Juan Carlos Onetti, Santa María y la nostalgia de Montevideo

IMG_6403
La leyenda dice de él que era elusivo y hosco, amigo del silencio, de la meditación y del diálogo consigo mismo, solitario y taciturno, hombre de pocas pero sólidas amistades y de grandes pasiones amorosas. La realidad demuestra que con su obra supo crear un universo narrativo nuevo, desconcertante, singular. Murió en Madrid el 30 de mayo de 1994. Se llamaba —se llama— Juan Carlos Onetti. Había nacido en Montevideo. Reconocido a nivel internacional, fue laureado tardíamente —el Premio Cervantes data de 1980. Toda su obra, en cincuenta y cinco años de carrera literaria, no pasó de quince novelas y unas pocas decenas de cuentos y relatos.

Finalizaba el año 1939. Tensos acontecimientos se vivían a escala mundial cuando un joven y casi desconocido escritor publica en Montevideo, en una edición barata, impresa en papel ordinario e ilustrada por un Picasso apócrifo, su primera novela: El pozo. La obra se vendió mal y la mayoría de los quinientos ejemplares quedaron archivados en un sótano, durmiendo un sueño de polvo y olvido del cual habrían de levantarse, años después, para cambiar los cánones de la literatura y la estética imperantes por aquellos tiempos.

El autor, Juan Carlos Onetti, nacido en 1909, había vivido algún tiempo en Buenos Aires y asistido a la “epifanía” (en el sentido joyceano del término) de su destino como escritor y al reconocimiento de sus modelos novelísticos, aquellos que él mismo señalaría posteriormente: Faulkner, Kafka, Céline, Joyce, Arlt. De regreso a tierras uruguayas, tenía en su haber algunos cuentos publicados, pero es esa primera “nouvelle”, esa breve historia, la de “ese hombre solitario que fuma en un sitio cualquiera de la ciudad”, encerrado en una mugrienta pieza de pensión, rodeado de viejos periódicos y sillas despatarradas, deshecho por la vida, escéptico y desesperado, la que marca el punto de partida de una literatura urbana contemporánea.

 

IMG_0023

“La escribí en Buenos Aires -aseveró Onetti- en una época en que la venta de tabaco estaba prohibida los sábados y domingos. Los viernes, todos los fumadores se proveían de una buena cantidad de tabaco. Un viernes, que resultó sábado, me encontré sin tabaco y en un estado terrible. Entonces la escribí toda, de un tirón. Luego la reescribí en Montevideo (…) Fue muy mal recibida, la gente se burlaba, la tomaba como una locura, un absurdo. Pero para mí, Linacero era, en el fondo, un poeta incapaz de escribir poesía. Como no puede hacer un soneto, se refugia en sus sueños, en sus invenciones”.

Con Eladio Linacero -tal el nombre completo del personaje- se iniciará esa curiosa galería de personajes masculinos onettianos, tan particulares, tan moralmente indiferentes, tan sensibles y al mismo tiempo tan cínicos, siempre condenados al más brutal de los fracasos.

EL CORPUS LITERARIO

El pozo, como obra de iniciación, ya señalaba en Onetti, y explicaba, su vida, su callada pasión literaria y su fidelidad a una particular visión del mundo, fidelidad ya anticipada en el “alacraneo literario” ejercido desde las páginas del semanario Marcha, mediante una serie de artículos firmados con el seudónimo “Periquito el Aguador”. Allí, el autor fue mostrando aquello que sería, en principio, un proyecto y luego un corpus literario: Onetti se proponía cambiar la literatura desde la concepción del oficio del escritor que debe ejercerse en relación con una sintaxis y en el interior de una sociedad determinada. “Hay que hacer una literatura uruguaya -proclamaba- hay que crear un lenguaje nuestro para decir cosas nuestras. Fuera de nosotros no hay nada, nadie. ” El proyecto sería luego particularizado: “Montevideo no tendrá vida de veras hasta que nuestros literatos se resuelvan a decirnos cómo y qué es Montevideo y la gente que lo habita. “

