No lees el “Ulises” de Joyce porque no quieres

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Al fondo, la torre Martello en Sandycove

Es un libro grande, grueso, está en inglés. Leemos su traducción. Hay dos en español. Las dos representaron una gran batalla. No son iguales y no sé cuál recomendar. Casi son dos libros diferentes. Más encima, aún no se concluye la edición definitiva de Ulises. Fueron tantas las correcciones mecanografiadas, tantas las adiciones (jamás cortó Joyce una línea, siempre aumentó párrafos, palabras, incluso errores involuntarios de la mecanógrafa que aprobó como hallazgos del azar, ya sea coincidencias jungianas o golpes de suerte dadaístas), que sólo en estos días se concluye ¡en Alemania! la versión final. Será otra. E iremos hacia ella nuevamente. Y será otra vez la primera vez.

Yo mismo la he comprado tantas veces. La primera me la regaló mi madre a los 16 años y era la traducción de José Salas Subirat, argentina, editada por Santiago Rueda en Buenos Aires. Dicen que apareció sobre el escritorio del editor cuando, justamente, todos se preguntaban quién acometería tal hazaña. En el subterráneo de su casa en Las Cruces, encontré una edición muy antigua entre el desorden libresco de Darío Oses, el escritor nuestro. Después la compré de nuevo. No sé por qué. Ulises, cada vez que lo veo, lo compro nuevamente. No puedo evitarlo. Tengo tantas ediciones. La primera se la regalé a Gonzalo Contreras. Él tenía apenas 20 años. Yo ya estaba casado. Después salió la de José María Valverde, que era y es tan española. Publicaron de nuevo la de Salas Subirat, con dibujos de Eduardo Arroyo y comentarios de Julián Ríos (su seguidor en lengua hispana, más de Finnegans Wake, en ese monstruo literario que es Larva) en una edición del Círculo de Lectores y luego, recientemente, en Planeta, con notas (extensas) de Eduardo Chamorro. Tengo una edición que, es una broma, dice ser de bolsillo. Me sirve cuando repaso escenas, en viajes largos, pesa algo menos. Tiene un pequeño manual introductorio, una especie de resumen del Ulises de Stuart Gilbert que es un libro aparte. Está tan lleno de claves que convierte esta novela terminal en una suerte de puzzle ultraliterario, al estilo de los que tanto le gustaban a Georges Perec o Raymond Roussel, otros autores que invitan a la clave y a la cifra. Incluye el famoso esquema Linati, escrito para defenderse de las acusaciones de caótico y arbitrario. Creo que es una pena que exista. La obra debe esconder su andamiaje.

No estoy de acuerdo con esa manera de leer el Ulises. Lo digo por experiencia propia. Lo leí sin el menor antecedente. Una recomendación en algún estudio, leída con el aplomo que da la adolescencia, las ganas de subir a la mañana siguiente una cima literaria, motivaron mi inclinación. Debo confesar mi temprana pasión por la mitología griega y mi amor por la Odisea, leída por primera vez en una versión compendiada para niños y luego con notas al pie como corresponde. No lo leí completo de una primera sentada. Ni de una segunda ni de una tercera. Tres veces me quedé estancado en el complejísimo capítulo de la maternidad, donde las citas literarias son tan pero tan abundantes que es mejor pasarlo como si fueran mezclas musicales de un programador perturbado mentalmente. Los comentaristas lo señalan: es el capítulo escollo donde varan muchos de los bienintencionados. Sin embargo, muy tempranamente leí el último capítulo. No sé si fue el primero que leí. Ulises no es un libro, es una casa (es una ciudad, Dublín, y el cuerpo humano, como veremos). Se puede entrar también por la chimenea. Se debe leer también al azar, se debe recorrer habitación por habitación y permite quedarse algunos meses en cada una de ellas. El monólogo de Molly Bloom es lo que siempre todo hombre quiso: entrar en el alma de una mujer enfebrecida por el insomnio, terrorífico, dulce, fragmentario. En su estructura narrativa está desarrollado hasta agotarse el monólogo interior, la corriente de conciencia, ese invento de Joyce que, como él mismo confesó, era tomado de un escritor francés, Edouard Dujardin, de fines del siglo pasado, cuya novela Han cortado los laureles había pasado totalmente inadvertida. Hay cartas entre Joyce y Dujardin. Lo sacó del olvido a través de Valery Larbaud, presentador de Joyce en el mundo francés. Lo volvieron a publicar. Virginia Woolf, que encontraba el libro del irlandés vulgar y tremebundo y se negó a publicarlo, anotó por ahí: “lo que estoy tratando de hacer yo, lo está haciendo mejor James Joyce”.

