Homosexualidad y fascismo en la obra literaria de Yukio Mishima

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Relata Plutarco, en la vida de Licurgo, que el legislador espartano adiestraba a los futuros ciudadanos despojándolos de vello, familia, ilustración y comida, a fin de disponerlos para la astucia, la guerra y la belleza atlética.

Veintinueve siglos después, un endémico abogado nipón, declarado homosexual por retórica autoconfesión francesa, decide vigorizar su exangüe constitución, embellecer su ideal olímpico y alcanzar el dominio de las artes marciales. Yukio Mishima alcanzó celebridad, entre otras argucias literarias, por los desfiles que organizaba con el batallón sagrado de Tokio, compuesto por varias decenas de jóvenes de clases desilustradas que, armados con cañas de kendo, no tenían más papel político y cultural que el de autoproponerse devotos del emperador. Pero el emperador, el 1 de enero de 1946, adiestrado por el corifeo imperialista Douglas MacArthur, había renunciado a su condición divina a través de las emisoras radiofónicas. Más fanfarrón que misógino, más provocador que delicado sodomita, el Mishima de la vida pública tomó hembra por vanidad, espoleando el supermacho de Gide, y coronó su cadena de chismes escandalosos con su suicidio público en 1970. Sin embargo, producto de entreguerras, su vida y su obra componen un vasto canto al desgarramiento y la provocación moral lanzado sobre el ciclópeo cementerio atómico, testimonio, junto con sus contemporáneos alemanes, de un pasado todavía reciente que puede transformarse en amenazante porvenir.

La actitud pública de Yukio Mishima le ha valido numerosas veces el calificativo de fascista. Su propia psicología personal se encuentra a las puertas de la corroboración. El ideal guerrero no atiende al ideal demográfico y la historia nos muestra que el más osado, el más belicoso, no tiene necesidad de demostrar su gallardía en otros campos de batalla. La destreza en la cama heterosexual está en competencia con la destreza en la palestra. El padre de los dioses no desdeña a Ganimedes, ni Heracles a Hilas. El esbelto Julio César lo confirma aunque el enano Napoleón lo duda. La castración pone remedio inverosímil a semejantes vacilaciones.

*

book.mishimaAunque la relación de la homosexualidad con la personalidad fascista puede estar más al día para los freudianos que para una fenomenología histórica que evita las vidas privadas, es innegable su inclusión en la cadena de atributos que la componen. La antropología fascista no desdeña la homosexualidad. Una mirada sobre la concepción del mundo fascista nos devuelve la certidumbre. La economía, nacionalizada, autarquía utópica que conduce a la política bélica. Supresión de partidos políticos, excepto el que está en el poder, que deja de calificarse como partido: se convertirá en el espíritu que alienta la nación, el alma de la tribu. El sindicato pasará a ser el lugar del dominio político. La religión quedará supeditada al Estado. El dictador, bajo palio, se convertirá en representante de Dios, aun cuando la forma nacionalsoclalista sea esencialmente atea y proclame un panteísmo cuya mónada fundamental es el pueblo escogido. Las formas culturales se desgarran, se confunden, fingen presunto anticulturalismo, pues las instancias económica y política no son sino objetivos estrictamente culturales. Las artes decorativas se vuelcan sobre la simbología femenina, la literatura canta un extraño progreso que combina el positivismo y el animismo. La figura de la gran madre retorna: las ideas se truecan en femeninas: el lujo estéril, la seducción forzada de la pompa militar, el mito de la mujer guerrera, la trascendentalización de la muerte. El culto a la muerte como gran madre justifica todos los heroísmos. La muerte está detrás de toda compulsión insatisfecha, compulsión que ya es utópica desde sus comienzos y que se autobautiza “revolucionaria” por motivos románticos, porque no se verá jamás coronada por el éxito. Retomando el argumento que nos ha conducido hasta aquí, vemos que la masculinidad fascista debe probarse, no en la cama, sino en el campo de batalla. El estado ideal fascista tiene la configuración platónica: es un matriarcado al revés.

