Toledo, Gichtel y la prostituta turca

Acudí a Toledo un fin de semana. Principalmente por olvidar cierto malestar interno que me produjo un acontecimiento de orden familiar. No tenía previsto leer. No quise llevarme mi colección de cuentos de hadas ni la prensa sensacionalista. Apareció por casualidad. Entre las camisas de franela y las lociones de Mandarina de Sicilia encontré aquel tratado excomulgado y, en principio, escasamente apetitoso. La Theosophia, de Gichtel. Esa extraña mujer judía me ha traicionado de nuevo, pensé. Y lo abandoné meditativamente sobre el velador, entre los tarros de bálsamos que habitualmente consuelan mis reumas diacrónicos.

Tampoco estaba previsto. Encontré a una hermosa prostituta turca junto al mercado. La conocía de otras visitas a Toledo, y la acompañé a su habitación en la pensión, la que se oculta sobre la tienda del oculista. Al desnudarme con mi sabia maestría habitual encontré por segunda vez la Theosophia entre mi ropa interior. Esa extraña mujer hebrea, pensé de nuevo.

Mientras aguardaba a que la turca se maquillase el vientre me entretuve leyendo aquello. Resumen del pensamiento gnóstico del hereje Gichtel. Es sabido: el intento de conocimiento del abismo-Dios a través de sus manifestaciones: escrituras, creación, hombre.

En el tratadillo aparecían algunos temas de interés para cierta gente heterodoxa y de bien: la Signaturas, esa peculiar teoría del reflejo que inventaron Paracelso y los alquimistas; el universo pre-visto en el hombre. Hablaba del Intelecto como posesión sensible. Como inseminación y abrazo natural. Resulta que para Gichtel a la mujer terrestre había que sumar la celeste, como imagen de la posesión de la sabiduría; yo recordaba unos versos de Irigoyen. De esto, además, ya sabía algo por las Bodas químicas de Rosenkreutz.

Dos o tres horas después, cuando aquella mujer se acercó hasta la cama, reluciente y olorosa a huerto de los Olivos, le pude hablar –aunque no sé si me prestó atención– de la Caída. No de aquella en que se afirma que a partir de cierta edad cada cual, etcétera, sino de la Luciferina. Y de la Adámica, cuando el ser feliz pre-rusoniano se puso al nivel de la materia y por tanto se sometió al tiempo, e imitando a los animales tuvo que buscar el goce interrumpido. Por ello, explicaba yo mientras sus párpados púrpura parecían reclamar alguna otra cosa que no flotara tanto en la palabra, esa tensión interna hacia la felicidad (goce ininterrumpido) sea terca pulsión humana: seres que intentamos la recuperación del estado atemporal, y de la vida.

Sabrás, le dije, que en el principio fue el Andrógino; el bisexualato está en la línea de salida, le dije. Y esto es neoplatonismo, querida mía, neoplatonismo y kábala. Y, ya para mí, pensé en la Sophia, la imagen de la sabiduría a la que Gichtel proponía acceder mediante matrimonio (hierogámico) que nos retorne al estado primitivo, a la sabiduría absoluta: regeneración. Me cansé de hablar, y de sentirme orgulloso de mí mismo.

Cuando alcancé la calle, con un sabor de moho constantino en la lengua, ya anochecía. El viento seguía arrastrando, como en los buenos tiempos, rosas heridas por las calles de Toledo.

JULIUS MURCIANO

8 thoughts on “Toledo, Gichtel y la prostituta turca

  1. Me llevó mucho tiempo encontrar un ejemplar de la “Theosophia”, de Gichtel. El volumen que yo conseguí está editado por “The Foundation for the Advancement of Sephardic Studies and Culture”, que no suele imprimir demasiados ejemplares. Más sencillo es hacerse con alguna obra del más famoso de los kabalistas en lengua Ladina o djudeoespanyol, llamado Haim Benvenist, que al igual que Sadacca nació en el siglo XV en Chanakkale, un pequeño pueblo portuario de Turquía, al sur de los Dardanelos.

