No lees el “Ulises” de Joyce porque no quieres

Marco Antonio de la Parra (otoño de 1996)

En un fin de siglo que parece desacreditar la experimentación de las vanguardias, sobre todo en el terreno de la novela, este ensayo propone la lectura o relectura de Ulises —desgastado por la proliferación de bibliografía analítica y por la fama— para rescatar su valor literario supremo, su vastísima influencia en la novelística posterior y su infinitud de logradas audacias formales, de hallazgos estéticos, sicológicos, lingüísticos, y de motivos de placer para los lectores.

El paralelo entre la obra de Joyce y la de Homero, así como sus parentescos con Flaubert, Dujardin, Shakespeare, Sterne, son algunos de los elementos que utiliza el autor para iluminar los alcances de una novela que estima experiencia vital más que literaria, y cuya oceánica síntesis de lengua y cultura, de lo cotidiano y lo intemporal, recomienda al lector abierto a los desafíos de una lectura a veces esforzada, pero rompedora de convenciones y abridora de espacios mentales, altamente gratificante, musical. Empezar por cualquier capítulo, leerlos en desorden o de atrás para adelante y prescindir de introducciones y “guías” son recomendaciones hechas con humor y fina sintonía hacia el gran escritor irlandés.

 

Tal vez el Ulises de James Joyce sea, a estas alturas, solamente un libro imaginario. Se ha hablado tanto de él, se ha escrito tanto de él, que en ocasiones temo haberlo perdido de vista entre tanto comentario. Me podría parapetar como en una trinchera de la Primera Guerra Mundial detrás de todos los ensayos publicados, las biografías, las distintas traducciones. Convertir este artículo en un cúmulo sin fin de anotaciones que no darían cuenta de la obra comentada. Libro inabarcable, texto inmenso, fragmentado, cargado de propuestas, se ha ganado mala prensa en una época analgésica como la nuestra que detesta toda experiencia demasiado fuerte o excesivamente compleja. Estropearía toda publicidad, todo cebo. ¿Se le puede leer aún a fines de un siglo que tanto intentó en el arte y en el pensamiento y que no sabe aún cuánto cosecha? Ulises es una obra de los años 20 de este siglo, tiempos fecundos como pocos. Pensemos en Eliot, en Pound, en Kafka, en Varèse, en Schönberg, en Picasso, en Brancusi, en Berg, en Webern, en Proust. Mejor detenernos. Ulises está, gravitando, cargado como un imán, recogiendo toda la fuerza de esos tiempos.

Por causa de este artículo me he pasado los últimos meses leyendo a Joyce, leyendo sobre Joyce, leyendo el Ulises capítulo a capítulo, y ha sido doloroso, estremecedor, inquietante. Ha vuelto a serlo. Un amigo, escritor que jamás ha publicado un libro, me encuentra en un café sumergido en ese frenado capítulo con que abre la tercera parte de su libro el escritor irlandés.

El libro, lo recordarán y si no se los cuento, tiene 18 capítulos, distribuidos en tres partes. La primera, una especie de novela bisagra entre el Retrato del artista adolescente y la que leemos, de tal manera imbricada que algunos comentaristas exigen para leer el Ulises primero leer el Retrato y no solamente el Retrato sino que el borrador del Retrato que es Stephen Hero y además los Dublineses, los cuentos a los cuales casi perteneció la primerísima versión de Ulises y que pretendía ser una historia moral de Irlanda. Todos estos datos, estoy seguro, desalientan, antes de apasionar, a cualquier posible lector de este fin de siglo.

