La “Generación Beatnik”, de la eterna juventud hacia la autodestrucción

KEROUAC 222

No vale la pena discutir acerca de si la llamada “Generación Beatnik” constituye realmente una generación, una “escuela”o un mero grupo de hombres más o menos amigos que en verdad tuvieron escasas conexiones literarias como para homologarlos bajo algún rótulo. No vale la pena porque cualquiera que los haya leído sabe que ninguno de las dos posturas es cierta; los Beatniks soportan dignamente la etiqueta de “Generación” por la cercanía cronológica de sus integrantes y especialmente por su juventud, pero no tienen ni por asomo entre esos mismos integrantes una comunidad férrea de estilo o ideología para considerarlos una escuela literaria. ¿Qué tiene que ver el lamento religioso y mortuorio de Big Sur de Kerouac con el humor corrosivo de los poemas de Corso, qué las novelas cut-up de Burroughs con el imperativo poema “Manifiesto populista” de Ferlinghetti?

Ahora bien, la diversidad de formas y fondos entre sus autores tampoco obliga a disociarlos; los escritores beatniks hicieron voluntariamente de la agrupación un arma y aún teniendo en cuenta sus diferencias, es innegable su congregación – al menos inicial – respecto al modo de ver la vida o de escoger a sus enemigos. Más seguros de aquello que no querían ser que de un modelo aceptable cualquiera para sus futuros, los Beatniks, como todos los jóvenes, prendieron cartuchos contra la tradición y jugaron una apuesta destinada a morir joven. Como ocurre con el punk rock – es el paralelo más adecuado que se me ocurre – el movimiento beatnik, sea lo que sea, estaba condicionado a una eterna juventud: sus ansias hostiles, su culto al placer o su experimentación con sustancias no-ordinarias lo indican claramente. En este sentido, se torna interesante cotejar las peripecias adultas de los escritores, habida cuenta de que ninguno de ellos murió joven (Kerouac fue el primero y ya contaba 47 años) y de que sus trayectorias manifestaron efectivamente una pluralidad muy próspera.

Una generación literaria

Con el primer golpe de vista es muy arduo negar la oscuridad general del grupo; no pretenso asimilarlos a los románticos ni nada por el estilo, pero es patente que la tendencia hacia la locura o la autodestrucción matizó de gris – de grises en verdad diferentes – los futuros de los escritores beat. El triste alcoholismo de Kerouac, la bala de Burroughs en la frente de Joan o los conflictos de Ginsberg con la homosexualidad son algunos ejemplos de lo que quiero decir. En ese panorama, la figura de Lawrence Ferlinghetti se esconde y destaca a la vez: Ferlinghetti, todavía vivo, el último de los beatniks, fue y es un hombre claro, un poeta límpido, un amante de la vida, y aún así – aunque se nos aparezca como el “menos” beatnik de todos – es un escritor definitivamente perteneciente a la generación beat, haciendo la salvedad de que en una de sus últimas entrevistas concedidas el propio Ferlinghetti renegó del mote generacional diciendo que jamás le había agradado.

No pienso concederle mucha importancia a lo que piensa Ferlinghetti al respecto, no tanta al menos como a lo que Ferlinghetti hizo por que aquel conjunto de escritores geniales se convirtiera en una “Generación” o a los elementos efectivamente generacionales que Ferlinghetti – el último beatnik, el desatormentado – encarnó con nobleza y lucidez. En Confesión burlona, uno de sus mejores poetas, encuentro las palabras más claras para lo que intento decir:

“Tengo la sensación de caerme
en muy pocas ocasiones
pero la mayor parte del tiempo tengo los pies sobre la
tierra
No puedo evitarlo si el suelo mismo está cayendo
(…)
Creo en la Revolución
en su imagen de doble filo
pero nena la tuya no es la mía
Me niego a confesarme a los muchachos
O a las chicas en el baño”
Balada del hombre real
“Poetas, salid de vuestros armarios,
abrid vuestras ventanas, abrid vuestras puertas,
habéis estado enclaustrados demasiado
en vuestros mundos cerrados”

Lawrence Ferlinghetti, poeta y editor
Lawrence Ferlinghetti, poeta y editor

El “Aullido” de Ginsberg

Se sabe que a través de la osadía de Ferlinghetti y su librería City Lights muchos escritores beat pudieron ser editados y dados a conocer al gran público; se sabe de la favorable repercusión que le proporcionó el escándalo por la lectura de Aullido, de Ginsberg, y todo el chisme. Pero Ferlinghetti no se reduce a un organizador de papeles de los demás genios; no sólo hizo de mecenas humilde sino que además postuló y defendió muchas de las posturas que pueden ser consideradas beatniks.

