Fascinado por su paisaje, Rilke demora su estancia en Ronda

El 29 de diciembre de 1926 moría en Suiza Rainer María Rilke, quizá el mayor lírico alemán contemporáneo. A los 90 años de su desaparición, y desde Ronda, que sigue fascinando con su paisaje intacto, primigenio, con el erguido pedestal de las rocas sobre las que se alza, y a la vez con su ambiente acogedor, podemos volver a preguntarnos por el significado de la estancia aquí del poeta más europeo de nuestro tiempo, el que se apoyó en tantos países, desde Rusia a España, para su realización como hombre y como poeta.

Rainer Maria Rilke, retrato de Helmuth Westhoff.
Rainer Maria Rilke, retrato de Helmuth Westhoff.

Rilke fue un desarraigado. Nacido en Praga, dividido entre el mundo eslavo y el germánico, y con una gran cercanía a la cultura y a la lengua francesas (en que escribió buena parte de su obra poética), su estilo en alemán nos muestra esa extraña originalidad personal que le hace violentar la sintaxis dando giros desconocidos a esa lengua. Su vida es una sucesión de viajes. Pasa su juventud entre Checoslovaquia, Austria y Alemania. Viaja por Italia y más tarde por Rusia, que le deja una impresión imborrable. Después alterna estancias en el norte de Alemania, donde conoce a su esposa, de la que se alejará poco más tarde, con viajes a Italia y Escandinavia. En su madurez su centro será París, aunque nunca con estabilidad definitiva. De allí saldrá para nuevos viajes, de los cuales destacan los de Egipto y España. Los últimos seis años de su vida los pasará casi íntegramente en Suiza, donde termina sus dos máximas obras: “Elegías de Duino” y “Sonetos a Orfeo” y se remansa su inquietud existencial. Será enterrado en Rarón, en el cantón de Valais.

Para comprender bien la trascendencia que tuvo en su vida y en su obra el viaje a España (noviembre de 1912-febrero de 1913) conviene que lo situemos en el conjunto de su trayectoria. Porque lo que vive en Toledo, y de forma más prolongada y radical, en Ronda, es el momento más profundo de la crisis que separa en dos etapas bien definidas su producción poética.

Después de sus poesías juveniles, el “Libro de Horas”, influido por el viaje a Rusia y la amistad con Lou Andreas-Salomé, es su primera obra importante; engloba los motivos dispersos de sus poemas, que ya van haciéndose muy inequívocamente suyos, en una concepción clínica. Se trata en él de un “Dios” muy peculiar, que no es el Ser trascendente sobre el tiempo y el espacio, sino una imprecisa esencia divina que late en la infinita variedad de formas del mundo, pero reducida a los límites de éste. Para Rilke es un devenir, que se va realizando por la existencia inteligente y sensitiva de cada hombre, que debe renovar y completar, por medio de los poetas ante todo, la creación con sus vivencias y su palabra.

Lou-Andreas-Salome

LOU ANDREAS-SALOMÉ

En esta época, su relación con Luo Andreas-Salomé, muchos años mayor que él (ante quien Nietzsche había fracasado en sus pretensiones amorosas), escritora consagrada y discípula de Freud, es su mayor estímulo. Lou es su amante, con una actitud maternal que le da su edad. El Rilke casi adolescente se afirma en sí mismo y se esfuerza por ponerse a su altura en lo literario, por lo que confiesa que le debe pasos de gigante en el camino hacia su realización humana y artística. Y Lou seguirá siendo su más íntima confidente a pesar de la distancia que los separará y de lo espaciado de sus cartas. Desde Ronda le confiará aún todo su desgarro interior, y le pedirá apoyo en su corazón.

ronda

En el “Libro de las imágenes”, domina todavía el alarde formal, con profusión de rimas internas y aliteraciones (tan abundantes y sugestivas en los idiomas germánicos, que en ciertas épocas han basado el ritmo poético en ellas) pero, como sugiere el título, se desarrolla su actividad de contemplación distanciada de las cosas, alejándose de los últimos restos de introspección romántica.

