En Tacoronte, viejo, la lluvia es horizontal

El pasado 31 de diciembre se cumplió el 56 aniversario de la trágica muerte de uno de los más grandes pintores españoles del siglo XX, y a la vez, de los menos conocidos por el público.

Óscar Domínguez

Óscar Domínguez

Se trata de Oscar Domínguez, nacido en Canarias, en la isla de Tenerife, pero que como muchos otros artistas españoles de la época marchó a París en 1927 cuando sólo contaba 21 años de edad. Desde entonces su residencia sería la capital francesa. A partir de 1929 hizo únicamente pintura surrealista. En el “Diccionario abreviado del Surrealismo, (1938), puede leerse: Domínguez, Oscar. Nacido en 1906. “Le dragonnier des Canaries”. Pintor surrealista aparecido en 1934.

Junto a Picasso, Miró y Dalí fue un representante genial de este movimiento que hoy parece adquirir nueva vida y vigencia. Su obra fue expuesta en las principales salas de Europa y América. Tuvo la amistad de Picasso, de Bretón, de Eluard, de Waldberg, de Tanguy y en general de los más destacados intelectuales y críticos. Creador de la “Decalcomanía”, influyó en la obra de Max Ernst. Anticipó muchos aspectos de la pintura informal, del espacialismo, de lo cósmico, del cálculo, de la escultura desmontable y de la construcción sin destino.

Espíritu que unía la ferocidad y la ternura, vivió dentro del azar, el deseo, la magia poética, la invención y el ensueño. Su figura ha entrado en la leyenda. Agotado por los excesos de su vida se suicida en París, cortándose las venas, la Nochevieja de 1957.

Oscar Manuel Domínguez Palazón nace el día 7 de enero de 1906, en la ciudad de La Laguna, en la isla de Tenerife. A los dos años de su nacimiento, sus padres trasladan su residencia a la vecina ciudad de Tacoronte. Es en este lugar de las islas Canarias donde vivió nuestro futuro pintor, frecuentando, para sus estudios, el Instituto de La Laguna, hasta su marcha a París.

Por aquellos años se podía adivinar su vocación de pintor, pero lo que había causado mayor extrañeza durante su infancia era la arbitrariedad de su carácter, su rebeldía natural, su falta de prejuicios o hábitos morales. De una manera natural se desarrollaba su individualismo frente a toda norma y a toda conducta establecida.

Lo cierto es que Oscar fue creciendo, independiente y caprichoso, burlando los cuidados de la familia. Dos razones existían que justificaban esta tolerancia familiar: el recuerdo de la voluntad de su madre cuando se encontraba próxima a morir de que jamás se le contraviniera, y una enfermedad convulsiva que sufrió en temprana edad y que durante algún tiempo le dejó en una mudez absoluta, de la que lentamente se fue recobrando.

Así transcurre su juventud entre sus primos, los Izquierdo, con juegos en el Calvario, en la Plaza del Cristo, tendido todo el verano en las playas negras de Guayonge, que más tarde recordaría en París con caracteres mitológicos, corriendo como un pequeño fauno entre los viñedos, nadando entre las olas de un mar inhóspito, viviendo más la naturaleza que los libros, rodeado de la libertad de los animales en el campo y frente a los extraordinarios colores de los crepúsculos vespertinos de Tacoronte, que van desde el horizonte tamizado en plata hasta el incendio total del cielo. Me atrevo a decir que estos crepúsculos le abrieron los ojos y le ini­ciaron como pintor y que ellos se han dado cita en muchos cuadros a lo largo de toda su obra. Es así como van apareciendo sus cuadros de claro recuerdo a Canarias: en 1939, «Lancelot, El centauro de Tacoronte»; en 1948, «Tajaraste», «Gofio» y «Fuerte guitarra»; en 1954, «Le pic de Ténériffen» y «Acaimo». Y, sobre todo, la colección de sus cuadros expuestos en el Palacio de Bellas Artes de Bruselas, en 1955, obra fulgurante y explosiva, con construcciones lávicas que recuerdan los volcanes de Canarias y la contorsión de su naturaleza. En el recuerdo de su isla, Domínguez creaba una mitología guanche. Así, André Breton le daría el sobrenombre de «le dragonnier des Canaries».