El monólogo de Molly Bloom del Ulises junto con Anna Livia Plurabelle de Finnegans wake son quizás los primeros textos feministas que circulan. Violentan el discurso macho, secuencial y pauteado rigurosamente. Prefieren los meandros a la represa y la sinuosidad y la discontinuidad sobre la viril línea recta. Determinan el futuro del fragmento como unidad narrativa básica de todo el siglo XX y declaran el lenguaje un material opaco, cercano a la escultura, a la música, a la danza. Corporifican el verbo. Esas páginas están siempre húmedas. Son el paso del día hacia la noche y cumplen el sueño romántico de hacer añicos la razón. No conocen la síntesis ni la dirección predeterminada. Son vitales, intensos y paradójicos. Sinuosos, estridentes, sutiles. Sucios e indecentes sin dejar de ser sensuales.

Una verdadera aventura es llegar a ellos. Sentir la composición que Joyce perpetra. Estamos ante una obra mayor, una sinfonía, un gran mural, la faena de un titán del lenguaje.

Tal vez la mejor anécdota sobre la lectura espontánea de Ulises sea la de Andrés Pérez, el director teatral chileno, adolescente también, en el liceo de Tocopilla. Debía leer la Odisea como tarea escolar y solicitó por error el Ulises en la biblioteca. Creyó que eran lo mismo. Lo son, pero no lo son. Leyó con denuedo, casi sin entender nada, confundido y sacudido por frases y sucesos. Esa mezcla prodigiosa de lo más vulgar y lo sublime, de lo religioso y lo escatológico, de lo sexual con lo más pío, del detalle realista con la fantasía desmelenada, tuvo desarmado al pobre Andrés Pérez. Su examen fue un fracaso rotundo. Su experiencia un éxito absoluto.

¿De qué trata esta enorme novela? ¿Cuál es su argumento? Nada más sencillo. Pudo ser, ya lo dijimos, un cuento más de Dublineses. Lo conoce todo el mundo y, al mismo tiempo, lo desconoce absolutamente. Todas estas páginas narran un solo día, el 16 de junio de 1904, el Bloomsday como ha sido bautizado (conozco peregrinos que concurren a Dublín en esa fecha y desayunan como Bloom un riñón para festejar el día). Esta fecha fue elegida por James Joyce desde el exilio, donde comenzó a trabajar en 1914 sobre una idea que creció poco a poco en su mente. Había tenido grandes dificultades para publicar sus cuentos por las más variadas razones de censura. La figura de Ezra Pound, padrino de todo el mundo literario de su época, lo descubrió publicando en la notable revista The egoist su Retrato del artista adolescente, donde aparece Stephen Dedalus, alter ego del mismo James Joyce, joven maestro de lengua inglesa, de educación jesuita, que arrastra la muerte reciente de su madre en la conciencia. El 16 de junio de 1904 había quedado en la memoria de Joyce como la fecha del primer paseo con Nora Barnacle, esa criada de hotel que jamás leyó su obra y supo permanecer a su lado para siempre. Es curioso su nombre, ya citamos la referencia literaria. Curioso su apellido, significa lapa, el molusco con la cualidad tal vez más importante que Joyce necesitaba, una lealtad a toda prueba, una fe absoluta que tolerara todos los contratiempos de una elección estética que nadaría contra todas las corrientes y talaría un nuevo camino a través de hábitos y costumbres. Tal como el joven Dedalus, Joyce ha perdido hace un año a su madre y retiene una escena de dura resistencia a las últimas demandas del catolicismo materno y está planeando viajar al continente para hacerse escritor. No es extraño, la tradición literaria de Irlanda está más cerca de la francesa que de las Islas Británicas. Flaubert y Maupassant están entre las lecturas favoritas de Joyce y son su orientación.

