No lees el “Ulises” de Joyce porque no quieres

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Ya hemos comentado el capítulo final. Ese maravilloso epílogo. Sucede en la mente de Molly, es el monólogo interior absoluto de la hembra, afirmativo, feroz, implacable. Marca para siempre la literatura. Ya es de noche y no importa qué hora es. El tiempo ha desaparecido y con él la puntuación. La palabra es casi una excusa. Son imágenes sueltas, laxas, deshilachadas. Molly siente una nueva fuerza en Leopold, le atrae extrañamente la presencia de Stephen Dedalus, la idea de que viva con ellos. Es el triángulo, es la trinidad que se cierra. La novela ha terminado con un YES mayúsculo, afirmativo, poderoso. Es ahí, en la mente de Molly, esta promiscua Penélope, donde la nueva fuerza de Bloom asesina a todos sus pretendientes.

Insurrecta, tremenda, Ulises conoció todo tipo de avatares antes de ser leída y comprendida. Publicada por capítulos en The little review conocería la censura y la prohibición en los Estados Unidos e Inglaterra hasta conseguir, en París, claro, ¿dónde más?, la colaboración de las dueñas de la librería Shakespeare & Co., Silvia Beach y Adrienne Monnier, parte fundamental de ese notable conjunto de mujeres artistas que se agrupó en la rive gauche en los años veinte, creando un epicentro de actividad artística al cual mucho le debe la sensibilidad de nuestro siglo. Silvia Beach se enamoró del texto y decidió publicarlo a cualquier riesgo. Comienza su época parisina, comienza la época de gloria de James Joyce.

Entre bromas, Joyce había declarado que inició Ulises en el cumpleaños de Frank Budgen, uno de sus comentaristas, y que lo terminó en el de Pound, el 30 de octubre de 1921. “¿Cuándo aparecerá?”, inquirió a la Srta. Weaver. “El día de su cumpleaños, Mr. Joyce”, le contestó ella, el 2 de febrero de 1922. Meta que fue perseguida apresuradamente hasta conseguir que Joyce recibiera ese día en su domicilio el ejemplar de más de 700 páginas con las tapas color azul celeste que él asociaba con el mar, con lo griego, con el tema profundo del Ulises, palabra que, sin embargo, sólo figura tres veces en todo el libro. Esta edición ya no tenía ninguna pista homérica. Los capítulos sólo llevaban números y parecía más críptica y más poética. Hoy vale una fortuna cada ejemplar a pesar de que Vargas Llosa asegura que es un libro muy feo.

A partir de ese momento se produce una unión de talentos difusores de la obra de Joyce, entre los que campean Valery Larbaud en el mundo francés y Ezra Pound en el mundo angloparlante. Las obras de ambos sufrirán su influencia, como la sufre Eliot en The Waste Land. Ulises ya causa efectos estéticos. Es como una bomba atómica en la expresión artística de la época. Hasta hoy emite radiaciones. Yo creo que, incluso, hoy emite nuevas radiaciones. Ya hablaremos de eso.

Pound publica en mayo de 1922 su famosa Carta de París, donde señala, entre otras cosas, que “Joyce ha tomado el arte de escribir allí donde lo dejó Flaubert” y lo conecta con Bouvard y Pécuchet. Esta aseveración es muy seria. Flaubert había amenazado de muerte a la novela como género. ¿Qué hace Joyce? ¿La mutila? ¿O la gira sobre sí misma para extraerle sus últimas gotas? Agrega que “allí donde Cervantes satirizó a un solo tipo de necedad y a un solo tipo de expresión ampulosa, Joyce satiriza por lo menos a setenta e incluye, por implicación, toda una historia de la prosa inglesa”.

Dice Pound: “los señores Bouvard y Pécuchet son la base de la democracia, Bloom también es la base de la democracia, es el hombre de la calle, el público, no el nuestro sino el de Mr. Wells, el hombre medio de sensualidad media, también es Shakespeare, Ulises, El Judío Errante, el lector del Daily Mail, el hombre que cree lo que lee en los periódicos, Todo el Mundo y el chivo expiatorio”. Cualquiera de nosotros.

