El tiempo huído, encerrado en “El desierto de los tártaros”

Del desierto iba a extraer Buzzati la experiencia humana, profunda, universal, casi mística, que se constituiría en su personal visión del mundo por medio de la novela El desierto de los tártaros (Il deserto dei Tartari, en italiano) publicada en 1940. Hasta allí, destinado a una frontera remota que es como el confín de la vida, es enviado el joven oficial Giovanni Drogo.

Su llegada a la vetusta fortaleza, rodeada por una ciudad en ruinas, suscita de inmediato en el joven una impresión que no puede ser más desoladora, por lo que, al igual que el Hans Castorp de La montaña mágica a su llegada al sanatorio al que ha acudido para visitar a su primo, también él piensa enseguida en marcharse, valiéndose para ello de un falso certificado médico.

Dino Buzzati en el jardín de ViLLa san Pellegrino, en Belluno

Pero el destino ya había señalado para el joven oficial un camino diferente, el camino de la espera. Porque a diferencia de otras historias de iniciación, o de lo que los alemanes llaman Bildungsroman, es decir, el género de la novela de formación ideado por Goethe, aquí la peregrinación (de Wilhelm Meister), la travesía marítima (de Lord Jim) se transmutan en inmovilidad expectante y a la vez serena, en camino que se recorre de manera estática, en un no ir a ninguna parte, convirtiéndose a la vez, y por ello, en un viaje interior que es una maduración y un consumirse, entregado el cuerpo y el alma, pero sobre todo el alma, a la espera. Espera de una cosa que no es sino la misma vida.

Giovanni Drogo es el héroe de esta espera a la que el yermo paisaje circundante otorga naturaleza épica. Héroe maltratado y a la vez espectador, víctima involuntaria de ese otro sujeto dotado de vida propia, aparentemente dormido pero en realidad repleto de signos misteriosos, y del que es posible registrar hasta el más mínimo indicio de vida, que es el desierto. También podría ocurrir, sin embargo, que en el desierto realmente no hubiera nada, nada salvo el obstinado deseo que Giovanni Drogo y sus compañeros proyectan hacia él. Porque acaso la fe, que mueve montañas, también pueda poblar un desierto. Éste es epítome de todas las ausencias y por ello sólo permite la ilusión de que alguna vez la espera llegue a su absoluta consumación, cosa que en efecto ocurre al final de la novela.

Dino Buzzati, periodista del Corriere

Dino Buzzati (Belluno 1906-Milán 1972), escritor y periodista italiano, trabajó durante casi toda su carrera para el diario Corriere della seraHabía nacido en la pequeña ciudad de Belluno, unos ochenta kilómetros al norte de Venecia, cerca de los Alpes Dolomitas. Su padre era profesor en la Universidad de Pavía; su madre, hermana del escritor Dino Mantovani.

En 1939, bajo el régimen fascista de Mussolini,  el Corriere de la sera es un periódico gubernamental y Dino Buzzatti es su periodista estrella, por lo que la la dirección le envía a Etiopía. En aquellas fechas,  Mussolini ha resucitado las pretensiones territoriales italianas sobre ese país africano, que se remontan a 1895, y cuatro años atrás ha creado la Abisinia italiana. Poco después, Buzzatti deja Etiopía  al estallar la guerra en Europa y para cubrir los nuevos acontecimientos como corresponsal a bordo de un crucero.

Aunque su fama fue relativamente tardía, hoy sigue siendo redescubierto y es, para muchos, uno de los grandes escritores europeos del siglo XX. Ha sido comparado con Italo Calvino, con quien comparte el gusto por la fantasía alegórica.

Buzzati fue uno de los pocos representantes en su país de esa narrativa surrrealista o metafísico-existencial que tuvo en Franz Kafka a su máximo exponente. Tras doctorarse en derecho en la Universidad de Milán, inició en 1928 una extensa carrera de periodista en el citado Corriere della sera, diario en el que también desarrolló labores de redactor y enviado especial. Más tarde se empleó como redactor jefe en la Domenica del corriere.

El desierto de los tártaros fue traducida al francés en 1949, ya después de la guerra. A partir de entonces se convirtió en éxito mundial. Buzzatti, que continuaría trabajando en el Corriere durante la guerra, siguió trabajando en el priódico después del conflicto.

Kafka y Camus

En la soledad de El desierto de los tártaros resuenan las voces de Kafka y de Camus (sobre todo de El extranjero, que es dos años posterior). Pero si no pueden ser más nobles sus antecesores, no lo son menos sus descendientes, y entre los autores que se sintieron fascinados por la aventura del oficial Giovanni Drogo figuran Jorge Luis Borges, que introdujo la novela en Sudamérica; Julien Gracq, que se inspiró en ella para la redacción de esa otra obra maestra que es El Mar de las Sirtes; y J.M. Coetzee, que hizo lo propio en Esperando a los bárbaros. Y es que Buzzati, que fue un fabulador excepcional, autor de algunos de los mejores cuentos del siglo pasado, logró con El desierto de los tártaros lo que está al alcance de muy pocos autores: la creación de un mito que le es propio, un arquetipo literario, y esto sin escatimar nada de lo que tal expresión significa: ofrecer un muestrario completo de la vida a través de unos personajes y de su pequeña pero ejemplar historia. Esta ejemplaridad revela en Buzzati a un demiurgo, como uno de aquellos que preservaron la tradición oral que hace siglos fue recogida en los relatos homéricos. 

