Juan Benet antepone el estilo al argumento, en la novela

” Para llegar a Región hay que atravesar un elevado desierto y el viajero en un momento u otro conocerá el desaliento al sentir que cada paso hacia adelante no hace sino alejarlo un poco más de aquellas desconocidas montañas. Y un día tendrá que abandonar el propósito y demorar aquella remota decisión de escalar su cima más alta…o bien -tranquilo, sin desesperación, invadido de una suerte de indiferencia que no deja lugar a los reproches- dejará transcurrir su último atardecer, tumbado en la arena de cara al crepúsculo, contemplando cómo en el cielo desnudo esos hermosos, extraños y negros pájaros que han de acabar con él, evolucionan en altos círculos“. (Volverás a Región, fragmento)

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Calificado por sus propios compañeros escritores como uno de los más influyentes en la moderna novela española que aparece en los años 60 y 70 del siglo pasado, Juan Benet Goitia (Madrid 1927-1993), de profesión ingeniero de caminos, es, además de un gran estilista, alguien capaz de inventar un territorio, el de Región, donde transcurre una de su obras más conocidas, Volverás a Región. Con ello, logra emular a su admirado William Faulkner creador de Yoknapatawpha o a escritores en castellano, como Juan Carlos Onetti que inventa otro territorio, la ciudad de Santa María, como espacio de alguna de sus novelas.

Benet se encuentra entre los escritores más fervorosamente reivindicados por muchos novelistas actuales como una referencia obligada de la literatura española contemporánea y cuya obra ha tenido una influencia ampliamente reconocida en la evolución de la novelística moderna española, aunque  es cierto que otros escritores se han opuesto a sus juicios sobre la construcción y desarrollo de la novela como obra.

 

Juan Benet hizo la cartografía de Región
Juan Benet hizo la cartografía de Región

Narradores importantes como Julio Llamazares, que en La lluvia amarilla no hacía sino repetir la historia del pueblo donde nació y que quedó sumergido por las aguas de un embalse construido por el mismo Benet, o Javier Marías, unido a Benet por lazos de amistad desde antes de publicar su primera novela, Los dominios del lobo, han puesto de relieve la importancia del conjunto narrativo que supone la obra de este autor que con obras como Volverás a Región o Saúl ante Samuel, no encontró la repercusión deseada en vida y sí que se la ha proporcionado la posteridad, situando su obra como uno de los corpus narrativos básicos de la segunda mitad del siglo XX en España.

Juan Benet ha dado pie a la polémica al ser recogida su obra como un estandarte de lo que debe ser el canon de la novela. Escritores como Justo Navarro o Massoliver Ródenas reivindican su nombre a la hora de establecer el canon de lo que debe ser la novela como un modelo alejado de la narratividad y del hecho de contar historias por contarlas reduciendo la novela a una mera elaboración del estilo donde prima más el código que el mensaje. Otros escritores como los leoneses Luis Mateo Díez, Juan Pedro Aparicio, o José María Merino, o el mismo Luis Landero se sitúan al otro lado primando a los hechos frente a la elaboración de una retórica personal.

EL ESCRITOR NO PROFESIONAL

“Escribo, en definitiva, porque me distrae, me entretiene, y es una de esas cosas de las que no me harto nunca: cuesta mucho, pero no decepciona”, esto afirmaba Juan Benet, singular y atrayente escritor que murió un 5 de enero de 1993, hace, por tanto, veintidós años.

Juan Benet, en la construcción de sus novelas, desplazaba su visión desde la realidad histórica hacia la realidad fingida, creada a base de palabras cuidadosamente escogidas. Comprendiendo este punto, es más sencillo imaginar por qué Benet inventó un espacio para desarrollar su obra narrativa, Región, es decir, un territorio de ficción donde disfrutar de la libertad de quien no quería pagar el tributo que siempre se cobraba la realidad tan condicionada por la dictadura franquista. Un lugar mítico que, a pesar de estar muy bien descrito en sus libros, con precisión científica, se podía resumir así: “Una sierra al fondo, una carretera tortuosa y un monte bajo en primer plano”.

Es Gonzalo Sobejano quien menciona las conexiones de Región con los espacios de las obras de Faulkner y García Márquez. Sin embargo, el lector español es capaz de reconocerse en la experiencia de los personajes y de reconocer esa geografía. En otras palabras, la ficción como método de representación más fidedigna de la realidad: una de las paradojas literarias que Benet supo ver en una España dominada por el estrecho y unidimensional espejo del denominado ‘realismo social’.

