Literatura y erotismo

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Las controversias sobre este artículo de George Steiner, que forma parte de su libro Language and Silence (‘Lenguaje y silencio’), se mantuvieron durante mucho tiempo. En la introducción de una de sus ediciones en inglés, el prestigioso crítico y teórico de la literatura escribió al respecto:

“Supongo que mi conocimiento de la pornografía y mi interés por ella no es mayor que el de la mayoría de la clase media. Lo que intentaba poner en el centro de la atención era la noción de la “absoluta desnudez” del lenguaje, del desplazamiento del vocabulario erótico de su uso privado, extremadamente privilegiado o arriesgado. Me parece que apenas hemos comenzado a entender el empobrecimiento de nuestra imaginación, la erosión que lleva a una banalidad generalizada de nuestros recursos individuales de representación y expresión eróticas. Esta erosión forma parte de manera muy directa de la reducción general de la privacidad y del estilo individual de una civilización de consumo masificado. Donde todo se puede decir gritando, se pueden decir cada vez menos cosas en voz baja. También intentaba plantear la cuestión de qué relación podría haber entre la deshumanización del individuo en la pornografía y el desnudar y anonimizar a éstos en el Estado totalitario (siendo el campo de concentración el epítome lógico de un tal Estado). Me parece que tanto la pornografía como el totalitarismo establecen relaciones de poder que han de violar necesariamente la privacidad.

Aunque la discusión que siguió a la publicación de este texto fue acalorada, tengo la sensación de que ninguno de estos dos aspectos fue plenamente comprendido o asumido.”

*

Palabras de la noche / Pornografía seria e intimidad

George Steiner

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¿Hay ciencia ficción pornográfica? ¿Quiero decir, algo nuevo, un invento de la imaginación humana de experiencias sexuales inéditas? La ciencia ficción altera a su antojo las coordenadas de tiempo y espacio; puede situar el efecto antes de la causa; trabaja dentro de una lógica de potencialidad total: «Todo lo que puede imaginarse puede también acontecer», ¿Pero ha añadido un solo tema al repertorio del crítico? Tengo entendido que en una próxima novela el héroe, el explorador espacial, se dedica a la masturbación recíproca con una extraña criatura interplanetaria. Pero esto no es una novedad real. Posiblemente se puede emplear cualquier cosa, desde algas a acordeones, desde meteoritos a piedra pómez de la luna. Un monstruo galáctico no aporta ninguna novedad esencial al acto. No ampliaría, en ningún sentido real, la dimensión de nuestra entidad sexual.

Éste es un punto crucial. Pese a toda la beatería lírica o posesa sobre la dinámica y las infinitas variaciones del sexo, la cantidad real de los gestos, de las consumaciones y de las fabulaciones es tremendamente pequeña. Posiblemente hay más alimentos, más eventualidades por descubrir dentro de la fruición o revulsión gastronómicas que las invenciones sexuales habidas desde que la emperatriz Teodora quiso «satisfacer completa y simultáneamente todos los orificios erógenos del cuerpo humano». A decir verdad, no son tantos los orificios. La mecánica del orgasmo implica un agotamiento rápido y unas treguas frecuentes. El sistema nervioso está organizado de tal modo que las reacciones a estímulos simultáneos en diferentes partes del cuerpo tienden a fundirse en una sola sensación borrosa. La idea (fundamental para Sade y para buena parte del arte pornográfico) de que se puede duplicar el éxtasis cuando uno se dedica al coito y al mismo tiempo a la sodomía pasiva a conciencia es pura majadería. En síntesis: dada la organización fisiológica y nerviosa del cuerpo humano, las formas de obtener o detener el orgasmo, las modalidades de relación sexual son básicamente limitadas. Las matemáticas del sexo se detienen aproximadamente en el soixante-neuf; no hay series trascendentales.