“Duomo con las agujas de dolomita”, por Dino Buzzati

En la novela, pese al entusiasmo con que el joven oficial afronta su primera misión, la rutinaria monotonía de la vida en la fortaleza Bastiani va apoderándose de su espíritu, despojándole del entusiasmo y la iniciativa con que había afrontado la experiencia. Progresivamente adormecido por un corrosivo aburrimiento vital, Drogo cae sin darse cuenta en un estado de apatía y los años comienzan a desfilar ante sus ojos mientras él se limita a continuar con aquella rutina que ni siquiera le satisface. Cada vez más, el mundo que dejó atrás —la vida más allá de la fortaleza— parece algo lejano e irreal y el desangelado cuartel se convierte en su único universo; una agobiante jaula donde sin darse cuenta va dejando que desaparezcan sus sueños y esperanzas, abandonándose al vacío mientras los demás consiguen progresar. El ataque de los tártaros, la gran apuesta de su vida, no sucederá jamás.

La historia que narra el escritor italiano en El Desierto de los tártaros resulta descarnada. deprimente y desesperante como sólo puede serlo la historia de un hombre que malgasta su única y preciosa vida sin motivo alguno en pos de un propósito que resultaba absurdo desde el principio. El desierto de los tártaros, es la clase de lectura que puede llegar a influir profundamente en la visión del mundo del lector. Al ser una obra mucho menos efectista que otras,  pero también más elegante y de un estilo más clásico, incluso con arcaísmos, El desierto de los tártaros es quizá una novela minoritaria y, lo más importante, un libro imprescindible para quien busque alegorías existenciales.

Cada cual piensa que en algún momento ha de llegarle la fortuna, la hora milagrosa que al menos una vez le toca a cada uno en la vida. Por esa posibilidad vaga, incierta en el tiempo, hombres hechos y derechos consumen la mejor parte de su vida. Sobre esta expectación, esta esperanza, habla Dino Buzzati  en su gran novela, una novela que ha fascinado a generaciones con su secreto e inaprensible mensaje.

Metafísica de las situaciones

A Dino Buzzati lo han querido identificar con Franz Kafka por la atmósfera de sus novelas, pero el escritor italiano se aleja del mundo de pesadilla del checo para adentrarse en algo más sutil, más misterioso, que es la metafísica de las situaciones, aquello que va más allá de la mera apariencia, de los hechos relatados. Cuando el lector se adentra en El desierto de los tártaros tiene la sensación de que cada párrafo forma parte de una cadena de mensajes que el escritor ha querido transmitir pero de una forma cifrada, como si escamoteara parte del sentido de la narración.
Sin embargo, algo que destaca inmediatamente en la poética de Buzzati es su sencillez, su llaneza, la falta de retórica, la exposición clarísima de los hechos, diríamos que expuestos de una forma incontestable, como si hubiera sido imposible que hubieran ocurrido de otra manera. Quizás ahí resida el secreto del italiano: su falsa claridad. Como los prestidigitadores, expone sus cartas, pero siempre hay un truco final que nos maravilla pero que a la vez nos intriga, porque no sabemos cómo lo ha conseguido realizar.

Hay una gran carga existencial en El desierto de los tártaros, porque en esta novela parece que la vida no tenga ningún sentido, o si lo tiene, es indescifrable. Parece que siempre esperamos que suceda algo, y cuando no sucede, nosotros seguimos con esa esperanza absurda en la que invertimos toda nuestra existencia. Esta novela, en su apariencia sencilla, casi de fábula, esconde una gran verdad, un desasosiego en el lector, que posiblemente no consiga desvelarla del todo porque parece que tiene tantos significados como lecturas. Pero precisamente en eso consiste una obra maestra: admite tantos significados como lecturas y como lectores. En ese sentido, El desierto de los tártaros es una novela ejemplar. DBD

J. R. Martín Largo

J. L. Alvarado

4 Comments

  1. The Desert of the Tartars has a distinctly surrealist quality and the ineffective, repressed military figures on display are caught up in the same sort of meaningless rituals that consume the bureaucratic characters inhabiting the nightmare worlds of Franz Kafka’s The Trial and The Castle. Reputedly, Buzzati’s novel was inspired by his monotonous desk job on the night shift of a newspaper and by his former military experience.

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  2. You’re right, Lydwerk. But we think that depending on how existential you’re feeling, the book can be read as a simple critique, even a condemnation, of the sterility of military life or as a more wide-reaching parable about the meaninglessness of human endeavor. The psychological angle, however, remains largely an issue of undertone and understatement.

    Have a nice Saturday. Thanks a lot for your interesting comment.

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