Los “Nuevos poemas” son la culminación de esta entrega del artista al mundo externo, despegado de la exhibición de sus vivencias al estilo romántico, que habían propugnado los simbolistas a partir de Poe. Lo que importa en la criatura artística, no la biografía del creador. Rilke quiere hacer poemas como “realidades de las que surgen del trabajo manual”; es el “poema-cosa”, que suprime la sutil emotividad anterior y los temas de dimensión cósmica, y se concentra en figuras concretas de animales del Zoo de París o del Museo del Louvre. Y fijémonos en que se trata de animales enjaulados, no de seres en libertad dentro de un amplio paisaje; es una reducción del campo visual. Es archiconocido el poema “La Pantera” que traducido pierde sus prodigiosos logros en el uso de la aliteración para sugerir el desfile rítmico y obsesivo de las rejas ante las pupilas del animal que pasea por la jaula. Como en la escultura de Rodin y en la pintura de Cézanne, a quienes admira, hay en estos poemas una entrega ascética al dibujo riguroso por el lenguaje de unas figuras independientes al máximo de la proyección del yo.

Sin embargo, como en la “Soledades” de Góngora, se trata de un experimento límite, de un camino que concluye ahí. Todavía añade la “segunda parte de los nuevos poemas” (1908), pero le es imposible ir más allá. Exceptuando la publicación de los “Réquiem” y de la “Vida de María”, poco después, un largo vacío se abre en su trayectoria poética, que no se resolverá hasta la aparición, en 1922, de sus grandes obras de la segunda etapa: “las “Elegías de Duino” y los “Sonetos a Orfeo”. En el vértice de esa crisis existencial y poética están los meses de su estancia en España. A través de sus cartas y poemas de Ronda vamos a ir viendo su angustia ante el desconocimiento de un nuevo camino. Era la necesidad barruntada de una poesía más profunda, verdadera expresión de la unidad del poeta con el cosmos.

RILKE EXISTENCIAL

Se ha usado con frecuencia el término “existencial” aplicado al poeta Rilke. Bollnow, en su conocido estudio sobre Rilke señala que, aunque las obras decisivas del existencialismo sólo se publican después de la muerte de Rainer María, esta corriente filosófica impregna toda la vida espiritual de la época. Muestra literaria importantísima es la producción de Franz Kafka, nacido también en Praga y escritor en un alemán peculiar.

En la poesía de Rilke vemos plasmada esta actitud de angustia y zozobra del hombre ante el mundo y ante la muerte. Como Franz Kafka, sabe transmitir estremecedoramente la situación de desamparo total del hombre. Pero es que Rilke, aunque no sabemos, sí asimiló algo de la enseñanza oral de Jaspers y Heidegger, aparte de la tónica general de la época, tuvo influencia de un pensador existencialista fundamental, Sören Kierkegaard, el antihegeliano filósofo que entusiasmó a Unamuno hasta el punto de que aprendió el danés sólo para leer su obra. Kierkegaard, formado en la doctrina de Hegel, se opone a su construcción racionalista totalizadora, abstracta, y expone la verdad de la existencia de cada individuo. Lo que importa no es la marcha general de la historia sino la angustia y la esperanza de cada individuo. Opone lo vivido a lo abstracto. Rilke lo lee desde 1904, y lo traduce, con menos dificultad, suponemos, que Unamuno, por la proximidad mayor del alemán al idioma danés. Fue Kierkegaard el que arrancó a Rilke de su ingenuo entusiamo vital de juventud, señalándole su camino auténtico. En “Los Cuadernos de Malte Laurids Brigge” vemos ya su influencia; las “Elegías de Duino” contienen su asimilación madura.

Cuando Rilke llega a España, esta angustia existencial que hemos visto en relación con la expresada por la filosofía especulativa, se basa también en el agotamiento de su capacidad creadora, tal como la concebía entre el “Libro de horas” y la “Segunda parte de los nuevos poemas”. Porque se le plantea la necesidad de una concepción más profunda del arte. Por sugerencia de su amiga Lou, discípula de Freud, consideró la posibilidad de someterse a un examen sicoanalítico. Pero un extraño instinto, que se puede etiquetar de “resistencia” pero que tenía en cuenta la misteriosa relación entre la neurosis y la creación artística, le hace rechazarlo. Prefiere liberarse a través de la escritura. Y escribe a Lou el 9 de septiembre de 1914: “Hubiera sido repelente arrojar así la infancia a trozos sin digerir; repelente para uno que, como yo, no está llamado a resolver en sí mismo aquello que se resiste a ser digerido sino más bien a transformarlo en algo descubierto y sentido…”. Por otro lado, este hombre de sicología extraña, sabe sobreponerse a esos traumas de los que se resiste a liberarse y con una fuerza espiritual férrea busca un espacio de libertad más allá de los condicionamientos que presionan en su psiquismo.