La segunda parte es desproporcionadamente extensa, tiene doce capítulos que ya comentaremos, y la tercera, como la inicial, solamente tres. El primero es este encuentro de Stephen Dedalus y Leopold Bloom que leo en el café, Telémaco y Ulises, pobre relación entre ellos hasta ese minuto, la supervivencia de borrachos, las calles de Dublín, la noche que comienza o el día que termina, ese territorio limítrofe donde nadie puede distinguir muy bien nada y la prosa de Joyce se ha tornado empalagosa, engolosinada y premeditadamente desprovista de toda agilidad y chispa. La estoy leyendo con dificultad. Me queda muy poco para terminar. Está muy cerca el bellísimo monólogo de Molly Bloom que pudo ser un libro por sí mismo y que he leído tantas veces, vuelvo a ver el puerto del viaje uliseico, estamos entrando en Ítaca, termina la odisea literaria que es la lectura de esta obra superior y tremenda. Mi amigo se ríe. Es irónico. Podría parecerse a Joyce si se peinara con el pelo hacia atrás, está muy delgado, lo ha dejado su mujer, habla italiano y pudo ser ése el idioma de su familia como lo fue de la familia Joyce. En italiano cantó Giorgio, su hijo, tenor dotado como su padre y su abuelo, que optó por la carrera del bel canto. En italiano enloqueció la vidente y bizca Lucía, enamorada dicen sin fundamento (ni el rumor ni el amor) del último secretario de un casi ciego James Joyce, un escritor irlandés llamado Samuel Beckett, el mismo que luego decidiría escribir en francés para huir de este dueño de la lengua inglesa en que se convirtió su maestro, o ir tras su huella (Joyce era muy pero muy francés). Dueño por perpetración, usurpador, masacrador y macerador del sentido, rediseñador de un sistema lingüístico completo.

Mi amigo se ríe. ¿Qué hago yo a mi edad leyendo el Ulises? Como si se tratase de un prurito adolescente, de una mala costumbre, de algo que ya no se hace, que nadie como yo haría, por lo menos. Como yo, quiere decir persona en la edad media de la vida, de clase media, medianamente culto, promedio. Algo tiene de razón. La gente ya no lee el Ulises. Lo estudia. Es parte de la formación de estudiantes de literatura, etapa inevitable de la formación de un escritor, curiosidad libresca, exótico afán de alguien que descubrió el camino pedregoso de la lectura como pasión. Mi amigo dice que él ya no lo leyó. Que ya se le hizo tarde. Como para el servicio militar, como para el fútbol, como para el amor. Que ya no está en edad. Le explico lo de este artículo y me arrepiento de dar tan torpe excusa. ¿Se debe tener cierta edad para leer a Shakespeare, los dramaturgos griegos, el Dante, Tolstoi, Cervantes o Flaubert? ¿O Beckett o Proust o Stendhal? ¿O la Biblia repasada en plan literario? ¿Se debe a lo más decir “releer” para pasar el bochorno? ¿Es que aquellos libros que marcan la historia espiritual de Occidente deben justificarse? ¿Qué es lo que hay detrás de su comentario?

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Tal vez la sensación de una derrota. De un vacío. Ulises asusta. Aterroriza como una casa fantasma. Es pariente cercano de Bouvard y Pécuchet, un libro que fue escrito para volver locos a los lectores. Tal vez esa debería ser su primera lección, profundamente literaria. En Ulises James Joyce está más allá de la literatura. Ha roto con la novela, con la poesía, ha reunido todos los vientos y todas las tormentas. Ha convocado al espíritu de La divina comedia, al infaltable Hamlet, a la más bella de las lecturas de una vida, la Odisea, y ha anunciado la modernidad toda. Ha leído a Flaubert, ha jugado con Freud, está enterado de la filosofía de su tiempo, ha puesto su mente a un grado de cocción al que ya casi nadie se atreve. ¿Quién lee hoy en día el Ulises? Un libro que, encima, exige tantas lecturas y relecturas, entradas y salidas. Un libro que ha marcado a tantos libros. T. S. Eliot lo dijo: “¿quién se atreve a escribir después del monólogo de Molly Bloom?”