Era la constante crepuscular. Para él, Tenerife era la isla maravillosa de las playas negras, de los centauros. En el catálogo de una exposición conjunta con el pintor español Parra, escribió: «En Tacoronte, viejo, la lluvia es horizontal…»

"Mujeres", 1942

“Mujeres”, 1942

A los veintiún años, Oscar Domínguez llega a París, ciudad que de inmediato le deslumbró. Su vocación de pintor encontró pronto su destino. Frecuenta academias, dibuja a base de modelos, pinta, visita asiduamente todas las exposiciones. Pero ¿qué ocurría de sensacional en ese año para que la mente de Domínguez se entregara a un movimiento pictórico que era semejante a su propia naturaleza? Yves Tanguy exponía en ese año su obra «Maman, papá est blessé!» (Mamá, papá está herido!). También se exponen las obras de los alienados en la Galería Vavin-Raspail. Entonces repasa la historia inmediata. Tres años antes, André Breton había lanzado su «Manifiesto del Surrealismo». Se habían su­cedido exposiciones que habían insistido sobre un largo pro­ceso: Max Ernst, Marcel Duchamp, Joan Miró, Picabia, Arp… Desde Picasso y Braque, desde Dadá, la auscultación de la realidad entra en una nueva fase. El arte ha cambiado la perspectiva que va desde el ojo al horizonte por una retroperspectiva que exprese los paisajes interiores de la perso­na. Se había empezado por descomponer la naturaleza visible, por hacer una revisión de los objetos conocidos, por establecer la normalidad del absurdo, del azar y de la irresponsabilidad, del acto gratuito.

Existía en todos estos trabajos un clima. El llamado automatismo psíquico había descorrido la gruesa cortina de la represión y había aparecido el jardín de los escándalos. Domínguez se sintió vivir en este jardín, que había sido el de su infancia, el de su total existencia.

Como pintor, Domínguez trabajaba diariamente, Todas las mañanas las dedicaba con fervor creacional a su pintura. A la hora del almuerzo se le veía por La Coupole o por el Select. Por las noches su figura estaba presente en las terrazas, junto a Man Ray, a Zadkine, a Marchand y a los del grupo español, o los llamados españoles de la Escuela de París: Clavé, Condoy, Viñes, Flores, Peinado. Desde entonces se relaciona con los artistas y escritores del grupo. Se siente atraído por Picasso y por Dalí; frecuenta las tertulias y las talleres. Mientras se suceden las exposiciones de su obra, va creciendo su prestigio.

Habían pasado los tiempos de las tertulias en el Café de la Place Blanche o en Deux Magots. Durante la guerra era asiduo al Restaurant El Catalán, donde cenaba Picasso. «Le Kosmos» y «La Guerite» eran sitios habituales para él. Tenía largas conversaciones con los mozos, con las chicas que hacían la calle y jamás dejó de llamar mariposa a la señora que vendía flores en un pequeño carrito en la esquina de la rue Delambre. Era, pues, amigo de lo que él llamaba su barrio. Se hizo de esta forma una persona de gran popularidad. Y era en estos momentos cuando su gran figura me­lancólica se volvía risueña y cariñosa. Sus continuas bromas iban enriqueciendo su anecdotario, veteado de picardía, amorosamente teñido de insolencia, de cierto tono risueño en la desvergüenza. Acariciaba en las terrazas a las mujeres, las conociera o no, abriendo enormemente los ojos con estupor y diciendo palabras como «extraña criatura», dulcificando así la agresión y logrando en consecuencia una sonrisa y una posible amistad.

Una anécdota que sitúa su preocupación mágica fue destacada por sus amigos. Una cena-homenaje a un viejo arquitecto de la escuela de Augusto Perret. Asistían muchos profesionales y artistas españoles. El lugar era el nombrado Restaurant El Catalán. En los discursos se habla del porvenir de la arquitectura, del habitat, de las nuevas urbanizaciones, etc. Domínguez, un poco alegre por el alcohol, interviene. Y empieza su discurso: «Bien, señores arquitectos. Perfectas las opiniones de ustedes sobre el cemento armado y el porvenir de la arquitectura moderna, pero quisiera que me dijeran dónde va a vivir el fantasma en vuestras casas. Dónde preparan ustedes la habitación del fantasma, ¿ah? ¿Han pensado ustedes, por un momento, en la venganza del fantasma desalojado?» Vista con la perspectiva que nos da el actual momento, las preguntas de Domínguez, normales dentro de la contestación surrealista, tenían un planteamiento premonitorio, puesto que muy pronto vinieron las rectificaciones funcionales y la crisis de la arquitectura como «máquina habitable».