Tal es la lógica desde los Ciento veinte dias de Sodoma. Con el furor pedante de un hombre que trata de obtener el último decimal de pi, Sade se esforzó por imaginar y por mostrar la suma total de las combinaciones y las variantes eróticas. Describió un grupo pequeño de cuerpos humanos y trató de narrar todas las modalidades de placer y dolor sexuales a que podían someterse. Las variantes son sorprendentemente escasas. Una vez que se han ensayado todas las posibles posiciones del cuerpo –la ley de la gravedad es un estorbo–, una vez que el máximo de zonas erógenas del máximo de participantes ha entrado en contacto –fricción, roce, introducción– es poco lo que queda por hacer o imaginar. Es posible azotar o ser azotado; se puede comer excrementos o beber orina; la boca y los genitales pueden establecer ésta o aquella relación. Y viene luego la mañana gris y la amarga certeza de que las cosas fundamentalmente han sido iguales desde que el hombre por primera vez conoció a la cabra y a la mujer.

Ésta es la razón obvia y necesaria de la ineludible monotonía de los escritos pornográficos, del hecho –bien conocido por los que rondan Charing Cross Road o los puestos de libros pregaullistas– de que esos libros puercos son cansinamente idénticos. Los aderezos cambian. Antes era la institutriz victoriana de botas altas que flagelaba a su pupilo, o el clérigo que atisbaba el retrete de los niños. La Guerra Civil española trajo una plétora de monjas violadas, de bayonetas en las nalgas. En la actualidad, los distribuidores especializados informan de la creciente demanda por intercambios conyugales, por relatos en que se truecan las esposas en zonas residenciales elegantes o durante la luna de miel. Pero la marejada infinita de la basura sin edulcorantes no ha cambiado gran cosa. Funciona con fórmulas altamente convencionalizadas de sadismo en pequeña escala, de fantasías triviales sobre proezas fálicas y sobre las reacciones femeninas. A su manera, el material es tan predecible como un manual de boy scout.

Por encima de las ordinarieces –aunque es imposible determinar el límite exacto– está el mundo de lo erótico, del escrito sexual con pretensiones y ambiciones sinceras. Este mundo es mucho más amplio de lo que generalmente se cree. Se remonta a los papiros literarios egipcios. En ciertas épocas de la sociedad occidental la producción de «pornografía seria» parece haber igualado, cuando no superado a la de las belles-lettres convencionales. Sospecho que éste fue el caso de la Alejandría romana, de la Francia de la Regencia, quizá del Londres de 1890. Una gran parte de esta literatura está llamada a desaparecer. Pero quien haya tenido acceso a la biblioteca Kinsey de Bloomington, y la suerte de tener como guía al señor John Gagnon, se da cuenta del hecho inesperado y revelador de que apenas hay un escritor importante de los siglos XIX y XX que en algún momento de su profesión no haya producido –en serio, o con la más profunda seriedad de la broma– alguna obra pornográfica. Asimismo, son notablemente escasos los pintores, desde el siglo XVIII hasta el posimpresionismo, que no hayan producido al menos una serie de dibujos o grabados pornográficos. (¿Sería acaso una de las definiciones del arte abstracto, no objetivo, que no puede ser pornográfico?)

Como es obvio, en este vasto repertorio de escritura hay cierta proporción provista de vigor y significación literaria. Cuando un Diderot, un Crébillon fils, un Verlaine, un Swinburne o un Apollinaire escriben textos eróticos, el producto ha de tener algunas de las cualidades que caracterizan a sus obras más públicas. Beardsley y Pierre Louys son figuras menores, pero sus lubricidades tienen cierto encanto de época. Sin embargo, con muy pocas excepciones, la «pornografía seria» no tiene demasiada importancia literaria. No es cierto que los gabinetes cerrados de las grandes bibliotecas o de las colecciones privadas contengan obras maestras alejadas de la luz pública por la hipocresía y la censura. (Algunos grabados del siglo XVIII y algunos grabados japoneses parecen indicar que en las artes gráficas el caso es diferente; se trata aquí de obras de primera línea que son inaccesibles.) Lo que choca al leer algunos clásicos del erotismo es el hecho de que sean tan notoriamente convencionales, de que su repertorio fantástico sea limitado y de que se confunda, casi imperceptiblemente, con el estercolero de la pornografía explícita y producida en masa.