Rafael Conte, el célebre crítico español, me decía hace algunos años: “hoy nadie editaría el Ulises”. No, nadie lo editaría. Nadie, tampoco, se atrevería a escribirlo. Está justo en el umbral de las rupturas culturales de la modernidad, en la debacle espiritual del siglo XX. Pasan por sus páginas Einstein y Heisenberg, anuncia los hallazgos estéticos del cine, recoge lo que serán los trabajos más arriesgados de las artes plásticas y, de todas maneras, con un oído formidable, gran parte del aporte de la música contemporánea. Es la novela de un auditor, de un cantante, de un rapsoda. Homero ciego, Joyce ciego. Ambos cantan su epopeya.

¿Son enumerables los aportes estéticos que contiene? Lo primero es lo primero. Funde fondo y forma. Ulises no se lee, se vive, se experimenta. Convierte la palabra en imagen, convierte el ritmo y el montaje en sentido, otorga significación no solamente al contenido. Está escrito para ser leído en voz alta. Para ser soñado. Trabaja con una concepción global de la obra que incluso podemos reconocer en lo que será alguna vez el hipertexto cuando abandone la etapa del balbuceo y el cascabel en que nos tiene sumidos hasta este minuto la recién nacida informática.

Quisiera invitarlos a leer Ulises como si no existiera. Como que fuera una novedad absoluta. Una primicia (que siempre lo es, aun todavía). Como si lo hubiera escrito yo, que es algo que me hubiese gustado mucho. Quizás me hubiese costado la visión de mis dos ojos, largas borracheras, una pobreza rebelde y la locura de mi hija. Habría necesitado el exilio alcohólico conservado en vino blanco del humor irlandés y la Europa feroz de la Primera Guerra Mundial. Habría precisado esa atmósfera de cambios y derrumbes donde todas las fronteras zozobraban. Hablar el inglés de una patria que luchaba por ser nación independiente y vivir en territorios que no se sabía a qué imperio pertenecían. Enseñar inglés a extranjeros en un sitio como Trieste, entonces austrohúngaro, casi yugoslavo, hoy italiano. Vivir en Zurich y sentarme en una mesa frente a frente con un ruso resentido, un tal Vladimir Ulianov que pronto partirá de vuelta a su Rusia natal a dar vuelta el mundo sin conseguirlo, conocer el ambiente del Café Voltaire con Tristán Tzara incluido, y pasar tan campante sin darme cuenta que estoy en el ojo del huracán, sino solamente con la ciega confianza en mi visión interna, el desmadre del idioma retumbando en mi cráneo. Habría necesitado ser educado en la más exigente y cuestionadora de las formaciones católicas, la jesuítica, aquella fuerte influencia que motivó a algún autor a decir que el mayor aporte de la Compañía de Jesús al siglo XX había sido James Joyce. Habría necesitado entrar y salir de la Escuela de Medicina de París en el más auténtico fracaso. Habría necesitado casarme con una criada a la que conociese en la calle y se llamase Nora, como la protagonista del dramaturgo que, muy equivocadamente, debería considerar el mejor de todos los tiempos, Henrik Ibsen, ignorando mi deuda con Shakespeare, ese cruce de caminos donde todos vamos a parar si nos salvamos de Grecia o de la Biblia de la cual nadie se salva.

Igual me hubiera gustado escribir este libro. Este libro que no sé si me gusta leerlo. No sé si a alguien le gusta leerlo. Lo digo en el sentido blandengue y simplón con que solemos elegir una novela u otra en estos días. Ese tan mal gusto que llamamos el gusto actual. Superficial, facilón, kitsch. Ya ni los snobs son lo que solían ser. Como cambiamos de canal o de ropa o, a veces, de mujer y de hijos o de oficio. El mismo Carl Gustav Jung, ese célebre adonis suizo del psicoanálisis que tuvo en frustrado tratamiento a la bizca Lucía Joyce, se lo confesó al autor. No sabía si le había gustado, no sabía cuántos juramentos había proferido, cuántas maldiciones, cuántas veces había estado a punto de abandonar el libro. Igual se había dado cuenta que era una obra mayor. Una especie de summa tomista al revés, como la llamó Umberto Eco. Una catedral literaria.

