Azorín y la literatura fantástica

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José Augusto Trinidad Martínez Ruiz, más conocido por el seudónimo de Azorín, llamó la atención desde 1904 por el paraguas rojo con el que solía pasear y el escándalo que su sobrio y nítido estilo causaba entre los retóricos. Casi olvidado ahora, Azorín es uno de los grandes estilistas de nuestra literatura fantástica moderna, tal como la entendía Borges por ejemplo. Un texto como Materia radiante, integrante en su novela Félix Vargas o el caballero inactual –Biblioteca Nueva, 1928– prefigura los métodos de tantas escrituras posteriores. Valga este rescate para agradecer a José Luis Guarner su estupenda Antología de la literatura fantástica española, en donde se incluye el siguiente fragmento.


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Materia Radiante

labok

Un laboratorio en ninguna parte y en todas. Espacio indefinido. Sin dimensiones; sin ambiente; en la eternidad. Retortas casi invisibles; tubos de forma extraña; balanzas sutiles para pesarlo todo y no pesar nada. Como una luz borrosa de acuario. La inmensidad sidérea. Entelequias que se desenvuelven y se repliegan sobre sí mismas. Lo vago; lo abstracto, y en esta región misteriosa, inmutable, de toda eternidad, cuatro masas gaseiformes, radiantes. Cuatro volúmenes indeterminados. Se mueven hacia lo infinito. No tienen vida y tienen vida. Son sensibles e insensibles. Retráctiles y expansivos. Aeriformes y lumínicos.

La primera masa es de un color negruzco. Con la balanza, con el microscopio, podemos -o nos figuramos que podemos- apreciar sus cualidades. No sabemos decir de qué modo nuestros sentidos han aprehendido el volumen radiante. Tal vez, ante los fenómenos que presenciamos, no podemos tener un juicio seguro; la realidad cambia de segundo en segundo. La masa de la primera realidad concreta –concreta en un instante– tiene, en su negrura, fulgores súbitos, violentos; diríase que se escapan de ella esos instantáneos destellos, violados, verdes, que surgen de los fortuitos contactos eléctricos. A veces, una luz pálida y difusa. Movimiento de rotación vertiginoso. Reacciones violentas ante la luz, el aire, el ambiente todo. Líneas rectas que se cruzan y entrecruzan. Un rumor como de potentísimo motor. Volumen de un ímpetu, de un impulso excepcionales, formidables. Un nombre: Esteban. Otro volumen en el mismo espacio indefinido. Color blanco, nítido; uniformidad en la luz y en la coloración; lento evolucionar por la inmensa órbita; movimiento que parece marasmo; lentitud de siglos; casi invariabilidad. La irradiación templada y opaca. Sonoridad bordoneante de salmodia litúrgica. Un nombre: el marqués de Fontaine-Mendoussé.

Tercera masa radiante. Radiante con esplendores de aurora multicolor. Suavidad maravillosa en la coloración; aurora sobre cielo de cristal radiante. Volumen luminoso que evoluciona con maestría y gracia por el espacio sidéreo en que los más bellos astros rutilan. Y una música suave, deliciosa, que se mete en el cerebro y nos transporta a regiones de misterio y de insospechada vitalidad. Impetu también de vida, como en la primera masa; pero aquí la vida es apacible, suave, hecha de jirones de amor y de piedad. Un nombre: Andrea.

Cuarta masa. Indefinida; compuesta de la primera materia y de la tercera; oscilación perpetua, titileante, entre el primer volumen y el tercero. Voliciones que van en secreto sentimiento, de la primera masa a la tercera; del marqués a Andrea. Y una armonía compuesta de los cordes sentimentales del marqués y de Andrea. Y ésta es Hortensia. Los cuatro radiantes volúmenes por el infinito espacio de los sentimientos, de las sensaciones, viviendo dentro de un mismo sistema planetario, acercándose y alejándose; en choques leves o violentos, en conjunciones afectivas, a lo largo de los años, camino de la eternidad.

Interferencia de planos. Félix, cautivo de la imagen, es decir, de la sensación. Félix y todos los seres pensantes. La persona de Félix entre líneas y volúmenes de luz. En Errondo-Aundi. Ebriedad de líneas y de planos. Un haz cuadrilongo de viva luz solar entra por la ventana; va hacia un espejo; refleja en la brillante superficie; atraviesa el ámbito de la sala; en el fondo, puertecita que se manifiesta en otro cuadrilongo claro, radiante. El espejo en su cuadrado brillador. Otro espejo reducido, en la penumbra, más lejos, irradia una luz tenue.