INFLUENCIAS. NOVELAS

Además de su reconocimiento a Faulkner, Benet reconoce deudas literarias con Melville, Conrad, Proust y Euclides da Cunha (la lectura de Los páramos ejerció una notable influencia en su prosa). Y con la bebida. Con el whisky, en realidad. Pero no para obtener una inspiración artificiosa a fuerza de alcohol sino porque era uno de los elementos imprescindibles, junto al humo de los cigarrillos o los paseos por la habitación, para poner en funcionamiento la mecánica que requería para escribir sus textos.

Juan Benet, además, era ingeniero de caminos, como ya se ha mencionado, y dirigió la construcción de numerosas obras civiles, principalmente presas, canales y túneles. En un equilibro digno de mención, compatibilizó esa exigente profesión técnica con la también absorbente escritura.

De sus obras literarias, destacamos, por supuesto, Volverás a Región (1967), su primera novela, ya que con este libro, Benet abrió una puerta que proponía caminos literarios alejados del ‘realismo social’ imperante, llamando la atención de jóvenes escritores como Félix de Azúa, Vicente Molina Foix y Javier Marías. También sugerimos Una meditación (1970), ganadora del premio Biblioteca Breve de Seix Barral, novela concebida como un discurso ininterrumpido, sin puntos y aparte; para escribirla, inventó un exclusivo sistema de rodillo donde podía colocar un rollo de papel continuo.

Y no nos podemos olvidar de su novela más ambiciosa, Saúl ante Samuel (1980), fruto de siete años de trabajo, ni de la que sería su última novela En la penumbra (1989). Asimismo, escribió relatos como los aparecidos en 5 narraciones y 2 fábulas (1972) y Sub rosa (1973). Y brillantes ensayos, como se demuestra, por ejemplo, en La inspiración y el estilo (1966) , comentado en este mismo artículo, y, rayando con las memorias, en Otoño en Madrid hacia 1950 (1987). (Estanislao M. Orozco)

LA INSPIRACIÓN Y EL ESTILO

Pero la obra de Benet no se quedó aferrada únicamente al género narrativo. Benet practicó también el ensayo, y es en este título, publicado por Alfaguara, La inspiración y el estilo, en donde el autor de Una meditación expresa sus reflexiones acerca de lo que supone el oficio de escritor y lo que significa bajo su óptica el objeto artístico que es la escritura. El título no va desencaminado respecto al rumbo que va a tomar su autor a lo largo del ensayo: Benet hace, de este modo, una defensa apasionada del estilo como el resorte más férreo al que se puede sujetar un novelista.

Partiendo de los clásicos franceses, en especial de Racine, Benet muestra sus fobias y filias literarias, pero sin una insistencia apasionada que le haga caer en la contumacia. Su libro inspira una profunda reflexión sobre lo que constituye tanto la iniciación de la escritura como la madurez de su labor literaria, y las diferencias entre una y otra fase encuentran sus más sencillas razones en la consecución de una voz personal.

Así, Benet caracteriza al escritor que deja de ser iniciado como el hombre que  “a medida que va conociendo los clásicos su entusiasmo por lo no existente empieza a decaer y va cobrando, en cambio, envergadura un cierto gusto por las cosas que se han dicho; aun cuando prevalece la vocación (y aquel sentimiento de inquietud), la lectura y el conocimiento alteran el concepto de su propia necesidad; el mundo se va haciendo más completo, los huecos no son tan grandes ni tan numerosos como en un principio se había presumido y las fuentes de la inspiración se hacen más menguadas y esporádicas porque aquellas aguas caudalosas que han servido para fertilizar las vegas más fértiles, han sido ya exhaustivamente aprovechadas.”

La inspiración y el estilo también son el resultado de las abundantes y fructíferas lecturas que sirven a Benet para rechazar parte de los escritores que considera censurables desde el punto de vista estilístico. Así Voltaire será el más duramente criticado por la ausencia de esta voluntad de estilo, al igual que la mayoría de los ilustrados. El siglo XIX español no saldrá mejor parado, y será Flaubert el que reinicie este trabajo de búsqueda de una voz personal, ajena a la inspiración, el que se identifique en mayor medida con el autor Juan Benet.

