El infructuoso trabajo del poeta acecha “La Muerte de Virgilio”, de Hermann Broch

La muerte de Virgilio, novela total que Hermann Broch concibió durante cinco semanas de encarcelamiento en Alt-Ausse tras ser detenido por la Gestapo (la terminaría en el exilio gracias a la asistencia del P.E.N. Club de Londres y a una beca Guggenheim), se desarrolla desde diversos puntos de vista, el más importante el literario. Trata sobre la función del poeta y, en último término, sobre el sentido último de qué deba ser el arte en relación con el conocimiento. Broch, en una prosa honda y bella, cuenta  a lo largo de 556 páginas el drama imaginado de las últimas horas de la vida de Virgilio, en el puerto de Brindisi.

Hermann Broch es todavía un desconocido fuera del ámbito de la literatura germánica. No tiene la fama que merece, pero su prosa se afirma en la lenta progresión de las valoraciones y se sitúa, en su conjunto,  como una de las mayores obras del siglo XX, junto con las de Joyce y Proust. Cuando Thomas Mann leyó La muerte de Virgilio no vaciló en declarar que se trataba “del poema en prosa más importante escrito en lengua alemana”.

Broch 1

La muerte de Virgilio es un largo poema en prosa, barroco, delirante como el propio Virgilio antes de morir, escrito como una investigación profunda de las posibilidades del lenguaje y como un desafío a las normas de la narrativa tradicional. Hermann Broch realiza en esta novela una combinación maestra de lírica, reflexión filosófica y análisis psicológico, cuyo resultado es una de las obras imprescindibles de la narrativa del siglo XX.

Juan Goytisolo dedica a la novela un memorable artículo que comienza evocando su primera lectura en la traducción francesa. “Mis recuerdos de la primera y segunda parte de la novela se habían borrado. Me deslicé sobre ellas para centrar mi interés en la tercera; la que describe la larga conversación didascálica de Virgilio con sus antiguos colegas y amigos y, sobre todo, con su protector César Augusto, a su llegada al puerto de Brindisi con el séquito de éste, lejos de su amada Atenas.

La agonía del poeta

Las reflexiones sobre el arte de escribir; las comparaciones contrastadas acerca del valor de la poesía, ciencia y filosofía; las referencias a Teócrito y Lucrecio, Catulo y Horacio, así como a sus maestros griegos (Homero, Esquilo, Sófocles, Eurípides y al “divino Platón”) y la evocación de Las Bucólicas, Las Geórgicas y de La Eneida que Virgilio dejó sin terminar y cuyo manuscrito —con la conciencia amarga de haber puesto la pluma ad majorem gloriam de César y no de la masa sufriente del pueblo— quiere destruir, me apasionaron. Hoy, por el contrario, me han parecido convencionales e incluso inverosímiles en boca de un moribundo -si cabe verosimilitud alguna en la a veces impetuosa, a veces mansa fluidez verbal de la obra- tras la portentosa audición de la agonía del poeta en las dos primeras partes.

El murmullo de la voz interior de Virgilio a la entrada de la flota romana en el puerto; mientras es llevado en andas por entre la exaltada multitud que aclama a César; durante el penoso trayecto por barrios miserables guiado por la antorcha del niño que encarna sus sueños, de ese muchacho casi transparente que surge y se desvanece, se funde con la imagen de un gigantesco esclavo y le conduce finalmente al pabellón de descanso con la preciosa caja de cuero que encierra el manuscrito de La Eneida, es el lento rumor de una marea que asciende y asedia su conciencia: la voz imperiosa (¿o diabólica?) que le ordena destruir el poema.

Hermnn Broch
Hermnn Broch

Su duda corrosiva en el valor cognoscitivo de la poesía —en esa invisibilidad melódica de la que brota la poesía—, pone en entredicho La Eneida. Los héroes de ésta son simples creaciones verbales, palabras perecederas como su propio autor, en busca de una inmortalidad inasible y ajena: la del universo nocturno que contempla “bajo la música de las estrellas”. El afán de abismarse en el vacío que le precedió y el que volverá sin remedio le exige la previa aniquilación de la obra, la renuncia al señuelo de lo imperecedero.

La destrucción como secuencia ineludible de la creación —mueren los hombres y mueren los dioses—, la contradicción ínsita al arte, condenado a crear lo perdurable con cosas perecederas, palabras, sonidos, colores, piedras, pues “la belleza no incide en la existencia del tiempo, solo la abole de forma simbólica”, le conduce al axioma de su condición precaria, de la desaparición inexorable de la forma material creada.