Entre esas posturas sin duda alguna la reticencia hacia lo tradicional y cierto hedonismo realista y mágico a la vez son dos marcas registradas del grupo, especialmente en sus inicios, mucho antes de que Kerouac virara hacia lo reaccionario o de que Burroughs flipara en el hermetismo más chispeante del que se tenga memoria.

Los beatniks, más allá de los vaivenes políticos y a-políticos en los que ingresaron más tarde sus protagonistas, supusieron un desplazamiento hacia la izquierda, esa izquierda amplia en su concepto, tan emparentada con la juventud como significación, tan parecida al espanto del que simplemente no alcanza a entender las torturas que un hombre puede infligir a otro.

La resistencia entonces, la resistencia y la vida. La vida como resistencia. La desobediencia, claro, el desacato, la transgresión, pero en el caso de Ferlinghetti no por el mero gusto que suele despuntar la transgresión de saborearse a sí misma sino la transgresión para que algún día sea regla, para cambiar el mundo, para que el hombre por fin devenga algo mejor. Algo mejor de lo que había visto – allí mismo, en carne y hueso, como oficial al mando – en el desembarco en Normandía o en las cortes donde acusaban a poemas (sic) de nocivos para la sociedad.

La resistencia entonces, la resistencia y la vida. Y allí, apenas a centímetros, la poesía.

Ferlinghetti es un poeta al que le interesa la poesía, pero no tanto como objeto intelectual o de estudio sino como actitud ante la vida: la poesía y la vida están ligadas, mezcladas, deben ser una sola cosa. Pero el asunto no es tan romántico ni tan sencillo. El mundo en el que vive Ferlinghetti perdió el aura y la ingenuidad, por lo que la vida (la poesía) no se puede tratar únicamente de ensoñaciones o utopías azules sino que debe batirse con la realidad en su propio terreno para moldearla, (re)constituirla, salvarla. En Retos para poetas jóvenes escribe: “Cuestionen todo y a todos. Sean subversivos, confronten constantemente a la realidad y al estatus quo /Sean poetas, no mercachifles. No abastezcan, no complazcan, especialmente no lo hagan con sus posibles audiencias, lectores, editores o publicistas. / Salgan del clóset. Ahí adentro está oscuro. (…) Comprométanse con algo que no sean ustedes mismos. Sean militantes. O extasíense / Ser un poeta a los dieciséis años es tener dieciséis años, ser un poeta a los 40 es ser un poeta. Sean ambos. / Levántense y tiren una meada, el mundo está en llamas”.

Es decir, el poeta debe ser un subversivo, un hombre que pierda sus veleidades de místico y “baje” al mundo para combatirlo hasta el final, sin atragantamientos precoses ni narcisismos exasperados. Pero no alcanza con eso, en el tiempo de Ferlinghetti no alcanza con eso, existen otros dispositivos de poder y por tanto nuevos riesgos; la industria del entretenimiento ya amenazaba con devorárlo todo, y la poesía no es la excepción. Por eso el exhorto del poeta al poeta joven a que no se vendan ni se compren, a que siquiera participen del circo que rodea incluso a la poesía, especialmente a la propia poesía beat.

El Manifiesto populista Nº 1 de Ferlinguetti

En Manifiesto populista acusa al respecto: “Todos ustedes críticos de poesía / que beben la sangre del poeta / Todos ustedes Policía de la Poesía…/ Dónde están los hijos salvajes de Whitman”. Ferlinghetti quiere una poesía vital, una poesía de la realidad que no niegue la entrega de los unos a los otros, es cierto, pero quiere que la poesía siga siendo poesía, que continúe ostentando la dignidad y la sagacidad que Ferlinghetti le atribuye. El “descenso” del poeta a la realidad no supone la vulgarización y la explotación de la poesía sino la comunidad de la misma, su ascenso a (anti)método de vida. Estos versos de Leyendo a Yeats no pienso…  quizás aclaren lo que quiero decir:

Leyendo a Yeats no pienso
en Arcadia
y sus bosques que Yeats creía muertos
pienso
en todos los rostros idos
cayendo en medio de la ciudad
con sus sombreros y sus empleos
y en aquel libro perdido que hallé
con su cubierta azul, blanca por dentro
donde con un lápiz habían escrito
¡JINETE, PASA DE LARGO!