Por ello, las reglas o la búsqueda de una novela fundamentada en reglas que determinen el desarrollo de la obra no aseguran la consecución de la obra personal: “Cuando el escritor, en cambio, no acepta ese acto de fascinación y exige de sí mismo que en todos sus juicios se hallen presentes los agentes de control de la razón, no hace sino expulsar de la fiesta a la única persona que en un momento puede animarla…”, pues es el estilo lo que diferencia a una gran obra de arte de un resultado secundario. Frente a la narratividad, Benet expone el encuentro con un estilo subjetivo que realce la personalidad del escritor en la obra y ello le conduce a hablar de lo cotidiano y de lo ordinario, de manera que el escritor debería alejarse de las grandes gestas. Es ahí donde Benet encuentra las extraordinarias obras, desde El Quijote de Cervantes hasta Luz de agosto de Faulkner.

 

Benet gano este premio cuatro años después con "Una meditación"
Benet gano este premio cuatro años después con “Una meditación”

 

VOLVERÁS A REGIÓN

Volverás a Región es la obra que consagró a Benet entre los grandes narradores de la moderna literatura española. Ni que decir tiene que la confección de esta novela de estilo entomológico, tan compleja y azarosa, le llevó un largo tiempo. A partir de 1959, Benet vivió en Oviedo. Mientras se ocupaba como ingeniero en la ruta que conduce desde Lugo de Llanera hasta Villabona, completó una novela, Nunca llegarás a nada, que editó en 1960, pagando la edición de su propio bolsillo. Desde 1961, trabajó en León, en la presa del Porma. Y en ese lugar es donde empezó a elaborar la última versión de Volverás a Región. No la publicó hasta siete años después.

La repercusión de esa entrega merece una metáfora: la de la lluvia fina. Vicente Molina Foix, Félix de Azúa, Javier Marías y Pere Gimferrer figuran entre los propagandistas más sinceros —y adelantados— de esta novela excepcional. Al paso de los años, autores como Eduardo Mendoza y Javier Fernández de Castro se sumaron al grupo de admiradores, que ya calificaba la pieza con adjetivos rotundos: original, rompedora, erudita, reveladora, apasionante.

(…) Uno de los primeros lectores de Volverás a Región, Ricardo Gullón, escribía sobre la comarca ingeniada por Juan Benet (1927–1993):  “Si ese laberinto de sendas perdidas puede llamarse España no es sólo porque la geografía novelesca coincida vagamente con la de este país, sino porque la invención de Benet, fantástica como es, crea en su discurso una imagen y una experiencia en donde cualquier español puede reconocer las suyas”.

Y más adelante añadía, refiriéndose ahora al conjunto de la novela: “Su lectura proyecta un foco de luz sobre la realidad histórica de España”. Que Región está en España es algo que Benet no deseó en ningún momento ocultar, como no ocultó su localización en un más o menos preciso noroeste leonés, presumiblemente berciano, con cuya geología y orografía coincide escrupulosamente. Ahí están las rutas del ferrocarril y de las carreteras, las referencias a Asturias y a Galicia y hasta unas coordenadas: 42° 45″ de latitud N. Tampoco ocultó que la guerra en Región era la Guerra Civil, y en Herrumbrosas lanzas llegó incluso a abordar un retrato de Franco.(…)

ESPACIO Y TIEMPO

El territorio ocupa una buena parte de la primera mitad de Volverás a Región, se vuelve un “otro” de carácter incontestable, una especie de superpersonaje necesario para la comprensión de la naturaleza de sus habitantes (algo que Benet aprendió del genial Euclides Da Cunha de Los sertones) y cuyas palabras (indistinguibles ya de las del narrador o de las de los personajes, cuyo lenguaje parece también pegarse a esta tectónica tensión, a esa naturaleza soberana y perversa) ya no dejará ni un instante de resonar en nuestros oídos (como no dejará finalmente de resonar el disparo de Numa, especie de “ello” vigilante de un sí mismo colectivo y atávico) y que, desde luego, marca a sus criaturas como el Dublín de Joyce o el Yoknapatawpha de Faulkner marcan a las suyas. Al fin y al cabo, Benet también dejó escrito parafraseando a Poe, en otro lugar, que “el espacio y la duración no son sino una y la misma cosa”, y en este mismo: “Mi padre solía decir: ¿El tiempo?, ¿dónde está eso? Querrás decir la lluvia, la lluvia…”

