No lees el “Ulises” de Joyce porque no quieres

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Nora Barnacle y James Joyce, junto a un desconocido, el dia de su boda en 1931

Ya comentamos los tres primeros capítulos como obra bisagra entre el Retrato y el Ulises propiamente tal. El primer capítulo correspondería a la “Telemaquiada”, sucede a las 8 de la mañana del día 4 de junio de 1904, el arte referido es la teología, tema de discusión y de parodia, el color el blanco y el oro, el símbolo es el heredero, y la técnica narrativa, la presentación objetiva alternada con vetas de palabra interior en la mente de Stephen. Tres jóvenes, el citado Stephen Dedalus, un oscuro Haines, estudiante inglés interesado en la cultura vernácula irlandesa (una de las líneas que se tejerán a lo largo de todo el libro) y Malachi Buck Mulligan, desayunan. Buck Mulligan hace una parodia de la misa. Discuten por el alquiler. La situación está en crisis, será su última mañana en esa torre para el joven Dedalus. Su familia es muy pobre, su padre vaga por las tabernas de Dublín. Su madre ha muerto y él se arrepiente de su comportamiento. Su condición de irlandés choca con su deseo de partir al continente a escribir. La figura de Mulligan es una venganza literaria de un pseudoescritor con quien Joyce no se llevaba nada de bien. El libro está lleno de esas claves. Ya no importan. Todo lo real ha sido transformado en arte.

El segundo capítulo se podría llamar “Néstor” (el sabio anciano a quien visitó Telémaco pidiendo consejo), sucede en el colegio donde hace clases Stephen Dedalus, a las 10 de la mañana, el arte referido es la historia, el color el castaño, el símbolo el caballo y la técnica, aunque similar al anterior, prefiere el catecismo personal. Es un capítulo hermoso. Stephen da clases de literatura en un colegio de muchachos ricos. Luego visita al director, anciano reaccionario y antisemita (otro de los temas que explorará la novela).

El tercero es “Proteo”, el ser cambiante de forma como el mar y también como la mente de Stephen. Aquí aparece la experimentación narrativa de Joyce mucho más manifiesta. El capítulo dura lo que su lectura en voz alta. Su escenario es la costa, son las 11 de la mañana, está dedicado a la filología, su color es el verde, su símbolo la marea. Primeras señales escatológicas en el pañuelo con que se hurga la nariz el joven Dedalus. Un velero de tres palos, tres cruces (otro motivo: la trinidad) llega al puerto.

Aquí comienza la verdadera odisea. Con el episodio intitulado, en la versión original, “Calipso”. Son las 8 de la mañana del 16 de junio de 1904. Mister Bloom le prepara el desayuno a su casquivana mujer. Un gato lo sigue. Preparará sus célebres riñones asados para su propio placer. Pensará en los 16 años de matrimonio. En una hija que parece llevar el camino de su madre, en un hijo muerto hace diez años, tras lo cual no ha vuelto a intentar el coito con su mujer. Huele a fritura todo el capítulo, a clase media baja. No nos extrañe, el Ulises está lleno de sensorialidad. El órgano de este capítulo son los riñones, el arte la economía, el color el naranja y el símbolo la ninfa, pero casi como una broma. Ulises, en verdad, es una broma sobre la Odisea. Bloom visita el retrete, piensa en el agente de su mujer, cantante profesional, y actual amante, lee un cuento en el retrete y piensa si podría escribir uno él mismo. Se limpia el trasero con el cuento, ¡vaya metáfora!, ¡vaya sentido del humor!, y parte a un entierro: ¿anuncia el futuro de la literatura? El relato entra y sale de la mente de Bloom. Es un capítulo notable donde se tejen las primeras hebras de muchos de los motivos de la novela.

En el quinto capítulo el señor Bloom vaga por Dublín, va a buscar correspondencia de una posible amante con la que se escribe con un nombre falso, hay escenas callejeras, se mete en una iglesia, reflexiona sobre la eficacia de la liturgia desde un punto de vista publicitario, apuesta sin querer a un caballo que ganará veinte a uno y se va a los baños (escena que no veremos). La referencia homérica es tangencial, los lotófagos. Se habla largamente de flores. El órgano, los genitales. El símbolo la eucaristía.

El sexto capítulo es memorable. Podemos percibir todo el ruido de Dublín, quedan en la memoria el traqueteo del carricoche, las voces, las imágenes. Es el viaje al cementerio, al entierro de Paddy Dignam. Son las 11 de la mañana y el órgano es el corazón, el arte la religión, el color el negro y la referencia homérica, Hades. La meditación es profunda y dolorosa, la muerte, el sentido de la vida, en plan grotesco. Ruidoso, zigzagueante, se lee como viendo cine desde la primera fila de butacas.

