Ernesto Sábato habla en Madrid

La aparición de Ernesto Sábato siempre fue inesperada y esperada a la vez: por la polémica que suscitan sus palabras, por ser uno de los pocos autores que sobrevivió a los grandes cambios del siglo XX y porque, a pesar de ello, se resistió a verse desplazado de los problemas de la literatura y de la propia vida.

Su aparición pudo calificarse en esta ocasión, literalmente, de subterránea. Tuvo lugar en Madrid el 9 de abril de 1992, en el Centro Cultural de la Villa, en un subterráneo de la plaza de Colón, por debajo del enmarañado tráfico de las grandes avenidas y donde no más de un centenar de personas asistimos a un sencillo acto, cuyo tono coloquial lo convirtió en algo irrepetible.

Habló hilando, de la palabra a la literatura, de las Academias a la lengua, de la ciencia a los sueños, del psicoanálisis a la religión y de cómo abandonó la física por la metafísica. También de la tarea del escritor en la restauración del valor de las palabras. De Rubén Darío, desbordante, de la sencillez de Vallejo y Miguel Hernández y, por supuesto, de la literatura hispanoamericana nacida, posiblemente, con los textos del primer cronista de Indias.

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***

E. Sábato: –Cuando me dijeron que viniera a dar una conferencia, pensé: yo no sirvo para eso, me gusta el diálogo, creo en el diálogo, ese flujo entre el tú y el yo creo que es lo esencial. Un escritor o un artista que diga lo contrario miente y miente en una cosa que es sagrada; el arte es sagrado, al menos tal como yo lo concibo. Es un intento de comunión, y empleo esta palabra porque hoy se habla mucho de comunicación y eso es la electrónica, que yo detesto. Comunión entre el uno y el otro es lo que tiene de bueno el diálogo y es lo que gusta, porque uno aprende mucho más de uno mismo oyendo al otro.

Tengo tantas dudas, he tenido tantas dudas en mi vida… Les ruego que crean que también la palabra es sagrada. Uno miente en muchas cosas, seamos francos; a una mujer no se le puede decir “qué fea es usted”, es una descortesía y un agravio. Hay que ir a por cariño, a por pasión, a por cortesía, además; todos los días el hombre debe buscar a sus semejantes. Frases que inicialmente fueron para el dios, o para Dios y que han perdido su valor inicial e iniciático, frases que fueron poderosas y hermosas, se convirtieron con el tiempo en lugares comunes, como monedas hermosas que se han manoseado mucho y terminan por perder su efigie verdadera.

La misión del escritor, entre otras cosas, es la de restaurar el valor de las palabras, llamando al pan, pan y al vino, vino.

De modo que el diálogo tiene esa cosa de bueno, me gusta, he aprendido tanto escuchando…; de los adolescentes por ejemplo, en esta época de caos apocalíptico, chicos que están siempre al borde de la droga o la desesperación o del suicidio. ¡Qué importante es mantener la palabra! No se puede jugar con eso y más con lo que se dice en un libro, donde ni siquiera uno tiene la posibilidad de decir “no entendí bien”. De modo que uno tiene que saber bien qué es lo que escribe, y yo me he equivocado tanto en mi vida: casi soy un especialista en equivocaciones, pero son mis verdades.

Con los años uno adquiere lo que se llama sabiduría; tener la sabiduría del sabio, la sabiduría del viejo consejero de tribu en esas comunidades, llamadas primitivas por la arrogancia europea con que arrasaron los ingleses, para vender cachivaches” fabricados en Manchester…, por cierto “cachivache” es una palabra española de origen canario (risas).

Esto ahora me produce una sonrisa amable, pero en mi juventud me daba mucha rabia cuando me querían imponer, casi policialmente, el lenguaje de la Academia; por eso tres veces me pusieron en la calle, porque rehusé. No por insultarles, eran hombres eminentes, grandes poetas… el caso de Dámaso Alonso y tantos otros grandes filólogos.

