Días tranquilos en Clichy: Henry Miller se une en París a Lawrence Durrell y Anaïs Nin

Henry Miller fue capaz de ofrecer una imagen indeleble de Nueva York, la ciudad donde creció y se formó, pero el hecho de establecerse luego en París le convirtió en un observador privilegiado de la vida en la capital francesa, y a través de las andanzas sexuales de dos amigos y compañeros

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de piso, Joey (Miller) y Carl (Alfred Perlès), traza una espléndida imagen del París nocturno, prostibulario y sórdido de 1933, en su novela corta Días tranquilos en Clichy, compuesto por dos episodios.  Los escarceos de Carl con una menor, las tretas para no pagar los servicios a las prostitutas o los encuentros con personajes singulares van yuxtaponiéndose hasta convertirlos en un recorrido acelerado y sincopado por diversos y fascinantes espacios que Miller retrata perfectamente con las mínimas palabras. Con justicia se ha convertido en un clásico de la literatura erótica. Ésta es quizás la obra de mayor fuerza visual y trepidante ritmo de Miller, fue llevada al cine en dos ocasiones, en 1970 por Jens Jorgen Thorsen y en 1990 por Claude Chabrol, y es todo un referente de la novela erótica.

Imagen de la película de Claude Chabrol sobre la novela "Días tranquilos en Clichy"
Imagen de la película de Claude Chabrol sobre la novela “Días tranquilos en Clichy”

 Miller llega a París donde coincide con las vanguardias literarias, entre ellas el surrealismo

Henry Valentine Miller nació el 26 de diciembre de 1891 en Nueva York, en el seno de una familia humilde de origen alemán, siendo su madre Louise Nieting y su padre Heinrich Miller, quien se dedicaba a la sastrería.

Principalmente autodidacta, Miller estudió durante dos meses en el City College neoyorquino hasta que el joven rebelde, gran amante de la literatura, en especial del escritor ruso Fedor Dostoievski, fue expulsado de la universidad, ocupándose posteriormente en distintos oficios, entre ellos ranchero o mensajero de la Western Union. En 1917 contrajo matrimonio con una muchacha llamada Beatrice Sylvas Wickens, con quien tuvo una hija, Barbara. En 1924 se divorció de Beatrice y se casó con la bailarina June Mansfield Smith, mujer que fue sumamente influyente en Henry por su modo liberado y despreocupado de vivir.

En los años 30 y en plena época de la Gran Depresión, Miller y June trasladaron su residencia a París, ciudad en la cual llevó una existencia bohemia junto a Anais Nin, Gilberte Brassai y Alfred Perlés, empapándose de diferentes corrientes literarias, entre ellas el surrealismo. En la capital francesa aparecería su primer libro publicado, “Trópico de Cáncer” (1934), un volumen prologado por su amiga Anaïs y censurado en su país hasta la década de los ’60. Junto a Nin escribiría “Una pasión literaria” (1932-1953, libro que recogía la correspondencia entre ambos autores. El mismo año de la aparición de “Trópico de Cáncer”, publicada en la editorial Obelisk Press de Jack Kahane, Henry y June se divorciarían.

Posteriormente Miller escribió novelas como “Primavera negra” (1936), “El universo de la muerte” (1938) y “Trópico de Capricornio” (1939). A pesar de que “Trópico de Cáncer” fue la primera novela publicada en su trayectoria como literato, Miller había escrito previamente varios libros que no lograron ver la luz en su día, como “Clipped Wings”, “Moloch” y “Crazy Cock”.

Sus textos, ausentes de una estructura convencional y el uso de una narración lineal, se vinculan a la exposición instrospectiva desde un universo esencialmente masculino, con tendencia a la exposición erótica y el proceder nihilista modelado con un cierto sentido lírico de la prosa, esencia libertaria y vitalista, y plasmación autobiográfica en base al flujo de conciencia
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Influencias sobre Kerouac, Ginsberg y Burroughs

En 1939 Henry dejó Francia, país en el que llegó a trabajar como profesor de inglés en el Liceo Carnot de Dijon, y pasó un tiempo junto a Lawrence Durrell en Grecia para retornar en plena Segunda Guerra Mundial a los Estados Unidos, ubicándose en California. Allí escribiría libros como “El coloso de Marussi” (1941, título que abordaba su experiencia griega, “Pesadilla del aire condicionado” (1945), “Días tranquilos en Clichy” (1956), “Big Sur y las naranjas del Bosco” (1957) o la afamada trilogía “La crucifixión rosada”, conformada por los volúmenes “Sexus” (1949), “Plexus” (1952) y “Nexus” (1959), los cuales volvían a incidir en el aspecto sexual que singulariza sus trabajos literarios.