En otras palabras: resulta muy fácil confundir la frontera entre, valga el caso, Thérese Philosophe o Lesbia Brandon, de una parte, y Sweet lash o The silken thighs [«Dulce látigo», «Muslos sedosos»], de la otra. Lo que distingue el «clásico prohibido» de las delicias ocultas bajo los mostradores de Frith Street es, esencialmente, una cuestión de semántica, del nivel de recursos léxicos y retóricos utilizados para provocar la erección. Nada que sea fundamental. Tómese a la criada que se masturba en un ejemplo reciente de La gran novela americana, de Philip Roth, y a la que hace otro tanto en They Called Her Dolly [«La llamaban muñeca»] (sin fecha, seis chelines). Desde el punto de vista del estímulo erótico, la diferencia es de lenguaje o, más exactamente –ya que las precisiones verbales aparecen hoy también en la literatura seria–, de refinamiento narrativo. Ninguno de los dos escritos contribuye en nada a la potencialidad de la emoción humana; los dos contribuyen a aumentar la basura.

Los aportes reales son, efectivamente, muy escasos. Es muy corta la lista de escritores que hayan tenido el genio de ampliar el radio efectivo de nuestra percepción sexual, que hayan organizado en una novela el juguete erótico de la mente, que hayan despejado un terreno previamente desconocido y sin cultivar. Creo que dentro de esa lista incluiría a Safo, en cuyos versos, quizá por vez primera, el oído occidental percibió la nota estridente, rechinante de la sexualidad estéril, de una libido que necesaria, deliberadamente, está por encima de cualquier satisfacción. Parece que algo aportó Catulo, aunque a esta distancia histórica resulta casi imposible identificar lo que tenía de sorprendente su visión, lo que producía un efecto tan contundente en la conciencia. La concordancia estrecha y meticulosamente organizada entre el orgasmo y la muerte dentro del arte y la poesía barrocos y metafísicos enriquecieron, sin duda, nuestra herencia de susceptibilidad, como lo hiciera antes la insistencia en la virginidad. La elaboración, por parte de Dostoievski, Proust y Mann, de la correlación entre la enfermedad nerviosa, entre la psicopatología del organismo y una vulnerabilidad erótica especial es posiblemente un atisbo nuevo. Sade y Sacher-Masoch codificaron y proveyeron de una nueva sintaxis dramática a zonas emotivas antes difusas o no percibidas explícitamente. En Lolita hay un auténtico enriquecimiento de nuestro habitual bagaje de tentaciones. Es como si Vladimir Nabokov hubiera acercado a nuestra perspectiva lo que se encontraba en el extremo más alejado, en La Rabouilleuse de Balzac, por ejemplo, o lo que se había mantenido escrupulosamente en lo improbable mediante la desproporción (‘Alicia en el País de las Maravillas’). Pero tales anexiones en el terreno de la perspicacia son raras.

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La verdad sin ambages es que en el erotismo literario, igual que en la gran masa de «libros sucios», se presentan una y otra vez, con monotonía indescriptible, los mismos estímulos, las mismas contorsiones de la fantasía. En los escritos eróticos, como en la polución nocturna, la imaginación gira incesantemente en torno del círculo reducido de lo que el cuerpo puede experimentar. El movimiento de la mente en la masturbación no es una danza: es un molino de viento.

El señor Maurice Girodias contestaría que no se trata de eso, que el cortejo interminable de fornicaciones, flagelaciones, onanismos, fantasías masoquistas y broncas homosexuales que recorre su Olympia Reader es inseparable de su excelencia literaria, de la integridad y la originalidad artística de los libros que publicó en París en su Olympia Press. Diría que muchos de los libros que defendió, y de los que ha elegido pasajes representativos, figuran a la vanguardia de la sensibilidad moderna, son clásicos de la literatura de posguerra. Si se ocupan tan detenidamente de la experiencia sexual es porque el escritor moderno ha descubierto en la sexualidad el último territorio por conquistar, el campo donde, si ha de ser pertinente y honesto, su talento debe recalcar la orientación de nuestra cultura. Las páginas del Olympia Reader están llenas de palabras obscenas, de relatos detallados sobre actos sexuales íntimos y especializados, debido justamente a que el escritor debe llevar a su culminación la campaña liberadora iniciada por Freud, a que tiene que superar los tabúes verbales, las hipocresías de la imaginación en que se debatieron las generaciones anteriores cuando aludían a la parte más vital y más compleja de la personalidad del hombre.