18 thoughts on “No lees el “Ulises” de Joyce porque no quieres

  1. Muchas gracias por tus letras, Leonardo. En parte nos hacen reflexionar sobre algo que seguramente compartimos: la diferente visión de la lectura de la misma obra en momentos diferentes y lejanos. Como le sucedió a tu hija, fue una novela que –también leída durante nuestra ‘avanzada’ juventud– nos dejó maravillados y alimentó a la vez nuestro amor por la literatura… A la espera está, pues, de que busquemos en sus páginas una nueva interpretación, si es que la tiene.

    Un abrazo.

    Ps. Es siempre un placer leer los excelentes trabajos que publicas en Tajalápiz.

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  2. Cuánta razón tiene al decir, en este excelente y entusiasta artículo, que la crítica puede ser (no siempre lo es) un obstáculo para la lectura de grandes obras. Claro, al “Ulises” no se llega sin haber caminado un poco por la literatura (como lo señala algún comentario), pero bastaría con decirse uno que es un libro del que todos hablan aunque casi nadie lee para penetrar en ese círculo estrecho, en esa élite, y participar (como quería Flaubert) en esa orgía perpetua que puede ser la literatura. Escribiendo esto me acuerdo de mi hija que a los veinte años y sin ser una estudiosa de la literatura se sumergió en el monólogo de Molly Blum “a ciegas” para salir totalmente maravillada.
    Saludo cordial
    PD : gracias por las lecturas en Tajalápiz

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  3. Una maraña de letras que, a veces, se convierte en epifanía. Resulta muy interesante la unión de los nombres de Joyce y Lacan, aunque nos confesamos ayunos del carácter que haya adoptado el análisis lacaniano sobre el autor de una obra –Ulysses– que, en sus propias palabras, bastaría para tener ocupados a los críticos durante 100 años. Rodeando de arte y de pleno sentido la prosaica vida de un individuo. Gracias por tu comentario, AB.

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  4. Muchas gracias por el artículo, realmente causa un temblor, una necesidad de volver a poner la mirada sobre esa maraña de letras. Por algo Lacan toma a Joyce como caso paradigmático, en el cual la obra funciona anudando al sujeto, preservándolo. Leer, releer a Joyce con Lacan, a Lacan con Joyce… una trenza maravillosa.

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  5. Hay cosas que uno debe hacer antes de morir. Una de ellas para mi, es leer Ulyses de James Joyce. Me pasó con Don Quijote de la Mancha y lo logré y ahora me he trazado la meta de leer Ulyses. No ha sido fácil, es como tratar de entender la mente de un esquizofrénico. Es alucinante, enrevesado y terriblemente realista al mismo tiempo. Pero he jurado que lo terminaré.

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  6. En nuestra opinión, si alguna novela puede proporcionar el placer de volver a enaltecer las palabras hasta su propio y radical significado, ésta sería “Ulysses”. Una novela que la mayoría sólo apreciamos al principio de un modo cabal, pero impreciso. Somos muchos los que tenemos pendiente una relectura de la obra más conocida de James Joyce, y que la deseamos.
    Un cordial saludo, DBD.

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  7. Magnífica entrada. Hasta me han dado ganas de releerlo, cosa que ya debería haber hecho y que he pospuesto por otras (siempre inevitables) lecturas o relecturas.
    Sin duda que leerlo desde la inocencia (refiriéndome a ésta como la lectura per se, sin la ayuda de otros textos que nos “expliquen” lo que estamos leyendo) es recomendable, pero creo que sólo lo podrá ser para aquellos que tengan sobre sí un cúmulo de lecturas previas bastante amplio.
    Sí, sin duda, si encuentro el volumen lo volveré a leer.
    Saludos.