Al margen de sus novelas Miller también escribió ensayos sobre Marcel Proust, James Joyce o D. H. Lawrence.
Después de su divorcio con June, Henry se casó en 1944 con Janina Martha Lepska, joven inmigrante polaca, estudiante de filosofía, con quien tuvo dos hijos, Tony y Valentine. En 1952 se divorciarían. Un año más tarde contrajo matrimonio con Eve McClure, de quien se separaría en 1960. Su última esposa fue la cantante de cabaret japonesa Hiroko Tokuda, con quien estuvo casado entre 1967 y 1977.

Una de sus últimas amantes fue la joven actriz Brenda Venus. El libro “Querida Brenda” (1986) recoge las cartas de amor remitidas por el autor de Nueva York a la morena intérprete, vista en películas como “Foxy Brown” o “Límite 48 horas”.

Miller, cuya influencia es muy apreciable en los escritores de la denominada Generación Beat, como Jack Kerouac, Allen Ginsberg o William Burroughs, moriría a causa de problemas circulatorios en la localidad californiana de Pacific Palisades. Era el 7 de junio de 1980 y el escritor tenía 88 años.

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En busca de una nueva escritura para describir el placer

Henry Miller es uno de esos escritores que más huella acostumbran a dejar entre aquellos jóvenes que se sienten rebeldes y aquellos no tan jóvenes que odian anudarse la corbata. Encumbrado por los inadaptados de la generación Beat e incomprendido por la critica más puritana. Miller responde a esa clase de escritores de corte individualista que adoptan una postura de enfrentamiento contra la sociedad en la que viven.

Nacido en Nueva York en 1891, muy pronto decidirá que sus sueños no se correspondían a la vida a que estaba tocado a adecuarse. Cruzará el océano decidido a romper con su pasado y convertirse en escritor. Llegará a París con únicamente diez dólares en el bolsillo. Continuos cambios de empleo y una constante lucha por su subsistencia que le llevará a formar parte de la colonia de anónimos bohemios que deambulaban por los barrios artísticos de Montmartre y Montparnasse. A partir de entonces desarrollará una vida llena de dificultades que le alejará completamente de posturas cómodas o cotidianas; huyendo de horarios y sueldos fijos; encontrando la inspiración al mezclarse entre el bullicio de las calles; arrimándose a otros artistas errantes, a sabios villanos, y a delincuentes de poca monta.

En su último libro El libro de mis amigos, Miller homenajeaba a todos aquellos amigos que habían sido fundamentales en su vida. La mayoría eran seres anónimos, seres de la calle que no pertenecían a los ambientes culturales. Sólo algunas de sus amistades podrían catalogarse como conocidas, entre éstas, estarían sin duda los escritores Lawrence Durrell y Anais Nïn.

Durrell es particularmente famoso por su Cuarteto de Alejandría, y en especial por el primero de los volúmenes: Justine, cuya protagonista, tal como el personaje sadiano, se encargará de buscar el placer como forma plena de aprendizaje. El libro destaca por la bellas imágenes con las que se describe la ciudad de Alejandría y por su alto contenido erótico. La obra más conocida de Anais es Delta a Venus, un libro que sería considerado por las feministas como una declaración de principios en la liberación sexual femenina. Y en el cual, Anais trabajó escribiendo historias cargadas de erotismo. El argumento es el de una chica escritora que trabaja bajo el mecenazgo de un excéntrico millonario y que éste le paga un dólar por cada página escrita. Tras su publicación se ha ido alimentando la leyenda de que ésta era en realidad una historia autobiográfica.

Anaïs Nin, Lawrence Durrell y la isla de Corfú

Miller conoció a Anais Nin en su estancia en París, durante su segundo viaje a Europa, en el año 1931. Años después mantuvieron ambos una intensa relación triangular con la mujer de Miller, June Mansfield. Al británico Durrell lo conoció en 1937, una amistad que se fue afianzando tras el paso de los años. Miller incluso vivió como invitado durante un año en la casa que Durrell tenía con su esposa en la isla griega de Corfú. Vivencias que le sirvieron luego, para escribir El Coloso de Marusi (1941). Tanto con Durrell como con Anais mantuvo prolíficas relaciones epistolares, que posteriormente fueron recopiladas y publicadas.