Lo he tenido que explicar: no es por razones personales, sino porque yo he pasado mi juventud hablando en contra de las Academias, pues en América Latina fue nefasto eso de fijar la lengua, ¡cómo se va a fijar la lengua!; es como decirle a un corredor pedestre que no puede correr más. La lengua no se fija, las lenguas cambian. El castellano de hoy, aún el castellano de la Academia, no es el castellano del Cid, todos lo sabemos; el castellano del Cid era un dialecto románico: hasta poco antes habían estado hablando en la jerga de la soldadesca romana.

No hay nada puro, no hay lenguas puras ni naciones puras: todas son híbridas. Miren España sin ir más lejos: fenicios, griegos, árabes, pueblos godos, celtas… ¡De qué pureza se está hablando y para qué sirve esa pureza! El hombre es esencialmente impuro, en el buen sentido de la palabra. Todas las lenguas son esencialmente impuras; a fin de cuentas estamos hablando de un dialecto románico. ¿Cuándo se va a parar este proceso? Nunca.

Contaré una anécdota de alguien a quien venero y que no es precisamente sudamericano, don Miguel de Unamuno. Una vez, en un original que mandó a la imprenta, los correctores – que se consideran dueños de la lengua – corrigieron la palabra “obscuro”`poniendo al margen: ¡Ojo! –“oscuro”. Don Miguel les devuelve el original tachando la corrección y poniendo con doble admiración “¡!Oreja!!”… (risas).

Yo me pongo detrás de Unamuno y de tantos otros a los que no se les dio el premio Nobel; no se le dio a Joyce, no se le dio a Kafka, ni a Rimbaud, ni a Rilke… ¡Qué vergüenza, recibir el premio Nobel si no se le ha dado a semejantes escritores!. Por eso he sido cinco veces candidato felizmente fallido… (risas).

Hablemos en serio respecto a Hispanoamérica, ya que nuestra unidad está basada en la diversidad. La lengua castellana, que hoy es tal vez una de las tres lenguas más importantes, no por el número de hablantes, sino por la calidad de las expresiones que abarca; en literatura, por ejemplo. Está formada por ese abanico que se inicia en el momento en que los primeros españoles ponen el pie en aquel territorio remoto y mítico. Pero hoy ni la palabra “nostalgia” significa lo mismo allá, ni la palabra “montaña” (porque allí son montañas monstruosas, que no hay acá), ni la palabra “río” (aquí no hay Amazonas)… De manera que toda la memoria empieza a cambiar automáticamente, por motivos vitales y profundos que debemos venerar.

Así que el primer cronista de Indias inaugura, de alguna manera, la literatura hispanoamericana; después lo hacen de manera ilustre no solamente el Inca Garcilaso, sino escritores como Vallejo, el gran escritor peruano, uno de los grandes poetas de la lengua. Y otro gran escritor al que admiraba Machado, al que tanto admiraron todos, aún por sus excesos lingüísticos, Rubén Darío. Pero no quiero entrar en terreno del tópico sobre el V Centenario.

Volviendo a la lengua, que es el instrumento indispensable del escritor. Lo primero que conviene al escritor es tener facilidad de lengua, de palabra. Bueno fuera que tuviera dificultades… tiene que tener facilidad de lengua, primera condición, pero el principal peligro. Yo se lo digo a veces a los muchachos jóvenes con palabras de Machado o Rubén Darío. Rubén Darío era un hombre muy generoso, era un gran poeta, sin duda, pero tenía pasión verbal. Es lo peor que puede acontecer a un escritor y sobre todo si es un genio, porque, como dijo de él Antonio (Machado), que lo adoraba porque incluso había recibido ayuda material de Rubén Darío…lo respetaba y adoraba, pero decía que era un genio pernicioso: se refería al lenguaje.

Cuidado con la pasión verbal, no hablar por hablar ni escribir por el hecho de escribir. Escribir para decir cosas importantes, las cuales a veces se dicen con palabras tan sencillas como… “noche”, “día”…¿Qué palabras presuntuosas hay; por volver al caso, en Vallejo, o en Miguel Hernández, para hablar de poetas españoles?

Habrá quienes sean grandes artífices de la palabra (que ya de por sí es muy significativa)…es un gran peligro y ha sido la perdición de muchos que no han podido resistir a la pasión verbal. El objeto que han producido es un objeto artificial y ser fabricante de objetos, en un artista es condenable.

