Palahniuk y la literatura posmoderna: Es Insoportable Ser Quienes Somos

Creo que existe, en el cúmulo de obras que se denominan posmodernas, una distinción importante que practicar: hay algunas que pretenden encarnar en sí mismas el núcleo medular del posmodernismo (sea cual sea ese núcleo, incluso la ausencia de núcleo) y hay otras que intentan reflexionar sobre los tópicos de ese núcleo. Dicho de modo más simple: algunas obras escriben el posmodernismo y otras escriben acerca de él.

Eres hermosa o cómo consumirse de placer según Palahniuk

Admitida esta distinción, las novelas y los relatos de Chuck Palahniuk se ubican en el segundo grupo. Quiero decir: las novelas de Palahniuk no emplean con tanto rigor los procedimientos literarios posmodernos sino que discurren desde formas más bien ortodoxas de narración sobre los tópicos neurálgicos de la posmodernidad. Por supuesto que Palahniuk no narra en forma lineal como Balzac o Melville, pero ¿cuál es la sorpresa al hallar recursos de estilo tales como la dispersión temporal, el cambio de narrador o el monólogo interior en torrentes? Esos recursos siquiera son posmodernos, pertenecen de pleno derecho a la modernidad decadente. Sí resulta sugestivo, en cambio, la insistencia de Palahniuk respecto a las premisas capitales de la posmodernidad; es allí, en el tratamiento punzante y exhaustivo de dichas premisas, en donde radica la nota específica de sus narraciones.

“Cuando los pájaros se comieron mi cara…”

Monstruos invisibles (1999) no es, ni por asomo, la mejor novela de Palahniuk. La afamada Figth Club, Diario: Una novela o Rant, entre las que leí del autor, son indudablemente más relevantes. Pero me propongo escribir sobre Monstruos invisibles porque en ella se trasluce de modo asfixiante la obsesión del autor en lo tocante a los tópicos posmodernos, particularmente la fragmentación, la despersonalización, la ascensión de la belleza como modelo de éxito y el travestismo como forma vital de rehuir a cualquier esencia definida de antemano, a cualquier clausura.
Shannon, la protagonista de la novela, es una joven hermosa que se paga sus caprichos con desfiles y sesiones de fotos; cuenta además con un apuesto novio, un hermano homosexual y conjeturalmente muerto, una amiga con la que se envidia mutuamente y una pareja de padres conservadores y lunáticos que la desprecian frente al fantasma de su hermano. Puesto que estas palabras no aspiran a la reseña – para eso, estimados lectores, existen las contraportadas de los libros – no es mucho más lo que diré sobre la trama de la novela. Palahniuk, por lo demás, ralenta y acelera el argumento de forma tal que hace improcedente cualquier cotejo; va y viene en el tiempo con violencia, remite a una escena y a otra con una fugacidad que, al menos en algunos pasajes, parece colocar al lector como frente a un álbum de fotografías familiares interminable y anárquico en lo cronológico. El mismo narrador de la novela lo aclara al comienzo: “No esperéis que esta sea una de esas historias que dicen: y luego, y luego, y luego

Una palabra más sobre los acontecimientos: un infortunio le borra la cara a Shannon y le quita el habla en apenas minutos.

Entrevista radiofónica a Chuck Palahniuk

Emmanuel Levinas, en Totalidad e Infinito afirma que el encuentro con el Otro, con eso/e Otro asimétrico, irreductible a lo mismo, se evidencia en una epifanía del rostro que nos expone al Otro mientras ese Otro (rostro) nos muestra su aspecto más desnudo y vulnerable. Pero a su vez es dicho rostro ajeno el que nos dice un “¡No matarás!” que podría traducirse por un “¡Jamás te desligarás de tu responsabilidad por mí!”. La destrucción facial de Shannon, que en principio apunta a la devastación de su belleza (sea quien sea el causante del ataque; allí se juega la novela entera por cierto) en verdad la libera de su presencia en esta tierra, en el enardecido tablero de luces y vacío en que devino la tierra. “Los pájaros me comieron la cara” repite Shannon una y otra vez. A partir del “accidente” debe vagar por la vida escondiendo el estropicio que tiene por cara tras metros y metros de seda fina, pero desde allí, desde ese disfraz ineludible y excesivo, ya no tiene la necesidad de interpelar a nadie con su rostro ni tampoco la obligación de responder por lo demás. Shannon, sin rostro, puede dejar de ser otro para alguien, puede dejar de ser quien era, puede incluso liberarse de ser en varios de los sentidos posibles, pero igualmente no puede escapar de ser-algo; aún siendo nada está condenada a ser algo. De allí la claustrofobia, la asfixia posmoderna que tanto nos sabe a subterráneo atestado o a canción de Radiohead.