Esta triada de pluma rebelde destacó por abordar crudamente el tema del erotismo desde sus libros. Miller afirmaba que éste, era consecuencia del ejercicio desbocado del amor; era como alcanzar un grado de espiritualidad máxima. Anaïs en cambio, supo cubrir ese erotismo con velos transparentes de misterio, provocados por los arraigos y desarraigos del autoconocimiento. Durrell teorizó sobre el placer como búsqueda. Los tres escritores previamente habían sido influenciados por el escritor británico D. H. Lawrence, y su novela El amante de lady Chatterley, donde se narran las relaciones sexuales entre una mujer y el guardabosques de su noble esposo. Miller y Anais habían comenzado sendos ensayos sobre éste. El de Anaïs se publicó en 1932 con el nombre D. H. Lawrence: An Unprofesional Study; mientras que el de Miller se editó con el nombre de World of Lawrence en 1979 (lo que había comenzado como un simple ensayo en 1933 y con el que Miller bromeó durante el resto de su vida, pues estuvo a punto de no terminarlo nunca).

Plano del film del danés Torsen sobre la novela de Henry Miller, Días tranquilos...
Dos planos del film del danés Thorsen sobre la novela de Henry Miller, Días tranquilos…

Estos encuentros entre Henry Miller, Anaïs Nin y Lawrence Durrell lo que hacen es reafirmar la conocida frase de Borges que decía que cada escritor crea a sus propios precursores. Los encuentros entre los tres escritores fueron en parte casuales, y en parte buscados por cada uno de ellos, de tal manera que los tres buscaban compartir y desarrollar una nueva forma de escritura, en que se primara el impulso vital, y donde el erotismo no fuese censurado. Así, con un poco de suerte, era inevitable que antes o después dichos escritores se acabasen conociendo. Leyendo los libros autobiográficos que se realizaron a partir de conversaciones con Henry Miller, el de Bradley Smith Mi vida y mi tiempo y el de Christian de Bartillat Conversaciones con Henry Miller sorprende sin embargo una ausencia entre sus influencias. Sorprende que en ningún momento Miller nombrara al pintor Balthus, aunque el motivo fuese posiblemente que esa misma casualidad que hizo que se acercara a Anais y a Durrell, fuera también la que impidió que se cruzara con Balthus. Los dos artistas coincidieron en París durante la década de los 30, pero en aquella época París era un hervidero de artistas, con el dadaismo y el surrealismo en pleno auge. Además, tanto Miller como Balthus se mantuvieron siempre independientes a aquellos círculos artísticos, por los que sus influencias fueron bastante particulares.

El desencuentro con Balthus

Miller siempre tuvo un interés especial hacia la pintura, él mismo presumía de haber llegado a pintar varios millares de acuarelas. Y es que, únicamente tras la perdida de visión del ojo derecho en sus últimos años, dejó de pintar. Decía que para él escribir era trabajar mientras que pintar significaba en cambio jugar. La relación de Miller con la pintura fue siempre muy estrecha: expuso la primera vez sus acuarelas en 1927, en Greenwich Village; en los momentos de penuria económica las acuarelas llegarían a servirle como tabla de salvación al ser canjeadas por comida, ropa o incluso las cuentas del dentista. Miller publicó también un libro dedicado a la pintura Pintar es volver a amar (1960).

El escritor, preguntado por sus gustos sobre pintura, exponía sus preferencias: Hans Reichel, Paul Klee, John Martin, Picasso, George Grosz, Marc Chagall, etc, pero nunca Balthus. ¿Y por qué debería de estar Balthus? Porque Balthus fue a la pintura lo que durante esos años Miller fue a la escritura.

Balthus, nacido en París en 1908, cuyo nombre verdadero era Balthazar Klossowski de Rola, descendía de un linaje aristocrático. Se caracterizó por una pintura muy realista, llena de vida y erotismo. Durante muchos años se le criticó el uso de jovencitas para sus cuadros, a lo que él siempre contestó que su búsqueda artística iba encarrilada hacia encontrar la pureza y la belleza, y éstas características eran especialmente notorias en las jóvenes lolitas, que utilizaba como modelos.

