Los ochenta mundos de Julio Cortázar

Hace sólo cuatro años se conmemoraron los cincuenta de la publicación de un libro que quizás sea el más conocido del escritor argentino Julio Cortázar: su novela Rayuela,  publicada por Editorial Sudamericana en junio de 1963, la cual se convirtió, entre otras cosas, en una de las principales obras que contribuyó al boom latinoamericano. 

Desde el principio, Rayuela fue para los lectores una novela diferente. Para empezar, y de un modo sorprendente, el autor de la novela planteaba dos modos de leer el texto, según fuera el orden de los capítulos que el mismo proponía.

En varias manifestaciones contemporáneas a la publicación de la que muchos han considerado su obra más reveladora, Julio Cortázar comentó que él no quería engañar al lector sino que su propósito era escribir una contranovela, lejos de los cánones de la novela, que no se pareciera a las novelas y que fuera distinto a todo lo que él había escrito hasta entonces, fundamentalmente relatos y escritos de aluvión.

Rayuela se convirtió, lentamente, en un éxito mundial. A mediados de los noventa, contra el pronóstico de que el tiempo pasado había enterrado la obra de Cortázar, con el boom latinoamericano bastante desacreditado, hubo una campaña sostenida por algunos editores, artistas y figuras del mundo literario como Carmen Balcells y Aurora Bernárdez, que emprendieron una campaña, con el lema Queremos tanto a Julio, para difundir su obra. Aquello significó la vuelta de Cortázar a las estanterías.

Por otra parte, Julio Cortázar ya había ganado antes de su novelas un sólido reconocimiento por sus cuentos, los cuales han creado escuela por sus propuestas sorprendentes y por su aprovechamiento de los recursos del lenguaje coloquial. Sus escenarios fantásticos e inquietantes pueden emparentarse con algunos de los relatos de su compatriota Jorge Luis Borges.

El ritmo del lenguaje recuerda constantemente la oralidad y, por lo tanto, el origen del cuento: leídos en voz alta cobran otro significado. Lo curioso de estos relatos es que el lector siempre queda atrapado y a pesar de la alteración de la sintaxis, de la disolución de la realidad, de lo insólito, del humor o del misterio,  reconstruye o interioriza la historia como algo verosímil.

Entre las colecciones de cuentos más conocidas se encuentran Bestiario (1951), Las armas secretas (1959), uno de cuyos relatos, El perseguidor, se ha convertido en un referente obligado de su obra; Todos los fuegos el fuego (1966); Octaedro (1974), y Queremos tanto a Glenda (1981). Tambien hay que citar -ya lo hemos hecho parcialmente-  el relato y el ensayo imaginativo de difícil clasificación, entre ellos, Historias de cronopios y de famas (1962), La vuelta al día en ochenta mundos (1967) o Último round (1969).

La vuelta al día en ochenta mundos

Estas dos últimas obras  han sido consideradas, desde su aparición, clásicos ejemplos de la anarquía textual cortazariana, pues aparentemente fueron libros “armados” sin seguir una composición previa, mezclando diferentes y  géneros y estructuras literarias, en contraste entre ellas. Además de su componente literario obvio, los libros tuvieron una estructura artística novedosa porque a la exposición literaria se añadió un importante y atractivo ingrediente visual, integrado por un conjunto de imágenes de diversos géneros y estilos. El responsable de esta composición visual fue Julio Silva, diseñador gráfico, artista plástico y gran amigo de Julio Cortázar, presente en casi toda la organización y diagramación de la obra cortazariana (….).

En la edición de bolsillo, de formato más pequeño, no fue posible mantener los efectos visuales que fueron diagramados en las primeras versiones, y en diversas ocasiones se sacrificó la idea original de Cortázar y Silva en aras de que los libros fueran económicamente más accesibles.

En La vuelta al día en ochenta mundos y Último round, Julio Cortázar publicó por primera vez algunos de los textos que son ahora canónicos de la literatura latinoamericana en el género del ensayo y la prosa poética, como “Para llegar a Lezama Lima”, “Del cuento breve y sus alrededores” y “/que sepa abrir la puerta para ir a jugar”. En ellos, Cortázar hizo una crítica y balance de las letras latinoamericanas, confesó su deslumbramiento por Paradiso y reveló su admiración por su autor; además, señaló la ausencia de la producción de prosa erótica en Latinoamérica, falta que intentó compensar con la publicación de Tu más profunda piel, donde concretó literariamente sus reflexiones sobre el erotismo.

