en principio apunta a la devastación de su belleza (sea quien sea el causante del ataque; allí se juega la novela entera por cierto) en verdad la libera de su presencia en esta tierra, en el enardecido tablero de luces y vacío en que devino la tierra. “Los pájaros me comieron la cara” repite Shannon una y otra vez. A partir del “accidente” debe vagar por la vida escondiendo el estropicio que tiene por cara tras metros y metros de seda fina, pero desde allí, desde ese disfraz ineludible y excesivo, ya no tiene la necesidad de interpelar a nadie con su rostro ni tampoco la obligación de responder por lo demás. Shannon, sin rostro, puede dejar de ser otro para alguien, puede dejar de ser quien era, puede incluso liberarse de ser en varios de los sentidos posibles, pero igualmente no puede escapar de ser-algo; aún siendo nada está condenada a ser algo. De allí la claustrofobia, la asfixia posmoderna que tanto nos sabe a subterráneo atestado o a canción de Radiohead.

No hay salida alguna

“…no puedes huir del mundo y no eres responsable de tu aspecto, de si eres bellísima o más fea que un cardo. No eres responsable de lo que sientes ni de lo que dices ni de cómo actúas ni de lo que haces. Nada de eso está en tus manos (…) Todo lo que puedas concebir está bien porque puedes concebirlo. No puedes imaginar el modo de escapar. No hay salida alguna

El omnipotente sujeto moderno, tan centrado siempre, tan monolítico, racional y calculador, queda hecho trizas. Claro que esas trizas se notan. Y lo hacen en una suerte de “angustia heideggeriana invertida”. Me explico: Heidegger señaló a la angustia como indicador cardinal de la existencia propia del Dasein, es decir, únicamente la angustia de no ser nada definido, de no tener ninguna esencia fija, pone al ser humano en camino de una existencia propia, en rigor, de una existencia. La angustia que propone y describe Palahniuk – una constante en sus novelas dicho sea de paso – parece flirtear a ratos con el concepto heideggeriano pero enseguida se aleja en tanto des-responsabiliza al hombre de sus propios actos y pensamientos, mientras que en Heidegger la angustia es de alguna manera la señal del proyecto que somos y también el comienzo de la responsabilidad por quiénes podemos ser. En este sentido puede palparse en Monstruos invisibles la rendición de aquel sujeto moderno – ciertamente pre-heideggeriano – a manos de una inercia frenética que sin embargo (y aquí, en esta paradoja, se halla otro de los nudos gordianos de la posmodernidad) es fruto de la más categórica repulsa en relación con la tradición previsora y autosuficiente. Leemos: “Lo mejor es no oponer resistencia, sino dejarse ir…cuando luchas contra algo, ese algo se vuelve más fuerte” Pero también leemos, apenas tres líneas después: “No hagas lo que quieres. Haz lo que no quieres. Haz lo que te han enseñado a no querer”.

Vivir en contrasentido

Lejos me encuentro aún de poseer una opinión “definitiva” sobre la posmodernidad; no sólo en lo que tiene que ver sino también respecto a su propia existencia. Existen derivas de las proposiciones posmodernas que me repugnan y hay otras que me agradan; algunas siquiera entiendo a qué apuntan y algunas me resultan innegables. Pero más allá de cualquier juicio de valor, estimo que la posmodernidad logra reflejar un “sentimiento” que en verdad considero como una pauta ontológica universal: la vida es una paradoja, un inmenso contrasentido que se desgañita precisamente en la búsqueda de algún sentido que le permita continuar adelante. No afirmo que todo es lo mismo y que a partir de la aludida falta de sentido cualquier conducta valga igual que las demás. Justamente esa es una de las derivas que aborrezco de ciertos popes posmodernos. La vida individual puede tener un “objetivo” o una “línea de conducta” a seguir, pero eso no implica un sentido. El sentido es colectivo, genérico, universal, y se basa en alguno de los discursos que nos hemos sabido dar a través de la historia y de la cultura. Pues bien, la posmodernidad expone la vida en esa constante paradoja que resulta de imprimirse un sentido a sí misma, a los objetos y a los otros, sentido que se cae en cuanto esa misma vida comienza a vivir, en cuanto abandona el temor de lo previsible y lo conmensurable, sentido que siempre se cae en cuanto se lo quiere desplegar.