No hay salida alguna

“…no puedes huir del mundo y no eres responsable de tu aspecto, de si eres bellísima o más fea que un cardo. No eres responsable de lo que sientes ni de lo que dices ni de cómo actúas ni de lo que haces. Nada de eso está en tus manos (…) Todo lo que puedas concebir está bien porque puedes concebirlo. No puedes imaginar el modo de escapar. No hay salida alguna

El omnipotente sujeto moderno, tan centrado siempre, tan monolítico, racional y calculador, queda hecho trizas. Claro que esas trizas se notan. Y lo hacen en una suerte de “angustia heideggeriana invertida”. Me explico: Heidegger señaló a la angustia como indicador cardinal de la existencia propia del Dasein, es decir, únicamente la angustia de no ser nada definido, de no tener ninguna esencia fija, pone al ser humano en camino de una existencia propia, en rigor, de una existencia. La angustia que propone y describe Palahniuk – una constante en sus novelas dicho sea de paso – parece flirtear a ratos con el concepto heideggeriano pero enseguida se aleja en tanto des-responsabiliza al hombre de sus propios actos y pensamientos, mientras que en Heidegger la angustia es de alguna manera la señal del proyecto que somos y también el comienzo de la responsabilidad por quiénes podemos ser. En este sentido puede palparse en Monstruos invisibles la rendición de aquel sujeto moderno – ciertamente pre-heideggeriano – a manos de una inercia frenética que sin embargo (y aquí, en esta paradoja, se halla otro de los nudos gordianos de la posmodernidad) es fruto de la más categórica repulsa en relación con la tradición previsora y autosuficiente. Leemos: “Lo mejor es no oponer resistencia, sino dejarse ir…cuando luchas contra algo, ese algo se vuelve más fuerte” Pero también leemos, apenas tres líneas después: “No hagas lo que quieres. Haz lo que no quieres. Haz lo que te han enseñado a no querer”.

Vivir en contrasentido

Lejos me encuentro aún de poseer una opinión “definitiva” sobre la posmodernidad; no sólo en lo que tiene que ver sino también respecto a su propia existencia. Existen derivas de las proposiciones posmodernas que me repugnan y hay otras que me agradan; algunas siquiera entiendo a qué apuntan y algunas me resultan innegables. Pero más allá de cualquier juicio de valor, estimo que la posmodernidad logra reflejar un “sentimiento” que en verdad considero como una pauta ontológica universal: la vida es una paradoja, un inmenso contrasentido que se desgañita precisamente en la búsqueda de algún sentido que le permita continuar adelante. No afirmo que todo es lo mismo y que a partir de la aludida falta de sentido cualquier conducta valga igual que las demás. Justamente esa es una de las derivas que aborrezco de ciertos popes posmodernos. La vida individual puede tener un “objetivo” o una “línea de conducta” a seguir, pero eso no implica un sentido. El sentido es colectivo, genérico, universal, y se basa en alguno de los discursos que nos hemos sabido dar a través de la historia y de la cultura. Pues bien, la posmodernidad expone la vida en esa constante paradoja que resulta de imprimirse un sentido a sí misma, a los objetos y a los otros, sentido que se cae en cuanto esa misma vida comienza a vivir, en cuanto abandona el temor de lo previsible y lo conmensurable, sentido que siempre se cae en cuanto se lo quiere desplegar.

Una inmensa libertad que no produce cosa alguna sino asfixia, una terca resistencia que no hace otra cosa que reproducir lo resistido con atavíos más coloridos u osados. Una belleza tan optimizada que abomina de sí misma, una experimentación química y psicotrópica que acaba en asquerosa rutina. La vida transmutada en paradoja, el contrasentido devenido vida. De esa conmoción está hecha Monstruos invisibles.

