Contra la literatura

La literatura es una complicada e inútil máquina de artificios que no trabaja para producir ninguna verdad, sino para acrecentar las máscaras, los espejismos y los ecos. Desde la literatura y el fragor de la noche, las almas habitadas se obstinan en desvelar el misterio añadiendo apariencia a la apariencia, ahondando el laberinto, multiplicando sus claves desde la densidad vertiginosa que bordea el terror a que todo ubicuamente concita. La simulación aplaza la acreditada realidad y superpone sobre ella la ficción alimentada por una orgía de deseos, como una mentira que retarda el infierno cierto o instaura un paraíso provisional, y concede acaso, al corazón atribulado, la suspensión imposible de su herida perpetua.

Decir literatura es decir palabra, tentativa de recrear un mundo desde el que se reclama o inventa alguna clase de consuelo, urdido desde la fraternidad viscosa de que están hechas. Palabras engarzadas a modo de una aldaba que golpea sobre una realidad impuesta, aspiración dirigida a romper la claustrofóbica existencia, ensanchar límites, enriquecer la vida con más vida, quebrar la tiranía de la estrechez y la opacidad sin misterio.

¿Acaso en las palabras melladas no anida un ciego furor? Pues es posible dejar las palabras uncidas unas a otras, flotando en un vacío denso, sin sustento ni encarnadura, simples garabatos, símbolos por descifrar, horizonte tintado que dibuja una interminable querella sin solución: sólo el enigma acrecentado.

En este mundo interpretado, las palabras –rutilantes y engañosas donadoras– son el tacto con el que abres rendijas, boquetes de luz en la cámara oscura de lo remoto o ausente. Por la palabra has revivido aquel día marchito, has rescatado del fuego del tiempo, del hielo del olvido, la flor y el nácar, el silencio y el murmullo anónimo del agua. La palabra es acaso la llave y son palabras los signos que ahondan el laberinto, como lo son ese repiqueteo que encona el silencio apenas estrangulado. Palabra con vocación de bautizo, rito inicial que inaugura el mundo que luego asesina.

Ha querido el poeta ordenar el mundo, gritar desde su henchido corazón el amor y la desgracia, y cuando cubierto de espanto y desgana se ha entregado a la molicie del descanso que anuncia la muerte, ha dejado su memoria ardiendo, plagada de fuegos que despabilan el sueño, como señales en medio de la noche.

Pero la noche, la eterna desilusionadora, es el escondite magnánimo de criaturas que como vampiros sólo esperan que de pábulo a una mitología realizable.

J. J. Aguirre

2 Comments

  1. Ojalá algún día logremos trasladar la literatura de ese altar cultural en el que está instalada a otro lugar más adecuado: la vida cotidiana, dejando de ser “Objeto Sagrado” para devenir instrumento de acceso a la manipulada realidad que nos rodea.
    Gracias por tus letras, amigo Ruben.

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  2. La mejor introducción a lo que en las escuelas se la denomina “materia”.
    Una materia a estudiar entre otras tantas materias.
    La diferencia es que tú no la tratas de materia y la dignificas.
    La literatura en tu artículo recobra vida…

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