Creo yo que el arte es una gran verdad, el arte proviene de las mismas raíces del sueño; de los sueños se puede decir cualquier cosa menos que sean mentira. Cuando recordamos no entendemos bien qué han querido decirnos, es un enigma, es ambiguo, es equívoco (el sueño), pero es una gran verdad, porque no entendemos lo que hacemos. Cuando sabemos demasiado lo que hacemos, hay que tener cuidado.

Lo importante en el arte, en la poesía… y hay que llamar poesía a todo gran arte, no sólo la poesía en verso, también el verso puede ser poético, pero no siempre. Y al revés, hay grandes novelas, grandes obras de teatro que llevan el sello del pensamiento mágico, del pensamiento poético. La verdad viene de ahí y esto es un acto moral, o sea, no literario. Un artista no debe ni engañarse ni engañar a los demás; esos libros que se fabrican ahora hasta por computadora en Estados Unidos, son un arte sacrílego, grotesco, que sólo busca el negocio.

LA LENGUA DE CASTILLA

La lengua de Castilla se expandió en un gran imperio; también en ese momento tuvieron la idea descabellada de fijar la lengua. Fue a Nebrija a quién se encargó la primera gramática que se hizo de la lengua. La reina Isabel le dijo: hay que fijar la lengua para que no se transforme peligrosamente en medio de tanto salvaje de por allá. Pero, ¿Qué caso le iba a hacer un escritor a Nebrija?: un escritor escribía lo que le daba la realísima gana. ¿Cómo se iba a sujetar a lo que dijeran los especialistas hispanos?… El español es un rey. Así se hicieron esas lenguas que son el castellano y no precisamente el castellano legitimado por la Academia de antes, la academia primitiva.

El castellano es una unidad de diversidades, como todas las lenguas, no existe ni siquiera el castellano de una región determinada. En la época de Lope, de Cervantes y Quevedo, el castellano de Quevedo nunca fue como el de Cervantes. Hay tantos castellanos como hablantes; pueden ser analfabetos, pero cada uno tiene su manera de expresarse.
Los ingleses en algo se salvaron, como buenos pragmáticos que son, tienen mucho que ver con cierto cinismo… la hipocresía; no tuvieron Academia y no les fue nada mal: miren qué poesía producían desde Shakespeare para abajo.

¿Para qué toda esa cosa punitiva? La lengua la hacen dos, fundamentalmente dos extremos opuestos: el pueblo –el aldeano, digamos– y los grandes escritores; en el medio… nada.

Yo le dije un día a Manolo Alvar, el director de la Academia, que es un gran tipo y un gran filólogo: Manolo, ¿Para qué están ahora las academias?, porque ya no tienen siquiera una misión policial. Y me dice Alvar, que tiene mucho sentido del humor: mira, es simpático, nos reunimos, tomamos café… (risas).

En Argentina llegamos al extremo del puro sentimiento de inferioridad; fue cuando yo escribí unos ensayos que se llamanHeterodoxia contra las Academias. Un extremo que parecía una broma. Había en el Ministerio de Educación un funcionario que osaba llamarse (oficialmente se llamaba así) Inspector de la Moralidad Lingüística; se llamaba Avelino Herrero Mayor, parece broma… el inspector de la moralidad lingüística era herrero mayor, fíjense en el nombre; los romanos nunca nombraron un general que se llamara Cobarde o algo así. Se creía en la onomástica.

Fueron los franceses los primeros racionalistas de la lengua y de ahí pasó a España, con la misión de fijar y racionalizar la lengua. No recuerdo bien si fue Voltaire quien dijo: “nada más claro, conciso, lógico y racional que la lengua francesa”; para apoyar la tesis de Voltaire, por ejemplo, el buen francés debe decir “merci beaoucoup” en el café, que literalmente quiere decir “misericordia, bello cuerpo”…(risas).

Es la lógica; ustedes se ríen, pero ellos no. Y dale que dale con que es la lengua más racional… y en castellano pasa igual.

