Releyendo a Céline

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Las notas biográficas al uso no valen aquí. Se hace muy difícil hablar de Louis-Ferdinand Céline sin dejarse llevar por el rechazo que provocan en muchos lectores sus ideas políticas. Siendo como es el escritor filonazi por excelencia, lo más fácil es endilgarle el prurito de “fascista charlatán” o de “antisemita arrogante” con el que le define –entre muchas otras cosas, casi todas más loables– Maurice Bardèche en la solapa del único trabajo sobre el escritor publicado en España (Aguilar Maior). Sin embargo, para sus admiradores más devotos –y lo son mucho considerando las fuertes sumas que se han pagado por sus manuscritos–, como el mismo Bardèrche sotiene, Céline es también el trapecista de la sintaxis, el artífice de una simbiosis magistral entre la verdad y la forma en que ésta se expresa.

Nacido en Courbevoie (Sena) el 27 de mayo de 1894, el Céline con el que Louis-Ferdinand Destouches habría de entrar en el parnaso de la novelística del siglo XX era uno de los nombres de su madre. Sin lugar a dudas, la mejor forma de conocerle es leyendo su estremecedora novela “Viaje al fin de la noche”, una ruta por los infiernos, por los abismos, por las pesadillas, en la que Céline emplea una prosa tensa, vigorosa, rompedora, violenta, rica en comas, interjecciones y puntos suspensivos que denotan el ritmo del lenguaje oral, la acentuación de algunas palabras y el desvarío de pensamientos de su narrador.

Aunque las sutilezas del lenguaje de esa obra maestra de la literatura sólo le son reveladas al lector francés –traducida al español originalmente en una espléndida versión de la autora de novelas infantiles Carmen Kurtz, dicho sea de paso–, bien es verdad que el escepticismo generalizado que rezuma la portentosa novela de Céline –“una pesadilla de frenético nihilismo que se expresa en un lenguaje agresivamente innovador, como un colérico tartamudeo que arrasa todas las normas convencionales y que reúne sin cesar un argot colérico, obsceno y lírico a la vez”, según apunta José María Valverde en su “Historia de la Literatura Universal”–  también es perceptible en otros idiomas. Así, leer a Céline en español, pese a que el sentido de ciertas frases se pierda en el camino que va de su lengua a la nuestra, constituye una experiencia tan apasionante que muchos de sus admiradores intentan negar que fuera un nazi convencido argumentando el exacerbado escepticismo que inspira sus mejores páginas. De “Voyage au bout de la nuit” escribía Mario Vargas Llosa tras su relectura, que “sería intolerable por su pesimismo y negrura, si no fuera por la fuerza cautivadora de un lenguaje virulento, pirotécnico y sabroso que recrea maravillosamente el argot popular y finge con éxito la oralidad, y por el humor truculento e incandescente que, de tanto en tanto, transforma la narración en pequeños aquelarres apocalípticos.”

Adalid de la cultura de la ocupación alemana de Francia, junto a Piere Drieu La Rochelle, tras la liberación se verá forzado a seguir a sus amigos nazis en retirada. Cuando cree haber encontrado refugio en Dinamarca, es extraditado a París, donde fue condenado por ‘colaboracionista’ .  No obstante, al final de los años 50, un último atisbo de su genio despunta otra vez en la trilogía que dedica a su exilio danés, integrada por “De un castillo a otro” (1957),  “Nord” (1960) y “Rigodon”. Inédita hasta 1969, esta última se publicó ocho años después de la muerte del autor. Como apunta Maurice Bardèche en la obra ya citada, el tiempo, presto a limar los últimos rencores de la guerra, obra en favor de Louis-Ferdinand Céline al margen de los odios y afectos que este autor, uno de los grandes del siglo XX, profesara en vida.

14 Comments

  1. Hola Ruy,
    Absolutamente de acuerdo con todo lo que, de una manera tan inteligente y certera, expresas respecto a la obra de Céline.
    Gracias por la amabilidad que has tenido al enviarnos tu comentario. Un saludo desde España.

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  2. Céline, al indagar la guerra, la locura, la enfermedad y la abominación, extrae una belleza literaria descarnada y triste. Une la melancolía con el cinismo, el aforismo diletante con el sentido del ritmo, la desesperación vital con la fiesta de la sintaxis. Sin Céline no existirían ni Cioran, ni Houllebecq, ni Bezsonoff.

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  3. Espero que disfrutes ese libro, es tremendo. Muchas gracias, invitados siempre cuando gustéis.

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  4. Mil gracias por la información, David. No conocía el libro de la segunda mujer de Cèline, así que –siguiendo tu consejo– estará muy pronto en mis manos.
    Agradecido por tu visita y mi más sincera felicitación por tu interesante proyecto.

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  5. “Cèline secreto” de Lucette Destouches, traducido al español hace años, es una buena manera de descubrir un personaje tan tremendo y fascinante. Buen post

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  6. Ustedes me han reactivado la fiebre por Céline. Mi fiebre por Sollers suele estar vivita y coleando… Acá el sol está espléndido, per confiero que qusiera un poquillo de invierno, para variar. 🙂

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  7. Mil gracias por la interesante información que nos ofreces, estimada y admirada Liliana. Intentaremos hacernos con ese libro lo antes posible, ya que profesamos una gran admiración hacia la obra de Sollers, ese genial “aislado absoluto”, como tan certeramente lo definió Roland Barthes.
    Saludos mediterráneos e invernales from Southeast Spain!