Claro que la paradoja persistente enloquece a cualquiera, claro que vivir en contrasentido irrita, delira, enajena. Es que los perros de la racionalidad y de la herencia ladran, nos persiguen con sus fauces babeadas y ávidas clamando por un poco de realidad, por el alzamiento de un decorado tieso y estable del cual sujetarse. El desafío intelectual de la posmodernidad no es otro que pensar con los perros detrás sin hacer caso de ellos; ya no parece que debamos aguzar nuestras mentes para pensar un sentido, una realidad o un telos del cual luego se deduzca todo el resto del equipaje físico y metafísico sino más bien endurecerla para poder pensar (con otro modo de pensar, de más está decirlo) qué se hace con el sinsentido, la ausencia de realidad y la imposibilidad de cualquier fin. Puede verse esta tarea como una faena especulativa devaluada, de hecho ¿quién podría ser el Aristóteles, el Hegel o el Freud de nuestro tiempos?; o puede considerarse también como parte de una comodidad general que al tachar el cogollo de cualquier despliegue ontológico anula también las exigencias de verdad, corrección o criterios impolutos. Por mi parte, no sé si la posmoderna es una empresa más o menos difícil que la construcción de un sistema íntegro e impenetrable; no sé siquiera si es una empresa. Lo que sí creo es que no toda cuestión en la vida intelectual se mide por la mayor o menor dificultad que conlleva sino por la honestidad y la libertad – además de la lucidez o la genialidad, claro está – con que es encarada. Basta con ver los baldazos de mierda y los cuchillazos que los propios genios han propinado a sus ideas con el fin de instituirlas en sistemas para convencerse de ello.

“¡Dame algo en este puto mundo que sea exactamente lo que parece!” clama Shannon mientras los cuerpos y los espíritus de todos los que la rodean – y de ella misma – se trasvisten. Ese parece ser el aullido último y esencial de la posmodernidad; son los fantasmas de la vieja e inaugural parcelación de lo real y lo aparente. Allí, en ese dilema, se juega todo el caldo posmoderno, tal como lo piensa Shannon: “Como si por el hecho de huir no tuviésemos que seguir adelante con nuestras vidas”. Mome  (La periódica revisión dominical)

Nick Adams, el ‘alter ego’ de Ernest Hemingway

No tengo dudas al respecto: la cuestión del alter ego es una de las más irritantes para los críticos literarios estamentales. A mí por lo menos me basta con eso para interesarme por ella.
No resulta problemático entender la urticaria crítica frente al asunto: se sabe que los teóricos pretenden extirpar de la “literaturidad” cualquier maleza que la contamine en tanto objeto de estudio, especialmente al autor. De allí que la noción de alter ego quede reducida a una nota de color pocas veces admisible o directamente sea desestimada.
El ego, cualquiera lo sabe, es el punto arquimédico del pensamiento moderno; desde Descartes el ego es la piedra basal desde el cual el hombre puede reconstruir el mundo con certeza. En pocas palabras, el ego es lo único de lo que el hombre puede estar seguro.

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Sylvia Plath: la tragedia, los hombres y la muerte

A los 30 años, un 11 de febrero de 1963, Sylvia Plath, habiendo sellado las puertas del cuarto de sus pequeños Frieda Y Nicholas con sumo cuidado y dejando al lado de sus dos pequeños, sus vasos de leche, abrió la llave de gas y metió la cabeza en el horno, tomó todas las precauciones para que el escape de gas no dañara a sus hijos, y terminó así con su existencia.

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El escritor mexicano Juan Rulfo cumple su centenario

Hoy martes 16 de mayo se cumplen 100 años del nacimiento del escritor Juan Rulfo, en Sayula, estado de Jalisco, México. Con una obra muy breve, sólo dos títulos extraordinarios, puros, pegados a la tierra mexicana, es reconocido desde sus primeras publicaciones como uno de los más grandes autores de la literatura en castellano, y de la literatura contemporánea en general.