Aceptemos la complejidad de la lengua y vivamos en paz. Que los argentinos somos tontos, sin duda, porque los colombianos dicen que el mejor castellano de América se habla en Colombia y yo tengo que decir que en Colombia se habla el mejor colombiano del mundo y en Argentina hablamos el mejor argentino del mundo. A mí me encanta como hablan los colombianos, tengo grandes amigos, pero ellos no se enojan porque estemos hablando de manera distinta. ¿Enojarse por una locura lingüística de esta naturaleza?…-a

LENGUAJE POÉTICO

Pregunta un asistente: -Usted ha hablado repetidas veces de que ha destruido parte de su obra, ¿qué más puede decirnos sobre escribir o editar y destruir un libro?-

Ernesto Sábato: -Yo estoy hablando para jóvenes esencialmente y las preguntas que me hace son típicas de una persona joven; siempre es bueno hablar con muchachos, sobre todo en esta época de desorientación.

¿Por qué romper, por qué quemar?… Creo que todos los que me conocen saben que yo he escrito y ahora pinto porque ando mal de la vista, pero mi primera vocación fue la pintura. Todos saben que no he escrito ni pinto para ganar dinero, lo necesitamos para vivir. Pero la gran tentación de todo escritor, y mía también, la otra consecuencia de la facilidad de escribir, es el escribir demasiado. Hay quien escribe un libro por año, ¿cómo se puede hacer eso?

Lope de Vega dicen que escribió no sé si dos o tres mil comedias, ¿cuántas leemos… tres, cuatro?, ha bastado eso, todo lo demás es escribir, como yo llamo, para emitir papel moneda. Cervantes escribió el Quijote, una comedia y algún cuento, pero lo demás no pasó a la historia…

¿Por qué destruir?, porque si uno llega a hacer un libro, ojalá uno tuviera esa suerte, que pase a la historia, yo opino que tiene bastante. Si es malo es inútil repetir la estupidez, si es bueno, para qué; basta escribir un libro, dos libros, quizá tres… Yo cometí tres novelas (risas) que ya es excesivo. Ni un extremo, yo diría, ni el otro; esto ya es sabiduría que uno tiene cuando llega a la vejez, cuando ya sabe que hay que morirse.

Se dice que el peor crítico es el mismo autor; hay algo de verdad en eso, pero también hay que atender un poco a lo que quiere decir el hombre, ¿no?, el escritor en este caso.

En general es preferible ser parco en la producción literaria o artística, no emitir papel moneda y tener el coraje de destruir, porque lo otro es entrar un poco en la sociedad de consumo, que todos sabemos lo que es.

En cuanto a lo de publicar, si estás seguro de lo que has hecho tienes que publicar; esa gente que dice: “yo escribo para mí mismo”, eso es falso. Se escribe para entrar en comunión con los semejantes a través del arte que es un acto comunitario, en el gran sentido de la palabra. Se entra en comunión con el lector ya sea a través de la escritura, de la pintura, de la música… es un acto sagrado en un mundo cada vez más sofisticado, el transmitir un mensaje, a la vez secreto y comunitario, es lo que quiere el artista.

El artista que dice que no le importa lo que los demás digan, es falso; le debe importar, uno tiene necesidad –para no morirse- de saber que ese mensaje ha llegado a la gente. Claro, cada uno puede darle a ese mensaje distintas interpretaciones: la diferencia entre poesía y prosa es esa.

Tomemos la prosa propiamente dicha, por ejemplo, para hacer un informe científico sobre la mortalidad en Nigeria hecho por un investigador serio: eso es prosa. Una vez leído se sabe perfectamente lo que pasa en Nigeria; no hay metáfora.

El lenguaje poético es al revés. Tanto en literatura como en pintura o en música, el creador transmite fundamentalmente mensajes que viene de la inconsciencia, como los sueños, que por lo tanto son grandes verdades, pero son verdades poéticas. No solamente en el sentido común de la palabra; en un sentido más trascendente, son mensajes de grandes verdades existenciales sobre la vida, la muerte, el amor, el odio, el rencor… todos los atributos últimos de la condición humana. El artista lo ve a través ya sea de la palabra o de la música.