En otro sentido, su peculiar figura sicológica apoya una entrega mayor a la tarea artística. Para Rilke, sus experiencias amorosas tenían que ser transformadas en arte. No se comprometió nunca por completo, especialmente en el momento en que tuvo que elegir entre la que sería su mujer, la escultora Clara Westhoff, y la que en el fondo debía amar de verdad, la pintota Paula Modersohn. Para él, ser artista significa neutralizar la vida. En el acto de la entrega hay que adoptar a la vez un distanciamiento. De aquí sus paradójicas afirmaciones sobre el amor como libertad frente a la amada, y no como posesión y entrega.

LAS “ELEGÍAS DE DUINO”

Todo esto nos va mostrando las raíces de su crisis tanto humana como literaria, en una época en que se le va a hacer más aguda, y para la que buscará una mejoría, una solución, en su viaje a España en 1912. Porque para él no había posibilidad de arraigo. Los viajes fueron circunstanciales a su vida. En cada “patria de adopción” (especialmente en Rusia y España) busca la revelación del ser en su intensa y palpable realidad. Considera que le está vedada una existencia tranquila, como la llevan, piensa, otros poetas. Por obra de su personaje autobiográfico “Malte” confiesa: “Oh suerte dichosa la de sentarse en un cuarto silencioso de una casa heredada, rodeado de cosas tranquilas y familiares, y fuera, en el alegre y claro jardín, oír los primeros gorjeos de los pájaros, y a lo lejos las campanadas del reloj de la aldea. Y pensar que yo también hubiera sido un poeta, si me hubiese sido dado vivir en una de esas innumerables casas de campo cerradas y de las que nadie se preocupa…”.

El hecho es que tuvo a su disposición varias de estas “casas de campo cerradas” e incluso castillos, a lo largo de su vida, y en ellas escribió mucho, aunque siempre atormentado y sin una capacidad de arraigo. Sobre todo desde que termina la “Segunda parte de los nuevos poemas” hasta que aparecen las “Elegías de Duino” hay unos largos años de intranquilidad y desorientación. Escribe a Lou: “Pienso en mi mejor época de París, la de los “Nuevos Poemas”, cuando no esperaba nada ni a nadie, y, sin embargo, el mundo todo venía a mi encuentro como tarea, y yo, claro y seguro, respondía con un sentimiento puro (…). ¿Cómo es posible que yo ahora, preparado y educado para la expresión, permanezca propiamente sin vocación, sobrante?”.

Es una sensación de aridez y de impotencia creadora. Pero en 1912 tiene un anticipo de lo que será, hacia 1922, su gran etapa de madurez. A principios de 1912, año en que llegaría a España en noviembre, se sintió arrebatadamente inspirado, en una dimensión bien distinta de la del “trabajo” consciente con que, siguiendo a Rodin y Cézanne, elaboró los “Nuevos poemas”. En poco tiempo escribió la primera versión de la primera y segunda elegías, y los comienzos de las otras, hasta el de la décima. Pero la creatividad se le interrumpe. Después de un viaje a Egipto, en el que la grandiosidad de las ruinas faraónicas y la desnudez del paisaje se sedimentan en su interior, aunque sin dar fruto, pasa por Duino, el castillo de los príncipes de Thurn und Taxis, en el norte de Italia, y se prepara para su viaje a España.

VIAJE A ESPAÑA

El interés por España late en él desde sus veinte años, en que hace un soneto a Velázquez. Siempre cercano a la pintura, Rainer comienza a interesarse por los cuadros de Zuloaga. Lo importante de este pintor noventayochista, que pasó una época de celebridad para quedar actualmente rebajado, es que le acerca al Greco. Recordemos que la pintura del greco había sido revalorizada por el mejor discípulo de Giner de los Ríos, Manuel Bartolomé Cossío, con un libro famoso que Rilke no pudo leer traducido al alemán y tuvo que comprar en español, para descifrarlo con cierto esfuerzo.

Toledo. El Greco
Toledo. El Greco

Cuando Rilke viene a España, tiene ya unas metas marcadas. Toledo es la ciudad de sus sueños: al llegar a ella le parece “una ciudad del cielo y de la tierra (…) que existe en igual medida para los ojos de los muertos, de los vivos y de los ángeles” (Carta a la princesa María von Thurn, 13 de noviembre de 1912). Va predispuesto por su alta valoración del greco y sus lecturas bíblicas. Por eso en España no presta atención más que a lo que armoniza con su estado de ánimo. España será para él el país adecuado para experimentar hasta el fondo la soledad y el abandono que le atormentan.