De ahí que en ese personaje, en Linacero, solitario en la noche montevideana, haciendo un balance de su vida mediante la memoria y la ensoñación, ya aparezcan los rasgos que caracterizarán a otros personajes e incluso a otras novelas: la pérdida del amor y de la gracia, de la juventud, de la capacidad de diálogo; la pérdida de la fe y de las referencias del entorno. Engaño y falsedad, por tanto. Onetti no sólo descubre la ciudad: la desnuda, para explorar lo más oscuro y ruin. Muestra al montevideano reducido al ensimismamiento, de espaldas a la realidad, sufriendo la tragedia de un pasado que no regresa sino a través de fantasmas que se hacen polvo en la memoria. La salvación, sin embargo, está en la imaginación. “Yo soy un pobre hombre que se vuelve por las noches hacia la sombra de la pared para pensar cosas disparatadas y fantásticas”, confiesa Linacero (¿Onetti?). Tal como escribió su creador, “el arte es un misterio que sucede en zonas misteriosas”.

UN UNIVERSO PROPIO

Bajo estas coordenadas, Onetti creará un universo intolerable, sórdido, incongruente, atroz, pero no por ello menos fascinante. Porque detrás de cada una de sus grandes creaciones (La vida breve, Para una tumba sin nombre, El astillero, Juntacadáveres, Dejemos hablar al viento), aparecerá la otra cara, un impulso ético, una violencia moral, una auténtica perversidad que el propio autor afirma, aunque negándola, puesto que en realidad este narrador, tantas veces tachado de inmoral, era un moralista desencantado y pesimista, en la misma línea que lleva de Séneca a Montaigne, de Sartre a Camus, de Bataille a Génet, esto es, moralistas sin fe y sin entusiasmo, gente que conoce la inmoralidad, la fuerza del resistir humano, el horror y hasta el infierno.

“Yo quiero expresar nada más que la aventura del hombre”, afirmó en un reportaje realizado por Carlos María Gutiérrez. Por eso sus historias muestran un infierno cotidiano, historias vagas, de personajes comunes, de amores condenados y pasajeros, de sexo triste y confuso, de engaños, desengaños y desencantos. Son historias ambiguas, viles, siempre envueltas en mucho humo y con mucho alcohol. Transcurren en bares, en burdeles, en apartamentos de clase media, en cuartos clausurados, despojados, sin luz.

SANTA MARÍA, LA CIUDAD JUNTO AL RÍO

Tal como lo hicieran Marcel Proust, Michel Butor, Césare Pavese o Lawrence Durrell entre otros, Onetti quería expresar la aventura del hombre. Pero esa aventura necesitaba un lugar físico para desarrollarse, para crecer, para “ser”. El autor debía crear una geografía imaginaria, un territorio que pudiera “materializarse” mediante nombres, episodios y personajes comunes a su mundo novelístico. Así, construyó una especie de mundo al revés, donde importará más el antecedente que la solución, la prehistoria más que el desenlace. No le preocupará, ni le interesará, hacia dónde va el personaje (siempre hacia la condena irremediable y absoluta), sino de dónde viene, ya que es en ese pasado, presentado por retazos, cargado de ambigüedades, donde reside el misterio.

El mundo creado por Onetti también es misterioso y se llamará Santa María. Su fundación suele fijarse en La vida breve (1950), aunque ya estuviera prefigurada, aunque sin nombrar, en “La casa en la arena”, relato donde hace su aparición el doctor Díaz Grey, quien será, en la novela, un personaje imaginado por otro, Brausen. No obstante, el crítico Jorge Ruffinelli señala un origen aun más lejano, en un fragmento de Tiempo de abrazar, publicado en 1943 bajo el título de “Excursión”, donde se describe un pueblo de provincia que bien podría ser un antecedente de Santa María: “… del otro lado de las vías una hilera de chalets, jardines, los terrones de la calle. Más lejos, ya en el cielo azul, un pedazo verde oscuro de eucaliptus. A la derecha, la plaza desierta, la iglesia de ladrillo, vieja y severa, con el enorme disco del reloj”.