De la misma manera que es absurdo suponer que todo fascista tiene que ser consecuente con la lógica del sistema cultural que abraza, tachar a Mishima de fascista supone caer en un error. El fascismo y el nacionalsocialismo componen un conjunto de temas culturales pero sólo se definen como tales cuando apuntan en una dirección política inequívoca. La historia nos ha demostrado que el fascismo, o los fascismos, es una solución política ante todo, organizada por la pequeña burguesía principalmente, al servicio de los grandes monopolios y dirigida a impedir el desarrollo de la lucha política del movimiento obrero. Su morfología cultural, como las correspondientes a otras concepciones del mundo, es el resultado de un híbrido con infinitas influencias. Repetimos, pues, que la amalgama de elementos que intervienen en la personalidad fascista no es exclusiva de ésta. En esta amalgama pueden darse cita muchos elementos ambiguos —la reivindicación de un idioma, por ejemplo— que pueden servir lo mismo a fines progresistas que reaccionarios. La presencia de factores dominantes no es bastión de su exclusividad, ni siquiera de su necesidad. La dictadura hormonal del general Primo de Rivera en España, por ejemplo, no tenía la menor función entre la casta militar que llevó al Japón a intervenir en la Segunda Guerra Mundial. El adiestramiento de kamikazes no se ha visto respaldado más que por los grupos armados islamistas, cuyos fines son completamente distintos. El suicidio de Mishima no es el suicidio de Hitler, como tampoco la alianza de Pío XII con el Tercer Reich revela nada de la relación entre la ultraderecha nipona y la figura del emperador. Lo que pudiera entenderse como fascismo japonés ofrece facetas que son ciertamente sorprendentes en contraste con los fascismos occidentales.

Visto lo cual, ¿puede llamarse en puridad fascista a Mishima? ¿Qué elementos comunes encontramos entre el hipotético fascismo de Mishima y la idealidad fascista occidental idealidad, pues parece ser patrimonio de los jóvenes y no de los profesionales? Un personaje de la tetralogía “El Mar de la Fertilidad” expone así su credo político: “Como resultado de mis variadas lecturas y búsquedas, llegué a la conclusión de que había llevado al Japón hasta su desgraciada coyuntura presente era algo más que la negligencia y las faltas de los políticos. Gran parte de la causa radicaba en los zaibatsus (familias que monopolizaban la producción industrial), que manipulaban a los políticos tratando sin cesar de incrementar sus ilícitos beneficios. Nunca pensé, sin embargo, en unirme a las filas de los izquierdistas porque la ideología de éstos es hostil a la figura de su sagrada Majestad. El Japón, desde tiempos remotos, ha sido un país en el que puede señalarse una constante inequívoca: la continua reverencia a Su Sagrada Majestad. Es una tierra en la que el Emperador se considera como la armoniosa cabeza de la amplia familia que es el pueblo japonés”.

