Lezama Lima: el barroco se abre paso desde La Habana Vieja

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El estilo barroco y minucioso, simbólico, intrincado y cálido de la novela Paradiso, obra maestra de Lezama Lima, la convirtió en una influencia nueva y atrayente en la literatura sudamericana. A pesar de su reconocimiento como poeta y ensayista, quizás fue la novela, y en concreto “Paradiso”, la única acabada, donde su talento logró mayor alcance y mayor número de reediciones, aun sin ser demasiadas.

Lezama ha sido uno de los grades literatos del siglo XX junto al que muy pocos escritores podrían permanecer y, en este sentido, aún de forma arbitraria, se podrían citar los nombres de Borges, de García Máquez, de João Guimarães Rosa y quizás de Juan Carlos Onetti, todos ellos de estilos y motivos diferentes pero unidos por la profundidad y la ambición de su obra.

El nombre del escritor cubano José Lezama Lima es un nombre fundador respecto a toda la cultura de lengua española. “Viajero inmóvil”, que tan sólo salió en dos breves ocasiones de la isla de Cuba , el “Etrusco de la Habana Vieja” –como a él le gustaba a veces firmar sus cartas– revivió la cultura universal y reinventó la lengua española con una escritura “barroca”, tan oscura como preciosista. Su obra, de múltiples facetas, participó en la fundación de la identidad literaria de un subcontinente, América del Sur y su integración en la cultura universal contemporánea.

José Lezama Lima nace el 19 de diciembre de 1910 en un recinto militar situado en las proximidades de La Habana, donde su padre era coronel. Desde 1929 hasta su muerte, vivirá primero con su anciana madre y, más tarde, con su esposa en una casa de la parte vieja de la ciudad y sólo abandonará la isla durante dos breves estancias en México y Jamaica.

Poeta, ensayista y novelista, patriarca invisible de las letras cubanas, fundó la revista Verbum y estuvo al frente de Orígenes, la más importante de las revistas cubanas de literatura.

GÓNGORA

Conocedor profundo de Góngora, Platón, los poetas órficos y los filósofos gnósticos, Lezama compendió su vida en el amor a los libros. Su obra culterana está saturada de claves, enigmas, alusiones, parábolas y alegorías que aluden a una realidad secreta, íntima y, al mismo tiempo, ambigua. Desarrolló una erótica de la escritura, anticipándose, de esta manera, a las corrientes europeas de la estilística estructuralista.

Su novela Paradiso, obra cumbre del autor, fue publicada en el año 1966. Considerada por muchos críticos como una de las obras maestras de la narrativa del siglo XX, en ella confluye toda su trayectoria poética de carácter barroco, simbólico e iniciático. En 1970, fue publicada por la editorial mexicana Era, en una edición revisada por el autor y al cuidado de Julio Cortázar y Carlos Monsiváis. El protagonista, José Cemí, remite de inmediato al autor en su devenir externo e interno camino de su conversión en poeta. También el lenguaje cubano, con sus deformaciones verbales, desempeña un papel fundamental en la obra.

Para muchos especialistas, el conjunto de su obra representa dentro de la literatura hispanoamericana una ruptura radical con el realismo y la psicología y aporta una alquimia expresiva que no provenía de nadie. Julio Cortázar fue sin duda el primero en advertir la singularidad de su propuesta. Lezama Lima ha inluído considerablemente en numerosos escritores hispanoamericanos y españoles, alguno de los cuales llegaron a considerarle su maestro.

En 1972 recibe el Premio Maldoror de poesía de Madrid y en Italia el premio a la mejor obra hispanoamericana traducida al italiano, por la novela Paradiso.

Lezama Lima muere el 9 de agosto de 1976 a consecuencia de las complicaciones del asma que padecía desde niño. A pesar de su escasa difusión editorial, la obra de José Lezama Lima sigue trascendiendo más allá del tiempo y las fronteras. Muchos poetas y narradores cubanos, latinoamericanos y españoles posteriores a él siguen admitiendo la influencia significativa que la propuesta de Lezama ha tenido en ellos: el caso más notorio sea quizás el de Severo Sarduy, que postuló su teoría del neobarroco a partir del barroco de Lezama.