Como su maestro Faulkner y su Yoknapatawpha, como Rulfo y su Comala, como, posteriormente, García Márquez y su Macondo, Onetti “inventó” a Santa María, ciudad mítica, provinciana, cuyos referentes-límites son un río, en el cual se recuesta, y una colonia de labradores suizos; un espacio que será el escenario y el lugar por donde discurrirán sus tristes personajes. Santa María es, por ese juego de espejos del escritor, un sitio donde se respira un cierto olor a pesadilla, poblado por los mismos seres que vagan indecisos de una historia a otra permanentemente. Santa María es la ciudad donde se cruzarán vida y destino de las atormentadas criaturas onettianas, un complejo entramado de pasiones, de fracasos, de extrañas ternuras.

nueva palmira

Santa María es la ciudad soñada por Brausen, un hombrecito oscuro que busca escapar de su fracaso afectivo y profesional y que, producto de su prolífica imaginación, se “inventa” y da comienzo a otra vida, opuesta a la existencia anterior. El peregrinaje de Brausen a Santa María tiene las características de un viaje iniciático, apenas vislumbrado a través de su propia aventura interior. La fantasía de Juan María Brausen va pergeñando la ciudad: la crea poco a poco, morosamente, la puebla de seres y por último la incorpora a la realidad para poder sumergirse “realmente” en ella.

Santa María aparece como una idea fugaz en el personaje, idea que proviene de otra anterior, del recuerdo del lugar “donde había sido feliz años antes, durante veinticuatro horas y sin motivo” (La vida breve). Allí, junto al río, Brausen había estado una sola vez, pero recordaba el aire, los árboles, “la placidez con que llegaba la balsa por el río”. El río, la balsa, la permanente llegada de pasajeros son datos certeros que permiten ir armando el paisaje inventado, como también reconocer en los sueños de Brausen reminiscencias de imágenes alegóricas que pueden rastrearse, pasando por Dante y su llegada a la ciudad de Dite, Eneas y su descenso al Averno, Ulises y su pasaje por el reino de las sombras, hasta Sócrates y su imaginaria aventura del alma. El río de Santa María, como corriente de tránsito y el Aqueronte socrático pueden vincularse, si se tiene en cuenta que este último no es el infierno propiamente dicho, sino una de las cuatro corrientes mayores de la tierra subterránea y también es el nombre de una de las cuatro regiones del Hades, el mundo de los muertos. El río Aqueronte es la corriente a través de la cual cruzan las almas de aquellos que no fueron encontrados totalmente criminales ni totalmente inocentes, rumbo a los lugares donde tendrán su morada en el mundo de las tinieblas. En la “aventura” onírica de Brausen, la intermitente llegada de pasajeros a través del plácido río, los grupos de gentes que “aumentaban y se empequeñecían junto al muelle”, a veces oscuro y otras “blanco de sol”, parecería indicar, alegóricamente, el arribo a un mundo donde, pese a la posibilidad de iniciar una nueva aventura, ya no será posible ni la esperanza ni la redención.

Santa María será el refugio de Larsen (El astillero, 1961), envuelto en su drama de destierro y descoincidencia (gordo, cínico, cincuentón, con algo de fe y entusiasmo y mucho de ciega ingenuidad), fluctuando entre dos destinos inconciliables, una empresa arruinada concebida por Jeremías Petrus y la imposibilidad de su propia redención; inserto en un mundo impío, decadente, lindante en la farsa, el descreimiento y el engaño. La Santa María de esta novela se ubica cerca del astillero (su obligado anexo) y es el lugar donde los personajes arrastran su agotamiento vital entre noches y madrugadas; una ciudad con puerto pero transformada: ya no hay amaneceres luminosos ni soles radiantes, solo “maderas y charcos podridos”. Santa María se palpa tan gris y putrefacta como el derrotado Larsen, de regreso a ese pasado, al lugar donde fue feliz pero también humillado, en busca de huellas perdidas y de una redención (también perdida) para su vida sin sentido. Allí, en soledad, morirá su segunda muerte, no tanto de pulmonía como de miedo y asco.