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Joyce con Nora Barnacle

Ulises está escrito en dialectos, en todas las posibilidades del habla, es un recorrido completo por todas las figuras retóricas que hace conectar a Eco con las más antiguas tradiciones medievales. Posiblemente, como dice Pound, “un libro tan irrepetible como Tristram Shandy”. “Joyce se ha propuesto hacer un Infierno y ha hecho un Infierno”, agrega.

De 1921 a 1924 París fue el centro mundial de la actividad literaria. El estudio de Pound era un lugar de reunión y un punto de interés. Por ahí pasó lo más granado: Wyndham Lewis, T. S. Eliot, William Carlos Williams, Gertrude Stein, e. e. cummings y Ernest Hemingway, el músico George Antheil. Mientras tanto el Ulises-libro conocía procesos múltiples de acuerdo a las leyes norteamericanas.

De todas maneras, James Joyce tomaba conciencia de ser el gran escritor de la prosa inglesa de ese momento. Una conciencia dolorosa que su genio no perdonó, y puso en marcha su obra final, el Work in progress, el Finnegans wake. El 11 de marzo de 1923 escribió a la Srta. Weaver que tenía dos páginas escritas después del YES final del Ulises. Recibía dinero de una millonaria que no se identificaba. Leía a los competidores en la literatura mundial. Se sentía muy cómodo en París. A pesar de vivir una gloria que alcanzaba sólo un círculo de élite, se sentía orgulloso. Es divertido su célebre encuentro con Proust, otro convencido de haber tocado el cielo. Hay múltiples versiones. Richard Ellman cita algunas. El 18 de mayo de 1922 fue invitado a una fiesta en honor de Stravinski y Diaghilev. Llegó tarde y sin traje de etiqueta. Se dedicó a beber copiosamente, azorado.

Envuelto en un abrigo de piel, entra Marcel Proust, que no se sabía si vendría, pues nunca salía de su apartamento. Joyce quedó sentado junto a Proust. Según W. C. Williams, Joyce dijo: “tengo dolores de cabeza todos los días, mis ojos son terribles”. Proust replicó: “mi pobre estómago, ¿qué voy a hacer?, me está matando. De hecho, tengo que irme en seguida”. “Yo me encuentro en la misma situación, contestó Joyce, me iré en cuanto encuentre a alguien que me lleve del brazo. Adiós”. “Charme, dijo Proust, oh, mi estómago”. Según Margaret Anderson, Proust dijo “Lamento no conocer la obra del Sr. Joyce” y Joyce: “No he leído nada de la obra del Sr. Proust”. Luego hablaron de su común gusto por las trufas. “Proust, diría luego Joyce a una amiga, sólo hablaba de duquesas mientras yo me preocupaba por las doncellas de éstas”. Al final Joyce se metió en el mismo taxi en que volvía Proust con otro matrimonio. Abrió de golpe la ventanilla y la cerraron inmediatamente pues Proust era muy sensible a las corrientes de aire. Más tarde Joyce escribiría: “Proust, bodegón analítico. El lector termina la frase antes que él”. Envidiaba las condiciones de vida del escritor francés: “Proust puede escribir, tiene una casa cómoda en l’Etoile, con suelo de corcho y corcho en las paredes para que no haya ruido. Yo, mientras, tengo que escribir en este sitio, con la gente que entra y sale. Me pregunto cómo puedo terminar Ulises”. Proust murió el 18 de noviembre de 1922 y Joyce acudió al funeral.

En 1930, Joyce era una figura mundial. Ulises estaba prohibido en Inglaterra y en Estados Unidos y él era igual el prosista más famoso en su idioma. Toda su ficción había sido traducida al francés y al alemán y venían traducciones al ruso, sueco, polaco y japonés. Apareció finalmente Ulises, en Estados Unidos en 1933 luego que el juez Woolsey, en una declaración famosa, libró al libro de toda obscenidad.

Su trabajo en el Finnegans wake, aparecido en revistas por fragmentos, sembró dudas, fanáticos y detractores. Ya no importaba. El efecto Ulises comenzaba su tremenda faena. Joyce estaba trabajando más allá del bien y del mal. Con cierto nerviosismo le hablaban de un escritor checo muy talentoso, un tal Kafka.