Una inmensa libertad que no produce cosa alguna sino asfixia, una terca resistencia que no hace otra cosa que reproducir lo resistido con atavíos más coloridos u osados. Una belleza tan optimizada que abomina de sí misma, una experimentación química y psicotrópica que acaba en asquerosa rutina. La vida transmutada en paradoja, el contrasentido devenido vida. De esa conmoción está hecha Monstruos invisibles.

Claro que la paradoja persistente enloquece a cualquiera, claro que vivir en contrasentido irrita, delira, enajena. Es que los perros de la racionalidad y de la herencia ladran, nos persiguen con sus fauces babeadas y ávidas clamando por un poco de realidad, por el alzamiento de un decorado tieso y estable del cual sujetarse. El desafío intelectual de la posmodernidad no es otro que pensar con los perros detrás sin hacer caso de ellos; ya no parece que debamos aguzar nuestras mentes para pensar un sentido, una realidad o un telos del cual luego se deduzca todo el resto del equipaje físico y metafísico sino más bien endurecerla para poder pensar (con otro modo de pensar, de más está decirlo) qué se hace con el sinsentido, la ausencia de realidad y la imposibilidad de cualquier fin. Puede verse esta tarea como una faena especulativa devaluada, de hecho ¿quién podría ser el Aristóteles, el Hegel o el Freud de nuestro tiempos?; o puede considerarse también como parte de una comodidad general que al tachar el cogollo de cualquier despliegue ontológico anula también las exigencias de verdad, corrección o criterios impolutos. Por mi parte, no sé si la posmoderna es una empresa más o menos difícil que la construcción de un sistema íntegro e impenetrable; no sé siquiera si es una empresa. Lo que sí creo es que no toda cuestión en la vida intelectual se mide por la mayor o menor dificultad que conlleva sino por la honestidad y la libertad – además de la lucidez o la genialidad, claro está – con que es encarada. Basta con ver los baldazos de mierda y los cuchillazos que los propios genios han propinado a sus ideas con el fin de instituirlas en sistemas para convencerse de ello.

“¡Dame algo en este puto mundo que sea exactamente lo que parece!” clama Shannon mientras los cuerpos y los espíritus de todos los que la rodean – y de ella misma – se trasvisten. Ese parece ser el aullido último y esencial de la posmodernidad; son los fantasmas de la vieja e inaugural parcelación de lo real y lo aparente. Allí, en ese dilema, se juega todo el caldo posmoderno, tal como lo piensa Shannon: “Como si por el hecho de huir no tuviésemos que seguir adelante con nuestras vidas”. Mome  (La periódica revisión dominical)

Los antihéroes de Rubem Fonseca

“Mis pasiones duran poco, pero son fulminantes” (RUBEM FONSECA)

La gran aceptación de la obra de Fonseca es indiscutible no sólo en el ámbito del idioma portugués, sino también en el de otras lenguas, como revelan las numerosas traducciones que se han hecho de sus cuentos y novelas. Una amplia obra literaria que ha contribuido decisivamente a la renovación de la prosa narrativa brasileña, caracterizada por una manera de contar que aprovecha y reelabora formas provenientes de la literatura popular como la novela negra, y también las de la novela política, la social, la existencial y la erótica. Su mundo está poblado de personajes –auténticos antihéroes– extraídos de la realidad más sórdida, aunque tratados con una compasión y un humor exquisitos. En el  siguiente artículo –publicado originalmente en la revista “Letras Libres”– Javier Aparicio Maydeu, profesor universitario  y prestigioso crítico literario, nos acerca a la magistral obra del autor brasileño.

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No lees el “Ulises” de Joyce porque no quieres

Marco Antonio de la Parra (otoño de 1996)

En un fin de siglo que parece desacreditar la experimentación de las vanguardias, sobre todo en el terreno de la novela, este ensayo propone la lectura o relectura de Ulises —desgastado por la proliferación de bibliografía analítica y por la fama— para rescatar su valor literario supremo, su vastísima influencia en la novelística posterior y su infinitud de logradas audacias formales, de hallazgos estéticos, sicológicos, lingüísticos, y de motivos de placer para los lectores.