Juntacadáveres (1964) mostrará a Larsen, el gran personaje de Onetti, en otra de sus vidas, viviendo un sueño postergado: la instalación de un prostíbulo en Santa María, proyecto que conmueve a la ciudad hasta sus cimientos. Santa María asume, en esta novela, la dimensión literaria de un personaje más, la posición de una fuerza anónima que descarga sus frustraciones contenidas (léase hipocresía, mentira, falsedad) sobre el “demonio” al que hay que perseguir y expulsar. Al final, triunfa la “santidad” de la ciudad (exorcismo mediante) frente a la fuerza diabólica representada por Larsen y sus pupilas. Conclusión: Santa María se convierte en nada más ni nada menos que “la ciudad maldita”.

SANTA MARIA: MUERTE Y TRANSFIGURACIÓN

El mundo soñado, el mundo creado, el denominado ciclo o saga de Santa María, consolidado mientras Onetti vivió en Montevideo se derrumba, durante su permanencia en Madrid, con Dejemos hablar al viento (1979), si bien su caída ya había sido anunciada en el cuento “Presencia”, publicado un año antes. Lejos de su patria, Onetti trabajará en forma paralela la destrucción de Santa María (real y simbólica) y el comienzo de la historia de Lavanda, nombre transfigurado de la histórica denominación del Uruguay: la Banda Oriental.

Muerte de Santa María, con su significado de rendición y modificación de espacio y personajes, en una novela donde el escritor se trasluce obsesionado por los recuerdos de una ciudad que ya no le pertenece. Bares, personajes, restaurantes, esquinas, nombres, todo aparece como en una pantalla en ese viaje a la memoria y al pasado. Dos escenarios, Lavanda y Santa María se disputan personajes y misterio. Allí se darán cita Larsen, resucitado fantasma, que vuelve de la muerte para realizar en Lavanda el sueño que no pudo ser en Santa María, pero ya es un hombre acabado, agusanado, y Medina, el comisario que huyó de la “ciudad maldita” y que ahora busca referentes, en Lavanda, de lo que aquella fue una vez. ¿Peregrinación simbólica del autor-creador a Montevideo, su ciudad natal?

El recuerdo perturba; toda la novela está atravesada por constantes evocaciones de la ciudad-pueblo: “En la primavera, me era forzoso evocar Santa María y su río (…) mi río con la otra orilla visible, con su isla en el medio, con la periodicidad de la balsa o el ferry…”; recorrida por dolorosas reconstrucciones de ese “terreno conocido, amojonado por riesgos salvables”; marcada por placenteras imágenes de la “ciudad dejada y perdida”. Los recuerdos duelen, laceran, a tal punto que se hará necesario matar, destruir la ciudad imaginada. Santa María será reducida a cenizas mediante un incendio: por fuego, elemento de destrucción, pero también, y de acuerdo con Heráclito, agente de transformación, pues todas las cosas nacen del fuego y a él regresan; por fuego, símbolo de purificación, de regeneración, imagen energética, agente de destrucción y de renovación. Paracelso establecía la igualdad del fuego y de la vida; ambos para alimentarse necesitan consumir vidas ajenas. ¿Es esta la paradoja onettiana? ¿Destruir para olvidar? ¿Destruir para re-crear? Tal vez Onetti esté indicando, con estas señales, que la vida se burla de los esfuerzos e ilusiones de los individuos condenados de antemano al fracaso y a la soledad.

Sin embargo, en su última novela, Cuando ya no importe (1993), al despedirse de la saga sanmariana (y quizá anticipadamente de sus lectores), retorna Santa María. Novela testamentaria, de contemplación de la obra literaria desde la vejez del escritor, es el viaje, la aventura cruel y sin concesiones a la propia creación. Juan Carr, el personaje (casi una réplica del Linacero de El pozo), escribe sus memorias. A través de ellas realiza un verdadero viaje sin destino para sentir la proximidad de la muerte en cierto lugar, “cuando ya nada importa”. Por sus páginas desfila Monte (¿video?), nombre que designa a una ciudad y a un país, dividido en dos por un río, mencionado como “río Negro”. Juan Carr es contratado para ir a otra ciudad, que no es otra que la Santa María de otrora, renacida de las cenizas y transfigurada: su nombre es Santamaría y se divide en Santamaría Vieja y Santamaría Nueva. Hay por allí un boliche llamado Chamamé y en los alrededores se rinde culto a San Cono. Es un lugar de fronteras borrosas, vagas, de mucho calor y de selva. Hay referencias a la “feria de Yaro”. Reina la degradación, el hastío y el escepticismo.