La materia prima esencial es la que viene desde los griegos, naturalmente: ese granero lleno desde hace 2.500 años; viene por inspiración. Eran los demonios que llegaban y daban un mensaje muy misterioso, como el oráculo de Delfos; cada uno le daba luego una interpretación.

Una verdadera obra de arte se caracteriza por tener muchas interpretaciones, no digo lecturas como se dice ahora porque es la moda; ahora hay que decir “lecturas”, porque si no eres un atrasado, antes se decía “interpretaciones” y acababa bastante bien la cosa.

Se caracteriza el pensamiento poético en que es diferente del pensamiento inventado por los racionalistas de toda esta era que termina ante nuestros ojos de forma catastrófica; dicen los positivistas que el pensamiento debe ser lógico, científico. Al lado de éste, con muchísimo más valor, está el pensamiento poético que es el que proviene de la inconsciencia: esa es la poesía y ese objeto que intuimos en esa zona crepuscular, casi entre sueños, digamos, aparece.

Llamo objeto poético, en este momento, a algo que se nos presenta de pronto, que no es deliberado y que entrevemos en esa zona crepuscular; sentimos que algo importante nos transmite el inconciente. Es un objeto ambiguo que uno no termina de saber qué quiere decir. El matemático halla la hipotenusa y se acabó, no hay discusión: todo fuera que se pusieran a discutir el teorema de Pitágoras sobre la basa de interpretaciones poéticas. Es así y punto, y es prosa.

Este objeto, en cambio, viene de los sueños y por el mismo motivo es polivalente, casi inefable, casi inexpresable.

En mi juventud, en Francia, yo me encontraba muy mal espiritual y psíquicamente, y un amigo me dijo que fuera a ver a uno de los fundadores de la Sociedad Psicoanalítica Argentina, que como ustedes saben es la mitad de la nación. Era un ortodoxo freudiano y fui a verle de noche, porque durante el día trabajaba en los laboratorios Curie; de noche iba a donde se reunían los surrealistas, al polo opuesto. Era como una buena ama de casa que de noche ejerciera la prostitución. Nos citamos en el café de los surrealistas –ahora es un café burgués-. En aquél entonces todos eran extravagantes, tipos neuróticos, peligrosos… así que me dijo: “mire, yo le veo a usted muy mal”. Se proponía curarme como hace un psicoanalista ahora, pero sin cobrar (risas).

Yo le conté un poco el drama que estaba atravesando en los laboratorios Curie, nada menos que becado por el profesor Houssay, premio Nobel de Medicina, que me retiró el saludo cuando abandoné la ciencia.

La traición a la ciencia consistía en que yo huí horrorizado cuando se produjo la ruptura del átomo de uranio: fue en esa época, antes de la guerra, y uno de los laboratorios que se disputaba la primacía era el laboratorio Curie, entonces uno de los tres grandes laboratorios en el mundo. Yo pensé que esto era el comienzo del Apocalipsis y le contaba esto al pobre profesor que me escuchaba con esos ojos penetrantes, profesionales, del psicoanalista y al final me dijo: “usted necesita urgentemente psicoanalizarse”. Yo le dije: “Mire tocayo, le agradezco mucho… pero creo que uno corre el peligro de que lo amansen, que lo acomoden al mundo en que vive. El neurótico es un desacomodado, por eso es creador, crea otra realidad y usted quiere que yo me acomode a ella física y metafísicamente, a este mundo que yo detesto”.

No sé si él lo haría, pero lo harían muchos, diciéndoles: “mira, la cosa no es así…”. Terminan amansándole a uno y uno termina siendo un buen tipo… no roba a nadie, se puede considerar buena persona… Pero si eso lo hace un futuro artista, está cometiendo una especie de homicidio, porque el arte nace del descontento con el mundo que nos rodea, por eso yo no creo en el arte naturalista: si la realidad que nos rodea es horrible, ¿para qué copiarla? Se hace otra cosa que es inversa. El arte es un acto reactivo, como los sueños, es el inverso de la realidad y como los sueños ayuda a vivir a mucha gente porque es (una) catarsis para comunicar.

