Recordando a César Vallejo en el 78 aniversario de su muerte

Era domingo por la tarde, del mes de marzo de 1938, cuando el poeta le dijo a su mujer, Georgette: “estoy cansado, voy a recostarme“. Y se recostó, y su mujer pudo apreciar que estaba fatigado, impresionantemente extenuado. La noticia de que el poeta estaba enfermo fue atrayendo a los amigos a su apartamento, y desfilaban frente a su cama preguntándole: “¿qué tienes?” “¿Te duele algo?” Sugiriéndole lo que debería hacer. Apuntando que habría que traer al médico tal. Dejando pasar erróneamente el tiempo, hasta que al fin alguien tomó una decisión y se acordó trasladarle a la clínica de cirugía Villa Aragó.

En esa tarde Vallejo, mientras descansaba y sentía que la fiebre empezaba a abrasarle, debió haber pensado insistentemente en aquel poema escrito pocos años antes, Piedra negra sobre piedra blanca, en el que con impresionante clarividencia vaticinaba que se moriría en París. Debió no solamente haber entrevista como entre tules, la triste y cercana mañana en que expiraría, sino todo el cúmulo de escenas grises que precedieron a su final.

Hacía quince años que había salido del Perú, en junio de 1923, lo había hecho entre ilusionado y temeroso; entre ansioso de ir en pos de la luz que significaba Francia, y huir de la oscuridad que le representaba su país. Pero nuevamente, en ese día de la partida, se halla un vaticinio. Según Georgette, cuando sus amigos que fueron a despedirle, le preguntaban, “cuánto tiempo estarás en Europa?”, él, sin énfasis pero seguro, como convencido, respondía, “unos quince años”.

En esa tarde de domingo, en pleno marzo de 1938, comenzó a sentirse muy mal, como si todo el horror y el vacío de sus innumerables días de ayuno se hubieran reunido en un solo minuto. Y como si todo el dolor y la angustia, suya y de todos cuantos conocía, hubiera hallado lugar bajo su piel. Ya desde ese momento debió haber divisado la cara hosca del doctor Lajarré, que fue quien le atendió, la sonrisa de una enfermera, que sólo más tarde tendría nombre: mademoiselle Jourdheuille, la amplia habitación mirando hacia el Boulevard Aragó, que días más tarde sabría que llevaba el número 9. Y algo más, una firma, la de Federico Mould, que avalaría su ingreso en esa clínica.

Cuando llegó a Villa Aragó, casi no reconocía a la gente que le rodeaba. La fiebre era muy alta y por momentos deliraba. Los amigos que acudían a visitarle, movían la cabeza, hablaban en voz baja, y se retiraban en puntillas de pie, cabizbajos, sin ánimos de hacer más comentarios.

Aquella misma tarde de domingo, cuando anunció que se iba a recostar y su mujer midió, en una sola mirada, la enorme fatiga que le hundía el rostro, el poeta debió haber visto cómo le llevaban, ya cadáver, de la clínica a la Maison de la Culture, situada en 29, rue d ’Anjou, y también a sus amigos, peruanos, franceses, rusos, chilenos, rumanos, confundiéndose en abrazos de tristeza, demudados los rostros, Aragón, More, Tristan Tzará, de Verneuil, constritos, haciendo guardia junto a su ataúd.

El poeta de la tristeza y la intuición, en esa tarde de domingo debió haber previsto su final. Por sobre su dolor, la fiebre, su amargura, el nudo de amigos que le rodeaba, habría oteado los días que vendrían y repetido mentalmente sus propios versos: “Me moriré en París –y no me corro– / tal vez un jueves, como es hoy de otoño.”

Y habría pensado también –y seguramente habría querido decirselo a alguien de su confianza, pero ya le fue imposible articular palabra–, que era necesario publicar esos poemas que había escrito pensando en la España herida, que había que hacerlos llegar a todos los frentes donde se luchaba por la libertad. O tal vez, soñaría con un hermoso libro titulado “España, aparta de mí ese cáliz”, y que todos los jóvenes que enfrentaban a las tropas franquistas, leían ávida, fervorosamente.

Murió un día viernes, el 15 de abril de 1938. Sus últimas palabras fueron, según refiere Larrea: “Allí…, pronto… navajas…, me voy a España”. Sus versos vaticinadores decían: “Me moriré en París con aguacero, un día del cual ya tengo el recuerdo”. No fue jueves el día de su muerte, sino viernes. Y dicen todos los que rodearon al poeta en sus últimos momentos, que ese día, en París, llovía a cántaros.

Carlos Meneses

6 Comments

  1. Cómo no recordar al más grande poeta del siglo XX. Nosotros, los provincianos, siempre mantenemos en mente los poemas que dan a conocer el sufrimiento del hombre del campo y, sobre todo, el compromiso que debemos tener por el cumplimiento de la solidaridad con los más necesitados de la tierra.

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  2. Lloro tu ausencia, César Vallejo, lloro y lloro por mí, por ti, sin ti y porque me da la gana; porque puedo y quiero hacerlo. Lloro por llorar y el llanto me hace fuerte. Es muy buen ejercicio éste de gastar lágrimas por los que aún no han nacido, por los que están muriendo, por aquellos que brincan de una estrella a otra estrella, por los que cruzan lagos y por los zapateros, y los malos poetas, y los gatos en brama, y tú, y yo, y aún aquellos que ni siquiera son porque no queda en esa tumba tuya espacio para que florezcan.

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  3. “Trilce”, la obra más estudiada de Vallejo, representa una de las creaciones poéticas que singulariza la crisis de la relación del ser con el afuera. Los 76 poemas que conforman este libro extraordinario fueron escritos en su mayoría en los años 1919, 1920 y 1921, siendo publicados un año más tarde en Lima. El poemario se convirtió, posteriormente, en la pintura más dramática que en Latinoamérica se haya producido sobre las consecuencias generadas por la aceleración física y mental de un mundo social mediado por el desarrollo de la técnica y de la ciencia.

    De TRILCE

    Hay un lugar que yo me sé
    en este mundo, nada menos,
    adonde nunca llegaremos.

    Donde, aun si nuestro pie
    llegase a dar por un instante
    será, en verdad, como no estarse.

    Es ese sitio que se ve
    a cada rato en esta vida,
    andando, andando de uno en fila.

    Más acá de mí mismo y de
    mi par de yemas, lo he entrevisto
    siempre lejos de los destinos.

    Ya podéis iros a pie
    o a puro sentimiento en pelo,
    que a él no arriban ni los sellos.

    El horizonte color té
    se muere por colonizarle
    para su gran Cualquiera parte.

    Mas el lugar que yo me sé,
    en este mundo, nada menos,
    hombreado va con los reversos.

    —Cerrad aquella puerta que
    está entreabierta en las entrañas
    de ese espejo. —¿Está?— No; su hermana.

    —No se puede cerrar. No se
    puede llegar nunca a aquel sitio
    do van en rama los pestillos.

    Tal es el lugar que yo me sé.

    ***

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  4. Como todo gran escritor, César Vallejo captó la sensibilidad de su época y en su poesía se puede ver reflejada la crisis moral y espiritual de nuestros tiempos. Así, “Los heraldos negros” –su primer libro– expresa la angustia metafísica de un joven que ya no puede aceptar las creencias religiosas en las cuales ha sido educado. El poeta vio como el hombre perdía el control de un mundo sacudido por crisis políticas y económicas y destruyó con su palabra el orden (un orden que parecía tan seguro) reduciendo el mundo al caos.
    Hermoso texto. Gracias por recordarlo hoy.

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