La experimentación ha ido en aumento. Las frases se cortan. Se eliminan todas las transiciones. Se prefiere lo onomatopéyico a lo descriptivo. Las figuras retóricas se ocupan mezcladas con el habla vulgar. La riqueza de recursos de James Joyce se despliega calculadamente. Todo su caos es aparente. Tiene toda la razón Edmund Wilson cuando acusa al Ulises no de desorden sino de excesiva planificación. No hay otro libro tan escrito, no hay otra novela tan planificada.

El séptimo capítulo es “Eolo”, su escenario el periódico donde trabaja Bloom, es mediodía, el órgano son los pulmones, el arte la retórica, el color el rojo. Joyce mezcla titulares de prensa y el estilo del periodismo con la anotación objetiva, reproduce conversaciones insustanciales, son los vientos circulando inútiles. Bloom queda más bien afuera, se cruza con Dedalus sin verse, todo es fugaz y borroso. Un movimiento incesante de ideas sin terminar, una gota de escabrosidad, la redacción del diario como la cueva donde se sujetan los vientos. También transmite una sensación cinematográfica de cámara al hombro, de montaje febril. James Joyce tuvo una cercana relación con el cine. Lo pensó como negocio y casi fue propietario del Cine Volta en Dublín.

En el octavo capítulo, Bloom se dirige a almorzar. Como siempre, impulsos elementales arrastran con todo. De lo visceral a lo espiritual, sin deslinde alguno. Es el capítulo de los lestrigones. Cambia de idea y toma un tentempié. Su mente vaga por comidas varias, observaciones fluctuantes, la técnica es la palabra interior y los datos fragmentados son innumerables. En su bolsillo lleva el jabón junto a su arrugada patata-talismán de la que no se separa nunca. Recuerdan el inventario de los bolsillos del narrador del Molloy de Beckett. Los clientes del restaurante Burton donde se cruza con tanta gente son los lestrigones o caníbales. Es la una de la tarde, el órgano es el esófago, el arte la arquitectura y la técnica tiene algo profundamente trabajado de peristáltico.

“Escila y Caribdis” es el noveno capítulo. Sucede en la biblioteca entre 2 y 3 de la tarde, el órgano es el cerebro y el arte la literatura. Stephen, sin almorzar pero con algunos tragos en el cuerpo, expone sus teorías sobre Shakespeare. Todo el libro parece escrito con varios tragos en el cuerpo. Predomina el diálogo en esta sección y se abre, a través de la revisión de Hamlet, el mito “padre-hijo”, tan fundamental en esta novela. Bloom aparece sólo fugazmente. El Judío Errante según el mal hablado Mulligan. Como un personaje de fondo. El debate, uno de los debates, es entre los platónicos auditores y el aristotélico Stephen. No se llega a acuerdo alguno.

El capítulo 10, dentro de la particular complejidad de la arquitectura de Ulises, ofrece una peculiaridad más. La obra entera es como un retablo, como las pinturas primitivas italianas que no manejan el tiempo secuencial y muestran a la par en distintos cuadros diversos momentos. Este libro podría leerse en desorden. De hecho, se le lee en desorden. Pero este capítulo centra la obra, nos sorprende pues de pronto resume todo lo sucedido y todo lo por suceder. Es como una versión en miniatura de todo el libro. Las rocas errantes sería su equivalente homérico, sucede en las calles, entre 3 y 4 de la tarde y muestra dieciocho episodios cortos unidos al final por el paso del virrey a través de Dublín a manera de coda. El órgano es la sangre, la circulación, el arte la mecánica, y la técnica la lacónica descripción organizada de manera laberíntica de estos breves episodios, con diversos personajes. Es un capítulo que actúa como síntesis, como ombligo del libro.

El capítulo 11 ofrece una de las estructuras más llamativas, ya que comienza con una suerte de obertura operática sumando fragmentos de todos los temas que luego se irán describiendo. Las sirenas es su equivalente homérico y se refiere a las dos camareras del bar, de las que vemos solamente medio cuerpo (sobre el mesón, tan elegantes, y por debajo en chancletas) y que señala por el color de su pelo, bronce y oro. Sucede entre 4 y 5 de la tarde, el órgano es sin duda el oído. Bloom se cruza con Blazes Boylan, el amante de su mujer, escucha comentarios sobre ella, se habla de cantantes y de canciones. Intenta escribirle a la mujer que pretende como amante. Mezcla otra vez lo sublime con lo vulgar. La música de cámara con el retumbar del orinal nocturno de Molly y, al final, un cruce de valores. Para evitar ser reconocido por una popular prostituta, dirige su mirada hacia el escaparate de un patriota haciendo un escabroso contrapunto con la descarga de sus ventosidades.

