Leyendo las páginas amarillas

Lucía Etxebarría

Lucía Etxebarría

Hacer una crítica literaria o simplemente dar el punto de vista como lector no es nada fácil. En primer lugar, aunque les parezca absurdo, hay que leerse el trabajo y les puedo asegurar que muchos críticos no lo hacen. Acomódense, libérense de tensiones, borren de su mente otras cuestiones y dense al puro vicio de leer. Tómenselo como una excursión campestre, sin prisas, respirando el aire puro que destilan las frases, túmbense entre las letras, deténganse a contemplar la belleza de una metáfora o escuchen el trino armonioso de un párrafo. Si en algún momento de la lectura el cielo se encapota o como diría Prada se vuelve torvo, no se corten, cierren el libro deprisa no vaya a ser que una riada de letras desbocadas y sin sentido les lleven al mar de la estupidez.

La parrafada anterior viene a cuento porque hace unos días cayó en mis manos un libro titulado Páginas Amarillas, que la editorial Lengua de Trapo lanzó al mercado hace quince años. Es un compendio de treinta y ocho relatos escritos por otros tantos autores españoles nacidos entre 1960 y 1971. La Nueva Generación les llamaron entonces. Algunos de ellos están designados –seguramente– a ocupar los sillones de la Real Academia de la Lengua, otros por malditos no lo harán nunca. La mayoría se difuminará en el olvido –¿lo están ya?– cuando hayan abandonado esa juventud insultante con la que entonces se adornaban.

Si alguno de ustedes piensan comprar el libro en alguna librería de segunda mano y si les sirve de consejo mi humilde opinión les diré que no es un buen libro en general: tengan en cuenta de que se trata de varios relatos, de distintos autores, algunos buenos y otros malos, unos horribles y la mayoría de medio pelo. Ahora bien, si lo que pretenden es conocer como escribían nuestras jóvenes promesas en la década de los 90, adelante, es un magnífico catálogo, gástense el dinero y tengan en casa una muestra de cada uno de ellos, luego, cuando cuajen sus primeras novelas (aunque la mayoría ya lo han hecho), comparen y ya sabrán a que atenerse.

Resulta curioso constatar que las mejores historias que aquí aparecen sean las de los autores menos conocidos, tienen un buen principio y un mejor final y en medio una lectura que divierte, que anima a seguir leyendo. Es el caso de Juan Bonilla, Luis María Carrero, Francisco Casavella, Luis G. Martín y Begoña Huertas. Los otros tienen en común que prometen mucho para luego ir desinflándose como un globo, con finales que el lector ya presume de antemano, sin ingenio, sin sorpresas de última hora. Algunos compensan la falta de ingenio esgrimiendo un lenguaje académico, preciosista o precioso, enfangando los párrafos de paráfrasis complejas o destellos de un falso lirismo que a veces abruma y desconcierta al lector, pero la molla, lo que realmente interesa, son buñuelos de viento. Otros se decantan por su particular lenguaje radical, tajante, de suburbio de ciudad, de speed puro, con citas constantes a los Chemical Brothers, Cold-cut, Dinosaur Jr. y cuarenta grupos más. Son (eran) la hermandad de los rockeros, los más agresivos, los que salpican sus páginas de sangre, los de los personajes marginados y tugurios nocturnos. Ray Loriga, José Ángel Mañas, Benjamín Prado y Daniel Múgica son fieles exponentes de esta tendencia.

No quieren que les encasillen en ningún movimiento, no representan a nadie salvo a ellos mismos, pero han hecho una literatura concreta dictada por las editoriales y para un público concreto. La verdad es que observando el bagaje de alguno de ellos se puede extraer la conclusión de que serían capaces de abrirse las venas en directo en cualquier programa de televisión con tal de seguir estando en los escaparates. Y si lo dudan vean a una flamante ganadora del premio Nadal, Miss Lucía Etxebarría posando desnuda en las páginas de alguna revista feminista, aunque no enseñe nada, como su literatura. Sólo falta que Juan Manuel de Prada se despelote en Interviú y nos demos cuenta de que además de cultura también tiene otra cosa.

17 Comments

  1. Paciencia, amigo Javier. Mi congénita carencia de agilidad lectora es célebre en el selecto círculo social en el que suelo moverme. Además, tengo pendiente la revisión final de la traducción al euskera de los “Cuentos de Canterbury”. Es un encargo de Arantxa Zuloaga, y ya sabes lo exigente que es esta señora.
    Saludos estresados.

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  2. Estimado Javier. Mil gracias por tu generoso ofrecimiento, pero precisamente el pasado viernes incluimos en nuestro carrito de Amazon un ejemplar de “El secreto de la señora Higgins” y las “Instrucciones para tropezarse a Vivaldi”. El pedido, por cierto, también incluía “La Crónica de los Wapshot”, de John Cheever y “La volpe a tre zampe”, del escritor italiano Francesco Costa.
    Te reitero mi agradecimiento por tu hermoso gesto y, por supuesto, prometo hacerte llegar mi sincera opinión a tu correo personal una vez que los haya leído.
    Un abrazo desde el Mediterráneo.