Tanto Miller como Balthus sufrieron la dura crítica norteamericana por su elevado erotismo. Miller sufrió la censura y durante treinta años la publicación y venta de sus dos Trópicos fue prohibida en los Estados Unidos, las ediciones originales en inglés publicadas en Francia serían un bien muy buscado para aquellos norteamericanos que pasaban por Francia. Pero también allí, tras la publicación de Sexus se formó un gran escándalo: fue interrogado por un tribunal parisino con la posibilidad de que se le abriera un proceso penal, del que finalmente fue absuelto. Balthus por su parte, protagonizó un duro enfrentamiento contra los críticos norteamericanos que le colgaron la etiqueta de pintor pornográfico y que incluso llegaron a acusarle de pedofilia.

Curiosamente, tanto Miller como Balthus declararon que su arte era un canto a la libertad, a la vida y a la belleza; que el erotismo era sólo una consecuencia de sus obras. Ambos, a lo largo de su vida se desvincularon una y otra vez de estar haciendo arte pornográfico, e incluso los dos confesarían en sus escasas entrevistas, que ésta no sólo no les estimulaba sino que les aburría. Otro dato anecdótico que parece unir a ambos artistas, es su atracción hacia las culturas orientales. A Miller le gustaba leer sobre el budismo zen, sobre la China, el Tibet y el arte Japonés. Balthus viajó varias veces al Japón. Se da la casualidad de que ambos se casaron en 1967 con mujeres japonesas, a las que superaban en varias decenas de años. Balthus se casó con Setsuko Ideta, siendo esta su segunda esposa mientras que Miller se casaría en su quinto matrimonio con la pianista japonesa Hoki Tokuda, un matrimonio que se rompería diez años después, aunque ya nunca volvería a divorciarse. Su último gran amor correspondería a la actriz Brenda Venus a la cual dedicaría los últimos años de su vida, muy menguado físicamente, pero dotado con la misma intensidad vital que tenía durante los años locos de París. (Daniel Vigo, Miller, encuentros y desencuentros. Minotauro Digital Enero 2003)

Combatir la desesperanza

(…) El problema, mi conflicto con los libros de Miller, dice el crítico Juan Carlos Vicente, residía en que Miller siempre buscaba la Belleza, y eso era algo que no encajaba en mi forma de ver el mundo en esos momentos. Su obra, aunque no carente de ciertos pasajes de aflicción o de recuerdo marchito, evoca una forma de combatir la desesperanza que bebe del clasicismo griego, del romanticismo y de la pintura como arma de expresión.

Henry Miller es la representación del Caos. Lo que le hace diferente de otros escritores caóticos, como pudiera ser Burroughts, es que su Caos, el cual proviene de la experiencia, de la insatisfacción y del ensoñamiento, es un caos que se retroalimenta de las ruinas y los derrumbes emocionales sin encontrar placer en la autocompasión. Es un caos vitalista, con tendencia a la locura que provoca el júbilo y el placer, porque Miller, sobre todo es un buscador de placer, al más puro y clásico estilo hedonístico.
Y es que en el caso de Miller hay que hablar de Cosmogonía, porque para él, el mundo, su mundo, siempre está muriendo y naciendo y su papel en él no se limita a relatar unos hechos, su trabajo como escritor consiste en explicar el porqué de esos hechos y en hallar su posición en relación a ellos. Todo es caos pero todo tiene un porqué, y esa revelación, la cual aborda a Miller desde pequeño, cuando se sabe diferente al resto de niños y de adultos que le rodean, nos impide escapar de lo escrito con la tinta del destino. Eso no quiere decir que nuestra vida y nuestro destino sean la misma cosa, ni siquiera que nuestra capacidad de acariciar ese destino equivalga a agarrar ese destino, no, simplemente nos muestra una meta en la que creer y por la que luchar. Y un hombre incapaz de apreciar la belleza jamás será capaz de atrapar su destino.

Puede parecer un planteamiento inocente, casi pueril, pero nada más lejos de la realidad. Su prosa, llena de vocablos y expresiones francesas, de palabras en latín y de párrafos en los que el solipsismo rebosa como única fuente para alcanzar una explicación y un acercamiento a la verdad (la verdad propia, la cual puede tener una verosimilitud pero no una credibilidad fiable o compartida por el resto), a veces se transforma en una lluvia densa en la que es fácil, después de un rato leyendo, olvidar cual era el tema con el que comenzó la disertación. Ese torrente lingüístico en el que la palabra alcanza velocidad, incluso llegando a sobrepasarnos, es la huella imborrable de Miller. Intentar comprender todo desde el epicentro de nuestra carne y sangre, reconstruir cada una de nuestras células cada vez que la experiencia nos traspasa como un millón de rayos de luz. En su desmedido afán por abrazar la vida, descubrió la escritura como una extensión de su voz, y era una voz irreverente, mística, sexual, como un niño ante sus primeras experiencias que no sabe que abrazando también se pueden romper ciertas cosas llenas de fragilidad.