“Escribir libros sucios constituía una participación necesaria en la lucha contra el mundo de la mojigatería… era el cumplimientode un deber.”

La afirmación del señor Girodias no es desdeñable. Sus recuerdos y sus polémicas constituyen una lectura ingrata (tiende al lloriqueo); pero sus publicaciones dan muestras de brío y brillantez. Las obras de Henry Miller cuentan en la historia y en la configuración de la prosa norteamericana. El Watt de Samuel Beckett apareció en Olympia, así como algunos textos de Jean Genet (aunque no las obras de teatro ni lo mejor de su prosa). Fanny Hill y, en menor medida, Candy son epopeyas burlescas del orgasmo, obras que deleitan a cualquier persona en su sano juicio. Me parece que se ha exagerado el valor de El cuaderno negro de Lawrence Durrell, pero tiene partidarios muy respetables. El propio Girodias probablemente consideraría a El almuerzo desnudo como el pináculo de su perspicacia. No estoy de acuerdo. El libro me parece un latazo vociferante, repleto hasta la médula de vanagloria y de ignorancia. Su única importancia reside en lo que nos cuenta acerca de la homosexualidad, del camp, de la brutalidad frívola que domina hoy en la expresión literaria «sofisticada». Burroughs acusa a sus lectores, pero no en el sentido valiente y profético que Girodias le atribuye. En cambio, de lo que no cabe duda, es de la sinceridad de la empresa de Girodias, ni de los riesgos que afrontó.

Además, en su catálogo hay dos libros que son clásicos; él percibió su genialidad y su nombre permanecerá orgullosamente vinculado a ellos: Lolita y Un hombre singular. Es un episodio de sórdida ironía –hermosamente apropiado para toda la industria de «libros sucios»– el que una desavenencia posterior con Nabokov haya impedido a Girodias incluir algún pasaje de Lolita en su antología. Para quienes por vez primera tropezaron con Humbert Humbert en la Traveller’s Companion Series, con la portada verde y la tipografía un tanto amanerada de Olympia Press, el encuentro seguirá siendo uno de los grandes momentos de la literatura contemporánea. Esto debería haber bastado para impedir que su editorial quebrara a causa del hostigamiento jurídico y económico del victorianismo gaullista.

Pero lo mejor que publicó Girodias se consigue hoy en cualquier quiosco –lo que constituye la prueba de la intuición de Girodias. Hay que juzgar al Olympia Reader por su contenido real. Y éste es en buena medida material de oropel que «ensucia la vida», apenas con escasísimo mérito literario o interés para una mentalidad adulta.

Es casi imposible leer todo el libro. Al abrirlo por cualquier página se produce la sensación inevitable de déja-vu. Ya se torture a una mujer desnuda en los calabozos de Sade (‘Justine’), en la revuelta de Espartaco (Marcus Van Heller; ‘Roman Orgy’), en un inverosímil castillo francés (‘Historia de O’) o en una casa árabe (‘Kama Houri’, de un tal Ataullah Mordaan), la diferencia importa un bledo. La fellatio y la sodomía parecen placeres más bien tautológicos ya sea entre gamberros parisienses en el Diario del ladrón de Genet, entre boxeadores retirados y estafadores del montón (‘The gaudy image’), o entre señoritos bajo la luz de gas del período eduardiano en Teleny, necedad atribuida a Oscar Wilde.

Al cabo de cincuenta páginas de «pezones endurecidos», de «muslos que se abren suavemente», de «ríos tórridos» que entran y salen de la extasiada anatomía, el espíritu se subleva, no por escándalo hipócrita, no porque yo sea un pobre puritano que sofoca su libido, sino por puro, nauseabundo aburrimiento. ¡La fornicación no puede ser así de sosa, tan desesperanzadamente previsible!