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  3. dbd: si quieres ejemplares de mis libros no tienes más que pedírmelos. Gracias por pasarte por solo eso y nada más, que es como un campo sin puertas pero con ventanas…

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  4. Estimado Javier. Mil gracias por tus amables letras. Está claro que partiendo de una concepción realista del mundo llegó Wittgenstein –como al parecer lo has hecho tú– a una postura idealista por su anteposición del pensamiento a los hechos, del sujeto al objeto. O sea, lo que acaece, el hecho, es la existencia de los hechos atómicos. Y aquí se amplía a la realidad una división del pensamiento, los hechos atómicos… Como todo el mundo sabe, el hecho atómico es una combinación de objetos (entidades, cosas, blogs como el nuestro), pero es esencial a la cosa ser la parte constitutiva de un hecho atómico. ¿No crees tú que con la intervención de la esencia de las cosas se pasó Wittgenstein a la más ortodoxa metafísica?

    Y ahora en serio, tu blog es excelente y suponemos que tus dos libros serán igualmente interesantes. Pronto lo vamos a averiguar.

    Un fuerte abrazo.

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  5. Pues de nada… es que me salió el english de mala manera y me dejé llevar, como un DFW pero de cartón y rebajas al que el lenguaje wittgensteiniano le chorrea por las orejas y por otros poros, huecos y cavidades de la piel misma de las que, por otra parte, no estábamos hablando pero aquí las tenemos, presentes en el discurso porque si hablo de ellas entonces existen, ahí el límite de mi lenguaje no sé si es el límite de mi mundo, porque mi mundo estaba un poco más allá, pero Wittgenstein siempre es Wittgenstein y ya me dirás quién es el chulo que lo contradice ahora que lo han puesto de moda…
    En serio: felicidades por el blog… esta tarde he leído algunas entradas y comentarios literarios y lo cierto es que me gusta mucho el estilo (y la clase) con la que se escriben estas páginas.

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  6. Liliana, Francisco Javier, Victoria.

    El autor de esta crónica (injustamente sentenciado a cumplir una condena de 15 días en la cárcel de papel recientemente construida por un grupo de selectos editores y escritores locales) nos ha pedido que les transmita su más profundo agradecimiento por sus perspicaces comentarios a su bienintencionada reseña literaria.

    Abrazos,

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  7. !!!!!!!! Me he reído como una loca. Gracias por el ingenio y por la genialidad!!!!!!! Caramba, hay gente nueva muy interesante, y hay un montón de escritores del pasado que ni siquiera llegaron a “clásicos”. La historia de la literatura es un verdadero basurero que ni siquiera está pavimentado de buenas intenciones. Por otra parte, recuerdo claramente que hace unos doce o quince años, se puso de moda en las editoriales españolas y norteamericanas publicar textos escritos por adolescentes que, de seguro, eran corregidos por los editores en las editoriales para hacerlos “presentables” sin quitarles la ingenuidad o la “autenticidad” tartamuda de los imberbes. Casi todos estos textos eran muy malos. Quizás (pues en realidad no conozco Las Páginas Amarillas) el tomo que ustedes reseñan sea uno de esos engendros producto del culto a la adolescencia ignorante y anti-genial… Pero, nada, nada. Cuando se trata de entrar a la posteridad (recordemos el dictum de Marcel Duchamp), quisiéramos que ella nos abrazara. Pero, en realidad, lo que podemos gritar a coro es: “¡¡¡¡¡¡¡¡Sálvese el que puedaaaaaaaaaa!!!!!!” 🙂

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  8. “En mi caso, desde hace años tengo en mente una novela que quizá no escriba nunca. Es un reto muy fuerte y la literatura me causa mucho respeto. Tendría que estar muy seguro de aportar algo interesante a la novela antes de dar ese paso…”

    Estas palabras las pronunció, en noviembre de 1999, uno de los autores que figuran en el índice de “Páginas amarillas”. Que yo sepa, hasta ahora ha cumplido su palabra y no lo ha hecho. No voy a revelar su nombre, pero para mí –que lo considero un excelente escritor– ha demostrado una gran coherencia y una asombrosa madurez. ¡Que cunda el ejemplo! … Y mientras tanto, esperemos que el día menos pensado alguien nos despierte de este monótono y mediocre letargo literario en el que, como en la propia sociedad española, pocas cosas se mueven.

    Salud!

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  9. Yo tuve la oportunidad de leer, el mismo año de su publicación, “Las Páginas Amarillas” que tan acertadamente ustedes reseñan y estoy de acuerdo con todo lo que ahí se dice. Es más, leí otras obras de jóvenes autores de la misma generación que no aparecieron en este libro, y me sentí frustrada ante la falta de calidad –salvando unas pocas excepciones– de sus textos… Y la frustración se extiende cuando lees a las “promesas actuales”, ligados descaradamente a la industria editorial y a ciertos ‘prestigiosos’ medios de comunicación, que interesadamente los ensalzan.

    Es lo que suele pasar con las modas literarias: la mayoría, en general no demasiado brillantes, las siguen mecánica y superficialmente los autores noveles, y por eso las barreras entre estilos, géneros y subgéneros han devenido artificiales y ambiguas.

    Hace ya tiempo que tomé la decisión de olvidarme por completo de los ‘nuevos narradores’ y releer únicamente a los clásicos. Ellos nunca me defraudan.

    Un saludo cordial,
    Victoria

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