Pero la experiencia de Toledo se va a prolongar en Ronda, donde pasará más de dos meses. Llega allí el 9 de diciembre de 1912, procedente de Toledo, a través de Córdoba y Sevilla, en las que no encuentra motivo para detenerse. De Toledo salió a las cuatro semanas, incapaz de resistir el frío del invierno. En cambio, en Ronda, un hotel construido por los ingleses, el Reina Victoria, reunía todas la comodidades; y el clima era mucho más benigno, especialmente durante el día. Y sus característica eran las misma de Toledo: ciudad elevada sobre una meseta rocosa cortada a pico, llena de desniveles, con un amplio paisaje de valle y serranía enfrente, que armonizaba, en sus ascensos y descensos, con su atormentado espíritu. El hecho de que no tuviera una riqueza monumental como la de Toledo era incluso más adecuado puesto que el poeta quería entregarse al contacto con un paisaje primordial, frente a las fuerzas de la naturaleza.

EL PAISAJE DE RONDA

Con la holgura de ánimo que le daba el tener por delante una estancia indefinida, de semanas y meses, se dedicó a recorrer sin rumbo la ciudad y sus alrededores. Se fijaba en los palacios de escudos antiguos y detallados, en los efectos de la cal y las cenefas coloreadas sobre las puertas; y, en contraste con las superficies blanqueadas, la pátina de las viejas piedras, que tanto ponderaría en sus cartas. Desde el balcón del hotel contempla “la montaña tranquila, tendida en el espacio puro” y el espacio de las huertas, encinares y sembrados que se extiende a sus pies, nítido, hasta la ermita de la Virgen de la Cabeza, uno de sus paseos preferidos. Otras veces prefiere perderse en la espesura de la dehesa del marqués de Salvatierra. La grandiosidad del paisaje rondeño, la finura de sus matices de color, su luz clara y espléndidos cielos anubarrados, se filtrarán en su alma sin grandes consecuencias poéticas inmediatas, pero dejando un poso que le afloraría a lo largo de los años. Ningún paisaje, excepto quizá el ruso, ha sido tan entrañable para el poeta viajero como el de Toledo y Ronda. Pero insisto en que estos paseos contempladores no fructifican en largas descripciones, aunque sí hay algunas, densas, que se repiten en sus cartas. Se trata de un proceso más profundo de asimilación, en una época de aridez espiritual y lucha consigo mismo.

Pero veamos ya más en detalle la relación entre Rilke, atormentado por su crisis, y la ciudad que le acoge. Entre sus cartas, la escrita a su protectora la princesa María von Thurn, el 17 de diciembre de 1912, desde Ronda, nos muestra a un Rilke sumido en la depresión, que le hace imposible la creación poética: “Vinieron de nuevo sobre mí toda una serie de días desazonados, con dolores corporales y con el alma poco templada para resistirlos… a cada instante el mundo se me desploma por entero interiormente dentro de la sangre… Estoy hecho demasiado de una pieza para poder sufrir en un punto y en otro crear”. Y más adelante… “tengo necesidad de verificar en mí un cambio decisivo, desde el fondo, desde la raíz…”. Sin embargo, su descripción de Ronda es nítida y penetrante, siempre desde la perspectiva de una proyección de su situación anímica sobre la realidad natural… “el incomparable fenómeno de esta ciudad asentada sobre la mole de dos rocas cortadas a pico y separadas por el tajo estrecho y profundo del río… a su alrededor, un espacioso valle con parcelas de cultivo, encinas y olivares. Y allá al fondo se alza de nuevo la pura cordillera, sierra tras sierra, hasta formar la más espléndida lejanía. Por lo que a la ciudad misma se refiere, en estas circunstancias nada le podría ser más peculiar que este ascender y descender”…

Vemos la fusión entre los cambios de planos en el aspecto físico y los altibajos de euforia y tristeza árida que sufre Rilke. En este sentido sólo se realizará a través de las “Elegías de Duino”. Para conquistar la difícil calidad de una auténtica poesía hay que haber atravesado un largo proceso de maduración y ahondamiento. Entonces la palabra poética, tomada al lenguaje común como el escultor toma la arcilla o la piedra, al transformarlas, cobra una nueva dimensión, como dice en la “Novena Elegía”:

“Estamos, acaso, aquí para decir: casa,
puente, fuente, puerta…
pero, para decirlo de tal forma
como si las mismas cosas jamás
pensaron ser en su intimidad”.