En su novela Pedro Páramo, Juan Rulfo descubre la belleza recóndita en un paisaje desolado, de seres solitarios

 

A Juan Rulfo (Apulco, Sayula según otros, Jalisco, 1917-1986) le bastó una novela, Pedro Páramo, y un libro de cuentos para ocupar un lugar de privilegio dentro de la literatura. Creador de un universo rural inconfundible, el narrador plasmó en sus narraciones no sólo las peculiaridades de la idiosincrasia mexicana, sino también el drama profundo de la condición humana. El llano en llamas (1953) reúne quince cuentos que reflejan un mundo cerrado y violento donde el costumbrismo tradicional se desplaza para vincularse con los mitos más antiguos de Occidente: la búsqueda del padre, la expulsión del paraíso, la culpa original, la primera pareja, la vida, la muerte.

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Pedro Páramo se publicó en 1955, dos años después de los relatos de El llano en llamas. En el arranque de la novela, Juan Preciado promete a su madre en el lecho de muerte ir en busca de su padre, Pedro Páramo, un pequeño cacique pueblerino a quien no conoce. «El olvido en que nos tuvo cóbraselo caro» le dice ella, y Juan parte hacia Comala, un pueblo imaginario que es el verdadero protagonista de estas páginas.

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Los ochenta mundos de Julio Cortázar

Hace sólo cuatro años se conmemoraron los cincuenta de la publicación de un libro que quizás sea el más conocido del escritor argentino Julio Cortázar: su novela Rayuela,  publicada por Editorial Sudamericana en junio de 1963, la cual se convirtió, entre otras cosas, en una de las principales obras que contribuyó al boom latinoamericano. 

Desde el principio, Rayuela fue para los lectores una novela diferente. Para empezar, y de un modo sorprendente, el autor de la novela planteaba dos modos de leer el texto, según fuera el orden de los capítulos que el mismo proponía.

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La obra de Pierre Michon bordea el abismo existencial

La editorial bonaerense ‘Bulevar’ ha reeditado recientemente “Vidas Minúsculas” y “Rimbaud hijo”, dos afamadas novelas de Pierre Michon. El ‘auteur secret’ francés no sólo publica muy de tarde en tarde, sino que sigue manteniéndose al margen de todas las tentaciones del mundo literario parisino.

Sin duda, hay algo de asceta en esta manera de vivir que tiene que ver con la propia forma en que el autor vive y siente la creación: una cierta tentación por establecer un sentido sagrado con lo escrito, la letra que se preserva del tiempo y de la desaparición, dos temas que podrían obsesionar a Michon. En “Vidas minúsculas” empezamos por el origen, esa infancia, esos recuerdos del tiempo vivido en imágenes a modo de cuadros impresionistas, con colores vivos, y una prosa poética que tiende a la extensión más que a la elipsis, atrasando el instante en que la escritura deja el movimiento para convertirse en fijeza.

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Esto no es una novela sino la purga de mi corazón

Estas son las palabras que Camilo José Cela coloca en el frontispicio de su obra Oficio de tinieblas 5, quizás el más experimental de sus escritos, donde se vale de las más extrañas y abundantes herramientas para acercarse a la descripción, en el sentido más amplio, del oficio de escribir; aunque también es una confesión y un vómito existencial. Y aunque también persigue sus propios fantasmas y vuelca la sabiduría y los consejos de un hombre advertido, de vasta cultura, observador, recolector, socarrón y firme en la brega.

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“El bosque de la noche”, entre la belleza y el horror

En el corazón de El bosque de la noche duerme la Bella Esquizofrénica en una cama del Hôtel Recamier de París. Es Robin: su carne tiene “la textura de la vida vegetal”, su cuerpo exhala “un aroma de hongo terrestre”, su piel es azulada como teñida por un fluido subcutáneo. “Salvaje criatura atrapada en la piel de una mujer”, Robin lleva por todas partes la calamidad y la fascinación, avanzando con paso de sonámbula siempre más allá en su depravada inocencia.

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Hilda Hilst, poeta en una sociedad obscena

“Cuando tierra y flores
sienta yo sobre mi cuerpo,
me gustaría tener a mi lado tus manos,
para guardar después mis ojos dentro de ellas.”

