‘Laura’, de Vera Caspary, la novela que cautivó a Borges

laura preminger

Gene Tierney, en ‘Laura’, llevada al cine por Otto Preminger

Si dos escritores tan poco sospechosos, tan escasamente proclives al mal gusto como Borges y Bioy Casares deciden iniciar una colección de novela policíaca, se podría pensar que estamos de enhorabuena. Si una de las novelas que en febrero de 1945 inauguró El Séptimo Círculo (‘Laura’, de la escritora Vera Caspary, a la que tanto admiró Borges) vuelve a las librerías, después de sesenta años en el limbo, y se reencarna en el muy económico y muy manejable formato de libro de bolsillo, –porque la novela negra gusta de leerse fuera de casa, mientras se viaja en tren o se planea un crimen–, algunos lectores podrían alegrarse sobremanera.

Si en la portada de dicho libro aparece el fotograma de una película de Otto Preminger, coloreado en un tono sepia y desvaído, en el que una mujer aguarda a un asesino que no vemos, será porque los astros han decidido alinearse para que el osado que abra la primera página de este libro disfrute del placer que proporciona una narración bien contada.

Cierta novela policíaca suele plantear una pregunta o un enigma de partida: ¿Quién es el asesino? Parece ser una cuestión bastante habitual. Es el famoso “caso”, para utilizar la terminología del género, que a lo largo del relato se intenta resolver, aunque en estas novelas casi siempre el proceso de investigación es más interesante que la resolución misma del conflicto. Vera Caspary no elimina estos rasgos, pero sí los subvierte para transformarlos en sutil barniz de la trama. La pregunta radical que se lanza desde el inicio de la novela ya no es la previsible, ha cambiado. Desde la primera página aparece a bocajarro: ¿Quién es Laura? Evidentemente Laura es un misterio en sí misma. Alejada de los prototipos de la “femme fatale” del género, Laura se erige como un ser inabarcable y fascinante, transitado por zonas oscuras que nadie consigue iluminar satisfactoriamente.

 

La novela está fragmentada en cinco partes, y en cada una de ellas un personaje distinto da su versión de unos hechos que a veces se superponen y en otras ocasiones se completan. Los escasos personajes que habitan la novela intentan ofrecer su versión de Laura, pero todas resultan insuficientes, pálidos reflejos de una sombra. Laura puede aparecer como un juguete roto, como un ser débil e indefenso, o como el mal encarnado en una enfermedad secreta; Laura puede ser ese oscuro objeto del deseo al que se prefiere destruir antes que resignarse a compartirlo o la catarsis que borra cualquier excusa. Pero en todas Laura es el espejo que refleja a los depredadores en busca de carne fresca.

Laura está más próxima a una historia de amor que a un relato detectivesco. Al igual que las grandes novelas decimonónicas, se utiliza el nombre de la protagonista como título, de ahí que sus modelos literarios estén más cercanos a Tolstoi o Flaubert que a Chester Himes o Ross Macdonald. En ella hay más filosofía de tocador que brigada del sombrero. Es la tensión psicológica entre los personajes llevada al paroxismo la que los convierte sin remedio en víctimas y verdugos, en cazadores y presas. Es esa especial forma de hablar que tienen, esos diálogos esculpidos en el mejor mármol lingüístico, ese combate territorial en el campo de batalla del idioma lo que fascina e hipnotiza. Es la delación, la mentira y la ocultación convertidas en una de las bellas artes lo que permite que la tinta se encarne. Todo esto transforma a los personajes en seres tan creíbles que la novela reedita en el lector aquel comentario de Inocencio X al contemplar por primera vez su retrato pintado por Velázquez: “Vero, troppo vero”. Real, demasiado real. Porque, del mismo modo que el pintor español, Vera Caspary actúa como una certera entomóloga de la psique humana acertando a recoger sus pulsiones más recónditas.

