Sylvia Plath: la tragedia, los hombres y la muerte

A los 30 años, un 11 de febrero de 1963, Sylvia Plath, habiendo sellado las puertas del cuarto de sus pequeños Frieda Y Nicholas con sumo cuidado y dejando al lado de sus dos pequeños, sus vasos de leche, abrió la llave de gas y metió la cabeza en el horno, tomó todas las precauciones para que el escape de gas no dañara a sus hijos, y terminó así con su existencia.

“Morir es una arte”, para Sylvia, una patológica amante de la perfección, morir, como todo lo demás, era un acto que debía ser ejecutado con sumo detenimiento y precisión. Sin embargo el hecho de su muerte no tuvo mucha trascendencia para la prensa, debido a que no era muy conocida en el ambiente literario, ya que, hasta esa fecha, su único libro conocido The Colossus, no había tenido demasiada acogida.

Fue una poeta excepcional atrapada durante los últimos meses de su vida en un miserable apartamento, atormentada por su soledad insufrible, apresada también en el ambiente de apariencias que existía en los años 50, del que Sylvia fue una genial exponente, porque había sido criada para ser complaciente, y quizás lo logró; fue complaciente con su familia, con los profesores, con el público que contemplaba su aparente matrimonio perfecto. Pero detrás de la típica ama de casa, encantadora y de amplia sonrisa y de la absurda puesta en escena se encontraba una mujer apasionada, que no había logrado un matrimonio feliz, una mujer insatisfecha de sus logros a pesar de su tremenda genialidad, una Medea del siglo XX que a diferencia de la original no eliminó de la escena a sus hijos para vengarse de su ex marido victima de celos atroces sino a sí misma.

Como Medea también su figura provoca cierto grado de temor y compasión, compasión por su obsesivo perfeccionismo, sus intentos frustrados de mostrar a los demás un excelente matrimonio, un fantástico esposo, con el que compartiría el sueño utópico de dedicarse íntegramente a la poesía y unos hijos hermosos. Perfeccionismo que desemboca en paranoia, en un deseo insoportable de agradar, en una feroz competencia consigo misma, por alcanzar la máxima expresión en su verso. Temor por su compulsivo deseo de manipular a los machos, por su capacidad de lastimarse y de lastimar a los demás con su pluma, porque esa linda y dulce dama de portada nunca se midió en cada palabra acomodada para destrozar, para maldecir, tal es el poder de su verbo como si cada poema fuese un conjuro de magia negra o una furia profetizada.

Los hombres

Gracias a un nuevo género conocido como metabiografía, reconstruido a partir de poemas, cartas, y otros escritos se nos muestra un conocimiento más profundo de una mujer interesantísima, paranoica, atormentada, obsesivamente celosa, que pareció habitar en una especie de atmósfera siniestra y catastrófica. Los hombres son un tema recurrente en su poesía como bestias engreídas con las que muchas veces desea competir, especialmente su padre ya que vivió bajo la sombra de su muerte y al que miró con desprecio tratándolo de soldado nazi en sus poemas (No Dios, sino una esvástica/Tan negra que ningún cielo podría cernirse. /Toda mujer adora a un fascista, /la bota en la cara,/ el brutal, brutal corazón de una bestia como tú) a él dedica su poema Daddy, en una mezcla de amor-odio. Daddy es un poema inmensamente sufrido, pleno de nostalgia (Hay una estaca en tu negro, burdo corazón, /A los aldeanos nunca les gustaste. /Están bailando y zapateando sobre ti, /siempre supieron que eras tú /Papacito, papito: escúchame bastardo, acabada estoy).

La muerte del padre sobrepasa el vacío insaciable de una niña consciente de que esa pérdida la marcaría a lo largo de sus 30 años (Ya no me quedas no me calzas más /zapato negro, nunca más. /Allí dentro vivía como un pie/durante treintaitantos años, pobre y blanca,/ sin atreverme a respirar ni decir achú.). El significado oculto de la muerte es el abandono, el primer abandono lo que desencadenaría en el yo poético un sentimiento de odio y venganza hacia el padre que sería representado después en otro hombre y el mismo abandono sería revivido en el amante que la deja y al que destruye mediante su propia autodestrucción (He matado a un hombre, he matado a dos/ Al vampiro que dijo ser tú/Y bebió de mi sangre todo un año,/Siete años si quieres enterarte,/Papito, puedes descansar en paz ahora.).

El amante

En 1955 ingresa a Cambridge donde conoce a Ted Hughes un poeta seductor con quien contraería matrimonio y con quien compartiría una trágica historia. Llevaba ocho meses de haberse separado de él, su matrimonio de siete años se había desmoronado como un castillo de naipes, y son precisamente esos ocho meses el motor que la impulsarían a crear los poemas más deslumbrantes de su época los cuales fueron recogidos en forma póstuma por el mismo Ted en Ariel y Árboles Invernales. La historia de Sylvia Plath y su esposo Ted Hughes es la de un matrimonio destruido por la infidelidad y los celos. El abandono de Ted en el mundo emocional de Sylvia se traduce en sentirse desolada, nuevamente sola. Y quizás el daño que pudo causar al amante era su forma de venganza en general con los hombres, ante la experimentación del sentimiento de total desgarramiento que estos podían provocarle. (Desde las cenizas me levanto/Con mi cabello rojo/Y devoro hombres como el viento).

La muerte

El otro tema es la muerte, específicamente Sylvia siempre sintió una especial atracción por el suicidio. En el verso, la muerte es tratada como una danza que se tiene que ejecutar cada cierto tiempo, en realidad cada década marca un incidente trágico, porque a los 10 años murió su padre, (Sin embargo, soy la misma, idéntica mujer./La primera vez que sucedió tenía diez./ Fue un accidente), a los 20 años tuvo su primer intento de suicidio, y probablemente fue la segunda etapa más dura y confusa de su atormentada existencia: (La segunda vez pretendí/ Superarme y no regresar jamás./Oscilé callada./Como una concha marina./Tenían que llamar y llamar/Recoger de mí los gusanos perlas pegajosas).

Parece ser que cada década simboliza algo especial en el verso, no un renacimiento sino un volver a la muerte en forma trágica (Lo logré otra vez,/Me las arreglo/una vez cada diez años). Y finalmente como para cerrar con broche de oro la llegada de los treinta (Y yo una mujer sonriente./Tengo solamente treinta años. /Y como gato he de morir nueve veces.), con lo que llegaría el tercer encuentro con la muerte: (Esta es la número Tres./Qué desperdicio/Eso de aniquilarse cada década.), y es precisamente este el encuentro definitivo, el cierre del telón en tres actos, dejándonos a todos los espectadores con la boca abierta como si contemplásemos el final de una tragedia griega de Eurípides o Sófocles. (Morir/Es un arte, como cualquier otra cosa./Yo lo hago excepcionalmente bien./Lo hago por sentirlo hasta las heces./Lo hago para sentirlo real./Podemos decir que poseo el don./Es fácil ejecutarlo en una celda./Es muy fácil hacerlo y guardar la compostura./Es teatral). Roxana Ghiglino