El capítulo 12, el de los cíclopes, es una parodia irritante y cáustica del nacionalismo irlandés. Los gigantes son los patriotas. El órgano es el músculo y el arte la política. Son ya las 5 de la tarde y el escenario es nuevamente una taberna. Se bebe mucho en el Ulises. Es una novela ebria y da altura literaria a cierta conciencia alterada, la borrachera como inspiración. Pero también es una novela del habla, del discurso, de la vociferación, del canto y el susurro. Es una cantata de voces que acá, además, agregan la sonoridad de conceptos broncíneos. En este capítulo el gigantismo es parodiado en los estilos retóricos más variados intercalados con conversaciones de bebedores. Se pasa de tema en tema, con este juego estilístico. Lo conduce un Narrador sin nombre, en interpolaciones constantes con El Ciudadano, obseso patriota. Bloom queda en medio de este debate. Las sátiras se sobreponen, de estilos, de ideales, de principios religiosos y políticos. Recuerda el Bouvard flaubertiano, develando los pies de barro de tantos fanatismos y frases hechas. Duele como conciencia escéptica de lo que será y está siendo un siglo tan seguro en sus propias convicciones.

El capítulo 13 tal vez sea uno de los más delicados. Por supuesto ambiguo, traza una extraña línea entre lo romántico y lo humorístico. Es la Nausícaa. Son las 8 de la tarde, el órgano es el ojo o la nariz, el arte la pintura, sucede en la playa. Presenta a la muchachita Gerty Mc Dowell a la manera de la barata literatura sentimental y luego se mete en la mente de Bloom que la observa sentada en las rocas. El estilo flota entre la novela rosa y la mente de Bloom, quien comprobará que la bella muchacha tiene un pie lisiado y se aleja cojeando. El tema del cornudo aparece de nuevo en alusiones varias. Recuerdo un intento cinematográfico que hubo de Ulises. Esta era una de las pocas escenas logradas. El ruido en off de la conciencia, la muchacha, su cojera. La ilusión y la decepción.

“Los bueyes del sol”, el capítulo 14, ha sido uno de los capítulos más discutidos. Complejo, hermético, para algunos gratuitamente difícil, describe el encuentro entre Bloom y Stephen Dedalus. Bloom ha ido a la maternidad para saber sobre el difícil parto de Mrs. Breen. Los estudiantes de medicina beben, irrespetuosos, entre ellos Buck Mulligan, siempre burlón, y el joven Dedalus. La conversación es francamente obscena y llena de alusiones a la fertilidad y a la obstetricia. Para hacerlo más complejo, el desarrollo del capítulo se hace a través de una historia paródica de la literatura inglesa desde sus orígenes más primitivos hasta fines del siglo XIX, cambiando de estilo párrafo a párrafo. Esto lo sobrecarga y lo hace pesado pero al mismo tiempo memorable. El órgano es el vientre y el arte, claro, la medicina. El estilo joyceano ya ha roto todos sus límites, ya ha apostado todas sus bazas, no ha dejado nada sin comentar de la literatura en habla inglesa. Las citas literarias de este capítulo bastarían para construir un libro aparte. Parece no haber límites pero Joyce aún irá más lejos.

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James Joyce junto a Silvia Beach primera editora de “Ulysses”

“Circe”, el capítulo 15, es la cumbre absoluta del libro. No llega acá todo el mundo. Ya todo está demasiado de cabeza y ahora el festival de pirotecnia será total y definitivo. Mégalo-explosivo-mastodóntico, lo llamó Pound. Tal vez de muchos libros, acaso una de las más altas cimas literarias de todos los tiempos. Propongo comenzar una posible lectura del Ulises por este capítulo. O leerlo como si fuese un libro aparte. Dialogado en forma teatral, pone en escena las irrepresentables fantasías de Bloom y Dedalus. Sucede en la Ciudad Nocturna, el barrio de los prostíbulos. Es medianoche, el órgano es el aparato locomotor, el arte es la magia y la técnica dramatúrgica está al servicio de la alucinación y el delirio. Bloom ha seguido a Dedalus hasta el burdel. Cuando salen, Dedalus es golpeado por un militar y Bloom lo recoge sintiendo que algo tiene el malherido Stephen de su fallecido hijo Rudy. La composición fantástica del capítulo, con momentos memorables, de alta poesía, de una imaginería desatada, se cierra en un encuentro de ternura que anuncia el próximo final del libro.