Ferlinghetti en el interior de su librería de San Francisco "The City Lights"
Ferlinghetti en el interior de su librería de San Francisco “The City Lights”

Los hijos salvajes de Whitman

Es sorprendente, pero hasta que no leí los poemas de Ferlinghetti jamás se me había ocurrido aquello de “hijos salvajes de Whitman” para definir a los poetas beatniks; no es que ande por ahí buscando latiguillos para los escritores sino que la metáfora me parece en realidad muy evidente y ajustada. Es fácil encontrar comentarios sobre la literatura norteamericana en los que Walt Whitman aparece como un padre omnisciente que atraviesa la trayectoria completa (todas las trayectorias posibles) de la referida literatura. Lo que en muchos casos no aparece en esos comentarios son los fundamentos para esa filiación. En el caso del grupo beat, los vínculos aparecen nítidos ya desde el alborozado tono con que escriben y llegan hasta la homosexualidad haciendo escalas en la exaltación de la libertad y en la tendencia a mitologizar al pueblo norteamericano.

Efectivamente, los beatniks de alguna manera son los hijos salvajes de Whitman, menos idealistas, menos cándidos, acaso más hartos, pero son los hijos legítimos del poeta barbado. Hasta en la estética algunos beatniks lo han seguido.

Ferlinghetti escribe el monumental Autobiografía: “Soy el hombre /estuve allí / Sufrí / un poco (…) Pero soy el hombre / Y estaré allí / Y puedo hacer que los labios /de los que duermen / hablen / y puedo hacer de mis libretas de notas / haces de hierba / Y puedo escribir mi propio / epónimo epitafio /instruyendo a los jinetes /que pasen”. Por cosas como estas, Ferlinghetti es, de todos, el hijo “más” legítimo de Whitman. No sólo por la indudable procedencia de las palabras de Whitman que casi conforman una paráfrasis sino además por el estruendo de credibilidad, modestia y profundidad que produce su lectura. Los poetas mienten; aún quien los considere como portadores de la palabra más sublime y más realista sabe que los poetas mienten. Mienten incluso – o sobre todo – cuando dicen la verdad. El pacto de credibilidad que se establece con un poeta no corre jamás por los carriles que los instaurados con una novela o un film; no es un pacto de verosimilitud lo que se puede suscribir con la poesía. En este sentido, el pacto es más cercano al que se usa con alguna pintura o una canción. Al poeta se le cree desde algo visceral, desde un elemento absolutamente disociado de los racional. Siquiera es una cuestión de gustos: nada tiene de proporcional la estima estética que podamos tener respecto a un poeta con la credibilidad que nos arranque.

Whitman y Ferlinghetti son dos poetas que parecen imponer la fe ajena sobre cada una de las palabras que escriben. Un aura indefinible y suprema rodea sus escrituras con una cordialidad tan firme y violenta como un huracán.

Un huracán de fe desesperada. Eso pueden llegar a ser ciertas líneas de Ferlinghetti.

¿En qué radica la desesperación de Ferlinghetti, en dónde la detectamos? Conjeturo que en el cinismo propio de sus amigotes y de su tiempo histórico, que aún más desatormentado en Ferlinghetti, como ya se dijo, se nota igual. “Escucho a América cantar / en las Páginas Amarillas” es capaz de escribir el poeta con un don de síntesis tal que en dos líneas logra unir al nombrado Whitman con el volumen escrito que mejor representa a la sociedad pos-moderna.

La crédula algarabía whitmaniana pasada por el salvajismo provocado en parte por las consecuencias indeseadas pero plausibles de lo que el mismo Whitman cantaba. La democracia, la libertad, el trabajo y el progreso tuvieron no solamente sus límites sino también sus costos, enormes, garrafales, interminables costos. Los costos fueron de todo tipo, claro está, salvo que Ferlinghetti, el poeta, vuelve una y otra vez sobre el costo que atañe al destino de la poesía. Ferlinghetti sabe a convicción por donde se lo saboree; puede caer pesado, lo admito: la óptica cultural hegemónica, aquella que nos describe a los que hoy estamos vivos, se mofa asiduamente de las convicciones. Puede caer pesado, lo admito, tan pesado como le cae siempre al rictus posmoderno cualquier palabra profética. En verdad profética. Vale la pena que este escrito finalice con la opinión de Ferlinghetti al respecto. De El triunfo de los postmodernos:

“Los violines tendieron a chillar
escapando de sus melodías lineales
La banda sinfónica en zapatillas
tamborileó temas de MTV
y los poetas se deconstruyeron a sí mismos en becas
oficiales
y se unieron a departamentos de lingüística
mientras que otros (silenciados por el desconcierto)
se fueron a las colinas cantando haikus de aserradero
o inauguraron peluquerías unisex en Des Moines”