Claridad del cielo. Refracciones fúlgidas; luz directa; luz refleja-, cuadrados que cortan cuadrados; volúmenes de fulgor; planos de las cosas; líneas que se cortan y tornan a cortar. Catóptrica de la materia y del espíritu. Félix en un sopor dulce; cautivo de la sensación. La imaginación en vuelo por lo inconcreto. En un espacio que no podemos imaginar, un designio de construcción inexplicable. Inexplicable para los pobres humanos. ¿Dónde situaremos este espacio?

Imposibilidad de concebir un espacio que no sea con elementos del espacio que vemos. Fuera del tiempo, la obra de construcción. Fuera del tiempo, que no existe, que es una sensación nuestra. Y esta sensación y la de espacio, como fundamentos en el designio constructor. En la voluntad suprema y creadora. Creadora de una gama sutil, complicada, misteriosa, de sensaciones que forman la realidad en que vivimos. Y esa realidad no existe. La componen un urdimbre de sensaciones. Fuera del tiempo y del espacio –¿dónde?, ¿cómo?–, a la manera de un inmenso clavicordio; las teclas de ese organismo músico son las sensaciones que los pobres humanos experimentamos. Las dos esenciales son el espacio y el tiempo; entre esas dos, todas las demás que a lo largo de la vida vamos oprimiendo. ¡Si pudiéramos asomarnos a ese espacio en que el artificio musical ha sido construido! ¡Si por un esfuerzo increíble pudiéramos ver la verdad de estas sensaciones –es decir, la realidad–, que nosotros por designio misterioso experimentamos! Pero creemos que el artificio musical no existe. Existe ese artificio u otro. La complejidad de las sensaciones puede haber sido creada ab eterno. Todo se desvanecería de pronto en cualquier instante si la voluntad suprema quisiera. No podemos ni ver ni imaginar siquiera el porqué de esa creación. La inteligencia humana, como ahora Félix está prisionero de las líneas que irrumpen y se reflejan, se halla cautiva. No puede salir de sí misma. No puede evadirse de la sensación.

Planos de luz que se cruzan. Ebriedad de volúmenes. Del espejo a la penumbra lejana; en la lejanía, el fulgor del otro espejito. Cuadrado de la ventana soleada; cuadro de luz de la puertecilla del fondo. Líneas que se cruzan; planos que se interfieren. Y la sensación de la sensación que nos tiene prisioneros. Tal vez ahora una sonrisa acoge la meditación del poeta en su báquica disipación. ¿Dónde la sonrisa? Una sonrisa suprema, divina, de indulgencia. Nos debatimos en la prisión; llegamos a negarla; nos declaramos libres, fieros, intrépidos… Y la sonrisa acoge nuestra pobre altanería. Tal vez el tejido de sensaciones, en lo que llamamos tiempo, no dura más que un segundo. Todo va a desvanecerse. Miradas las sensaciones del hombre desde fuera –desde fuera del tiempo y del espacio–, este proceso nuestro, esta nuestra vida, es sólo un soplo. El Universo todo –desde las nebulosas en espiral hasta el mundo del átomo–, sensación evanescente. Líneas, planos, volúmenes de luz; fluctuación de la personalidad del poeta en una mañana de luz. Y la lontananza del Infinito.

13 thoughts on “Azorín y la literatura fantástica

  1. Gracias por tus letras, Miguel Ángel. Ciertamente, Azorín experimentó en aquellos años una inquietud renovadora de signo vanguardista que interesó mucho a los escritores jóvenes, especialmente por su proximidad a la “poesía pura” y al expresionismo.
    Saludos cordiales.

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  2. Pasión por la literatura y deseo de creación quizá definirían la obra de Azorín, amparada en el titubeo de la ironía y agazapada –como en esta Materia Radiante– a la espera de fuerzas para dar un paso más, tal vez definitivo, a lo que hoy es el vacío.

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  3. Estimado Félix. Gracias a ti por tus letras. Nos alegra saber que el texto de Azorín ha despertado tu interés.
    Un abrazo

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  4. Amigo Strum. Gracias por tu más que interesante contribución. Esperamos verte nuevamente por aquí. Ahora, con tu permiso, vamos a recorrer sin prisas la guarida donde se esconden tus “escritores salvajes”.
    Un fuerte abrazo

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  5. Me permito transcribir –en su versión original– este fragmento del interesante ensayo del profesor Robert E. Lott titulado “Azorín’s Experimental Period and Surrealism” (PMLA, Vol. 79, Nº. 3, Junio 1964), que ofrece ciertas claves para una mejor comprensión de este curioso texto.