Su búsqueda le llevó a pasar por épocas en las que morirse de hambre o escribir pesaban de igual manera en su día a día. Los años de la liberación, en los que abandonó a su mujer y a su hija; el nacimiento, el abrir los ojos y encontrar la locura del sexo y el amor como una piedra incandescente que le abrasaba las manos cada vez que intentó satisfacer a June, su segunda mujer; los años en Europa, en especial París, en una década en la que la guerra asolaba el mundo y el cielo era un azul infectado de aviones y bombardeos, y, sin embargo, regresó de nuevo a la ciudad de la luz con la intención, ya clara y casi obsesionado, de convertirse en un escritor que hablase de algo diferente a lo que el resto de escritores hablaban; la unión de la mente y el cuerpo como algo indivisible con su amante Anaïs Nin, la publicación del primero de sus trópicos (Trópico de Cáncer) y el comienzo de los procesos por obscenidad.

Obscenidad

Entre los 30 y los 60 la moral americana intentaba mediante ciertos procesos judiciales erradicar los contenidos sexuales explícitos, y Miller lo era, y mucho. En realidad se puede considerar un honor haber sido objeto de dichos vetos, muchos escritores lo fueron, incluso sin que en ninguna de sus novelas apareciese nada tan explícito como lo que escribía Miller. Sin embargo no era para tanto, el hecho de que haya pasajes en los que el lesbianismo, los tríos y la sexualidad en general apareciesen retratados de manera directa, no es nada que ya no se hubiera hecho por otros autores siglos antes. Quizá no habían leído a Sade en los U.S.A, quizá sigan diciendo que no lo han leído.

De su producción siempre se destacan sus dos trópicos: Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio. El primero habla de los años en París intentando convertirse en escritor, mientras que el segundo habla de su vida en los locos años veinte en América. Ambos son clásicos de la literatura, pero personalmente prefiero la Crucifixión rosa, trilogía compuesta por las novelas Sexus, Plexus y Nexus, en las que se relata, de manera extenuante, la transformación de Miller en escritor (aun sin apenas haber escrito nada) y su relación con June. Creo que es un Miller más adulto el que escribe, sin las confusiones y atolondramientos de los trópicos o Primavera negra, más capaz de comunicar, dentro de la característica densidad y surrealismo de su prosa, y hacer que el lector sea capaz de empatizar con él hasta el punto de perdonarle cosas imperdonables.

Su ensayo, El tiempo de los asesinos, en el que hace una analogía velada de su vida con la de Rimbaud, ayuda a comprender muchas de las aspiraciones y motivaciones de Miller en su transformación en escritor.
El sexo, la belleza y la literatura. Moléculas en el tejido del arte. Indivisibles.

6 thoughts on “Días tranquilos en Clichy: Henry Miller se une en París a Lawrence Durrell y Anaïs Nin

  1. Miller y Bukowski, quizás primos lejanos… Creo que el último sigue, a su modo, la estela del primero,,por simplificar. En cualquier caso, Miller es como tú dices un abigarrado pensador pero, al cabo, un magnífico escritor absolutamente alejado de lo convencional. Gracias por tus opiniones que son muy apreciadas.

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  2. Genial post…. He leído los dos Trópicos de Miller y me han fascinado.
    Un abrazo y gracias por compartir. Un gusto leerte. Aquileana 😀

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  3. Siempre he considerado a Henry Miller como un Bukowski elegante. Uno ha de enfrentarse a sus libros sabiendo que no son novelas al uso, sino textos que contienen un amasijo de pensamientos, historias y filosofía contadas, a menudo, sin orden alguno: uno ha de enfrentarse a los libros de Henry Miller pensando que es un amigo quien te habla, un amigo que quizá te parezca que está hasta arriba de marihuana pero que, en realidad, está exaltado por su espíritu alegre, su amor al arte en general y, quizá, por un poco de vino.

    Saludos desde la luminosa Ibiza

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