Emiliano “Mome” Marilungo

La periódica revisión dominical

15 thoughts on “La “Generación Beatnik”, de la eterna juventud hacia la autodestrucción

  1. ¡Bella excepción para la nominación!…
    ¡Iré al Retiro vestida de brisa! Me enredaré en el ciprés ¡Lo abrazaré! Tan fuerte… Que seré, aunque sea, uno de los latidos de su verde corazón. Desde ya, le doy las gracias a Noelia.
    Saludos

    Le gusta a 1 persona

  2. Estimada Scarlet. Somos criaturas muy supersticiosas en ‘debedehaber’ y, por lo tanto, no aceptamos regalos ni nominaciones los martes por la mañana. Sin embargo –y por tratarse de ti– haremos hoy una excepción, siempre y cuando sigas al pie de la letra nuestras instrucciones. Atenta: lleva esta noche el premio al Parque del Retiro y deposítalo en el ciprés que se halla muy próximo a la esquina derecha de las ruinas de la Ermita de San Isidro y la Casita del Pescador. Noelia Panther, nuestra más intrépida y atractiva colaboradora lo esperará allí, oculta etre los troncos de los árboles o sobre las ramas más frondosas para, en el momento exacto que tu aparezcas, lanzarse sobre ti y darte efusivamente las gracias.
    Agur! 🙂

    Le gusta a 1 persona

  3. Admirada Aquileana: En agradecimiento a tu gentil comentario, permítenos que te ofrezcamos este breve fragmento de ‘On the road’, la obra más leída de Jack Kerouac. Nadie mejor que tú para disfrutarla de nuevo en su versión original:

    “The only people for me are the mad ones, the ones who are mad to live, mad to talk, mad to be saved, desirous of everything at the same time, the ones who never yawn or say a common place thing, but burn burn burn, like fabulous yellow Roman candles exploding like spiders across the stars.”

    Un fuerte abrazo, amiga! ⭐

    Le gusta a 1 persona

  4. Excelente post… casualmente hace poco vi un film, en formato Cartoon sobre la América de Ginsberg…
    Interesantísima entrega de un movimiento del cual poco sabía…
    un abrazo. Aquileana.🌹

    Me gusta

  5. Son muchos los que afirman que la Generación Beat es un movimiento histórico que no ha tenido continuidad, pero nada podría estar más lejos de la verdad. Una nueva generación de creadores –y voy a centrarme exclusivamente en la música — heredó el espíritu rebelde y transgresor de los Beats y lo adaptaron a finales del siglo veinte y principios del actual, a menudo con la complicidad de los padres del invento. Recordemos que Ginsberg celebró su cincuenta aniversario con The Clash y el sexagésimo con Sonic Youth, al tiempo que colaboraba con músicos tan diferentes como Phillip Glass y U2.
    A principios de los ochenta, los de King Crimson sacaron un homenaje trepidante a la Generación Beat (‘Beat’). Laurie Anderson usaba la voz de Burroughs en su obra emblemática ‘The Home of The Brave’, la misma voz que los de Hiphoprisy aprovecharon para grabar todo un álbum en 1993 (‘Spare Ass Annie And Other Tales’) en colaboración con Burroughs (incluyendo el maravilloso tema ‘Pequeños consejos para la gente joven’). Más adelante, Kurt Cobain haría un EP basado en un cuento de Burroughs (The Priest, They Called Him ‘). Soft Machine, además de ser el nombre del grupo de Robert Wyatt, es también el título de una novela de Burroughs; Steely Dan, uno de los grupos emblemáticos de los años setenta, tomó prestado el nombre de un consolador que sale en ‘Naked Lunch’ (‘El Almuerzo Desnudo’); y, más recientemente, los de Clem Snide se han aprovechado del nombre de un detective privado que sale a varios libros de Burroughs. En Inglaterra, Burroughs se convirtió en la influencia principal sobre Genesis P. Orridge, un músico y artista de performance de una importancia capital a finales del siglo pasado.
    Saludos y muchas gracias por su atención.

    Me gusta

  6. “On the Road” sigue siendo un libro de culto para todos los que tuvimos la suerte de vivir aquella época irrepetible. La “Beat Generation” marcó a muchos jóvenes idealistas de los años 50/60 y Jack Kerouac fue, sin duda, su principal artífice. Gracias por recordarlos en este magnífico artículo.
    Saludos!

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s