Así se cumplen espacio y tiempo en esta novela donde la memoria individual, como la colectiva, no persigue los hechos ni sus causas, sino rendir el último gesto a una huella que, padre o hija de aquellos, los ha enterrado hasta ahogarlos bajo su peso, tan obsesivo como indecible. Eso, en suma, que hombre y mujer intentan desgranar mediante el dialogo (en realidad una serie de monólogos alternados) a lo largo de la última parte del libro: el sentido de una lucha contra el azar que no es otra que esa, precisamente, que nos define como seres humanos. Cada uno ignora lo que le aguarda al otro, pero de algún modo su encuentro es un cumplimiento necesario: el Doctor y la Mujer se han de encontrar para que una historia haya tenido lugar, no para que haya tenido sentido. A su manera no han sabido doblegarse a los fracasos sacralizados (frente al sentido, frente al Estado). Pero además se esperan (cuando él abre la puerta a la Mujer la escena le recuerda cómo su padre le advertía de la llegada de la muerte, ella, por su parte, lo ha dejado todo en un intento desesperado por reencontrarse con lo que nunca tuvo, una historia posible de la que el Doctor pudo llegar a ser parte) como se temen. Hablemos de sentido y estaremos hablando de copias, de personajes de ficción; hablemos de destino y estaremos hablando de héroes.

El encuentro, además, no se produce para que el hombre o la mujer se instalen en la madurez sin enigma, entendida como “ese esfuerzo intelectual gracias al cual una trayectoria elegida por el instinto es justificada a posteriori por la reflexión”, sino para que crezcan en otra dirección, se abismen en busca de un destino capaz de resarcirlos de tanto azar desperdiciado. Ese destino es una construcción del diálogo y el diálogo, después de todo, no hace sino testificar el fracaso de todo sentido (en la muerte). Tal es la impecable vuelta de tuerca del lenguaje alrededor de la zona de sombra a la que, luego, una y otra vez, la Torre de Babel de la obra benetiana se enroscará hasta elevar ese universo único donde lo mítico aparece como lo necesario, donde “lo que ayer no fue hoy tiene que haber sido”. Es cierto. (Juan Carlos Suñén)

10 thoughts on “Juan Benet antepone el estilo al argumento, en la novela

  1. Gracias por tu comentario, confiamos en que Benet no te defraude. Seguramente, en “Volverás a Región” se pueda hallar justificación al titular del artículo que dedicamos a Juan Benet.
    Un gran saludo, Mitomago.

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  2. Una entrada magnífica. He disfrutado de su lectura. Lamentablemente, yo no he leído nada de Juan Benet. Sí he leído a Juan Marsé, Julio Llamazares, Javier Marías. A veces tengo la sensación de que la lectura produce una extraña paradoja, se crean islas o lagunas que uno no llega a conocer, a más lee uno, más falta por leer, más grande es la ignorancia. Después de leerte espero subsanar en breve, al menos, esta carencia con un viaje a Región.

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  3. Una dicotomía que se reproduce periódicamente, estilo o argumento, con partidarios a uno y a otro lado, estimado Pablo S. Barber. No obstante, quizás haya que decir que ambas cuadernas maestras son necesarias para la novela, aunque seguramente en medidas variables.
    Analicemos pausadamente la obra de Proust donde se describe la vida elegante parisién, sus avatares sociales, pero cuyo largo movimiento de sus personajes lleva el estilo inimitable, metafórico, analítico e inteligente del autor. En el caso de Juan Benet, que en 1999 era posiblemente uno de los más considerados escritores del momento, defendió en la obra que citas la primacía del estilo frente a las historia, como elemento principal que conforma el carácter de un escritor. Estoy de acuerdo. El estilo sostiene la gigantesca estructura del “Ulysses” de J. Joyce cuya argumento son los movimientos, aparentemente banales, del hombre moderno. Claro que esto es, únicamente, un punto de vista, ya que las citas de novelistas de grandes argumentos podrían llenar un inmenso casillero. Dickens, Steinbeck, Dostoyevski, Tolstoi, Pérez Galdós, Graham Greene, Balzac, Víctor Hugo, Lowry, Rafael Sánchez Ferlosio, Ramón J. Sender, por citar algunos.