Un hecho fue capital en su vida: la amistad con el poeta Paul Eluard. Hasta el momento de la muerte de Eluard fue su amigo y posiblemente el último de ellos que horas antes le llevara cierto consuelo. A Picasso le admiró siempre, y durante la ocupación don Pablo recibía en su taller por la mañana y Domínguez era un asiduo visitante. Más tarde, en 1948 y 1949, veríamos a Domínguez en la playa de Golfe Juan, en la tertulia veraniega de Picasso. Allí estaban, junto al genio malagueño, Pignon, Prevert, Iliadz (el antiguo dadaísta y editor de libros minoritarios de lujo, los fotógrafos norteamericanos Mill y Capa, el compositor Guy Bernard, el autor de la música del «Guernica», de Alain Resnais, y más o menos todo el mundo intelectual de la vanguardia atraído por Picasso, que entonces trabajaba las obras que figuran en el Palacio Grimaldi, de Antibes, y la gran serie de cerámicas para el taller de Madoura.

En 1950 se opera un corte en la vida de Domínguez. Expone en la Galerie de France, en París, y en la Galeria Apollo, de Bruselas. La vida bohemia de nuestro pintor ha terminado. Se relaciona con la aristocracia y pasa a ser un perso­naje mundano. Pero esta vida era en la orilla derecha del Sena. En su «barrio», en su Montparnasse, continuaba sien­do el amigo de siempre, de pintores y compañeros. En todos sitios se presentaba con el carácter y el atuendo de siempre. Si había una «gala» en un teatro, podía ir de smoking, pero con una camisa estampada de delantal de criada. Cuanto más elegante era la fiesta, más disparates hacía. Siempre había bebido mucho. Su descaro pudiera ser consecuencia de un complejo de timidez. Y un complejo de un fealdad creciente. Domínguez se va adentrando en el refugio del alcohol, huyendo del tratamien­to de varias clínicas donde fue internado por sus arrebatos y para ser tratado de su enfermedad.

El Surrealismo está lleno de estos extraños fenómenos, abundan naturalmente las premoniciones. La más difundida fue la del caso Domínguez-Brauner. No quiero detenerme demasiado en este tema, por ser sobradamente conocido en París –Ernesto Sábato lo relata magistralmente en una de sus novelas. Victor Brauner se había pintado en varios autorretratos con un ojo tuerto y una varilla perpendicular coronada con una D. En una juerga de taller, Domínguez lanza un vaso, que rebota en la pared y va a dar en el ojo de Brauner. Como consecuencia, queda tuerto. Los surrealistas desarrollan entonces una vasta literatura premonitoria. Justifican así uno de sus entrañables postulados: el azar. Domínguez sintió este incidente durante todo el resto de su vida y estuvo al borde del suicidio. Pero el suicidio lo había intuido en 1933, en uno de sus cuadros más reveladores e inquietantes. A su llegada a París, cuando había transcurrido poco tiempo, le impresiona grandemente el sui­cidio de un joven amigo, de origen canario. El Surrealismo está lleno de muertes voluntarias: Jacques Rigaut, René Crevel, Arshile Gorky, Wolfgang Paalen, Jean Pierre Duprey, Kurt Seligmann, sin contar con la locura y la autodestrucción de muchos otros. Era como si quisieran forzar las últimas puertas del sueño. La retrospectiva que habían buscado se encontraba dentro de un todo, de un absoluto existencial que había agotado la gana o el deseo.

En ese estado, Oscar Domínguez pone fin a su vida, en su taller de París, la noche del 31 de diciembre de 1957.