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PARADISO

”La mano de Baldovina separó los tules de la entrada del mosquitero, hurgó apretando suavemente como si fuese una esponja y no un niño de cinco años; abrió la camiseta y contempló todo el pecho del niño lleno de ronchas, de surcos de violenta coloración, y el pecho que se abultaba y se encogía como teniendo que hacer un potente esfuerzo para alcanzar un ritmo natural; abrió también la portañuela del ropón de dormir, y vio los muslos, los pequeños testículos llenos de ronchas que se iban agrandando, y al extender más aún las manos notó las piernas frías y temblorosas.

En ese momento, las doce de la noche, se apagaron las luces de las casas del campamento militar y se encendieron las de las postas fijas, y las linternas de las postas de recorrido se convirtieron en un monstruo errante que descendía de los charcos, ahuyentando a los escarabajos.

Baldovina se desesperaba, desgreñada, parecía una azafata que, con un garzón en los brazos iba retrocediendo pieza tras pieza en la quema de un castillo, cumpliendo las órdenes de sus señores en huida. Necesitaba ya que la socorrieran, pues cada vez que retiraba el mosquitero, veía el cuerpo que se extendía y le daba más relieve a las ronchas; aterrorizada, para cumplimentar el afán que ya tenía de huir, fingió que buscaba a la otra pareja de criados. El ordenanza y Truni, recibieron su llegada con sorpresa alegre. Con los ojos abiertos a toda creencia, hablaba sin encontrar las palabras, del remedio que necesitaba la criatura abandonada. Decía el cuerpo y las ronchas, como si los viera crecer siempre o como si lentamente su espiral de plancha movida, de incorrecta gelatina, viera la aparición fantasmal y rosada, la emigración de esas nubes sobre el pequeño cuerpo. Mientras las ronchas recuperaban todo el cuerpo, el jadeo indicaba que el asma le dejaba tanto aire por dentro a la criatura, que parecía que iba a acertar con la salida de los poros. La puerta entreabierta adonde había llegado Baldovina, enseñó a la pareja con las mantas de la cama sobre sus hombros, como si la aparición de la figura que llegaba tuviese una velocidad en sus demandas, que los llevaba a una postura semejante a un monte de arena que se hubiese doblegado sobre sus techos, dejándoles apenas vislumbrar el espectáculo por la misma posición de la huida. Muy lentamente le dijeron que lo frotase con alcohol, ya que seguramente la hormiga león había picado al niño cuando saltaba por el jardín. Y que el jadeo del asma no tenía importancia, que eso se iba y venía, y que durante ese tiempo el cuerpo se prestaba a ese dolor y que después se retiraba sin perder la verdadera salud y el disfrute. Baldovina volvió, pensando que ojalá alguien se llevase el pequeño cuerpo, con el cual tenía que responsabilizarse misteriosamente, balbucear explicaciones y custodiarlo tan sutilmente, pues en cualquier momento las ronchas y el asma podían caer sobre él y llenarla a ella de terror. Después llegaba el Coronel y era ella la que tenía que sufrir una ringlera de preguntas, a la que respondía con nerviosa inadvertencia, quedándole un contrapunto con tantos altibajos, sobresaltos y mentiras, que mientras el Coronel baritonizaba sus carcajadas, Baldovina se hacía leve, desaparecía, desaparecía, y cuando se la llamaba de nuevo hacía que la voz atravesase una selva oscura, tales imposibilidades, que había que nutrir ese eco de voz con tantas voces, que ya era toda la casa la que parecía haber sido llamada, y que a Baldovina, que era sólo un fragmento de ella, le tocaba una partícula tan pequeña que había que reforzarla con nuevos perentorios, cargando más el potencial de la onda sonora.