Hay, por supuesto, momentos estimulantes. ‘Sin for breakfast’ concluye con una nota sutil y cómica de salacidad.  ‘The woman thing’ utiliza con verdadero vigor las palabras malsonantes y las precisiones anatómicas; demuestra tener un oído muy fino para enseñarnos cómo la excitación sexual rebaja y destruye nuestro empleo del lenguaje. Quienes recurren en sus fantasías al tema del onanismo femenino (y me imagino que aquí está comprendida la mayor parte de los hombres) hallarán ahí un cuadro muy vívido. Es posible que se encuentren otras perlas. Pero ¿quién aguanta todo el libro? Para mí hay un momento sublime en el Olympia Reader. Está en un extracto (¿tal vez espurio?) de ‘Life and loves’ de Frank Harris. Cuando dos nínfulas orientales desnudas se enlazan y desenlazan con su celestina inglesa, Harris de pronto queda fulminado por la revelación de que «aquí se demuestra ciertamente la flaqueza intelectual de buena parte del pensamiento de Marx. Sólo el bohemio puede ser libre, no el proletario». La imagen de Frank Harris reprobando de golpe ‘El capital’, con toda su anatomía subyugada en espasmódico éxtasis, compensa con mucho el precio de la entrada.

Pero no en realidad. Porque el precio es mucho más alto de lo que parecen calcular Mr. Girodias, la señorita Mary McCarthy, el señor Wayland Young y demás abogados de la franqueza total. Es un precio que mutila no sólo la verdadera libertad del escritor sino las disminuidas reservas de sensibilidad y de reacción imaginativa de nuestra sociedad.

El prólogo de Olympia Reader termina con una nota triunfal: La censura moral es una herencia del pasado, derivada de siglos de dominación del clero cristiano. Ahora que prácticamente ha concluido, podemos esperar que la literatura se transforme gracias al advenimiento de la libertad. No de la libertad en sus aspectos negativos, sino corno medio de explorar todos los aspectos positivos del espíritu humano, que en mayor o menor medida están relacionados con el sexo, o provienen de él. Esta última afirmación es de una estupidez casi increíble. Lo que necesita un examen serio es la afirmación sobre la libertad, sobre una liberación y una transformación nuevas de la literatura mediante la abolición de los tabúes verbales e imaginativos.

Las compuertas se abrieron desde el proceso de Lady Chatterley y el fracaso de los intentos de prohibir los libros de Henry Miller. Se consiguen sin problemas Sade, las filigranas homosexuales de Genet y de Burroughs, Candy, Sexus, La historia de O. Ninguna censura querría incurrir en el ridículo de condenar el sadismo erótico, las minuciosidades de la sodomía (olor y todo) que adornan el Sueño americano de Mailer. Eso es algo magnífico. Pero seamos totalmente claros en el porqué. La censura es estúpida y repugnante por dos razones empíricas: los censores no son hombres mejores que nosotros, sus juicios son igual de falibles, están sujetos igualmente a la deshonestidad. Segundo, el asunto no funciona, los que realmente quieren un libro lo consiguen de cualquier manera. Éste es un argumento completamente distinto al que sostiene que la pornografía no deprava la mente del lector, o que no incita a actos criminales o baldíos. Tal vez sí, tal vez no. Sencillamente, carecemos de pruebas en uno u otro sentido. La cuestión es mucho más intrincada de lo que admiten muchos de nuestros paladines de la libertad total. Pero decir que la censura no funciona y que no debe procurarse que lo haga, no equivale a decir que haya habido una liberación de la literatura, que el escritor, en cualquier sentido auténtico, sea más libre.