También fueron incluidos en estos volúmenes algunos cuentos inéditos y otros que habían sido publicados en revistas desaparecidas: “Tema para san Jorge”, “La caricia más profunda”, “El país de los cronopios”, “Silvia”, “El viaje” y “Siestas”, casi todos de filiación fantástica, donde la realidad cotidiana es interrumpida por una anomalía inexplicable que modifica arbitrariamente el curso lógico de los acontecimientos. En estos libros, Cortázar exorcizó dos episodios ligados con su origen argentino.

Desde su publicación, La vuelta al día en ochenta mundos y Último round han estado cubiertos por un velo de misterio con respecto a su fabricación. Ante la imposibilidad de encasillarlos en un solo género o estructura, la crítica los ha llamado de diversas formas: “volumen cronopiesco”, “libros complementarios”, “libros mosaico”, “libros-collage” y “almanaques literarios”. Las declaraciones hechas por Cortázar y Silva, afirmando que los libros fueron “ensamblados” de forma “espontánea” y “natural”, reafirmaron desde su aparición la idea de que ambos fueron creados improvisadamente, sin un patrón previo.

La vuelta al día en ochenta mundos surgió de una mezcla heterogénea de materiales literarios e imágenes visuales, y fue la respuesta a la petición de Orfila Reynal, director de la entonces joven editorial Siglo XXI; el éxito de este primer texto, elaborado al alimón entre Cortázar y Silva, determinó la creación de Último round, que incluyó textos más recientes e información biográfica novedosa. En estas páginas está aún vital el conflicto universitario del mayo parisino de 1968 (“Noticias del mes de mayo”) o el drama de la guerra de Vietnam con sus imágenes bélicas y sus víctimas cotidianas (“Vuelta al día en el tercer mundo”). Cada uno de estos textos es una excusa para tejer temas, estructuras y estilos sin relación aparente (…) [Marisol Luna Chávez]

Rayuela

Pero es precisamente lejos del relato corto donde reside la huella revolucionaria e irrepetible que Julio Cortázar dejó en la literatura en lengua española, desde su novela inicial (Los premios, 1960) hasta la amorosa despedida textual de Nicaragua, tan violentamente dulce (1984).

El momento álgido de esta propuesta innovadora que aniquilaba las convenciones genéricas fue la escritura de Rayuela (1963).

Protagonizada por un álter ego de Cortázar, Horacio Oliveira, Rayuela narra el itinerario de un intelectual argentino en París (primera parte) y luego en Argentina (segunda parte), para agregar, en la tercera parte y al modo de misceláneas, una serie de anotaciones, recortes periodísticos, poemas y citas que pueden intercalarse en la lectura de las dos primeras, según el recorrido que decida el lector, a partir de los dos que propone el autor.

Las desavenencias amorosas entre La Maga y Horacio Oliveira, los conflictos intelectuales de Horacio, una amplia red de referencias culturales, con el jazz en posición preferente, y la invitación a la participación del lector como coautor de esa obra abierta, encontraron en el clima de efervescencia cultural de la década de 1960 su perfecto campo de desarrollo. Rayuela ha quedado así como uno de los emblemas imprescindibles de la cultura argentina de ese momento, en el que la novela de Julio Cortázar ocupó un lugar central y fue objeto de toda clase de asedios y comentarios críticos.

Los discursos literarios, filosóficos, políticos y hasta eróticos que se insertan en la novela se corresponden en gran medida con cuestiones heredadas de la literatura del absurdo, concretamente de autores como Franz Kafka y Albert Camus. Se trata de representar el absurdo, el caos y el problema existencial mediante una técnica nueva. El autor pretende echar abajo las formas usuales de la novela para crear una narración basada en una especie de ars combinatoria infinita por la cual se generan las múltiples lecturas capaces de articular la trama, la intriga, los personajes, el desdoblamiento autor-narrador (dualidad que, sin duda, remite una vez más a Cervantes como creador de la novela moderna) y hasta la reconstrucción de la cronología.

El propio Cortázar declaró que quería superar el falso dualismo entre razón e intuición, materia y espíritu, acción y contemplación, para alcanzar la visión de una nueva realidad, más mágica y más humana. Al final de la novela, en oposición a la novela clásica o tradicional, quedan interrogantes sin resolver: nada se cierra, todo está abierto a múltiples mundos. Cortázar llevó después estos planteamientos estéticos a su novela 62 / modelo para armar (1968), obra que toma su nombre del capitulo 62 de Rayuela, que no se lee si se sigue el orden fijado por el autor. Con el trasfondo político de la situación latinoamericana y de la vida de unos exiliados en París, pero con las mismas inquietudes literarias, publicó en 1973 El libro de Manuel.  © M.E.