La voz interior que le acompaña, y acompaña al lector, suave como una marea, en su traslado en andas a la escucha de la oscuridad, a la escucha de la muerte ya cercana, es el compendio de su propia vida y del azar que la remata; el poeta no puede nada, no puede evitar mal alguno. Se le aplaude si embellece el mundo, no si tal cual lo retrata. Su manuscrito no evoca la inhumanidad de la esclavitud, la inutilidad de las guerras, la ferocidad de la masa circense sedienta de sangre.

La mentira procura la gloria, el conocimiento no, le susurra al oído la voz en reiteradas variaciones sinfónicas. Tú has vivido en el círculo de quienes detentan el poder aunque nada en común tengas con ellos. No has logrado aunar, como Platón, poesía y conocimiento. Te has dejado mecer por la alabanza hipócrita de los que te rodean. ¡Libérate al fin de la mentira, destruye La Eneida!

La evocación fragmentada y acrónica del pasado, desde los recuerdos infantiles en el campo hasta el simulacro de la gloria y admiración mundanas, alterna con fogonazos de belleza deslumbrante: la imagen casi desvanecida, pero antaño real y bien real, de la mujer que amó sin compartir con ella el lecho, y hoy —en el presente narrativo novelesco— una mera silueta, apenas una sombra: admirado, incluso en el recuerdo, de que tal belleza hubiera existido y de que posada en el rostro humano como un vapor ligero, nacida de la inmortalidad, del hálito de la inmortalidad, la luz emanase de él sin cesar, resplandor y extinción distantes y familiares, sonrisa nocturna próxima y lejana, marchitable como la alheña blanca, delicado tejido que vela su ausencia real.”

Los cafés de Viena

Hermann Broch había nacido en Viena en 1886, en una de las pocas grandes familias judías aceptadas por la aristocracia. Se formó como ingeniero y durante un par de décadas se limitó a dirigir la fábrica textil de la familia. Se convierte al catolicismo y se casa con Franziska von Rothermann, casi como un intento de no seguir su vocación, sus pasiones literarias. La I Guerra Mundial significará el punto final, la convulsión decisiva. Broch se divorcia y casi a los 40 años se dedica por completo al arte, a sus estudios, al mundo de la noche vienesa.  Es la Viena de los grandes músicos; de los palacios adustos construidos como desafío de permanencia; de aquellos cafés donde el escritor conocería a Musil, a Kafka, a Rilke.

Vive un romance con Milena Jesenska y conoce a una de las femmes fatales más famosas, la periodista Ea von Allesch, de extraordinaria belleza. Abandona a Milena, que caerá en el laberinto sombrío de Franz Kafka, por entonces un desconocido escritor del grupo sionista de Praga.

En esta época, Broch comienza su obra más conocida, que le dará fama europea: Los sonámbulos, publicada entre 1931 y 1932. Una trilogía excepcional donde a través de tres personajes paradigmáticos, sintetiza, en un  magnífico fresco histórico,  la decadencia de Alemania (y Austria) durante la transición del siglo XIX al XX. Es un tácito homenaje a Spengler y, a la vez, una inhabitual visión de la crisis política interpretada desde la cultura y la crisis de valores.

Concluida la trilogía de Los sonámbulos, Hermann Broch comprende que  comienza su gran apuesta estética. En las tres grandes novelas de la moderna literatura alemana, las suyas, Pasenow o el romanticismo, Esch o la anarquía y Huguenau o la objetividad que forman la trilogía citada Los Buddenbrook de Thomas Mann y El hombre sin atributos de Musil, prevalece la descripción de la decadencia y el pesado paso de la narrativa. Lo real y lo racional excluyen la vivencia profunda, poética. Broch, cuando ya está en los primeros esbozos de su novela mayor, La muerte de Virgilio, está seguro de ir mucho más lejos de su admirado Joyce. Así lo escribe en sus cartas. Su Virgilio será la obra más alta y estéticamente la más compleja del siglo. La grandeza de Joyce es verbal. El Ulises es un realismo descompuesto cúbicamente, un puzzle magistral. Broch hubiera coincidido con Borges, sin dejar de admirar el poeta indirecto, transversal, que era la fuerza más descuidada y más notable de Joyce como escritor.

Encarcelado por la Gestapo

Hermann Broch fue detenido en 1938 tras el Anschluss de Austria, para pasar a continuación a prisión preventiva en Alt-Ausse tras ser hecho preso por la Gestapo, no por ser judío, sino porque el cartero le había denunciado como “comunista”, al descubrir que estaba abonado a la revista Das Word (La palabra) editada en Moscú por emigrantes. La detención duró únicamente cinco semanas, gracias a las gestiones hechas por algunos amigos suyos (James Joyce, Stephen Hudson y Edwin Muir) que lograron que fuera expulsado del país y le consiguieron un visado. Después de recuperar la libertad, emigró a Inglaterra, y poco después a Estados Unidos, donde residió desde entonces.

