La obra de Pierre Michon bordea el abismo existencial

La editorial bonaerense ‘Bulevar’ ha reeditado recientemente “Vidas Minúsculas” y “Rimbaud hijo”, dos afamadas novelas de Pierre Michon. El ‘auteur secret’ francés no sólo publica muy de tarde en tarde, sino que sigue manteniéndose al margen de todas las tentaciones del mundo literario parisino.

Sin duda, hay algo de asceta en esta manera de vivir que tiene que ver con la propia forma en que el autor vive y siente la creación: una cierta tentación por establecer un sentido sagrado con lo escrito, la letra que se preserva del tiempo y de la desaparición, dos temas que podrían obsesionar a Michon. En “Vidas minúsculas” empezamos por el origen, esa infancia, esos recuerdos del tiempo vivido en imágenes a modo de cuadros impresionistas, con colores vivos, y una prosa poética que tiende a la extensión más que a la elipsis, atrasando el instante en que la escritura deja el movimiento para convertirse en fijeza.

En Pierre Michon hay ese movimiento de la prosa y esa necesidad, llena de pudor y vergüenza, por confiarse en el texto. Es un tono confesional el que le sirve para construir sus fragmentos, como si se salvase sólo en el instante en que el lector cierra el círculo con la lectura. Hay comunión, hay ganas de hablar del Verbo, con mayúscula, de la palabra hecha carne, por eso, a lo mejor, Michon se comporta como un místico, como un feligrés temeroso de la falta de sentido y del artificio. Pocos libros para juzgar, y sin embargo suficientes para darnos cuenta de que no es un autor fácil (sobre todo para traducir), que sus mitos personales tienen que ver con una subjetividad nutrida de lecturas clásicas (una excelente lectura de los clásicos griegos), y que su poeta más admirado es Arthur Rimbaud. A lo mejor porque, como alguna vez dijo Michel Leiris, Rimbaud, y con él Nerval y Artaud, han pagado con sus propias vidas (destrozadas, alienadas) el tributo a ser considerados como verdaderos poetas.

Habría que decir que la vida tiene que ver con la obra y que los textos, por más inmanentes y autónomos que sean, y sin negar las teorías estructuralistas, tienen mucho que ver con la vida de los propios creadores: son su correlato, o su síntesis; condena y salvación, por qué no resaltarlo con un profundo respeto. Y en Pierre Michon dan ganas de decir que vida y obra, ascesis y creación, van unidas. No creo que esté de más decirlo, vive como un jansenista. La escritura en cambio no lo es, es rica en imágenes poéticas, bellísima para describir escenas que casi siempre es complicado elaborar sin parecer ridículo o de mal gusto:

“Desnuda, la hice adoptar posturas insensatas en la habitación polvorienta. Estaba agotada pero muy excitada, y su goce fue acre como el polvo que mordía; yo estaba aún más erecto porque todo mi ser en pleno naufragio se refugiaba en la dureza de la punta agresiva con la que espoleaba a esa reina, o a esa niña, para que me acompañase en mi naufragio” […]

O ésta, sobre la muerte:

“Entrar en el instituto era entrar en el tiempo, el único tiempo identificable porque lleva consigo desapariciones definitivas; me acercaba a la época en que las inmunidades caen, en que las pesadillas son verdaderas y la muerte existe…”

Un sentimiento de muerte profundo, pero también una reivindicación vital impresionante marca este libro que se construye a manera de biografías que se convierten en autobiografías, ficciones sobre la infancia, el pasado, la madre, y ahí la vemos como la madre de Rimbaud, una madre Isis, imponente, nunca anónima. Nombres, personajes que salen de la propia vida de la voz del autor, sin la cual no existirían porque sólo el poder de evocación (y ficción) de la palabra escrita les da algún estatuto ontológico, sin el cual lo único que queda es una pérdida de sentido espeluznante.

Los textos de Michon caminan al borde de un abismo existencial, en el contenido (el personaje que busca la gracia de la inspiración, catarsis, dolor e intensidad sin lograrlo es una parte de ello) y en la forma, que es tortuosa, por fugitiva, por finalista y densa. Es una prosa que se cuestiona a sí misma por medio de recursos estilísticos que se parecen a esos gritos de locura de Artaud o a las injurias de Rimbaud cuando decide abandonar para siempre las palabras, al Verbo, infame por inútil, porque no abarca la realidad y sólo la percibe de manera imperfecta e inacabada. Los ocho textos de “Vidas minúsculas” están inacabados, se recogen sobre sí mismos en una especie de rito jubilatorio, extraño y horriblemente solitario.

Al leer estos textos, de ahí la mención que hice al supuesto misticismo de Michon, se percibe ese padecer, esa vocación por lo escrito, en la presencia del autor que se mantiene intacta, ofrecida al lector en los textos que lee… una epifanía, voilá. Qué acontecimiento leer un libro así, no es fácil, quedan pocos como Michon, como Claude Simon, tal vez mi buen amigo Jean Echenoz, y algunos nombres más que ahora no me vienen a la memoria, pero quedan como los “últimos mohicanos” de esa guerra que nunca termina: devolverle a las palabras su poder expresivo, su pathos, su halo vital. Porque “si las palabras no cambiaran el sentido y el sentido las palabras”, escribir no tendría mucho sentido al convertirse en un proceso aséptico e industrial. Y si conmueve la espera de la inspiración en el personaje de Michon repartido a través de los fragmentos de las supuestas biografías, porque, hay que decirlo aunque ya esté dicho, también en la cubierta del libro, las biografías de André Dufurneau, de Georges Bandy o Marianne, o Claudette, son sólo el pretexto para que la voz principal se construya en ellas, son el trampolín desde donde se salta al pasado, la infancia, los orígenes y todo el pathos de esa experiencia personal trabajada de forma estética en el texto. Son el espejo en que el protagonista se ve y tal vez se reconoce y, sin embellecerse, nos ofrece estas páginas estupendas de autoficción, como un don, vidas tan minúsculas como grandiosas.

Patricia de Souza

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