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John Dos Passos escribe un fresco puntillista de la gente corriente de Manhattan

John Dos Passos, de origen portugués; seis pies de talla, desgarbado, miope, hizo sus estudios en la Universidad de Harvard. A poco de graduarse fue por primera vez a España. Luego, cuando los Estados Unidos entraron en la I Guerra Mundial, sirvió en el frente hasta que se firmó el armisticio.

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Dos Passos (1896-1970), ha sido considerado como un escritor representativo de la llamada generación “perdida”, o “maldita”, cuyas novelas, amargas y profundamente impresionistas atacan la hipocresía y el materialismo de los Estados Unidos entre las dos guerras mundiales y tuvieron una honda influencia en varias generaciones de novelistas europeos y estadounidenses. John Roderigo Dos Passos nació en Chicago (Estados Unidos), el 14 de enero de 1896.

Dos Passos fue miembro de la denominada Generación Perdida, en donde también se incluyen autores como Ernest Hemingway o Francis Scott Fitzgerald. Su estilo se encuadra en el realismo de la Escuela de Chicago, en el cual se desmitifica el sueño americano desde una gradación expresionista y una tonalidad desilusionada y pesimista.

Tras publicar en 1919 una novela de carácter autobiográfico, La iniciación del hombre, el éxito, aunque modesto,  le llegó con su segundo libro, Tres soldados (1921). Mucha más repercusión tuvo  posteriormente  uno de sus títulos clave, Manhattan Transfer (1925). Además de las obras  citadas, sus novelas más significativas son El paralelo 42 (1930), 1919 (1932) y El gran dinero (1936), tríada de novelas que componen la llamada Trilogía USA. Tampoco son desdeñables Hombre joven a la aventura (1939), El número uno (1943) y El gran proyecto (1949), títulos estos últimos que integran también otra trilogía, la denominada Distrito de Columbia.

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Juan Benet antepone el estilo al argumento, en la novela

” Para llegar a Región hay que atravesar un elevado desierto y el viajero en un momento u otro conocerá el desaliento al sentir que cada paso hacia adelante no hace sino alejarlo un poco más de aquellas desconocidas montañas. Y un día tendrá que abandonar el propósito y demorar aquella remota decisión de escalar su cima más alta…o bien -tranquilo, sin desesperación, invadido de una suerte de indiferencia que no deja lugar a los reproches- dejará transcurrir su último atardecer, tumbado en la arena de cara al crepúsculo, contemplando cómo en el cielo desnudo esos hermosos, extraños y negros pájaros que han de acabar con él, evolucionan en altos círculos“. (Volverás a Región, fragmento)

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Calificado por sus propios compañeros escritores como uno de los más influyentes en la moderna novela española que aparece en los años 60 y 70 del siglo pasado, Juan Benet Goitia (Madrid 1927-1993), de profesión ingeniero de caminos, es, además de un gran estilista, alguien capaz de inventar un territorio, el de Región, donde transcurre una de su obras más conocidas, Volverás a Región. Con ello, logra emular a su admirado William Faulkner creador de Yoknapatawpha o a escritores en castellano, como Juan Carlos Onetti que inventa otro territorio, la ciudad de Santa María, como espacio de alguna de sus novelas.

Benet se encuentra entre los escritores más fervorosamente reivindicados por muchos novelistas actuales como una referencia obligada de la literatura española contemporánea y cuya obra ha tenido una influencia ampliamente reconocida en la evolución de la novelística moderna española, aunque  es cierto que otros escritores se han opuesto a sus juicios sobre la construcción y desarrollo de la novela como obra. Continue reading “Juan Benet antepone el estilo al argumento, en la novela”

El clasicismo de los poemas de Pierre Louÿs frente al erotismo explícito de sus novelas

Reconocido por un estilo refinado y una sensualidad pagana, Pierre Louÿs es autor de una obra caracterizada por una moral alternativa que podría incomodar inclusive a algunas de las conciencias libertinas del siglo XXI. Su obra puede ser una linterna para explorar el lado más oscuro de la sexualidad.