Al contrario. La sensibilidad del escritor es libre cuando es más humana, cuando trata de aprehender y de escenificar de nuevo la maravillosa variedad, la complicación, la tozudez de la vida, por medio de palabras todo lo escrupulosas, lo personales, lo colmadas del misterio de la comunicación humana que le pueda proporcionar el lenguaje. El reverso mismo de la libertad es el cliché, y nada menos libre, nada más inerte a causa de la convención y de la brutalidad vacía, que una sucesión de palabras procaces. La literatura es un diálogo vivo entre el escritor y el lector sólo si el escritor exhibe un doble respeto: a la madurez imaginativa de su lector y, de manera muy compleja pero decisiva, a la integridad, a la independencia, al meollo vital de los personares que crea.

Por lo que al lector respecta, esto quiere decir que el poeta o el novelista invita a la conciencia del lector para que colabore con él en el acto de presentación. No lo dice todo porque su obra no es una cartilla para niños o para retrasados mentales. No agota los recursos de la imaginación del lector pero se complace en el hecho de que nuestra propia vida, con los recursos de la memoria y del deseo que nos son propios, completarán el boceto que él nos deja inconcluso. Tolstoi es infinitamente más libre, infinitamente más excitante que los nuevos erotólogos cuando suspende su relato en la puerta de la alcoba de los Karenin, cuando se limita a bosquejar, mediante el símil de una llama que se extingue o de las cenizas que se enfrían en la chimenea, una derrota sexual que todos podemos revivir o pormenorizar para nosotros mismos. George Eliot es libre, y trata a sus lectores como seres humanos adultos y libres cuando, por medio de las inflexiones del estilo y del ingenio, nos comunica la verdad acerca de la luna de miel de los Casaubon en Middlemarch, cuando hace que nosotros mismos imaginemos cómo Dorothea fue violada por alguna torpeza esencial. Éstas son escenas profundamente excitantes que enriquecen y complican nuestra conciencia sexual mucho más que los idilios de ducha vaginal de la novela contemporánea «libre». No hay ninguna libertad verdadera en las compulsivas precisiones fisiológicas de la «pornografía seria» actual, puesto que no hay respeto alguno por el lector, cuya capacidad imaginativa se calcula en cero.

Y no hay ninguno por la santidad de la vida autónoma en el personaje de la novela, por esa tenaz integridad de la existencia que obliga a Stendhal, a Tolstoi, a Henry James a aventurarse con recato en torno a sus propias creaciones. Las novelas producidas con el nuevo código de decirlo todo tratan a gritos a sus personajes: desnúdate, fornica, ejecuta talo cual perversión. Así lo hacían los SS con filas de hombres y mujeres de carne y hueso. La actitud no es, creo, enteramente distinta. Es posible que haya afinidades más profundas de las que hayamos percibido entre la «libertad total» de la imaginación erótica sin trabas y la libertad total del sádico. La aparición de estas dos libertades en un momento histórico más o menos idéntico puede no ser una coincidencia. Ambas se ejercen a costa de la humanidad de otra persona, del derecho más precioso que tienen los demás; el derecho a una sensibilidad privada.

Éste es el aspecto más peligroso de todos. Los historiadores futuros caracterizarán acaso la época actual de Occidente como una época en que se atropelló por completo la intimidad humana, el delicado proceso por el que llegamos a ser lo que somos, por el que escuchamos el eco de nuestro ser concreto. Este atropello está apoyado por las condiciones mismas de la tecnocracia urbana de masas, por la necesaria uniformidad de nuestras alternativas económicas y políticas, por los nuevos medios electrónicos de comunicación y persuasión, por la indefensión, cada vez mayor, de nuestros pensamientos y nuestros actos ante las intromisiones y controles sociológicos, psicológicos y materiales. Llegamos a conocer la intimidad real, el espacio real donde podemos hacer experimentos con nuestra sensibilidad, y ello de manera creciente, sólo en sus manifestaciones más extremas: crisis nerviosa, adicciones patológicas, fracaso económico. De ahí la desolada monotonía y la publicidad –en el sentido pleno de la palabra– de tantas vidas al parecer prósperas. De ahí también la necesidad de estímulos nerviosos de una brutalidad y de una eficacia técnica sin precedentes.