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  8. Hay algunos que no piensan lo mismo, estimado Javier. A raíz de su intento de lectura –que abandonó más o menos en la página 80, como era previsible– uno de mis alumnos confesó que el Ulises no le había parecido interesante porque en su interior no había persecuciones, ni ráfagas mortíferas, ni mujeres fatales que confundieran al hombre valiente que se adentrara en él.
    Un abrazo.

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  9. Para D. Larsen, Jean-Paul, Zenocrat, Ruben, Antoine, Sonia:

    Mil gracias por vuestros inteligentes y amenos comentarios sobre el Ulises de Joyce, estimados amigos. Consideramos que son una aportación muy enriquecedora para este blog y por ello queremos haceros llegar, nuevamente, nuestro más sincero agradecimiento.

    Un fuerte abrazo.

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  10. ¿Qué recuerdo yo del Ulises joyceano? Ciertamente, el monólogo de Molly Bloom. También permanece en mi memoria la escena del capítulo primero, en el que Stephen Dedalus está dando clase y suelta aquella memorable sentencia: “la Historia es una pesadilla de la que intento despertar». Pero sobre todo guardo recuerdos –bastante difuminados, claro– de un gran número de acontecimientos que me fascinaron por su variedad y precisión, pero que me desconcertaron también, ya que no supe vincularlos entonces para darles un sentido coherente.
    Gracias por publicar este fenomenal artículo.
    Un saludo desde México, DF

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  11. Aparentemente diacrónicas, las alusiones al siglo pasado del autor de este magnífico comentario, quizás no deberían de ser consideradas de este modo, aunque vivamos ya en la segunda década del siglo XXI, si consideramos que muchas de las claves del Ulises, su tiempo circunstancial por ejemplo, pertenecen al siglo XX, en el cual la fragmentación y la incertidumbre que muchos hemos descubierto en algunas novelas como la de James Joyce se han convertido, además de otras consideraciones, en bases fundamentales de la literatura moderna.

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  12. Cuentan las malas lenguas que Joyce tenía un sentido del humor muy peculiar y hacía un uso desmedido del ‘private joke’. Para los irlandeses, el ‘chiste privado’ es aquel que nos hace gracia sólo a nosotros porque está directamente relacionado con aspectos de nuestra vida particular. En este caso, (véase el ejemplo siguiente), Joyce lo transforma –como el que no quiere la cosa– en un ‘public joke’ que introduce subrepticiamente en un pasaje de su bendito ‘Ulises’.

    “Monsieur de la Palisse, Stephen sneered, was alive fifteen minutes before his death.”

    Oh, Dear Dirty Dublin!

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  13. T.S. Eliot, en su ensayo “Ulysses, Order and Myth”, opinaba así sobre esta grandiosa e irrepetible obra:
    “Considero que este libro es la expresión más importante que ha encontrado nuestra época; es un libro con el que todos estamos en deuda, y del que ninguno de nosotros puede escapar.”
    ¡Qué más se puede añadir!

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  14. Fantástico y esclarecedor artículo, que ha venido a recordarme todo lo que yo sentí –hace ya muchos años– cuando leí por primera vez el Ulises de Joyce. Para mí, su lectura fue traumática, impresionante. El último capítulo hasta me provocó un dolor de cabeza y un mareo que me duraron horas. Empecé a leerlo casi un mes antes de la Navidad de 1998, y debo confesar que a los pocos capítulos de haber comenzado la lectura, tuve las primeras tentaciones de abandonarlo. Pero fue más fuerte la curiosidad, el sentimiento de – digamos – responsabilidad intelectual y, también, el placer que iba aumentando progresivamente. Al precio, eso sí, de enterarme de la quinta parte del contenido, y consciente de que me tenía que conformar… Finalmente terminé la lectura de esa obra maestra universal, y puedo decir que, desde entonces, me considero literariamente desvirgado.

    Saludos cordiales.

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