Tal parece que la “aventura humana” ha llegado a su fin. La prosa refleja y revela la desilusión total del narrador-escritor: al personaje ya nada le importa, dispuesto como está hasta a aceptar, incluso, la portería de un prostíbulo de campaña . Solo intentará imponer a la realidad “esa gradación cronológica que ayuda sin que lo sepamos a creer, débilmente que hay cierta armonía en esta reiterada, incansable persuasión de los días”. “Todo el mundo es gris, invariable y sin dar esperanza , parece sintetizar esta última cosmovisión de Onetti y su ciudad maldita”.

SANTA MARIA Y MONTEVIDEO

Más allá de las interpretaciones religiosas o bíblicas sobre el origen del nombre Santa María y su posible relación con la nostalgia del Paraíso y la pureza original reconquistable (María, madre de Jesús y mediadora de los hombres ante Él), la génesis del nombre podría relacionarse con la designación de la capital argentina: Santa María de los Buenos Aires, lugar donde Onetti pasó parte de su vida; sin embargo, la conformación geográfica parecería responder a ciertas características de algunas ciudades de la costa del río Uruguay, y los rasgos particulares dibujarían a un Montevideo evocado y recordado por el escritor.

Santa María (ciudad soñada) se opone a Montevideo (ciudad real), rememorada a través de detalles: el recuerdo de una esquina en particular, un edificio determinado, ciertas calles y patios con claraboya. En los personajes que transitan por sus calles, la memoria, el recuerdo y la imaginación permiten que Santa María y Montevideo entren en un verdadero “tour de force”, cuya acción se ejerce dolorosa y sistemáticamente. Desde el comienzo de la saga, Santa María es definida como una población de segundo orden, un “agujero” (Juntacadáveres), o más objetivamente “una pequeña ciudad” construida junto a “un río, ni ancho ni angosto, rara vez agitado; un río con enérgicas corrientes que no se (muestran) en la superficie, atravesado por pequeños botes de remo, pequeños barcos de vela, pequeñas lanchas de motor y, según un horario invariable, por la lenta embarcación que (llaman) balsa y que se (desprende) por las mañanas de una costa con ombúes y sauces” (La vida breve). El espacio aparece miniaturizado; es una “ciudad-pueblo” en oposición a la ciudad-urbe, pero cargado de connotaciones afectivas: pequeñez e intimidad soñada se dan la mano para reconquistar una identidad socavada por la crueldad de la ciudad espaciosa.

Juan Carlos Onetti necesitó explorar Montevideo (y Buenos Aires) para alumbrar a Santa María, ciudad de status bastante ambiguo. Pese a esto, Santa María se presentará a un nivel fantástico como una referencia necesaria o como el lugar que ejerce una notable fascinación sobre seres tan diferentes como Larsen o el comisario Medina, para quienes el regreso a la provincia señala el final de una complicada y larga travesía.

Tal vez el origen de Santa María (y aun de la literatura de Onetti) haya sido el deseo de vivir otra vida, de plasmar “la multitud de deseos que no se cumplieron nunca” (La casa en la arena). Y tal vez allí radique -además- la razón de ser de esas desvalidas existencias que fueron sus criaturas. El narrador crea una ficción, una ilusión que, aunque condenada de antemano al fracaso, redime a sus criaturas de lo vulgar, de lo cotidiano, del olvido. Por eso aparecen, desaparecen y reaparecen, mueren y resucitan, viven e inventan -como su creador- la mentira de otras vidas posibles. Bien se cuidó el escritor de dar explicaciones (tampoco son necesarias. Importa la creación más que su génesis explicativa). Lacónico y misterioso como sus personajes, expresó: “Yo viví en Buenos Aires muchos años, la experiencia de Buenos Aires está presente en todas mis obras, de alguna manera; pero mucho más que Buenos Aires está presente Montevideo, la melancolía de Montevideo. Por eso fabriqué a Santa María (…) Más allá de mis libros no hay Santa María. Si Santa María existiera es seguro que haría allí lo mismo que hago hoy. Pero naturalmente inventaría una ciudad llamada Montevideo”.