El teatro nocturno de Baldovina era la casa del Jefe. Cuando el amo no estaba en ella, se agolpaba más su figura, se hacía más respetada y temida y todo se valoraba en relación con la gravedad del miedo hacia esa ausencia. La casa, a pesar de su suntuosidad, estaba hecha con la escasez lineal de una casa de pescadores. La sala, al centro, era de tal tamaño que los muebles parecían figuras bailables a los que les fuera imposible tropezar ni aún de noche. A cada uno de los lados tenía dos piezas: en una dormían José Cerní y su hermana, en la otra dormía el Jefe y su esposa, con una salud tan entrelazada que parecía imposible, en aquel momento de terror para Baldovina, que hubiesen engendrado a la criatura jadeante, lanzando sus círculos de ronchas.

Después de aquellas dos piezas, los servicios, seguidos de otras dos piezas laterales. En la de la izquierda, vivía el estudiante primo del Jefe, provinciano que cursaba estudios de ingeniería. Después dos piezas para la cocina, y por allí el mulato Juan Izquierdo, el perfecto cocinero, soldado siempre vestido de blanco, con chaleco blanco, al principio de semana, y ya el sábado sucio, pobre, pidiendo préstamos y envuelto en un silencio invencible de diorita egipcia. Comenzaba la semana con la arrogancia de un mulato oriental que perteneciese al colonato, iba declinando en los últimos días de la semana, en peticiones infinitamente serias de cantidades pequeñísimas, siempre acompañadas del terror de que el Jefe se enterase de que su primo era la víctima favorita de aquellos pagarés siempre renovados y nunca cumplidos. Después de la pieza del Coronel y su esposa, aparecía el servicio, guardando la elemental y grosera ley de simetría que lleva a las viviendas tropicales a paralelizar, en las casas de tal magnitud, que todo quiere existir y derramarse por partida doble, los servicios y las pequeñísimas piezas donde se guardan los plumeros y las trampas inservibles de ratones.

Seguía el cuarto de más secreta personalidad de la mansión, pues cuando los días de general limpieza se abría mostraba la sencillez de sus naturalezas muertas. Pero para los garzones, por la noche, en la sucesión de sus noches, parecía flotar como un aura y trasladarse a cualquier parte como el abismo pascaliano. Si se abría, en algunas mañanas furtivas, paseaban por allí el pequeño José Cerní y su hermana, dos años más vieja que él, viendo las mesas de trabajo campestre de su padre, cuando hacía labores de ingeniero, en los primeros años de su carrera militar; el juego de yaqui con pelota de tripa de pato, no era el habitual con el que jugaban los dos hermanos, o Violante, nombre de la hermana, jugaba con alguna criadita traída a la casa para apuntalar sus momentos de hastío o para aliviar a algún familiar pobre de la carga de un plato de comida o de la preocupación de otra muda de ropa.

Los libros del Coronel: la Enciclopedia Británica, las obras de Felipe Trigo, novelas de espionaje de la primera Guerra Mundial, cuando las espías tenían que traspasar los límites de la prostitución, y los espías más temerarios tenían que adquirir sabiduría y una perilla escarchada en investigaciones geológicas por la Siberia o por el Kamchatka; guardaban esos espacios más nunca recorridos, de esas gentes concretas, rotundas, que apenas compran un libro, lo leen de inmediato por la noche, y que siempre muestran sus libros en la misma forma incómoda e irregular en que fueron alcanzando sus sinuosidades, y que no es ese libro de las personas más cultas, también dispuesto en la estantería, pero donde un libro tiene que esperar dos o tres años para ser leído y que es un golpe de efecto casi inconsciente, es cierto, semejante a los pantalones de los elegantes ingleses, usados por los lacayos durante los primeros días hasta que cobren una aguda sencillez. Los pupitres de trabajo del Coronel, que también era ingeniero, lo cual engendraba en la tropa –cuando absorta lo veía llenar las pizarras de las prácticas de artillería de costa– la misma devoción que pudiera haber mostrado ante un sacerdote copto o un rey cazador asirio. Sobre el pupitre, cogidos con alcayatas ya oxidadas, papeles donde se diseñaban desembarcos en países no situados en el tiempo ni en el espacio, como un desfile de banda militar china situado entre la eternidad y la nada.”

“PARADISO” de José Lezama Lima
Alianza/Era, 1983, pp.7,8 y 9

La casa de Lezama Lima en La Habana

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