El cómic: literatura dibujada

blacksad

Si no fuera porque los cómics han extendido su lenguaje a plasmaciones no narrativas, como son, por ejemplo, las didácticas o las poéticas, el presente artículo se hubiera llamado “la narrativa dibujada” en razón a la obviamente mayoritaria preeminencia del relato en el llamado noveno arte. Por otro lado, las connotaciones a priori prestigiosas del vocablo “literatura” parecen útiles cuando, culturalmente hablando, están ya sobrepasadas con creces las cotas desde donde era necesario defender la validez de los cómics en tanto medio de expresión.

Los afortunadamente ya lejanos interrogantes de si los cómics constituían un arte en todo el valor del término, fueron un más tardío paralelo histórico de otros fenómenos análogos, típicos de la caducidad de una vieja cultura europea, según los cuales el cine llegó a estar considerado como un pasatiempo de barraca feriante o el jazz sufrió ruidosos epítetos despectivos por parte de los usufructuarios oficiales de la sensibilidad musical. Y resulta ineludible referir tales ridículos hechos a esta vetusta concepción de la cultura en el viejo continente por dos razones singularmente importantes, tanto en la Historia de las artes contemporáneas como en los puntos de partida de este artículo.

En primer lugar cabe considerar que, al contrario que en Europa donde durante siglos los artistas fueron fundamentalmente proveedores de una clase dominante, en los Estados Unidos la civilización de masas –consecuencia de distintos parámetros de sus valores– alumbró una correspondiente cultura popular con sus nuevas expresiones (cine, jazz, cómics, etc.), dirigidas inevitablemente al consumo masivo. Así, ninguno de las artes citadas, como tampoco nuevos derroteros de la literatura al estilo de la denominada “novela negra”, precisaron –para desarrollarse brillante y triunfalmente– la aquiescencia de las altas esferas intelectuales ni de los círculos sociales distinguidos ni de los férreos núcleos de poder. Griffith y Keaton, Armstrong y Bechet, McCay y Herriman, se impusieron en la Historia por encima de cualquier reconocimiento cultural coetáneo.

Y en segundo término, nunca sucedió que el desarrollo de tales artes en los Estados Unidos se debiera a causas similares a sus lentas y lastimosas introducciones en Europa: ni el cine, ni el jazz, ni los cómics, tuvieron por destinatarios forzosos a sectores de la población caracterizados por la ignorancia o la edad infantil. Que nuestra Europa tardara décadas en aceptar todo el valor estético de aquellas manifestaciones, sólo es una prueba más de la conformación de un sistema cultural erigido por élites culturales.

El caso español fue parecido al europeo, pero con la agravante de que los cómics –llamados aquí tebeos– fueron reducidos a un mero nivel de consumo infantil y cercenados a partir de todo conato de evolución hacia el ámbito de los adultos: todo lo contrario de lo que sucedía en los Estados Unidos, donde la prensa diaria difundía desde principios de siglo los cómics a sus masas de lectores, no compuestas, desde luego, por niños.

Por ello, y con las excepciones de rigor, el cómic español para adultos, como movimiento artístico con un mínimo de entidad valiosa, no empezó a nacer hasta finales de los sesenta. Sin embargo, diversos hechos como la proliferación sociológica de dibujantes (surgidos aquí durante el franquismo por caminos similares a la avalancha de boxeadores en los Estados Unidos durante la Gran Depresión) o como la tradicional tendencia hispana hacia las artes plásticas, han conducido, a la larga, hacia un apreciable prestigio internacional de buen número de nuestros autores de cómics, prestigio ya sembrado por cierto desde que, a mediados de los años 50, casi todos los más dotados o bien emigraron o bien comercializaron sus trabajos para el extranjero.

Y ahora, ¿existe algún medio español de expresión narrativa que goce actualmente de mayor reputación, más allá de los Pirineos, que nuestros cómics? Parece que no. Es difícil que el cine, o el teatro, o la novela –salvo contados casos– puedan dar hoy por hoy un grupo de autores con el prestigio internacional obtenido por la literatura dibujada española. ¿Qué arte narrativo español reunió en un determinado momento a artistas con la cotización y difusión internacionales de Carlos Giménez, Enric Sió, Julio Ribera, Luis García, Fernando Fernández, Víctor de la Fuente, José María Bea, José González, Antonio Hernández Palacios, Jesús Blasco, el guionista Víctor Mora, y un etcétera no corto? ¿Cuál si no la literatura dibujada?

3 thoughts on “El cómic: literatura dibujada

  1. Algo que siempre me pregunté sobre los cómics de Estados Unidos.
    Batman es lo más parecido a esas pinturas antiguas donde hay un ángel caído, donde se los describe con capa larga y negra con los cuernos que son parecidos al superhéroe. Mientras que el guasón es un personaje sin identificación que no tiene residencia, ni familia … Alguien que con su descripción se asemeja más a Jesús…
    Saludos amigo. Que viva el cómic hispano!

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  2. Gracias por tus letras, Escambray. Yo creo que el cómic de calidad, tantas veces asociado al jazz y al buen cine –dejo de lado por ahora a la literatura– forma parte de nuestras vidas. No obstante, lo que no se tiene todavía visualizado es el enemigo ideológico escondido en muchos de ellos… Tú lo explicas muy bien en tu excelente blog.

    Saludos

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  3. Es indudable que al igual que en la literatura y en el cine, también en el cómic, los dibujantes y guionistas norteamericanos nos han llevado ventaja. A mí, particularmente, los cómics me han gustado siempre y me siguen gustando, aunque ahora –por razones obvias– no los consuma como en épocas anteriores. Solía disfrutar con Milo Manara, 1984, From Hell de Alan Moore&Eddie Campbell, el Víbora, etc… Siempre me ha gustado la estética del cómic y también las historias que en ellos se cuentan, que me parecen muy interesantes. No obstante, y pese a la calidad de este artículo, me parece algo exagerado definirlo como literatura dibujada.

    Enhorabuena por su excelente revista.

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