Laura , que es capaz de generar todo un universo dramático a partir de dos habitaciones –diríase a veces atravesada por el espíritu de O´Neill o Tennessee Williams–, contiene seres y momentos inolvidables. Waldo, el periodista brillante, el intelectual decadente, el protector de Laura, que por momentos recuerda al Wilde más corrosivo o al crítico teatral que interpretaba George Sanders en Eva al desnudo . El mismo que consigue a través de la palabra que el detective McPherson se transforme en un Pigmalion contemporáneo. Un detective con conciencia de clase que poco a poco deberá aprender a aceptar el placer sin temor al pecado. Shelby, el futuro esposo de Laura, el gigoló recortado de una revista confidencial. Los tres se verán atrapados por unos finos hilos que siempre les conducen a la misma mujer.

Hablar del argumento de la novela sería un rasgo de mal gusto, y podría desbaratar las intrigas, que también las tiene, de la trama. Porque en el fondo, esta no es una novela sólo para buscar indicios y pistas de un crimen, sino para indagar en la naturaleza eternamente enigmática de la mujer. Por eso, la investigación sentimental y emocional precede a la criminal. Hablar de la condensación diegética de la novela, del modo oblicuo en el que muestra la radical disidencia con cualquier conformismo social u optimismo histórico o de su estructura en fuga con tendencia a prolongarse resultaría baladí porque al final siempre se termina imponiéndose la misma pregunta: ¿qué clase de mujer es ella? ¿Quién es Laura?

Hay que aplaudir la decisión del editor al recuperar este verdadero “clásico oculto” de la novela policial (quizá desplazado por el éxito de la magnífica versión cinematográfica) que se publicó en la década de los 40, época en la que el género empezaba a cristalizar, –existe una temprana versión en español de 1946–. Laura posee la suficiente calidad literaria, fuerza estilística y tensión estructural como para estar entre las obras que conforman el origen del género, y nos obliga a replantearnos algunos de los topoi que vertebran este tipo de literatura. Vera Caspary, que ha enseñado a bailar por correspondencia, y vendido desnatadoras y cremas faciales entre otras delicias, debería sernos tan familiar como los Chandler, Hammett o M. Cain, que fueron algunos de los maestros que fijaron unas reglas del juego quizá no tan claras como parece.

10 comentarios sobre “‘Laura’, de Vera Caspary, la novela que cautivó a Borges

  1. Caspary was invested in the character because she’d modeled Laura’s personality on her own. She was a “career girl” avant la lettre and never seems to have pictured or wished herself otherwise. Born to bourgeois Jewish parents in Chicago, she went out to work almost as soon as she turned eighteen and rarely stopped churning out copy from that day until she died. There was no college and no finishing school, no slow courtship of traditional critical respect. She had to make a living, so she wrote.

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  2. Thanks for comment Gevault. As you very well say, Vera Caspary was a dynamic, strong-willed woman, ahead of her time: coming to adulthood just as World War One was ending, she made up her mind to seek a job in a male-dominated business world, dreaming of a writing position. She, fortunately, fulfilled her dream.
    Greetings from Spain!

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  3. Confieso que empiezo este comentario desazonado por algo que, desgraciadamente, sigue constituyendo una verdadera plaga en los libros que editan muchas de las editoriales españolas. Hablo en general. Malas traducciones, faltas de ortografía y erratas de imprenta continúan enseñoreándose en las lecturas que llegan a mis ojos. La última ha sido esta última edición de “Laura”. El descuido y la carencia de un exquisito afán de rigor y de pulcritud son todavía la norma, cuando ésta tendría que ser todo lo contrario. La cosa, a mi entender, es seria. No ya por la obligación de ofrecer el producto en las mejores condiciones posibles –máxime si tenemos en cuenta el precio de cualquier libro hoy día–, sino porque el velar porque el idioma no sea más maltratado de lo imprescindible debería construir una de las premisas de toda editorial mínimamente circunspecta. Mientras no ocurra así, todos saldremos perdiendo, incluidos los autores que, de esta manera, se ven tan mal servidos.

    Saludos

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  4. Tienes mucha razón, Bideak. Si a eso le añadimos que entre un 35 y un 40 por ciento de los españoles no lee nunca, o casi nunca, y que –además– existe una fuerte contracción del mercado editorial, el asunto pinta todavía peor. Los editores de libros, por razones obvias, han decidido rebajar la calidad del producto en detrimento de los lectores. Saludos!

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