¿De qué trata esta novela? ¿Cuento su argumento? ¿Tiene alguna importancia? Confieso que me resisto a hablar de ello. No por aguar una supuesta tensión ni develar un suspenso sino porque, realmente, casi no tiene importancia. Es tan vasto su alcance que hace innecesario el argumento. Es más, al fin lo hace innecesario y demuestra que el argumento es sólo una de las alternativas del narrador. Cumple el deseo flaubertiano de hacer una novela que no trate de nada. Es decir, de todo. Como Proust, el otro gran monumento novelístico del siglo con quien suele competir el primer lugar de esas curiosas encuestas sobre el libro más importante de los últimos cien años, Joyce es más sinfónico que narrativo. Compone más que informa.

JOYCE FOTO

El argumento es simple, lo dijimos. Va a relatar un pequeño cambio en el matrimonio desgraciado de Leopold Bloom, un modesto agente de publicidad, judío hijo de húngaros, con una promiscua y liviana cantante irlandesa hija de un militar, bastante mimada y egocéntrica, tras el encuentro de Bloom con Stephen Dedalus, hijo en desgracia, expulsado de la torre que compartía con sus indeseables compañeros, entre ellos, la imagen de Buck Mulligan bendiciendo su cuenco de afeitar contra el mar en una parodia litúrgica que anuncia toda la carga blasfema del libro. Este trío, Poldy y Molly Bloom y Stephen Dedalus, constituirá la incestuosa trinidad sobre la que se construye el libro.

La clave está en el título. A alguien, Joyce le sugirió que, antes de leer su libro, releyera la Odisea. Como señala Edmund Wilson, no sólo hay un elaborado paralelo homérico en el Ulises, sino que hay también un órgano del cuerpo humano y una ciencia humana del arte representados en cada episodio. La primerísima versión del Ulises, la que conocería la más dura persecución, publicada en The Little Review por impulso de Pound y el apoyo generoso de Harriet Shaw Weaver, llevaba en cada capítulo un título arrancado de la Odisea. Como dije, existe un esquema que Joyce repartió entre sus amigos. Insisto, creo que es un error leerlo. Por lo menos antes de la primera lectura. Edmund Wilson sugiere releerlo como se vuelve a escuchar una pieza musical. Para descubrir múltiples ecos que es imposible captar a primera vista. Es una pieza musical. La música no se escucha solamente una vez.

Revisemos el libro capítulo a capítulo. Repasémoslo, quizás daremos nuevo vigor a esa faena apasionante que es su lectura. No daré mayores pistas argumentales. Ya lo he dicho, arruinan el placer sensorial de este libro, de este último libro posible. Es tan violento el cruce de tendencias que contiene, entre el naturalismo más aguzado (da un retrato vívido de un mundo social completo) y el simbolismo llevado hasta las últimas consecuencias, trabajando el monólogo interior de sus personajes y la técnica particular de cada párrafo, creando atmósfera y sugerencias temáticas a través de la impresión, entrando y saliendo de una sintaxis más onírica que lúcida, que hace irreconocible esa realidad trabajada al detalle. Tal como Flaubert, recolecta todos los datos del 16 de junio de 1904 hasta el detallismo más moroso, pero, como los simbolistas, los desfigura para convertirlos en insinuación, desorden perceptivo, reflexión a través de la forma, constante transformación en metáfora. Agreguemos a esto el sentido del humor irlandés y la declaración en alguna carta de que Ulises es, antes que nada, una comedia. Al estilo de Rabelais, de Lawrence Sterne, de los grandes herejes de la narración. Finnegans Wake intentaría ser el par trágico de esta comedia. Tal vez por eso sea un libro tan difícil.