Ilustración de Georges Barbier para Bilitis
Ilustración de Georges Barbier para Bilitis

Literato, escritor, poeta, crítico, lingüista, esteta, dandy o fotógrafo, Louÿs era además amigo, entre otros, de Debussy, Mallarmé o Apollinaire. Los estudiosos colocan su Manual de urbanidad para jovencitas (verdadero extracto civilizador) y su novela Trois filles de leur mère (inédita en español), como sus obras cúspides y sediciosas. Óscar Wilde apuntó sobre él: “es demasiado bello para ser un hombre, que se cuide de los dioses”. Continue reading “El clasicismo de los poemas de Pierre Louÿs frente al erotismo explícito de sus novelas”

Gide se disculpa con Marcel Proust por haber rechazado “À la recherche…”

A finales de 1912, Marcel Proust ha terminado À la Recherche du Temps Perdu —dos manuscritos de 550 páginas— y comienza  a buscar un editor. Recibe respuestas negativas de Le Mercure de France y Fasquelle, de modo que envía el manuscrito a su admirada La Nouvelle Revue Française (NRF).

Retrato de Mme. Georges Bizet, nacida Geneviève Halévy, por Delaunay (1878). Ella inspiró parcialmente el personaje de Odette.

El comité de lectura de ésta se reúne y discute el manuscrito propuesto. Alguien corta el debate con la siguiente frase: «C’est plein de duchesses, ce n’est pas pour nous». Por el peso de su autoridad en la NRF  y por el texto de una carta que dirigió a Proust, cuyo texto publicamos a continuación, es a André Gide a quien se atribuye la monumental equivocación.

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El manuscrito inacabado de Alejo Carpentier

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Verídica historia. Así debía llamarse la novela que Alejo Carpentier dejó inconclusa y en la cual trabajó hasta el día de su muerte. El título y el asunto de esta novela inédita e inacabada (cuyo protagonista es el cubano Paul Lafargue, yerno de Karl Marx y diputado socialista en Francia) constituyen una ilustración evidente del método de trabajo documental y de la concepción de la literatura asumida por Alejo Carpetier. Inscrita temáticamente en la zona de confluencia entre Europa y América, elaborada a partir de materiales históricos. Verídica historia implica, como el resto de la obra narrativa de Carpentier, una profunda reflexión sobre el estatuto y la condición del hombre y del mundo latino-americanos. Porque la producción literaria del cubano es un inmenso fresco donde aparecen retratados los múltiples sesgos de un continente, con sus vicisitudes históricas y culturales; en toda ella percibimos la conjunción de una vasta erudición en el dominio artístico y un apego a una realidad de base gracias a la presentación de personajes y sucesos históricos que, sabiamente reelaborados y reconstruidos, ofrecen una interpretación, una explicación, del pasado y presente americanos.

Esta preocupación por la historia, por entregar una imagen fidedigna del hombre y del mundo ligada a la naturaleza y a la praxis social no significa, sin embargo, en la obra de Carpentier, una reproducción estática, un reflejo inanimado de la realidad que sirve de soporte. El referente histórico es punto de partida y de llegada, pero en medio y a través de él se despliega todo un fastuoso universo de ambientes y paisajes, de símbolos y alegorías, de reflexiones e interrogantes que moldean, enriquecen y dinamizan los elementos contextuales específicos.

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Paul Bowles, bajo la sugestiva influencia de la ciudad internacional de Tánger


 

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Catorce años después de la muerte de Paul Bowles (Nueva York, 1910 – Tánger, 1999), la editorial Galaxia Gutemberg rescata un puñado de textos inéditos y dispersos del legendario narrador estadounidense. ‘Desafío a la identidad. Viajes 1950-1993′ desvela algunos secretos de este exquisito nómada que con Salinger y Capote conforma un trío áureo de las letras estadounidenses del siglo XX.

La mayoría son textos de viaje publicados en revistas y periódicos, conferencias o escritos que simplemente quedaron inéditos como ’17 Quai Voltaire’ y el poema autobiográfico en prosa ‘Paul Bowles, su vida’. En las librerías en septiembre, es el aperitivo del rescate editorial del singular escritor y músico que supondrá la reedición de las cinco novelas de Bowles, comenzando por ‘El cielo protector’.

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Escribir como quien tira puñetazos a la mandíbula de un rival

La crítica oficial de la primera mitad del siglo XX lo ninguneó. A partir de los ‘50, su obra empezó a ser revalorizada. Hoy, Roberto Arlt, es considerado uno de los grandes sin discusión de la historia de la literatura argentina. Abelardo Castillo, Guillermo Saccomanno, Ricardo Piglia y Noé Jitrik explican por qué Arlt es imprescindible.