Si un pobre diablo, que es funcionario de un ministerio de quinta categoría, auxiliar séptimo, digamos,(risas)… puede soñar de noche –si es un tipo verdadero– que mata al jefe de la oficina, cosa perfectamente legítima (risas), al menos el pobre chico lo mata en sueños, pero es legítimo. Ese potencial se convierte en un acto catártico, el sueño lo salva. Al otro día, este hombre, un criminal en potencia, se levanta, se afeita, se baña y va a la oficina como un buen ciudadano, saluda respetuosamente a su jefe, al que ha matado esa noche… (risas). El sueño lo ayuda a vivir. Así el arte ayuda a vivir a mucha gente, porque hay catarsis para comunicar.

Y bueno, yo no digo que el psicoanálisis sea malo, el psicoanálisis se ocupa de algo que a mí me ha preocupado toda la vida, que es el inconsciente. Tampoco fue inventado por Freud, él lo tomó de los escritores, se basaba en lo que escribió Dostoievski. Era un gran lector, lo salvó su espíritu romántico, su espíritu literario…escribía muy bien, era muy convincente, tenía una madre terrible y claro, creía que el complejo de Edipo era la clave del universo.

De manera que no es que esté hablando mal del psicoanálisis, no lo inventó Freud, eso viene de los románticos alemanes, de todo el pensamiento existencial y romántico, romántico en el sentido opuesto a la razón pura. Si quieren conocer el subconsciente lean a Dostoievski, lean a Tolstoi, por hablar de escritores rusos; lean a Cervantes, a Dante, lean a Sófocles. Ahí están las verdades eternas, porque son las verdades últimas del corazón humano.

Marx, una persona bastante conocida (risas), se inventó lo que llamó socialismo científico, pero de todas sus predicciones científicas, no se cumplió ninguna, todo fracasó. ¿Hasta donde la propia teoría pudo interesar a un hombre genial como lo era?. En una carta, creo que a Engels, le dice: “qué raro, que Sófocles siga conmoviéndonos a pesar de que sus estructuras económicas, sociales y políticas eran tan distintas a las nuestras”, era un pedazo de marxista (risas). Hay algo de verdad en eso, pero ¿Cómo podía cometer este error primario? él que recitaba de memoria a Shakespeare y a los grandes líricos alemanes e ingleses, muchos de ellos monárquicos.

Y sin embargo, Sófocles, nos sigue emocionando por una razón muy simple, lo dice el Eclesiastés: “No hay nada nuevo bajo el sol” y se refiere a la condición humana, el corazón nuestro de cada día es el mismo que el de la época de Sófocles, los cuatro o cinco grandes problemas existenciales, los grandes dilemas metafísicos, son los mismos. La muerte no es un problema histórico, no es un problema del capitalismo, se moría en la Rusia Soviética, se moría en el mundo capitalista, se moría en la época de Sófocles, uno de los grandes temas de la condición humana, inevitable; otro es buscar el sentido de la existencia: para qué vivimos; otro es el amor y su contrario: el rencor; otro la búsqueda del poder, unas veces el poder ha sido militar, otras veces ha sido mágico, otras veces económico, como en nuestro tiempo. Y tantos otros problemas similares… no son muchos, son cinco o seis.

Por eso la literatura cuando es grande es permanente. Seguimos leyendo con emoción a Sófocles, a Cervantes y a Dante.

“EL TÚNEL”

Pregunta una asistente: -Yo quería preguntarle si la novela El Túnel, no sería un intento de describir el drama de la soledad, de la incomunicación.-

Ernesto Sábato: -Tiene razón, señora. Hay gente que cree que es una novela policial (risas). Es el problema del personaje central y de todos los personajes que son ambiguos, sobre todo la mujer, también el marido, y el propio protagonista.

El gran problema que pretendo, no sé si lo he logrado, es el problema de la comunicación y de la búsqueda del absoluto. Es un problema metafísico, no es un problema psicológico y mucho menos policial. No quiero decir con esto que los problemas policiales no sean metafísicos, las cárceles están llenas sobre todo, hasta a veces de analfabetos con graves problemas metafísicos, ya sea porque han matado a alguien por pasión, ya sea porque han matado a alguien por compasión, ya sea porque han robado y consideraban que sus hijos se estaban muriendo de hambre mientras otros tenían grandes sumas de dinero. Son problemas capitales de la condición humana.