    “It is generally agreed that Azorín’s earlier works were predominantly impressionistic; there is, however, no agreement on the most suitable term for his experimental period. Granell calls it “expressionistic” and says that during it Azorín transforms the world into an intrinsic, psychic reality that is dimensionless and without the usual distinctions between the present and the past. He sums up some of his techniques as follows: “Siempre la creación en libertad, el punto de vista mental –con su libre desplazamiento–, la simultaneidad expresiva, la síntesis de lo presente y lo pasado, el dinamismo objetivo, la libre asociacón de las palabras…” To a considerable extent, these features are found in Azorín’s experimental period, but few are exclusively expressionistic. The one great shortcoming of Granell’s book, wich contains much excellent material, is that the terms and techniques are inadequately defined and substantiated.”

    Saludos.

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  6. Temboury, José, Rubén, Jean Paul, D. Flores, Ernest.

    ¿Qué habría pensado Azorín –suponiendo que internet hubiera existido en 1928– tras leer vuestros magníficos comentarios sobre su “Materia Radiante”? Estoy seguro de que el maestro se habría sentido muy halagado y os habría respondido con unas letras que ahora –quién sabe– figurarían en alguna de sus biografías. A Ernest, seguramente, le habría escrito en valencià, lengua que se sigue hablando en Monòver con la misma pureza de entonces.

    Abrazos para todos desde una hermosa y casi secreta isla mediterránea.

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  7. Interesantísima entrada sobre un aspecto no demasiado conocido de mi paisano Azorín. Por cierto, por una de esas extrañas casualidades ayer mismo estuve viendo una exposición de fotografías de estudio de Gyenes y me detuve un buen rato contemplando el retrato que le hizo al maestro, ya anciano y casi ciego.

    Un abrazo enorme desde el mismo Monòver.

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  8. La literatura fantástica existe, existió en un lejano pasado y existirá siempre; sin embargo es bastante complicado subdividirla, ramificarla, siendo por lo tanto una afirmación muy subjetiva incluir el texto de Azorín en ese género literario.

    Precisamente, la profesora Carmen Riera –en un excelente trabajo que publicó en 2007– no sólo analiza el concepto de clásico en Azorín, sino que incluye una panorámica de sus cambiantes relaciones con los escritores fundamentales del canon de la literatura en lengua castellana. Riera divide su trabajo en cuatro partes: «Azorín y el concepto de clásico en su contexto», «El precedente de Unamuno», «Azorín, metaliterario» y «Azorín y el concepto de clásico». En las tres primeras predomina un repaso diacrónico por la relación del escritor de Monóvar con los clásicos de la literatura española y sus opiniones acerca del papel que el canon juega como lugar conflictivo en el campo cultural, esto es, sus apreciaciones respecto de la necesidad de una revisión de la relación del escritor y el lector con la obra canónica.

    A estas alturas, lo más que puede asegurarse es que lo narrado por Azorín en “Materia Radiante” es extraño, algo surrealista y –por encima todo– desconcertante.

    Saludos.

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  9. Muy impresionante.
    Si bien mi inexperiencia es bastante,me pareció contundente para todo ejercicio que hagamos en nuestras vidas la frase ” La complejidad de las sensaciones puede haber sido creada ab eterno. Todo se desvanecería de pronto en cualquier instante si la voluntad suprema quisiera.”
    Gracias.
    Un saludo y abrazo.

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  10. Desconocía esta novela de Azorín y reconozco que me ha impresionado el fragmento que ustedes publican de ella. En su época leí sus obras más renombradas, como “Las confesiones de un pequeño filósofo”, “La ruta de Don Quijote”, “Castilla”, “El licenciado Vidriera”, “Fantasías y devaneos”, “Don Juan” o “Una hora de España.”… Jamás imaginé que la limpia y sencilla prosa de esta importantísima figura de la Generación del 98, pudiera llegar a transformarse en un ejercicio futurista y magistral de la llamada “literatura fantástica”.

    Antes de felicitarles nuevamente por sus excelentes artículos, permítanme recordar aquí que Azorín vivió retirado durante los últimos años de su longeva vida, dedicado por completo a sus lecturas y animado –curiosamente– por una tardía y casi obsesiva afición al cine, del que se convirtió en incansable espectador y crítico.

    Un cordial saludo.

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