Cuando Yukio Mishima arriba la palestra literaria cuenta apenas con 16 años de edad y tiene ante sí un panorama que puede calificarse de desarraigado. Los intelectuales japoneses se habían convertido en émulo de las modas francesas (hasta el punto de conocer la literatura francesa, dice Kazuya Sakai, incluso mejor que los mismos franceses) y el propio Mishima les rendirá culto en obras tempranas como “Confesiones de una máscara” o “Sed de amor”, autobiografía apócrifa la primera, sin identidad personal, donde la sensibilidad proustiana se asocia con la náusea de Sartre; la segunda, melodrama rural, donde, como en toda su obra, los símbolos freudianos no desdeñan un caprichoso papel de leit motiv secundario y donde se advierte la presencia de los estridentes temas caros al naturalismo, desde Maupassant y Strindberg hasta los novelistas franceses de tercera fila de los años treinta. La obra más relevante de Mishima es, no obstante, su tetralogía postrera “El Mar de la Fertilidad”, integrada por cuatro títulos: “Nieve de Primavera”, “Caballos desbocados”, “El Templo de la Aurora” y “Cinco rapsodias para el Ocaso de un Dios”. Esta vasta obra no es sino un compendio de la última historia del Japón, vivida a través de sus simbólicos personajes y recreada estudiadamente en sus vicisitudes económicas, políticas, religiosas y culturales, sintetizadas en una uniforme e impecable concepción estética. Sus héroes son jóvenes fracasados que mueren tempranamente al comprobar el imposible de sus anhelos; son adultos veteranos y corrompidos que bajo sus lemas patrióticos persiguen tan sólo el lucro personal y la supervivencia ideológica, o serenos personajes, como el juez Honda, que no dudan en aceptar las enseñanzas de todas las experiencias. Kiyoaki morirá a los veinte años al intentar romper la mecánica inflexible del protocolo cortesano, víctima de un estupor insensato al mantener relaciones sexuales con la prometida de un príncipe imperial. Isao, impetuoso aunque disciplinado, al igual que Don Carlos en el drama de Schiller, se rebelará contra la corrupción política que apoya su padre natural. Como Don Carlos, sólo la figura simbólica del emperador es capaz de llamarlo a reverencia. Como Don Carlos, pudiera haber exclamado: “La sangre me corre impetuosamente por las venas: apenas tengo veintitrés años y nada he hecho todavía por la inmortalidad. “Los jóvenes son siempre puros, los adultos son traidores y ligados a los intereses públicos: Isao será denunciado a la policía por su padre adoptivo y Kiyoaki morirá por un error educacional de su padre aristocrático. Ambos edipos convergen: Isao es hermano natural de Kiyoaki. El primero es un verdadero aprendiz de samurai; el segundo, un espíritu delicado incapaz de enfrentarse con la historia.

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Tanto el programa político como la posición cultural de Mishima son de prefabricación literaria. Mishima jamás participó políticamente en ningún acontecimiento ni figuró en las filas de ningún partido. Literariamente, intentaba, como ya lo hicieran Akutagawa y Tanizaki, una fusión del vanguardismo con la tradición. Consideraba a Abe Kobo, militante marxista, como el mejor exponente del vanguardismo literario nipón. En cuanto a su propio canon, el que puede considerarse como responsable de su concepción del mundo, hay que buscarlo en el Shinto. El Shinto ilumina su afán de pureza, su desprecio por lo deforme, su amor al orden, su programa de vuelta a los orígenes. El Shinto se encuentra en la base de su juego retórico: los símiles, las metáforas, la morosa descripción paisajista, la figuración de los elementos naturales que vuelven una y otra vez, dominando todo el plano retórico de su tetralogía: el agua, el vuelo de los pájaros, la fragilidad del junco, los campos de arroz, la nieve de las montañas, el sol del amanecer. Su labor de adaptación de algunas fantasmagóricas piezas del teatro no debe contemplarse asimismo en esta dirección. ¿Qué es su posición política de teatro romántico, el juego de elementos que, coincidentes con los elementos del fascismo occidental, obligan a calificarlo de fascista, sino una resultante estrictamente cultural, desbordantemente literaria del Shinto? ¿Su militarismo de tramoya, su exhibición deportista, su pasión por la educación física? Otro tanto puede decirse de su misoginia, toda ella al servicio de destacar la pureza de sus jóvenes héroes: Makiko, viuda enamorada de un Isao casi veinte años más joven, no duda en sacrificarse por él… aun cuando sólo busca un nuevo marido capaz de conciliarla con sus concepciones políticas; Etsuko, amante de su suegro, desea a un campesino que teme aceptarla: cuando éste la busque no dudará en abrirle la cabeza de un hachazo: francesa de la burguesía al cabo: Satoko, seductora e intrigante, quizá sea el único personaje femenino no menospreciado por su autor, aun cuando es responsable involuntario de la muerte de su amante.