La onettiana Santa María es, puede ser cualquier ciudad. Nada en particular la distingue de muchas otras. Y sin embargo, no siendo un marco material, constituye un ámbito moral, formado de desasosiego y del sentimiento de la inutilidad trágica de la vida. Es, como toda la obra, una ciudad de atmósfera opresiva, donde los personajes deambulan impregnados de un irreductible sentido de culpa: la culpa de haber nacido. Onetti, en realidad, no inventa un sitio. Inventa sí, en una prosa imprecisa y borrosa como el humo de sus eternos cigarros, un clima, el de la eterna y trágica soledad del ser humano.

EL DEMIURGO DIXIT

Con fidelidad inquebrantable y hasta su última novela, Onetti siguió la conducta dictada por el consejo de Rainer María Rilke a un joven poeta, según el cual un escritor no debe escribir sino en caso de que le sea absolutamente necesario, y si no puede, no hacerlo. En alguna ocasión, Onetti señaló que su relación con la literatura era “de adúltero, de amante, el amor sólo se produce cuando los dos lo deseamos, la literatura y yo”.

“Trabajo con toda impunidad -había dicho. Puedo resucitar a cualquier personaje que me haga falta. A mi pobre amigo Larsen lo maté en “El astillero” y luego reaparece (…) con un cierto aroma de cementerio, un olor de tierra húmeda, pero lo necesitaba, lo llamé y es un buen amigo, vino a ayudarme (…) No podría escribir si no tuviera aunque fuera un poco de ternura por mis personajes (…) Pero yo no pienso cuando escribo, yo veo. Hay momentos de sequía, todo el mundo los tiene, pero yo escribo para ver a mis personajes”

Puede ser que hoy, ahora, sean esas sus historias y esos sus personajes torturados los que puedan verlo y obren por él y para él. Puesto que, si se tiene en cuenta que en Santa María la muerte es un mal negocio, seguramente las criaturas de Onetti jamás habrían de llorar ante el cadáver de su creador.

Cristina Espino

4 thoughts on “Juan Carlos Onetti, Santa María y la nostalgia de Montevideo

  1. Durante la entrevista que Onetti concedió en 1990 a la emisora alemana “Deutsche Welle”, el escritor respondió así a la pregunta de cómo y porqué comenzó a escribir:

    “¿Cómo se empieza esto? Un poco por gusto, por devoción a lo que vas leyendo. Ya conté en más de una ocasión que siendo yo muy joven leí a Faulkner, a Kafka, a Gombrowicz y a otros grandes escritores de la época… Empiezas primero un poco imitando lo que admiras. Luego esta admiración se va y vas escribiendo por tu cuenta y riesgo lo que buenamente puedes y lo que buenamente eres. Para escribir has de ser tú mismo. La sinceridad para mí es algo esencial. Hay que jugarse la vida en las palabras. Así lo creo yo, al menos.”

    Un saludo desde Córdoba (Argentina)

    Le gusta a 1 persona

  2. Un excelente artículo sobre Juan Carlos Onetti, considerando que es difícil, tremendamente difícil, hacer una disección de la literatura del inolvidable escritor uruguayo. Detrás de la indiferencia y el recelo hacia los demás, que se perfilan como sus principales sentimientos cotidianos; detrás de una conciencia de incapacidad e inadecuación hacia la época que le tocó vivir, su asimilación intensificada de los aspectos negativos de aquella misma época va definiendo esa correlación vivificante entre existencia y verbo que le tocará representar. Creo que en la autenticidad que mueve la escritura, vislumbró Onetti su propia salvación.

    Saludos

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s