Las relaciones sexuales son, o debieran ser, una ciudadela de la intimidad, el recinto nocturno donde reunir los elementos fragmentados o fatigados de nuestra conciencia en una especie de orden y reposo inviolables. En la experiencia sexual un ser humano solo, o dos seres humanos en ese intento de comunicación total que es también comunión, puede(n) descubrir las inclinaciones exclusivas de su(s) identidad(es). En tal situación se alcanzan, mediante el anhelo imperfecto y el fracaso repetido, las palabras, los gestos, las imágenes mentales que aceleran el ritmo de la sangre. En esa oscuridad y en ese portento siempre renovados, tanto la torpeza como la luz deben ser exclusivamente nuestros.

Los nuevos pornógrafos subvierten esta última y decisiva intimidad; sueñan en nuestro nombre nuestros sueños. Le sustraen a la noche sus palabras y las vociferan por encima de los tejados, dejándolas vacías. Las imágenes de nuestro acto de amor, los tartamudeos a que recurrimos en la intimidad, vienen ya prefabricados. Desde los ritos del manoseo adolescente hasta el reciente experimento en una universidad en el que las esposas de los profesores accedieron a masturbarse ante las cámaras de los investigadores, la vida sexual es cada vez más de dominio público. Esto es algo profundamente desagradable y degradante, y sus efectos en nuestra identidad y en los recursos de nuestra sensibilidad los entendemos tan precariamente como el impacto de la sugestión sexual y el «suberotismo» permanentes de la publicidad moderna en nuestros nervios. La selección natural nos habla de miembros y funciones que se atrofian por falta de uso; también puede marchitarse en una sociedad la capacidad de sentir, de experimentar, de comprender lo que hay de único en los demás seres. Y no es casualidad (como Orwell sabía) que la uniformidad de la vida sexual, ya sea por medio de un libertinaje controlado o de un puritanismo obligatorio, sea un complemento de la política totalitaria.

Así, el peligro actual para la libertad de la literatura y para la libertad interior de nuestra sociedad no consiste en la censura o en la reticencia verbal. El peligro reside en ese desenvuelto desdén que manifiesta el novelista erótico por sus lectores, por sus personajes, por el lenguaje. Nuestros sueños se venden ahora al por mayor. Como había palabras que no empleaba, situaciones que no representaba gráficamente, como exigía del lector, no la obediencia, sino el eco vivo, gran parte de la poesía y de la ficción de Occidente han sido una escuela de la imaginación, un ejercicio para que nuestra conciencia fuera más precisa, más humana. Mi verdadera animadversión al Olympia Reader y al género que personifica no se basa en que sus materiales sean aburridos y estén redactados abyectamente. Se basa en que estos libros hacen menos libre a un hombre, menos él mismo, que antes de su lectura; hacen más pobre al lenguaje, menos provisto de la capacidad para la excitación y la selección espontánea. No es una libertad nueva lo que traen, sino una nueva servidumbre. ¡En nombre de la intimidad humana, basta!

G. S.

13 thoughts on “Literatura y erotismo

  1. Totalmente de acuerdo con lo que afirmas en tu comentario, David. Pero, además, sería oportuno recordar aquí que la lectura de textos eróticos amplía nuestro campo de creatividad, aumenta nuestra imaginación y reduce nuestro nivel de estrés. O al menos, así lo aseguran varios estudios de la universidad de Harvard.

    Saludos cordiales

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  2. Creo que la literatura erótica también es una forma de pensar el mundo, ya que permanentemente utilizamos los sentidos al enfrentarnos a lo real. Lo erótico es un filtro de los conflictos. Se absorbe y reelabora todo no de manera racional sino desde una perspectiva más animal.
    El erotismo -y me refiero únicamente al terreno literario– tiene un silencio muy seductor narrativamente hablando. Las buenas novelas eróticas tienen tensión y silencio y por eso es tan difícil escribir de erotismo… En fin, al igual que Steiner, Barthes ya lo dijo en los 70 en “Fragmentos de un discurso amoroso”.
    Saludos desde la verde Irlanda

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  3. Nos unimos a tu gratitud a Apollinaire por la novela “Las once mil vergas”, un texto tan escabroso y explícito, con el lenguaje y el ritmo y los personajes de una novela de calidad que estalla en cargas de dinamita contra lo pequeño burgués y su mundo apacible. De Bataille, solo mostrar nuestro acuerdo con tu opinión.