La vida de Joyce, retratada magníficamente por Richard Ellman, su mejor biógrafo, sufrió numerosos golpes. Sus oftalmólogos, los doctores Henry y James, ya lo habían operado varias veces y había buscado otras opiniones. Casi no veía. Lucía entraba en el derrotero sin salida de la esquizofrenia. La gloria lo coronaba pero también lo hacía sufrir. Es otra historia, otro artículo.

Releer el libro hoy ha sido también para mí una experiencia. Una apertura de espacios mentales, un quiebre de convenciones que, no sabemos cómo, decepciones finiseculares mediante, se han ido otra vez imponiendo. No se puede escribir otro Ulises. Pero Ulises está ahí y sigue siendo el paseo más feroz por las posibilidades infinitas de la literatura. Es el último libro posible y contiene todos los libros. Es un libro-monstruo, así lo llamó el mismo Joyce, pero también es un libro-biblioteca. Mi amigo, el que se reía de mí, debería conmigo releerlo. Volver a sorprenderse de la frescura de ciertos recursos, volver a ser iluminado por esta potencia, esa falta de respeto, ese manejo del lenguaje y de la imagen, ese trabajo sobre la forma cargando de otros sentidos la escritura. Pasará por encima del cansancio que cae sobre el lector mal acostumbrado a composiciones más simples. Por más que el tiempo pase, por más que sus aportes hayan sido utilizados bien y mal por muchos escritores posteriores, sigue siendo un libro difícil y complejo. ¿Pero eso a quién le importa? Es el libro más cercano a la vida misma. Huele a sudoración, excrementos, recuerdos libidinosos, aliento etílico. Huele a ciudad, está lleno de ruido, es barroco, cómico, dolorosamente trágico, no tiene página sin sorpresa. Vitaliza su ejemplo a cualquier otra lectura, enriquece a todo aquel que desee moverse con imaginación y sensibilidad en el abultado mundo de las nuevas formas narrativas que nos asalta desde la proliferación de tecnologías de este tiempo.

Me temo que nuestro fin de siglo, tan juicioso que se ha vuelto un poco necio, necesita ser nuevamente uliseado. Para aprender lo que el siglo nos ha enseñado: el golpe, el fragmento, el accidente, el azar, la desconfianza en el lenguaje, la relatividad, la incertidumbre, la interactividad, la complejidad, el caos, las catástrofes. Todo está aquí y, además, bellamente dispuesto. Tal vez el gesto conservador de la gran masa consumidora no es más que un mecanismo de defensa ante el dolor al que la mirada de Joyce se atrevió. Enfrentar el cambio como gesto cotidiano y vertiginoso. Escuchar la calle como música y revisar el sentido del lenguaje en medio de la aceleración inquietante de toda experiencia y la volatilización de todos los datos.

¿Se puede escribir después del Ulises? Estoy seguro que sí. Pero no se puede dejar de leerlo. Y de releerlo, que no es estudiarlo, por favor. Es gozarlo, sufrirlo, padecerlo. Es, tal vez, hoy, un libro urgente. Un libro que recoge, más que nunca, la perturbadora sensación de ser un habitante de eso que se llamó la Modernidad, eso que de tanto ser ya no es, esa tremenda sucesión de golpes radicales a todo estilo en que se ha convertido algo que alguna vez se llamó la vida cotidiana. James Joyce muestra como nadie la herida que une el mundo interno del tráfico citadino, la historia de la civilización con la vida privada más privada, su uso del lenguaje nos recuerda que, al final, es en las palabras donde sigue dándose la batalla del espíritu, donde se dan, sin tregua, lo íntimo y lo etéreo con lo primario y lo monumental.

Por eso, cambio mi pregunta por una advertencia: antes de pasar al siglo XXI, echar en el equipaje un ejemplar del Ulises. Sin guía alguna. Ni siquiera ésta.