“Eumeo”, el capítulo 16, primero de la tercera parte, la que podría ser el regreso a Ítaca en el paralelo homérico, es una pausa en la composición. La narración es más anticuada y el ritmo se frena. Puede a algunos lectores parecer incluso aburrido. Es aburrido. Al leerlo en voz alta hace reír por su ampulosidad. Bloom y Dedalus esperan un cochero que no llega. Es el amanecer del día 17. La una de la madrugada. El órgano son los nervios y el arte la navegación. Todos los recursos estilísticos tienden a crear una atmósfera de tedio, con grandes circunloquios y vueltas sobre muchos de los temas tocados en la novela. Por supuesto que el capítulo termina con los frescos excrementos de un caballo. Bloom decide llevar al hambriento Stephen a su casa. No ha comido desde hace casi dos días.

El capítulo 17, que James Joyce consideraba el patito feo de la obra, podría considerarse como Ítaca, y ha sido despojado de toda carne, de todo adorno estilístico hasta el punto de quedar convertido en menos que un esqueleto. Conserva, de todas formas, un extraño encanto. Todo lo sucedido en la cocina del número 7 de Eccles Street, la casa de Mr. Bloom, esa madrugada, está convertido en un juego de preguntas y respuestas que finaliza con ambos orinando bajo la noche estrellada. Bloom se despide de Dedalus y queda a solas con Molly. Comprueba la visita de Boylan, piensa en su padre suicida, mira a Molly en la penumbra. Despierta a Molly besándole sus nalgas, angustiado. Ella despierta sobresaltada, conversan. Es el retorno de Ulises, deconstruido, convertido en frío análisis casi matemático bajo el cual late la desesperación y el drama.

18 thoughts on “No lees el “Ulises” de Joyce porque no quieres

  1. Muchas gracias por tus letras, Leonardo. En parte nos hacen reflexionar sobre algo que seguramente compartimos: la diferente visión de la lectura de la misma obra en momentos diferentes y lejanos. Como le sucedió a tu hija, fue una novela que –también leída durante nuestra ‘avanzada’ juventud– nos dejó maravillados y alimentó a la vez nuestro amor por la literatura… A la espera está, pues, de que busquemos en sus páginas una nueva interpretación, si es que la tiene.

    Un abrazo.

    Ps. Es siempre un placer leer los excelentes trabajos que publicas en Tajalápiz.

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  2. Cuánta razón tiene al decir, en este excelente y entusiasta artículo, que la crítica puede ser (no siempre lo es) un obstáculo para la lectura de grandes obras. Claro, al “Ulises” no se llega sin haber caminado un poco por la literatura (como lo señala algún comentario), pero bastaría con decirse uno que es un libro del que todos hablan aunque casi nadie lee para penetrar en ese círculo estrecho, en esa élite, y participar (como quería Flaubert) en esa orgía perpetua que puede ser la literatura. Escribiendo esto me acuerdo de mi hija que a los veinte años y sin ser una estudiosa de la literatura se sumergió en el monólogo de Molly Blum “a ciegas” para salir totalmente maravillada.
    Saludo cordial
    PD : gracias por las lecturas en Tajalápiz

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  3. Una maraña de letras que, a veces, se convierte en epifanía. Resulta muy interesante la unión de los nombres de Joyce y Lacan, aunque nos confesamos ayunos del carácter que haya adoptado el análisis lacaniano sobre el autor de una obra –Ulysses– que, en sus propias palabras, bastaría para tener ocupados a los críticos durante 100 años. Rodeando de arte y de pleno sentido la prosaica vida de un individuo. Gracias por tu comentario, AB.

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  4. Muchas gracias por el artículo, realmente causa un temblor, una necesidad de volver a poner la mirada sobre esa maraña de letras. Por algo Lacan toma a Joyce como caso paradigmático, en el cual la obra funciona anudando al sujeto, preservándolo. Leer, releer a Joyce con Lacan, a Lacan con Joyce… una trenza maravillosa.

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  5. Hay cosas que uno debe hacer antes de morir. Una de ellas para mi, es leer Ulyses de James Joyce. Me pasó con Don Quijote de la Mancha y lo logré y ahora me he trazado la meta de leer Ulyses. No ha sido fácil, es como tratar de entender la mente de un esquizofrénico. Es alucinante, enrevesado y terriblemente realista al mismo tiempo. Pero he jurado que lo terminaré.

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  6. En nuestra opinión, si alguna novela puede proporcionar el placer de volver a enaltecer las palabras hasta su propio y radical significado, ésta sería “Ulysses”. Una novela que la mayoría sólo apreciamos al principio de un modo cabal, pero impreciso. Somos muchos los que tenemos pendiente una relectura de la obra más conocida de James Joyce, y que la deseamos.
    Un cordial saludo, DBD.