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  4. Mil gracias a Apollinaire –que nos dejó once mil vergas en un inolvidable escrito lúbrico– y a Bataille, por sus agudas reflexiones y escritos.

    A. 🙂

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  5. “…el poeta o el novelista invita a la conciencia del lector para que colabore con él en el acto de presentación. No lo dice todo porque su obra no es una cartilla para niños o para retrasados mentales.” Ufff, si pudiera con ello en cada texto. Tremendo artículo !

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  6. Ruben, Jean Paul, D. Flores Debray, Temboury, WW, Bideak

    Mil gracias por vuestros lúcidos comentarios, estimados amigos. Está claro que no todos los lectores coincidirán con vuestras opiniones, pero serán muchos los que –estamos seguros– las suscribirán en todo (o al menos en parte)… Agradecemos de veras que hayáis tenido la gentileza de hacernos llegar vuestras inteligentes observaciones sobre este artículo … Y para finalizar, puesto que hablamos de ‘pasiones’, os anuncio que como muestra de afecto y gratitud hacia vosotros os haremos llegar (via email) el último libro de relatos escrito por Claude Schiffen, titulado “Jeux sensuels effréné”. En él se describen, detallada y magistralmente, las reuniones de cuatro parejas en un apartamento de París con la finalidad de liberar su sensualidad intercambiando experiencias sexuales. Casi todos ellos/as, pretenden transmitir –a través de sus inverosímiles posturas metafóricas– la realidad de un mundo en quiebra o ese algo, que como decía William Wordsworth “recuerda lo inolvidable desde el reposo”.

    Un fuerte abrazo

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  7. Es preciso que salgan de los cuerpos
    de pronto amontonados simulacros,
    en todas partes de infinitos modos.

    (LUCRECIO, ‘De Rerum Natura’)

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  8. Así que, después de leer todo esto, cabría preguntarse ¿qué es la pornografía? No es, desde luego, el atractivo o el estímulo sexual del arte. Ni siquiera es una intención deliberada –por parte del artista– de despertar o excitar apetitos sexuales. No hay nada malo en ellos, con tal que no sean furtivos ni disimulados, sino directos. El buen estímulo sexual es de gran valor para la vida del hombre. Sin él, el mundo sería gris. Yo recomendaría a todo el mundo que leyera los alegres relatos del Renacimiento, con cuya ayuda se erradicaría una gran cantidad de vanitas vanitatum et omnia vanitas, que es una de las mayores enfermedades de nuestra civilización moderna.

    Abrazos

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  9. Me uno a la opinión de Jean Paul Knopfler y me permito recomendar –consciente de mi atrevimiento al hacerlo– la trilogía de Pierre Klossowski en la que se reúnen “La révocation de l’Edit de Nantes”, “Roberte ce soir” y “Le souffleur”, en un orden distinto al de su publicación, con el título de “Les lois de l’ospitalité”.
    Igualmente interesante resulta su libro “La monnaie vivant”, publicado en colaboración con Pierre Zucca, un profundo ensayo en el que a partir de Sade y Fourier (sin olvidar a George Bataille) y las condiciones de la sociedad industrial contemporánea se propone la conversión de los cuerpos en “monedas vivientes” para devolverle al mundo el valor de las emociones y del erotismo. Es decir, del arte.
    Un abrazo.

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  10. A pesar de lo escrito por George Steiner, tal vez ocurre que de lo que habla la pornografía no es de sexo, sino de algo distinto, ¿no crees…? Como también es posible que el sexo o el antisexo que algunos toman como bandera de su propia identidad no sean precisamente lo que ellos piensan que es, y es la identidad la que está por encima del sexo, y no viceversa. De todas maneras, me ha parecido un artículo sumamente interesante.

    Saludos desde Lyon

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