Sin embargo, en esos años amenazados por el totalitarismo (él creía que el fascismo se extendería a toda Europa, Gran Bretaña y Estados Unidos), empezó su mayor aventura, el desafío de librar a la literatura de la decadencia espiritual europea (Proust, Joyce, Musil, Mann) y alcanzar un renacimiento y apertura de lenguaje volcado tanto a la existencia como al misterio cósmico. Broch quiere escribir en la grandeza clásica de Hölderlin, de Dante, de la tradición homérica, del mismo Virgilio. Después del horror de la guerra  siente que el gran arte, “el arte en su destino mayor” (como escribiera Hegel) podrá sentar las bases para el renacimiento de una civilización occidental corrompida. El exiliado en Princeton y luego en Yale siente que una gran obra de arte es robarle espacio a la decadencia del mundo que le tocó vivir. De alguna manera participa de la estética desesperada -necesaria- que obsesionó a Baudelaire. La suprema revancha del arte ante la extrema bajeza del crimen histórico.

Hermann Broch dedicaría el resto de su vida a concluir su obra magna, La muerte de Virgilio. El personaje será el gran poeta romano en las últimas dieciocho horas de su vida. Ya ha concluido La Eneida y acompañando a Augusto retornan de Grecia al puerto de Brindisi. Allí, en su agonía, vive la desilusión del arte. Ruega a sus sirvientes y amigos que le ayuden a quemar esa obra que ya el mismo Augusto considera “poema divino”. Broch, el judío exiliado en la pujante barbarie estadounidense, une su agonía existencial con la del lejano Virgilio en Brindisi. él, víctima del neopaganismo nazi, busca en el paganismo de Virgilio una respuesta a la existencia, una comprensión del orden cósmico, capaz de conciliar el absurdo, la crueldad, con la gloria de la vida, según la descripción del escritor argentino Abel Posse que dedica un extenso artículo al escritor vienés.

La novela, si esta palabra se puede usar en el caso de La muerte de Virgilio, será su empeño decisivo entre 1938 y el fin de la guerra, en 1945. Broch ya no tendrá otra actividad. Por fin la obra fue concluida y editada en EE.UU. en 1945 con apoyo de la Fundación Rockefeller, la beca Guggenheim y del PEN club. El escritor murió en New Haven, Connecticut, el 30 de mayo de 1951. DBD

4 thoughts on “El infructuoso trabajo del poeta acecha “La Muerte de Virgilio”, de Hermann Broch

  1. Aquileana, gracias de nuevo por tu parecer tan grato de recibir y que siempre nos presta ánimos. Como dices con gran acierto, la creación del artista -La Eneida- y su utilidad acecha,tortura al personaje de Virgilio creado por Hermann Broch, pues tal creación tiene una motivación espuria -en este caso el encargo del César- y la tarea del artista resultará infructuosa. La creación pura del poeta es la que logra la belleza y el conocimiento; no hay arte verdadero que no lleve al conocimiento.
    Pero creemos, más allá de las tesis, que el libro, su prosa, más avanzada o en una dirección inexplorada respecto a la de sus grandes contemporáneos -Joyce, Musil-, el asfixiante paseo en la oscuridad de las calles, las últimas dudas sobre la destrucción de su obra que no ha cumplido su destino y el terror final de un poeta moribundo por la inanidad de su obra mayor resultan, ante todo, una soberbia manifestación literaria. DBD
    🙂

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  2. Excelente presentación sobre Broch… Gran lectura… interesante y profunda… me gustaron sobre todo las palabras referidas a la creación, o acto creativo como secuencia ineludible de la creación… gracias por compartir. Saludos, con mucho afecto. Aquileana 🙂

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  3. Jaime, muchas gracias por la noticia sobre la obra mayor de Hermann Broch y la admiración que había despertado en el insigne Manuel Vázquez Montalbán, del que leí con placer, hace mucho, una de sus primeras narraciones Recordando a Dardé. Un abrazo, Manuel. DBD

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  4. Cierto día de junio del año 2000, tomando un café con Manuel Vázquez Montalbán mientras lo entrevistaba para la revista ‘Crítica’, le pregunté por los orígenes de su inagotable inspiración. Sin dudarlo un instante, el escritor barcelonés me confesó la enorme influencia que ‘La muerte de Virgilio’ tuvo en su vocación literaria y me aseguró que de jóven él quería ser Hermann Broch, quería ser alemán, pero que, finalmente, el gran faro de su vida fue siempre Galdós.

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