 

Hilda Hilst es una de los protagonistas fundamentales del paisaje literario brasileño y de la lengua portuguesa del siglo XX. Con más de cuarenta libros escritos en verso, prosa poética, dramaturgia y crónica, publicados entre 1950 y 2000, Hilda Hilst es una poeta consciente de sus acciones y palabras, lúcida, culta, con fervoroso amor por la originalidad, toda su obra registra un intenso trabajo del lenguaje y de musicalidad, un imaginario poético donde cuestionamientos metafísicos se mezclan con sucesos de su cotidiano.

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Un cantante desconocido y muerto…hasta ahora

La película sobre la resurrección de Sixto Rodriguez como cantante, cuya actividad había abandonado durante años, fue un trabajo personal del periodista sueco Malik Bendjelloul, desgraciadamente muerto hace tres años. A pesar de todas las dificultades, sobre todo de tipo económico, su empeño y perseverancia en el proyecto de rescatar la figura de Sixto Rodriguez  le permitió llevarlo a término y poco después, en 2013, su película conseguiría el Oscar al Mejor Documental.

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Los antihéroes de Rubem Fonseca

“Mis pasiones duran poco, pero son fulminantes” (RUBEM FONSECA)

La gran aceptación de la obra de Fonseca es indiscutible no sólo en el ámbito del idioma portugués, sino también en el de otras lenguas, como revelan las numerosas traducciones que se han hecho de sus cuentos y novelas. Una amplia obra literaria que ha contribuido decisivamente a la renovación de la prosa narrativa brasileña, caracterizada por una manera de contar que aprovecha y reelabora formas provenientes de la literatura popular como la novela negra, y también las de la novela política, la social, la existencial y la erótica. Su mundo está poblado de personajes –auténticos antihéroes– extraídos de la realidad más sórdida, aunque tratados con una compasión y un humor exquisitos. En el  siguiente artículo –publicado originalmente en la revista “Letras Libres”– Javier Aparicio Maydeu, profesor universitario  y prestigioso crítico literario, nos acerca a la magistral obra del autor brasileño.

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El corazón de las tinieblas permanece en el río Congo de Conrad

Posiblemente es ésta, El corazón de las tinieblas, de entre las muchas novelas de Joseph Conrad (nacido Józef Konrad Korzeniowski, en Berdyczów, Polonia, el 3 de diciembre de 1857) la que produce una mayor conmoción al ser leída.

Considerada como uno de los grandes clásicos de la literatura escrita sobre el mar y sus innúmeros avatares, su eje central es un desasosegante viaje por el río Congo a finales del siglo XIX. Conrad destaca en aquella época, con precisión y hondura a través de sus personajes, las terribles consecuencias inhumanas que tuvo la conquista colonial de África por las principales potencias europeas, que se la disputaban a sangre y fuego por sus riquezas.

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No lees el “Ulises” de Joyce porque no quieres

Marco Antonio de la Parra (otoño de 1996)

En un fin de siglo que parece desacreditar la experimentación de las vanguardias, sobre todo en el terreno de la novela, este ensayo propone la lectura o relectura de Ulises —desgastado por la proliferación de bibliografía analítica y por la fama— para rescatar su valor literario supremo, su vastísima influencia en la novelística posterior y su infinitud de logradas audacias formales, de hallazgos estéticos, sicológicos, lingüísticos, y de motivos de placer para los lectores.

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Haroldo Conti infunde en su novela “Sudeste” el pálpito del gran delta del río Paraná

A medio camino entre lo cartográfico y lo mitológico,  Sudeste es el relato del viaje fluvial de su protagonista. El viaje es un itinerario existencial en busca de la utopía, entre lo local y lo universal, entre la voluntad documental y el impulso poético de un texto intenso e indagatorio, un texto de engañosa facilidad, lleno de zonas oscuras –como el paisaje, como el personaje-, de despliegues metafóricos – el más evidente la equiparación del río con el fluir de la vida- y de cargas de profundidad en su corriente insondable.

Documental y lírica, local y universal, realista y utópica, la primera novela de Haroldo Conti tiene una sorprendente fuerza y está basada en la minuciosidad del relato hasta el extremo de transmitir lo verdadero.

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