El Shinto, dice Trevor Ling, no posee ética alguna. Sin embargo, la tradición japonesa es rica en ejemplos morales. La infiltración de otras corrientes religiosas conformó inevitablemente un código moral para los seguidores de la tradición. El suicidio de Mishima, aplicándose el ritual del seppuku (forma noble del término más usual harakiri) en público el 25 de noviembre de 1970, puede considerarse como el último logro de su concepción shinto del mundo. La pasión por el suicidio aparece de forma constante en la obra de Mishima. En un relato corto titulado “Patriotismo”, un harakiri es morosamente descrito a través de cuatro páginas, ocurrido por cierto después de una lírica fornicación. Nueva conjunción, erotismo y muerte, que da muestra del tremendismo desesperado del que participan asimismo las literaturas europeas de entreguerras. La lucha, el combate, no sería sino un anticipo de la muerte, un complemento del destino inexorable. La primera vez que el lector ve a Isao Iinuma es batiendo a todos sus enemigos en una pelea de kendo; su última imagen aparece surcada por el puñal del holocausto. ¿Cómo no ver en toda esta gama de signos ambiguos una concepción del mundo que sólo en tanto que visión global puede repercutir en el campo de la política? ¿Cómo no ver que hasta una metáfora puede tener repercusiones políticas en tan ajustados programas ideológicos, máxime cuando sabemos que, en Japón, los dos grandes partidos políticos mayoritarios, pese al nombre de “socialista” de uno de ellos, son conservadores, que el partido comunista es minoritario y semiclandestino, que los sindicatos apoyan el conservadurismo del gobierno, y que sólo un partido religioso-político pudo atraer grandes masas después de 1967? Nos referimos al partido Komeito, situado en posición centrista, cuyo programa religioso de fondo está muy cerca del Shinto. ¿Cómo no ver que incluso elementos tan espantosamente reaccionarios pueden componer un caballo de batalla contra la cultura, forma política y forma económica impuestas por el oro de Washington tras la catástrofe de Hiroshima? La reforma del programa de MacArthur no fue sólo una liberalización de las rígidas jerarquías y de las estructuras educacionales; no se limitó a imponer un sistema político parlamentario títere de sus intereses políticos y económicos. Su principal objetivo fue la constitución del Japón en una colonia yanqui, reformando la agricultura para beneficio de las exportaciones norteamericanas, frenando la concentración del capital en truts que hicieran competencia a las multinacionales yanquis, reprimiendo el súbito auge del partido comunista tras su legalización y sumiéndolo en la semiclandestinidad, y contestando con cargas de policía las espontáneas luchas sindicales. La casta militar fue eliminada, ciertamente, pero no era éste el único enemigo: el principal objetivo de toda “vuelta a los orígenes” es la aniquilación del intrusismo americano a partir de un anticipo consistente en dos bombas atómicas.

El cine japonés ofrece algunas muestras de ello. Dos películas de Kobayashi se centran en la supresión de pensiones a los samurais en 1872 y la rebelión de Saigo Takamori. La minuciosidad en la estética samurái de ambos films es algo más que mero artículo decorativo; detalles como la humillación del hijo en “Rebelión”, el harakiri con cañas de bambú en “Seppuku”, o las largas escenas de peleas individuales en ambos, llevan a considerar la necesidad que cierta mentalidad japonesa tiene de una “vuelta a los orígenes”, una reforma en la tradición, una recuperación de su entidad cultural:, un Japón libre para decidir sus propios destinos. Las mismas adocenadas películas de monstruos y cataclismos, ¿son otra cosa que profecías morales de apocalipsis?

9 thoughts on “Homosexualidad y fascismo en la obra literaria de Yukio Mishima

  1. Gracias por la información, Jean Paul. Leeré el libro de Yourcenar.
    Y para Mishima,

    ハッピーバースデー、天才、どこにいて!