    Saludos

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  2. Es un privilegio poder disfrutar de una edición tan bien cuidada y tan difícil de conseguir… Disfrútela, amigo Rinley!
    Saludos

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  3. También yo conocí a la turca cuando estuve en Estambul. Vivía muy cerca de mi hotel, en una vieja casona del Dolmharaçe Sabayi que mostraba el número 173 repetido sobre la pared a lo largo de la jamba de la puerta principal. Desde el dintel hasta el umbral: uno siete tres, uno siete tres, uno siete tres, y así hasta cinco veces escrito con pintura blanca fosforescente…

    Saludos de Jpk

    P.S.: El hereje Gichtel tenía razón. La envidia a los gnósticos existe. Pero el Gran Kabir no es cifra, ni podemos medirlo por curva ni por raya. No crece en cuanto nada, sino en cuanto persiste. No tiene relación con nuestro incendio. Y tiene sombra sin tener la llama.

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  4. Estimado Jean Paul,

    Abre los ojos, Jean Paul Knopfler. Sí se puede, sí se puede. Recuerda que el Gran Kabir no es cifra, ni podemos medirlo por curva ni por raya. Basta con cambiar algo en tu interior y tomar esa decisión que tanto te cuesta, porque será en tu propio beneficio.

    Un abrazo del tamaño de Anatolia.
    Julius

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  5. Estimado Julius,

    Me gustaría regalarte este inútil artefacto. En su interior no hay dinero, ni persecuciones, ni ráfagas mortíferas, ni hadas fatales que confundan al hombre valiente que se adentre en él. Puedo enviártelo a casa libre de portes. No lo dejes para mañana. Llámame hoy mismo al 600 666 666. Sólo me quedan dos.

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  6. Mi muy apreciado y generoso Jean Paul.

    Con cierta desgana, y sin que representara una situación estimulante para mí, abrí tu extraño regalo bajo la luz velazqueña que suele vestir París en invierno, tu sais… Decepcionado, comprobé que el artefacto carecía del correspondiente ojo oblícuo con el que poder señalarme en silencio o, sencillamente, que se meciera incansable en su resorte metálico. ¡Ni siquiera unos simples muelles que agitaran una y otra vez las patitas del artilugio como dedos acusadores..! No lo entiendo, Jean Paul. Tampoco entiendo muy bien (aunque sé que hay cosas de comprensión lenta, cuyo discernimiento necesita que pasen no sólo horas, sino incluso varias eternidades) lo que ocurrió más tarde, cuando volví a casa, ya sin muebles, sin regalo, inexplicablemente vacía –con ese aire de abandono que tienen las casas inhabitadas– y me encontré en el salón a esta primorosa muñeca de goma made in Japan que, desde el primer momento, ha consolado mis múltiples tribulaciones. Yo, a cambio, le suelo recitar poemas de Verlaine durante las frías noches parisinas.

    Quizá esto que he intentado contarte no lo entiendas del todo. O no lo entiendas en absoluto. Pero entre ambos supuestos me hallo también yo: entre llegar a percibir algo mezclándose entre nieblas y distancias, y no comprender todo aquello que era y que intentaba ser…

    En fin, amigo mío, no me extiendo más. ¿Recuerdas lo que decía Joseph Brodsky sobre la tragicómica situación del escritor en el exilio?

    Gracias y hasta pronto.
    Julius

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  7. Mi desorientado amigo,

    Lo que me atrae de esa muñeca tan especial, aparentemente suspicaz pero hermosa y sensible, es su actitud engañosa para contigo. También me atrae, desde luego, la perfección con la que ha comenzado su imperceptible juego… Cuídate de ella, Julius. Te lo dice alguien que ha buscado inutilmente el amor de esos jóvenes cuerpos de mujer que se encuentran en las esquinas de ciertos suburbios, allí donde la ciudad encuentra su alma y su sexo, allí donde puedes toparte súbitamente con la esencia de la vida. Hazme caso y sigue mi ejemplo: vivo solo y tranquilo en una vieja máquina de escribir vertical con un perro y dos gatos que me ayudan a trabajar, a cocinar y beben cerveza conmigo.

    En cuanto al regalo, no te preocupes, el artefacto sigue junto a ti, invisible, como uno más de esos misterios que muchos tratan de descifrar, aunque sólo sirva para garabatear mínimas historias que ni siquiera cotizan en bolsa.

    Hasta pronto, Julius. No olvides que tú y yo somos unos desarraigados, sí, pero algún día volveremos a disfrutar de nuestro merecido esplendor.

    Jean Paul

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