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  4. También tu comentario lo recuerda, Marcos Andrade. Como tú dices, con mucha razón, Jaun Benet podría definirse como un escritor para quien la topografía tenía una extraordinaria importancia, hasta el punto de crear una comarca fantástica, pero con la verosimilitud que proporciona la minuciosa descripción de su territorio, del cual como palpable demostración de su existencia trazó su cartografía a escala.

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  5. No cabe mayor elogio a Juan Benet, un escritor magnífico que, según creo, llegó a lo más profundo, a lo más verdadero de la novela en algunas de las suyas. Muchas gracias Hamilton por tu expresivo homenaje al escritor.

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  6. Gracias por tu comentario, Aquileana.
    Efectivamente, Juan Benet, poco conocido en la actualidad, es de los escritores que marcó una época en la novela española. Y su lectura, en especial para mí, “Volverás a Región”, proporciona desde el principio una emocionante sensación de aventura mientras transcurren las palabras, precisas, reales, auténticas, que hacen palpitar los hechos. Unos hechos, eso sí, que ahora resultan lejanos para nosotros.

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  7. Teniendo a Faulkner de modelo y a Onetti como influencia, debe tratarse de un gran escritor. Gracias por compartir. Genial presentación.
    Un abrazo Aquileana ⭐

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  8. Hola, dbd. Para que te hagas una idea de cómo era mi familia antes de que leyésemos a Juan Benet, voy a contarte lo que decía cada uno de nosotros.

    Mamá decía: los perros presienten cuando se va a morir el dueño, no hay nada peor que operar con fiebre, los hijos de matrimonios separados siempre están tristes, los que más tienen son los que menos gastan, la penicilina consume los glóbulos rojos.

    Papá decía: los alemanes perdieron la guerra en Rusia por el frío, la natación es el deporte más completo, la verdad es que lo mejor para afeitarse es la navaja, fumar negro es mucho más sano que fumar rubio, el futuro está en el campo, el vino tinto no debe meterse nunca en la nevera.

    Mi hermana decía: no hay nada más bonito que dormirse oyendo caer la lluvia, odio las películas que hacen llorar, van rodando de hombre en hombre y después…, un pájaro sólo se muere de tristeza, me encanta Julio Iglesias.

    Yo decía: a la industria japonesa no hay quien la supere, este año seguro que acierto una de catorce, los políticos son todos iguales, yo lo que quiero es estudiar, la política fuera de la facultad.

    Así era mi familia, estimado amigo, hasta que leímos a Juan Benet…

    Saludos cordiales desde la Alcarria

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  9. Si no recuerdo mal, la publicación en 1999 del libro de Juan Benet “La inspiración y el estilo” dio pie a una interesante polémica al ser etiquetada su obra como un estandarte de lo que debe ser el canon de la novela. Efectivamente, escritores como Justo Navarro o Massoliver Ródenas reivindicaron su nombre a la hora de establecer las reglas de la ficción, es decir, un modelo alejado de la narratividad y del hecho de contar historias por contarlas reduciéndola a una mera elaboración del estilo, donde primaría más el código que el mensaje. Otros escritores españoles de la época como Juan Pedro Aparicio, Luis Mateo Díez, José María Merino o el mismo Luis Landero se situaron al otro lado, primando a los hechos frente a la elaboración de una retórica personal.

    Tengo entendido que el joven escritor Pedro Maestre, ganador del Premio Nadal en 1996 con su novela “Matando dinosaurios con tirachinas”, vino a inclinar definitivamente la balanza a favor de los segundos.

    Saludos cordiales, dbd

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  10. En mayor o menor grado –y en el caso de Benet de una manera categórica– el medio geográfico, ya sea real o ficticio, tiene a menudo una importancia significativa y es lógico que los creadores presten a este aspecto la atención que merece. Porque no es indiferente que un escritor sitúe, por ejemplo, la trama de una novela en una gran ciudad o en una isla desierta. La opción elegida a veces es tan importante como establecer las características de los personajes. Benet logró crear un mundo inexistente, pero a la vez creíble, y un tiempo histórico que recreó, en un territorio imaginario, la historia de España durante la primera mitad del siglo XX.
    Muchas gracias por recordarlo.

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