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  2. Mañana, 14 de enero, Yukio Mishima habría cumplido 89 años. Sugiero, a propósito de esta efeméride, la lectura del libro “Mishima o la visión del vacío”, un interesante ensayo escrito por Marguerite Yourcenar en 1980 sobre la compleja figura de Yukio Mishima. La obra de Yourcenar nos ofrece una profundísima y novedosa visión personal sobre la concepción que tenía Mishima de la muerte y analiza, así mismo, los avatares personales que le empujaron hacia esa obsesión.

    Saludos cordiales

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  3. BIDEAK

    Muy agradecidos por tus palabras, amigo. Nos alegra saber que la lectura de este artículo te ha revelado nuevos detalles sobre la vida de este gran autor.

    Buen año también para ti.

    PASTIVA

    Muchas gracias por nominarnos para este hermoso premio, Pastiva. Tu generoso gesto nos ha llenado de orgullo y satisfacción.

    Un fuerte abrazo!

    TEMBOURY

    Gracias por tu interesantísimo y bien documentado comentario que, sin duda, ha enriquecido enormemente este artículo.

    Un saludo cordial, amigo.

    DAZIBAO

    Así es, dear friend. Schrader plasmó en la pantalla, de forma magistral, los aspectos más destacables de la vida de Mishima. Por cierto, la música de Philip Glass apuntaló –si cabe– la enorme calidad de este memorable film.

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  4. Tenía bastantes referencias sobre este gran autor japonés, pero desconocía muchos de los detalles que se relatan en este magnífico artículo. Algunos de ellos me han sorprendido enormemente.
    Cada día se aprende algo nuevo! Gracias y buen 2014!

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  5. Seguramente, el libro del genial y polifacético Yukio Mishima titulado “Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis” es el que más claramente refleja las ideas filosófico-políticos del escritor japonés. Dentro de su “Introducción a la filosofía de la acción” son relevantes las reflexiones que hace sobre la opinión pública y la táctica bélica de los revolucionarios, así como su conexión con el cine de aventuras, la belleza (objetiva) de la acción (subjetivo-individual) y, especialmente, la acción dentro de un grupo. Defiende también su legalidad, un concepto contradictorio para él (recordemos su concepción restringida de “acción”), en un sentido bastante similar al de Bataille, aunque para éste tal contradicción es constitutiva: la vida, la fuerza, la juventud, busca la transgresión, la violencia, la muerte… El mejor ejemplo es el párrafo con el que acaba su razonamiento:

    “¿Cómo es posible denominar “hombre de acción” a quien por su trabajo de presidente en una empresa hace ciento veinte llamadas telefónicas diarias para adelantarse a la competencia? ¿Y es tal vez un hombre de acción el que recibe elogios porque aumenta las ganancias de su sociedad viajando a países subdesarrollados y estafando a sus habitantes? Por lo general, son estos vulgares despojos sociales los que reciben el apelativo de hombres de acción en nuestro tiempo. Revueltos entre esta basura, estamos obligados a asistir a la decadencia y muerte del antiguo modelo de héroe, que ya exhala un miserable hedor. Los jóvenes no pueden dejar de observar con disgusto el vergonzoso espectáculo del modelo de héroe, al que aprendieron a conocer por las historietas, implacablemente derrotado y dejado marchitar por la sociedad a la que deberán pertenecer algún día. Y gritando su rechazo a semejante sociedad en su conjunto, intentan desesperadamente defender su pequeña divinidad”

    Saludos y un venturoso nuevo año para usted y sus lectores.

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  6. Al finalizar la lectura de este excelente artículo, he recordado la magistral película de Paul Schrader “Mishima: una vida en cuatro capítulos”, un film repleto de aciertos que investiga la inquietud interior y las contradicciones de un hombre que trató de alcanzar una imposible armonía entre sí mismo, el arte y la sociedad. Una locura que corre como un caballo desbocado en busca de la belleza y que –como la del propio escritor– no acaba siendo otra que la muerte.

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