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“¿Qué hacemos con un genio casi analfabeto a quien le salían novelas como “Los siete locos” (1929), cuentos como ‘El jorobadito’, ‘Las fieras’, ‘Luna roja’ o ‘El traje del fantasma’ y obras de teatro como El desierto entra en la ciudad, Saverio el cruel, La isla desierta? O admitamos que es algo así como el Mahoma de nuestro tiempo (ya se sabe que Mahoma nunca aprendió a leer, lo que no le impidió dictar el Corán) o nos decidimos de una vez a examinar más de cerca nociones como cultura y literatura cuando se habla de él.” La definición de Abelardo Castillo parece resumir lo que Roberto Arlt significa para por lo menos las dos últimas generaciones de escritores rioplatenses: un hombre que obliga a redefinir las bases de la literatura nacional desde el punto de vista temático y lingüístico, pero sobre todo en la relación entre el artista y su época. En palabras de Noé Jitrik: “Después de Arlt, es imposible desentenderse de lo que a uno le toca en relación con lo que describe. Hacer eso sería traicionar finalmente la tarea, y por cierto desvirtuar lo que se quiere decir”.

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Thomas Wolfe: la construcción de una novela

Faulkner no escatimó elogios: “Thomas Wolfe es el mejor; después estoy yo; después, Hemingway”. Del tiempo y el río no sólo es una de las obras más ambiciosas de la literatura norteamericana, sino también uno de los monumentos novelísticos del siglo XX. Una obra de arte total, a la que nada humano le es ajeno. De una voracidad, desmesura y lirismo sin igual, con un exceso al que debe su irrepetible grandeza y el lugar de honor que ocupa en la literatura mundial. Una obra tan gigantesca plantea de por sí varias preguntas: ¿Qué lleva a un autor a entregarse a un trabajo tan exhaustivo? ¿Cómo hace para que su vida y sus intenciones artísticas no naufraguen en el océano de las palabras en el que desemboca el torrencial fluir de su escritura? ¿Qué sentido tiene escribir –y escribir tanto–, qué le ocurre a un hombre cuando se convierte en un escritor tan apasionadamente unido a su obra?

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En 1936, dos años antes de su prematura muerte, Thomas Wolfe escribió un relato, The Story of a Novel, donde narraba la laboriosa y hasta traumática gestación de DEL TIEMPO Y EL RIO, en “una historia del artista como hombre y como trabajador” que concluye apuntando la razón última de tan titánico empeño: un Nuevo Mundo debe fundar su propia y nueva literatura. El combate cuerpo a cuerpo de Thomas Wolfe con su propia obra resultó de este modo una magistral lección de la dificultad y el goce de escribir, del drama y dolor de la creación, del lugar del artista en el mundo, y del predominio pese a todo de la pasión sobre la técnica.

DEBEDEHABER publica, en su memoria,  al cumplirse el 75 aniversario de la muerte del gran autor norteamericano, un significativo extracto de esta épica narración que en España fue editada bajo el título de “Historia de una novela”.

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Azorín y la literatura fantástica

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José Augusto Trinidad Martínez Ruiz, más conocido por el seudónimo de Azorín, llamó la atención desde 1904 por el paraguas rojo con el que solía pasear y el escándalo que su sobrio y nítido estilo causaba entre los retóricos. Casi olvidado ahora, Azorín es uno de los grandes estilistas de nuestra literatura fantástica moderna, tal como la entendía Borges por ejemplo. Un texto como Materia radiante, integrante en su novela Félix Vargas o el caballero inactual –Biblioteca Nueva, 1928– prefigura los métodos de tantas escrituras posteriores. Valga este rescate para agradecer a José Luis Guarner su estupenda Antología de la literatura fantástica española, en donde se incluye el siguiente fragmento.