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  7. Magnífica entrada. Hasta me han dado ganas de releerlo, cosa que ya debería haber hecho y que he pospuesto por otras (siempre inevitables) lecturas o relecturas.
    Sin duda que leerlo desde la inocencia (refiriéndome a ésta como la lectura per se, sin la ayuda de otros textos que nos “expliquen” lo que estamos leyendo) es recomendable, pero creo que sólo lo podrá ser para aquellos que tengan sobre sí un cúmulo de lecturas previas bastante amplio.
    Sí, sin duda, si encuentro el volumen lo volveré a leer.
    Saludos.

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  8. Hay algunos que no piensan lo mismo, estimado Javier. A raíz de su intento de lectura –que abandonó más o menos en la página 80, como era previsible– uno de mis alumnos confesó que el Ulises no le había parecido interesante porque en su interior no había persecuciones, ni ráfagas mortíferas, ni mujeres fatales que confundieran al hombre valiente que se adentrara en él.
    Un abrazo.

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  9. Para D. Larsen, Jean-Paul, Zenocrat, Ruben, Antoine, Sonia:

    Mil gracias por vuestros inteligentes y amenos comentarios sobre el Ulises de Joyce, estimados amigos. Consideramos que son una aportación muy enriquecedora para este blog y por ello queremos haceros llegar, nuevamente, nuestro más sincero agradecimiento.

    Un fuerte abrazo.

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  10. ¿Qué recuerdo yo del Ulises joyceano? Ciertamente, el monólogo de Molly Bloom. También permanece en mi memoria la escena del capítulo primero, en el que Stephen Dedalus está dando clase y suelta aquella memorable sentencia: “la Historia es una pesadilla de la que intento despertar». Pero sobre todo guardo recuerdos –bastante difuminados, claro– de un gran número de acontecimientos que me fascinaron por su variedad y precisión, pero que me desconcertaron también, ya que no supe vincularlos entonces para darles un sentido coherente.
    Gracias por publicar este fenomenal artículo.
    Un saludo desde México, DF

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  11. Aparentemente diacrónicas, las alusiones al siglo pasado del autor de este magnífico comentario, quizás no deberían de ser consideradas de este modo, aunque vivamos ya en la segunda década del siglo XXI, si consideramos que muchas de las claves del Ulises, su tiempo circunstancial por ejemplo, pertenecen al siglo XX, en el cual la fragmentación y la incertidumbre que muchos hemos descubierto en algunas novelas como la de James Joyce se han convertido, además de otras consideraciones, en bases fundamentales de la literatura moderna.

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  12. Cuentan las malas lenguas que Joyce tenía un sentido del humor muy peculiar y hacía un uso desmedido del ‘private joke’. Para los irlandeses, el ‘chiste privado’ es aquel que nos hace gracia sólo a nosotros porque está directamente relacionado con aspectos de nuestra vida particular. En este caso, (véase el ejemplo siguiente), Joyce lo transforma –como el que no quiere la cosa– en un ‘public joke’ que introduce subrepticiamente en un pasaje de su bendito ‘Ulises’.

    “Monsieur de la Palisse, Stephen sneered, was alive fifteen minutes before his death.”

    Oh, Dear Dirty Dublin!

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  13. T.S. Eliot, en su ensayo “Ulysses, Order and Myth”, opinaba así sobre esta grandiosa e irrepetible obra:
    “Considero que este libro es la expresión más importante que ha encontrado nuestra época; es un libro con el que todos estamos en deuda, y del que ninguno de nosotros puede escapar.”
    ¡Qué más se puede añadir!

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  14. Fantástico y esclarecedor artículo, que ha venido a recordarme todo lo que yo sentí –hace ya muchos años– cuando leí por primera vez el Ulises de Joyce. Para mí, su lectura fue traumática, impresionante. El último capítulo hasta me provocó un dolor de cabeza y un mareo que me duraron horas. Empecé a leerlo casi un mes antes de la Navidad de 1998, y debo confesar que a los pocos capítulos de haber comenzado la lectura, tuve las primeras tentaciones de abandonarlo. Pero fue más fuerte la curiosidad, el sentimiento de – digamos – responsabilidad intelectual y, también, el placer que iba aumentando progresivamente. Al precio, eso sí, de enterarme de la quinta parte del contenido, y consciente de que me tenía que conformar… Finalmente terminé la lectura de esa obra maestra universal, y puedo decir que, desde entonces, me considero literariamente desvirgado.

    Saludos cordiales.

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