MARCO ANTONIO DE LA PARRA

MARCO ANTONIO DE LA PARRA (1952), escritor y psiquiatra, autor de una abundante obra dramática, traducida a varios idiomas, en la que figuran títulos como Lo crudo, lo cocido, lo podrido; La secreta obscenidad de cada día; King Kong Palace; Dostoyevski va a la playa; El continente negro y La pequeña historia de Chile. Ha recibido numerosos premios tanto por sus piezas teatrales como por su obra narrativa. Miembro fundador de La Academia Imaginaria y miembro de número de la Academia de Bellas Artes. Entre 1991 y 1993 fue agregado cultural de la embajada de Chile en España.
artículo publicado en la Revista de Estudios Públicos de Chile, nº70 (otoño 1998).

18 thoughts on “No lees el “Ulises” de Joyce porque no quieres

  1. Muchas gracias por tus letras, Leonardo. En parte nos hacen reflexionar sobre algo que seguramente compartimos: la diferente visión de la lectura de la misma obra en momentos diferentes y lejanos. Como le sucedió a tu hija, fue una novela que –también leída durante nuestra ‘avanzada’ juventud– nos dejó maravillados y alimentó a la vez nuestro amor por la literatura… A la espera está, pues, de que busquemos en sus páginas una nueva interpretación, si es que la tiene.

    Un abrazo.

    Ps. Es siempre un placer leer los excelentes trabajos que publicas en Tajalápiz.

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  2. Cuánta razón tiene al decir, en este excelente y entusiasta artículo, que la crítica puede ser (no siempre lo es) un obstáculo para la lectura de grandes obras. Claro, al “Ulises” no se llega sin haber caminado un poco por la literatura (como lo señala algún comentario), pero bastaría con decirse uno que es un libro del que todos hablan aunque casi nadie lee para penetrar en ese círculo estrecho, en esa élite, y participar (como quería Flaubert) en esa orgía perpetua que puede ser la literatura. Escribiendo esto me acuerdo de mi hija que a los veinte años y sin ser una estudiosa de la literatura se sumergió en el monólogo de Molly Blum “a ciegas” para salir totalmente maravillada.
    Saludo cordial
    PD : gracias por las lecturas en Tajalápiz

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  3. Una maraña de letras que, a veces, se convierte en epifanía. Resulta muy interesante la unión de los nombres de Joyce y Lacan, aunque nos confesamos ayunos del carácter que haya adoptado el análisis lacaniano sobre el autor de una obra –Ulysses– que, en sus propias palabras, bastaría para tener ocupados a los críticos durante 100 años. Rodeando de arte y de pleno sentido la prosaica vida de un individuo. Gracias por tu comentario, AB.

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  4. Muchas gracias por el artículo, realmente causa un temblor, una necesidad de volver a poner la mirada sobre esa maraña de letras. Por algo Lacan toma a Joyce como caso paradigmático, en el cual la obra funciona anudando al sujeto, preservándolo. Leer, releer a Joyce con Lacan, a Lacan con Joyce… una trenza maravillosa.

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  5. Hay cosas que uno debe hacer antes de morir. Una de ellas para mi, es leer Ulyses de James Joyce. Me pasó con Don Quijote de la Mancha y lo logré y ahora me he trazado la meta de leer Ulyses. No ha sido fácil, es como tratar de entender la mente de un esquizofrénico. Es alucinante, enrevesado y terriblemente realista al mismo tiempo. Pero he jurado que lo terminaré.

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  6. En nuestra opinión, si alguna novela puede proporcionar el placer de volver a enaltecer las palabras hasta su propio y radical significado, ésta sería “Ulysses”. Una novela que la mayoría sólo apreciamos al principio de un modo cabal, pero impreciso. Somos muchos los que tenemos pendiente una relectura de la obra más conocida de James Joyce, y que la deseamos.
    Un cordial saludo, DBD.

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  7. Magnífica entrada. Hasta me han dado ganas de releerlo, cosa que ya debería haber hecho y que he pospuesto por otras (siempre inevitables) lecturas o relecturas.
    Sin duda que leerlo desde la inocencia (refiriéndome a ésta como la lectura per se, sin la ayuda de otros textos que nos “expliquen” lo que estamos leyendo) es recomendable, pero creo que sólo lo podrá ser para aquellos que tengan sobre sí un cúmulo de lecturas previas bastante amplio.
    Sí, sin duda, si encuentro el volumen lo volveré a leer.
    Saludos.