Eduardo Westerdahl

* * *

Prefacio de Paul Eluard para la Exposción Gallerie Louis Carré. París, diciembre 1943

Desde Picasso a Domínguez, pasando por Miró y Dalí, variedad, generosidad de la pintura española, pintura de la ima­ginación que quiere ser fuerte y libre, pintura en el exilio, retumbante y com­batiente. Pintura de la imaginación y cien­cia de la realidad centelleante, pintura heroica. España blanca y negra arde ahí con su fuego más nutrido de su más crudo verano. Domínguez abre al Surrealismo nuevas ventanas a un mundo donde cada uno en­contrará un día su bien elemental y el derecho a verlo todo. Alta pintura cálida de metamorfosis, pintura en donde los ob­jetos usuales sudan sus colores como un espejismo, donde figuras gigantescas, del más ligero formalismo anatómico, salen liberadas, eternizadas por el espacio, sin embargo, limitado. Perspectivas por pequeñas extensiones, cortos caminos tra­zados en la inmovilidad resplandeciente de los colores, cuerpos de la materia, bella tela, bella lana, bella madera, bello bronce, mañana bello aire, bella agua, bella nieve y bello azul. Carne pálida irrigada por la noche, alumbrada por el rayo, profundidad de un vaso, de un vesti­do o de un reloj de arena, lo mejor de nuestro tiempo, una mujer-hoja cuya profundidad es otra hoja perdida entre mil en el espacio de un árbol. La soñadora de los pájaros, que uno cree ver desde cualquier punto.

10 Comments

  1. Grande entre los grandes tu paisano, Chojesús! Un orgullo para los tinerfeños haber dado al mundo un artista de su talla.
    Un fuerte abrazo.

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  2. Estimado Bernardo. Es muy probable que, como tú dices, el alma de Oscar Domínguez estaviera impregnada por el azufrado vino de Tacoronte, Y también es posible que le diera fuerzas para dibujar y pintar siempre, a cada hora, a cada minuto, hasta cuando no pintaba…Oscar trazaba colores y sueños con los ojos, con las manos y hasta con las palabras.
    Gracias por tus letras.

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  3. El vino de Tacoronte es conocido por su intenso sabor a azufre, debido a que los viñedos se cultivan entre los pedruscos de lava que rodean el majestuoso Teide. Es un vino único y de carácter muy especial. Te gusta o te produce un rechazo inmediato… Yo pienso que el alma de Oscar Domínguez estaba impregnada por este vino-azufrado, elaborado en su hermoso terruño, que tuve la oportunidad de conocer en los años setenta.

    Gracias por publicar este magnífico artículo.

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  4. Muy interesante la pregunta que te haces, Ernesto. Cuentan quienes le conocieron que bajo su tosco aspecto se ocultaba un hombre de enorme delicadeza. Y sabía perder su tiempo, generalmente lo perdía con generosidad en largas e inútiles charlas con jóvenes artistas y con mujeres no tan jóvenes, mirando una obra en construcción, comiendo en increíbles brasseries o pasando hambre sin darse cuenta. Durante sus primeros años en París, la vida se le entregaba plena a Oscar Dominguez, no como una hermosa mujer, sino como una grande, poderosa, desbordante y melancólica madre.
    Saludos cordiales.

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  5. Uno se pregunta si aquel canario cargado de hombros, removiendo oscuros recuerdos, no sería el depositario de los secretos de un universo sumergido y si no nos estaba proponiendo un mundo de héroes sin nombre, volviendo a nosotros a bordo de una leyenda fantasma.

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  6. París de entreguerras, paraíso temporal adonde vuelven constantemente los artistas modernos. Los escritores, los pintores regresan al lugar del Gran Arte en el cual unos visionarios lograron abrir, entre todos, la amplia trinchera de las vanguardias que nunca más pudo cubrirse y desde la cual aún resisten algunos. Gracias por tu comentario Bodegonconteclado, y por tus elogios que siempre nos alegran el ánimo, de verdad.

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  7. Sólo quería decir que me gustó mucho la labor de excavación histórica que realizó el autor. Siempre es un consuelo saber que el pasado también fue un presente populoso y que la sincronía es tan infinita como la diacronía. Claro, es un desconsuelo saber que nunca acabaremos de conocer lo que quizás nunca venga a nuestra atención. El tiempo es demasiado grande y a la vez es demasiado chico y estrecho. Muy bueno! Gracias por colgarlo!!!

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