De todas maneras, revisemos un pequeño mapa del Ulises, de la patria mental irlandesa de James Joyce cortada sagitalmente al final de esa primavera, atravesando las conciencias del refinado y retorcido Stephen Dedalus que hace de Telémaco, “urdimbre de brillantes imágenes poéticas y abstracciones fragmentarias”, del vulgar y mediocre Leopold Bloom, en el rol de nuestro moderno y oscuro Ulises, “mediante una notación rápida en staccato, prosaica pero vívida y alerta”, y las reflexiones de mistress Bloom “mediante un largo e ininterrumpido ritmo propio del acento irlandés, como el oleaje de un mar profundo”. Las comillas señalan las frases de Edmund Wilson.

18 thoughts on “No lees el “Ulises” de Joyce porque no quieres

  1. Muchas gracias por tus letras, Leonardo. En parte nos hacen reflexionar sobre algo que seguramente compartimos: la diferente visión de la lectura de la misma obra en momentos diferentes y lejanos. Como le sucedió a tu hija, fue una novela que –también leída durante nuestra ‘avanzada’ juventud– nos dejó maravillados y alimentó a la vez nuestro amor por la literatura… A la espera está, pues, de que busquemos en sus páginas una nueva interpretación, si es que la tiene.

    Un abrazo.

    Ps. Es siempre un placer leer los excelentes trabajos que publicas en Tajalápiz.

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  2. Cuánta razón tiene al decir, en este excelente y entusiasta artículo, que la crítica puede ser (no siempre lo es) un obstáculo para la lectura de grandes obras. Claro, al “Ulises” no se llega sin haber caminado un poco por la literatura (como lo señala algún comentario), pero bastaría con decirse uno que es un libro del que todos hablan aunque casi nadie lee para penetrar en ese círculo estrecho, en esa élite, y participar (como quería Flaubert) en esa orgía perpetua que puede ser la literatura. Escribiendo esto me acuerdo de mi hija que a los veinte años y sin ser una estudiosa de la literatura se sumergió en el monólogo de Molly Blum “a ciegas” para salir totalmente maravillada.
    Saludo cordial
    PD : gracias por las lecturas en Tajalápiz

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  3. Una maraña de letras que, a veces, se convierte en epifanía. Resulta muy interesante la unión de los nombres de Joyce y Lacan, aunque nos confesamos ayunos del carácter que haya adoptado el análisis lacaniano sobre el autor de una obra –Ulysses– que, en sus propias palabras, bastaría para tener ocupados a los críticos durante 100 años. Rodeando de arte y de pleno sentido la prosaica vida de un individuo. Gracias por tu comentario, AB.

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  4. Muchas gracias por el artículo, realmente causa un temblor, una necesidad de volver a poner la mirada sobre esa maraña de letras. Por algo Lacan toma a Joyce como caso paradigmático, en el cual la obra funciona anudando al sujeto, preservándolo. Leer, releer a Joyce con Lacan, a Lacan con Joyce… una trenza maravillosa.

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  5. Hay cosas que uno debe hacer antes de morir. Una de ellas para mi, es leer Ulyses de James Joyce. Me pasó con Don Quijote de la Mancha y lo logré y ahora me he trazado la meta de leer Ulyses. No ha sido fácil, es como tratar de entender la mente de un esquizofrénico. Es alucinante, enrevesado y terriblemente realista al mismo tiempo. Pero he jurado que lo terminaré.

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  6. En nuestra opinión, si alguna novela puede proporcionar el placer de volver a enaltecer las palabras hasta su propio y radical significado, ésta sería “Ulysses”. Una novela que la mayoría sólo apreciamos al principio de un modo cabal, pero impreciso. Somos muchos los que tenemos pendiente una relectura de la obra más conocida de James Joyce, y que la deseamos.
    Un cordial saludo, DBD.

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  7. Magnífica entrada. Hasta me han dado ganas de releerlo, cosa que ya debería haber hecho y que he pospuesto por otras (siempre inevitables) lecturas o relecturas.
    Sin duda que leerlo desde la inocencia (refiriéndome a ésta como la lectura per se, sin la ayuda de otros textos que nos “expliquen” lo que estamos leyendo) es recomendable, pero creo que sólo lo podrá ser para aquellos que tengan sobre sí un cúmulo de lecturas previas bastante amplio.
    Sí, sin duda, si encuentro el volumen lo volveré a leer.
    Saludos.