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  8. Hay algunos que no piensan lo mismo, estimado Javier. A raíz de su intento de lectura –que abandonó más o menos en la página 80, como era previsible– uno de mis alumnos confesó que el Ulises no le había parecido interesante porque en su interior no había persecuciones, ni ráfagas mortíferas, ni mujeres fatales que confundieran al hombre valiente que se adentrara en él.
    Un abrazo.

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  9. Para D. Larsen, Jean-Paul, Zenocrat, Ruben, Antoine, Sonia:

    Mil gracias por vuestros inteligentes y amenos comentarios sobre el Ulises de Joyce, estimados amigos. Consideramos que son una aportación muy enriquecedora para este blog y por ello queremos haceros llegar, nuevamente, nuestro más sincero agradecimiento.

    Un fuerte abrazo.

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  10. ¿Qué recuerdo yo del Ulises joyceano? Ciertamente, el monólogo de Molly Bloom. También permanece en mi memoria la escena del capítulo primero, en el que Stephen Dedalus está dando clase y suelta aquella memorable sentencia: “la Historia es una pesadilla de la que intento despertar». Pero sobre todo guardo recuerdos –bastante difuminados, claro– de un gran número de acontecimientos que me fascinaron por su variedad y precisión, pero que me desconcertaron también, ya que no supe vincularlos entonces para darles un sentido coherente.
    Gracias por publicar este fenomenal artículo.
    Un saludo desde México, DF

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  11. Aparentemente diacrónicas, las alusiones al siglo pasado del autor de este magnífico comentario, quizás no deberían de ser consideradas de este modo, aunque vivamos ya en la segunda década del siglo XXI, si consideramos que muchas de las claves del Ulises, su tiempo circunstancial por ejemplo, pertenecen al siglo XX, en el cual la fragmentación y la incertidumbre que muchos hemos descubierto en algunas novelas como la de James Joyce se han convertido, además de otras consideraciones, en bases fundamentales de la literatura moderna.

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  12. Cuentan las malas lenguas que Joyce tenía un sentido del humor muy peculiar y hacía un uso desmedido del ‘private joke’. Para los irlandeses, el ‘chiste privado’ es aquel que nos hace gracia sólo a nosotros porque está directamente relacionado con aspectos de nuestra vida particular. En este caso, (véase el ejemplo siguiente), Joyce lo transforma –como el que no quiere la cosa– en un ‘public joke’ que introduce subrepticiamente en un pasaje de su bendito ‘Ulises’.

    “Monsieur de la Palisse, Stephen sneered, was alive fifteen minutes before his death.”

    Oh, Dear Dirty Dublin!

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  13. T.S. Eliot, en su ensayo “Ulysses, Order and Myth”, opinaba así sobre esta grandiosa e irrepetible obra:
    “Considero que este libro es la expresión más importante que ha encontrado nuestra época; es un libro con el que todos estamos en deuda, y del que ninguno de nosotros puede escapar.”
    ¡Qué más se puede añadir!

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  14. Fantástico y esclarecedor artículo, que ha venido a recordarme todo lo que yo sentí –hace ya muchos años– cuando leí por primera vez el Ulises de Joyce. Para mí, su lectura fue traumática, impresionante. El último capítulo hasta me provocó un dolor de cabeza y un mareo que me duraron horas. Empecé a leerlo casi un mes antes de la Navidad de 1998, y debo confesar que a los pocos capítulos de haber comenzado la lectura, tuve las primeras tentaciones de abandonarlo. Pero fue más fuerte la curiosidad, el sentimiento de – digamos – responsabilidad intelectual y, también, el placer que iba aumentando progresivamente. Al precio, eso sí, de enterarme de la quinta parte del contenido, y consciente de que me tenía que conformar… Finalmente terminé la lectura de esa obra maestra universal, y puedo decir que, desde entonces, me considero literariamente desvirgado.

    Saludos cordiales.

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