La soledad es un gran problema; la búsqueda del absoluto. No podemos vivir sin absolutos.

En esta época se habla de crisis de ideología, y es cierto, hay una gran crisis de ideología, pero no podemos ni debemos hablar de crisis de ideales, ese es un gran sofisma, a lo menos es una gran falacia. Por eso los chicos, por eso la droga, que no es un problema policial, sino que es un problema psicológico, que aparece con la edad, cuando todos los absolutos se vienen abajo. No, no todos, hay absolutos “absolutos” para siempre, la libertad es un absoluto; otro absoluto es la justicia; otro absoluto, que ya lo predicaba Cristo, es la injusticia social. La muerte de un solo chiquito de hambre, porque todos los grandes somos culpables de algo, se le puede encontrar una explicación lógica incluso, pero la muerte de un chiquito de hambre, no sé quien lo dijo, creo que Dostoievski, cuestiona la existencia de Dios, cosa que es injusta por otra parte. Se puede decir y se debe decir esto, pero es una visión demasiado miope del problema. Dios no tiene porqué dar explicaciones. San Agustín en sus Confesiones, dice que el problema de Dios es inescrutable por la razón, y tiene toda la razón del mundo. Lo mismo que los mitos, son misteriosos, no sabemos bien qué significan, son algo profundo que escapan al razonamiento, por eso a mí me apasiona un hombre como San Agustín, no digo que Santo Tomás sea aburrido, pero lo fundamental en él es la razón, y yo no le tengo ninguna confianza a la razón.

La razón sirve para demostrar el Teorema de Pitágoras y casi para nada más. Entonces no cuestionemos a Dios de una manera tan fácil. Pero Cristo, el hombre Cristo, dejando a un lado el problema sobrenatural, si era o no hijo de Dios, fue un hombre que predicaba, que estaba con los pobres, con los analfabetos, marineros, prostitutas. Qué cosa más maravillosa, que entre los pocos que acompañaran a Cristo hasta la cruz, estuviera María Magdalena, la prostituta, en cambio desaparecieron literalmente hombres como Pedro, que estaba llamado a ser la piedra angular de la Iglesia… Qué paradójico es todo en la existencia.

Por eso yo me titulo, cuando me preguntan a qué partido pertenezco, yo no represento a ningún partido, yo soy un anarco-cristiano, y a quien no le guste que no le guste, yo le doy libertad a todo el mundo, bueno fuera que siendo un anarco-cristiano encima exigiera que ustedes pensaran como yo, eso sería el colmo (risas). Que cada uno haga lo que le parezca, hombre, yo personalmente soy un anarcocristiano, en el sentido grande de la palabra anarquismo, de los grandes idealistas del siglo pasado (XIX) que no eran tira-bombas, eso sería detestable, todo terrorismo, de derechas, de izquierdas, sobre todo si se hace por causas nobles, mucho peor, porque lo revestimos de una especie de siniestra coherencia, los fines eran horribles y los medios podían ser horribles, tienen todo el derecho, pero hablar en nombre de Cristo para torturar gente es un horror, es un horror sagrado. En ese sentido yo me titulo anarcocristiano, ese Cristo es el que quiero, el de los Evangelios, en el que creo profundamente, pero como al mismo tiempo quiero justicia social, hago el negocio redondo.

Los reaccionarios me consideran un zurdo porque pido justicia social, así que es bueno aceptar que los chicos se mueran de hambre, y los comunistas me consideraban un reaccionario porque hablo de Cristo, porque mis libros están impregnados de un espíritu religioso y… qué le voy a hacer: tengo la manía de estar siempre entre dos fuegos, lo digo por la Guerra del Golfo, donde hay dos bandos igualmente siniestros.-

(Transcripción reconstruída de un encuentro con E. Sábato en Madrid)
 

One thought on “Ernesto Sábato habla en Madrid

  1. Además de un gran escritor, con títulos que recuerdan generaciones de lectores como El Túnel y como Sobre Héroes y Tumbas, Ernesto Sábato habla de la vida con la lucidez de un sabio moderno, que también lo fue de las ciencias.

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