A propósito de «Mercier y Camier», de Samuel Beckett

Hay autores cuya obra parece transitar, natural o violentamente, zonas fronterizas de la literatura, de la cultura, de la lengua. Realizando sincretismos más o menos insólitos, amplían y enriquecen los géneros, los registros, las formas, los campos temáticos, los estilos… y logran así activar los factores evolutivos de la creación, desarrollar la conciencia estética de su tiempo, fomentar la ilusión del progreso en el arte y el pensamiento humanos.

Samuel Beckett va más allá. Su escritura no discurre por fronteras ya existentes, sino que las produce, las instaura, las excava. Abre territorios inciertos en donde, de pronto, sentimos que confinan peligrosamente remotas latitudes, distantes paradigmas irreconciliables. El humor y el horror, lo obsceno y lo sagrado, la filosofía y el sinsentido, la implacable clarividencia y la misteriosa opacidad, la suma incandescencia del lenguaje y el seco, entrecortado balbuceo que anuncia el silencio.

Gran parte de su obra ha trazado un lindero sinuoso entre la narratividad y la teatralidad, y entre ambas y la pura inmanencia de la imagen. Así como sus novelas parecen reclamar la materialidad de una voz que emerge del espacio –un espacio, es verdad, cercado por las sombras–, su teatro se despuebla y se contrae hasta hacerse poco más que escritura, palabra narrativa que aproxima el escenario a la tersura de la página… en negro.

No es de extrañar, pues, que aún contrariando la voluntad de Beckett, muchos de sus textos no teatrales hayan sido llevados a la escena… a veces incluso contando con su paradójica complicidad.

Tal es el caso de «Mercier y Camier», novela-puente, novela-encrucijada, y también, en varios sentidos novela iniciática, no sólo porque inaugura el tránsito de Beckett a la lengua francesa y el más fructífero, febril periodo de su producción literaria (1946-1950), no sólo porque la inminente teatralidad de «Eleutheria» y «En attendant Godot» sacude ya su anómala escritura narrativa, sino también porque, en ella, se «vive» la experiencia de un lenguaje que ya no comunica, de una acción que no conduce a ninguna parte, de una ficción que se desenmascara a sí misma.

La originalidad de la novela reside en la alternancia de los diálogos y el relato. Hemos querido preservarla y fundamentar el espectáculo en la relación entre una acción encarnada y actuada por Mercier y Camier, y una parte narrada, en principio específicamente novelesca.

El actor que cuenta la historia no es un «recitante» tradicional, puesto que no tiene cuerpo, no está visible, aunque sí presente. Es la voz, una pura voz. Juego de lo visible y lo invisible, esencial en el teatro de Beckett. Esta voz está materializada en escena por una simple luz, una «luz velada», un «planeta lejano», según expresiones de Beckett, tratando de precisar su visión.

Todo su valor a las voces que atraviesan ese espacio, a las palabras que lo habitan, que lo modifican, a la luz con todos sus movimientos. Y a los objetos insólitos, absurdos o poéticos: la bicicleta, la mochila, el impermeable, el paraguas… los otros protagonistas del viaje. Todos esos objetos que no paran de desaparecer y reaparecer, y que los personajes quisieran volver a encontrar o desembarazarse…

Siempre este movimiento hacia lo esencial, hacia la desnudez de nuestra condición.

S. V.

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