Después de pasar la mayor parte del mes de diciembre abrumado por su enfermedad corporal y su depresión, época en que prodiga en sus cartas las lamentaciones, se recupera poco a poco a fines del año, y en enero y febrero escribirá todos sus poemas españoles. El primero cronológicamente es “Almendros en flor”. Son cuatro versículos amplios en que expresa cómo al contemplar la frágil y prematura floración siente la perdurabilidad de lo creado, el renovarse perpetuo de los seres:

“en vuestro efímero ornato sois portadores de un sentido eterno”.

Este tercer verso condensa la lección de confianza que tonifica a Rilke en uno de sus días más sombríos. Después escribe “Resurrección de Lázaro” en que reaparece, a través de la narración del episodio evangélico, el añadido puramente rilkiano de su oposición a las diferencias entre los vivos y los muertos, y también la repugnancia de éstos a volver desde su condición serena, de raíces, a “la vida imprecisa y vaga”, como en el poema “Orfeo, Eurídice, Hermes”, en que ésta vuelve contenta a las profundidades, en que vivía libre, absorta: “era ya raíz”.

Pero el poema más famoso y significativo de estos meses es “La trilogía española”. Precisamente es el que Heidegger seleccionó como uno de sus tres preferidos, en una encuesta. En él, el paisaje de Ronda, desligado de lo urbano y civilizado, se potencia hasta el límite de sus dimensiones cósmicas. El poeta expresa aquí su penoso esfuerzo por unirse con las cosas, y eleva al pastor (tipo observado realmente, con su admiración, en la Serranía, como comenta en sus cartas) a arquetipo del hombre expuesto “a la desmesura del influjo cósmico”, frente al tipo de hombre de ciudad, que Rilke sitúa en París, desconectado de sus relaciones con la Naturaleza en su dimensión más profunda.

En la tercera parte de la Trilogía, Rilke expresa su deseo de continuar, cuando esté en medio del bullicio de las ciudades, con “el recuerdo del cielo y del térreo borde de la montaña” y del pastor que avanza y se detiene, moroso, receptivo, bajo las sombras de las nubes que pasan. En fin, la “Trilogía española” es una preparación, aún desde la angustia, de las actitudes definitivas del poeta, conquistadas tras larga lucha interior en la “Elegías”. Lo que ahora es una queja y un anhelo será plenitud en la “Novena elegía”: “Una existencia sobreabundante me brota en el corazón”. Rilke se marchará de Ronda con la huella de su paisaje impresa en el fondo del espíritu; ese germen estará en la base de sus máximas creaciones.

Federico Bermúdez-Cañete

6 thoughts on “Fascinado por su paisaje, Rilke demora su estancia en Ronda

  1. La poesía de Rilke encierra casi siempre un razonamiento filosófico, pero no hecho a instancias de una imposibilidad, sino en la contemplación de la propia herida, del propio fracaso.

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  2. Agradecemos que compartas una noticia con la cualidad de sorprender (son las mejores). Resulta extraordinario que Juan Rulfo tradujera poesía alemana, aunque suponemos que extraña en menor medida tratándose de Rilke. Aunque, desde luego, también existen las traducciones profesionales al castellano si nos referimos a la influencia del poeta. Con Rulfo, sin embargo, al que admiramos profundamente, es algo fuera de lo común; una traducción que nos gustaría conocer. Un abrazo, DBD

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  3. Hace poco me enteré que Juan Rulfo tradujo las Elegías de Duino. Su influencia, dado el caso, es entonces monumental para la literatura mexicana, pese a que se lea poco por aquí.

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  4. Es curioso comprobar que las estancias de Rilke en varios países europeos no le sirvieron tanto para descubrirlos, sino para descubrirse a sí mismo. La distancia, el alejamiento de la familia y de su tierra, le permitirán consolidar su identidad. Le permitirán hacerse a sí mismo: convertirse en individuo. Un individuo más universal cuanto más particular y más único. Esta reflexión me surge de nuevo tras la relectura de “Los cuadernos de Malte Laurids Brigge”, una obra dificilmente clasificable (¿novela, autobiografía novelada, ensayo o diario personal de un artista atormentado, inconformista y revolucionario?), me da igual, porque con esta obra que se rebela contra las ambiguas catalogaciones, Rilke nos ofrece un disimulado testamento literario o vivencial. Quizás no es una obra capital, pero seguro que si es imprescindible para todos aquellos que quieran profundizar en el conocimiento de la obra del genial poeta checo en lengua alemana.

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