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  8. Estimado Ricardo Baduell, muchas gracias por tus palabras de elogio a Céline que como escritor compartimos absolutamente, dejando aparte otras consideraciones. Su fuerza y su sinceridad para decir la verdad a través de una prosa directa y sin complejos, no deja de impresionarnos.
    Respecto a las posibles traducciones al castellano de “Voyage au bout de la nuit”, sólo hemos podido averiguar que la más conocida en España, la de Carmen Kurtz, es probablemente de 1.973,por lo que la traducción argentina de Armando Bazán sería anterior. En cualquier caso, como tú dices, la escritura tan novedosa de Céline, seguro que ha causado divergencias entre los traductores.

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  9. Hola, Bodegonconteclado.
    Siempre es un placer recibir tus opiniones que resultan tan interesantes para complementar los artículos en los que has intervenido. Esto nos complace aún más en el caso de Céline, cuya obra principal, el Viaje al Fin de la Noche, pensamos que era hora de sacar de nuevo a la palestra, con nuestros modestos medios, considerándola como una de las novelas más lúcidas y descarnadas de la literatura francesa de postguerra. De nuevo, te agradecemos, sinceramente, tus documentada contribución y tu inteligente análisis del Voyage au bout de la nuit.

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  10. ¡Muy bien! ¡Nunca hay que cansarse de reimprimir la silueta del doctor Ferdinand por más que ya haya sido hecho tantas veces! Hay que insistir al menos tanto como la imagen de antisemita maldito que se superpone a sus textos , que toma más tiempo leer. Un detalle: ¿de cuándo es la traducción de Carmen Kurtz? La de Armando Bazán, porteña, es de los 60 y creo que anterior. Con lo de que “originalmente”… En un autor tan viviente en su voz, las diferencias de acento entre traducciones -argentina, española u otras al castellano- resultan bastante interesantes, pues modifican, por lo menos en algunos rasgos, el retrato. Recomiendo vivamente el CÉLINE de Philippe Muray a los interesados en la fricción entre el Céline novelista y el Céline panfletista.

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  11. ¡¡¡Hola, amigos queridos!!! Soy fanática de Céline, pero no por su obviamente espléndida Viaje al fin de la noche (es cierto lo de la traducción al español, un poco apocada…), sino por su biografía siniestra de Semmelweis, el médico que demostró la importancia de la asepsia en los hospitales metiendo su mano herida en el vientre de un cadáver y luego pudriéndose en vida. Lo publicó en español hace años Alianza Editorial, y desde que leí este texto, mi Céline es el de Semmelweis.
    Hay un elemento común entre ambas obras —Voyage au bout de la nuit y Semmelweis— y es la llamada “katábasis”, o viaje por el Hades. Se trata de un viaje a esa noche infernal y terrible del más allá en que se visita a los muertos, viaje que recogen, por ejemplo, autores como Homero en su Odisea, Virgilio en el Libro VI de su Eneida, Dante en su Comedia, René d’Anjou en su Libro del corazón de amor prendido, Cervantes en su Cueva de Montesinos, el Marqués de Sade en su Justine, Mary Shelley en su Frankenstein, De Quincey en su Confessions of an English Opium Eater, Rimbaud en su Une saison en Enfer, Flaubert en su Tentation de Saint Antoine, Joyce en su Ulysses, Conrad en su Heart of Darkness, O’Neill en su Long Day’s Journey into the Night, e Italo Calvino en su Si en una noche de invierno un viajero.., así como filmes fascinantes como Hiroshima, mon amour de Resnais, Cléo de 5 à 7, de Agnès Varda, La jetté, de Marc, Taxi Driver y After Hours de Scorcese, Eyes Wide Shut, de Kubric… sólo por mencionar las obras y los filmes que se me vienen a la mente en este instante.
    En Voyage… y en Semmelweis, la aventura consiste en ese descenso revelador que enfoca al sujeto en la experiencia insersticial de habitar a contrapelo el submundo oscuro de la muerte. Pero en el caso de Semmelweis —un caso verídico— el médico no sólo habita en la podredumbre y la enfermedad del hospital donde trabaja día y noche, sino que arriesga su cuerpo al convertirlo en vehículo de ese viaje a través de la noche mortal de una enfermedad autoinfligida. Su empresa (pienso en la palabra en inglés, que me parece más reveladora: “quest”) consiste en dar cuenta a los vivos del proceso de muerte y en poder llevar una bitácora de la muerte en el proceso mismo de morir.
    El mundo de la muerte resulta ser no sólo obscuro y de muchas maneras opuesto a lo diurno, sino un mundo de revelaciones acerca de los procesos de la vida, allí adonde Odiseo fue a ver a Tiresias —siendo ese descenso al Hades el arquetipo de toda katábasis posterior. La pregunta sigue sobre la mesa: siendo la muerte tan elocuente y tan esquivada en el mundo contemporáneo —donde la eludimos al convertirla en espectáculo deshumanizado, como nos recuerda Susan Sontag en su incisivo Ante el dolor de los demás— ¿qué es lo que la muerte aún puede enseñarnos cuando se asume como un rito iniciático —un rite of passage— fundamental para dar significado a la vida?
    ¡¡¡Muy buen comentario!!! ¡Gracias por colgarlo! (Y disculpen las erratas. Me paso peleando con el corrector ortográfico y su ciego automatismo…) ¡Saludos desde Puerto Rico!

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