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  8. Hay algunos que no piensan lo mismo, estimado Javier. A raíz de su intento de lectura –que abandonó más o menos en la página 80, como era previsible– uno de mis alumnos confesó que el Ulises no le había parecido interesante porque en su interior no había persecuciones, ni ráfagas mortíferas, ni mujeres fatales que confundieran al hombre valiente que se adentrara en él.
    Un abrazo.

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  9. Para D. Larsen, Jean-Paul, Zenocrat, Ruben, Antoine, Sonia:

    Mil gracias por vuestros inteligentes y amenos comentarios sobre el Ulises de Joyce, estimados amigos. Consideramos que son una aportación muy enriquecedora para este blog y por ello queremos haceros llegar, nuevamente, nuestro más sincero agradecimiento.

    Un fuerte abrazo.

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  10. ¿Qué recuerdo yo del Ulises joyceano? Ciertamente, el monólogo de Molly Bloom. También permanece en mi memoria la escena del capítulo primero, en el que Stephen Dedalus está dando clase y suelta aquella memorable sentencia: “la Historia es una pesadilla de la que intento despertar». Pero sobre todo guardo recuerdos –bastante difuminados, claro– de un gran número de acontecimientos que me fascinaron por su variedad y precisión, pero que me desconcertaron también, ya que no supe vincularlos entonces para darles un sentido coherente.
    Gracias por publicar este fenomenal artículo.
    Un saludo desde México, DF

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  11. Aparentemente diacrónicas, las alusiones al siglo pasado del autor de este magnífico comentario, quizás no deberían de ser consideradas de este modo, aunque vivamos ya en la segunda década del siglo XXI, si consideramos que muchas de las claves del Ulises, su tiempo circunstancial por ejemplo, pertenecen al siglo XX, en el cual la fragmentación y la incertidumbre que muchos hemos descubierto en algunas novelas como la de James Joyce se han convertido, además de otras consideraciones, en bases fundamentales de la literatura moderna.

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  12. Cuentan las malas lenguas que Joyce tenía un sentido del humor muy peculiar y hacía un uso desmedido del ‘private joke’. Para los irlandeses, el ‘chiste privado’ es aquel que nos hace gracia sólo a nosotros porque está directamente relacionado con aspectos de nuestra vida particular. En este caso, (véase el ejemplo siguiente), Joyce lo transforma –como el que no quiere la cosa– en un ‘public joke’ que introduce subrepticiamente en un pasaje de su bendito ‘Ulises’.

    “Monsieur de la Palisse, Stephen sneered, was alive fifteen minutes before his death.”

    Oh, Dear Dirty Dublin!

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  13. T.S. Eliot, en su ensayo “Ulysses, Order and Myth”, opinaba así sobre esta grandiosa e irrepetible obra:
    “Considero que este libro es la expresión más importante que ha encontrado nuestra época; es un libro con el que todos estamos en deuda, y del que ninguno de nosotros puede escapar.”
    ¡Qué más se puede añadir!

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  14. Fantástico y esclarecedor artículo, que ha venido a recordarme todo lo que yo sentí –hace ya muchos años– cuando leí por primera vez el Ulises de Joyce. Para mí, su lectura fue traumática, impresionante. El último capítulo hasta me provocó un dolor de cabeza y un mareo que me duraron horas. Empecé a leerlo casi un mes antes de la Navidad de 1998, y debo confesar que a los pocos capítulos de haber comenzado la lectura, tuve las primeras tentaciones de abandonarlo. Pero fue más fuerte la curiosidad, el sentimiento de – digamos – responsabilidad intelectual y, también, el placer que iba aumentando progresivamente. Al precio, eso sí, de enterarme de la quinta parte del contenido, y consciente de que me tenía que conformar… Finalmente terminé la lectura de esa obra maestra universal, y puedo decir que, desde entonces, me considero literariamente desvirgado.

    Saludos cordiales.

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