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Literatura y erotismo

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Las controversias sobre este artículo de George Steiner, que forma parte de su libro Language and Silence (‘Lenguaje y silencio’), se mantuvieron durante mucho tiempo. En la introducción de una de sus ediciones en inglés, el prestigioso crítico y teórico de la literatura escribió al respecto:

“Supongo que mi conocimiento de la pornografía y mi interés por ella no es mayor que el de la mayoría de la clase media. Lo que intentaba poner en el centro de la atención era la noción de la “absoluta desnudez” del lenguaje, del desplazamiento del vocabulario erótico de su uso privado, extremadamente privilegiado o arriesgado. Me parece que apenas hemos comenzado a entender el empobrecimiento de nuestra imaginación, la erosión que lleva a una banalidad generalizada de nuestros recursos individuales de representación y expresión eróticas. Esta erosión forma parte de manera muy directa de la reducción general de la privacidad y del estilo individual de una civilización de consumo masificado. Donde todo se puede decir gritando, se pueden decir cada vez menos cosas en voz baja. También intentaba plantear la cuestión de qué relación podría haber entre la deshumanización del individuo en la pornografía y el desnudar y anonimizar a éstos en el Estado totalitario (siendo el campo de concentración el epítome lógico de un tal Estado). Me parece que tanto la pornografía como el totalitarismo establecen relaciones de poder que han de violar necesariamente la privacidad.

Aunque la discusión que siguió a la publicación de este texto fue acalorada, tengo la sensación de que ninguno de estos dos aspectos fue plenamente comprendido o asumido.”

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Lautréamont, ese oscuro escritor maldito

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Desde adolescente empezó a interesarse por la estética satánica, frecuentó fumaderos de opio y burdeles y vivió de manera desenfrenada. Murió a los 24 años, dejando algunos de los versos más desgarrados de la historia de la literatura y una aureola de misterio alrededor de su recuerdo

Rubén Darío definió con estas palabras a Isidore-Lucien Ducasse, conde de Lautréamont: “Vivió desventurado y murió loco. Escribió un libro que sería único si no existiera la prosa de Arthur Rimbaud: un libro diabólico y extraño, burlón y aullador, cruel y penoso; un libro en el que se oyen a un mismo tiempo los gemidos del dolor y los siniestros cascabeles de la locura”. Además, Los cantos de Maldoror y su exquisita loa al mal llevaron al genial André Breton a bautizarlo como “la figura resplandeciente de la luz negra”. “Mi poesía consistirá solamente en atacar por todos los medios al hombre, esa bestia salvaje, y al Creador, que no habría debido engendrar semejante basura”, escribe el conde de Lautréamont en el “Canto segundo” de su libro, una obra censurada y evitada, temida por los editores y, finalmente, elogiada y adorada.

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Homosexualidad y fascismo en la obra literaria de Yukio Mishima

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Relata Plutarco, en la vida de Licurgo, que el legislador espartano adiestraba a los futuros ciudadanos despojándolos de vello, familia, ilustración y comida, a fin de disponerlos para la astucia, la guerra y la belleza atlética.

Veintinueve siglos después, un endémico abogado nipón, declarado homosexual por retórica autoconfesión francesa, decide vigorizar su exangüe constitución, embellecer su ideal olímpico y alcanzar el dominio de las artes marciales. Yukio Mishima alcanzó celebridad, entre otras argucias literarias, por los desfiles que organizaba con el batallón sagrado de Tokio, compuesto por varias decenas de jóvenes de clases desilustradas que, armados con cañas de kendo, no tenían más papel político y cultural que el de autoproponerse devotos del emperador. Pero el emperador, el 1 de enero de 1946, adiestrado por el corifeo imperialista Douglas MacArthur, había renunciado a su condición divina a través de las emisoras radiofónicas. Más fanfarrón que misógino, más provocador que delicado sodomita, el Mishima de la vida pública tomó hembra por vanidad, espoleando el supermacho de Gide, y coronó su cadena de chismes escandalosos con su suicidio público en 1970. Sin embargo, producto de entreguerras, su vida y su obra componen un vasto canto al desgarramiento y la provocación moral lanzado sobre el ciclópeo cementerio atómico, testimonio, junto con sus contemporáneos alemanes, de un pasado todavía reciente que puede transformarse en amenazante porvenir.

La actitud pública de Yukio Mishima le ha valido numerosas veces el calificativo de fascista. Su propia psicología personal se encuentra a las puertas de la corroboración. El ideal guerrero no atiende al ideal demográfico y la historia nos muestra que el más osado, el más belicoso, no tiene necesidad de demostrar su gallardía en otros campos de batalla. La destreza en la cama heterosexual está en competencia con la destreza en la palestra. El padre de los dioses no desdeña a Ganimedes, ni Heracles a Hilas. El esbelto Julio César lo confirma aunque el enano Napoleón lo duda. La castración pone remedio inverosímil a semejantes vacilaciones.

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