Ella penetra en el laberinto

A pesar de su nombre importado de Las Vegas, el Great Pavana no era más que un bar de carretera de regulares dimensiones, con algún remiendo mal disimulado en el tejado y una vulgar fachada cuadrada en la que había un gran cartel luminoso en azul y rojo del que salían destellos intermitentes.

En el interior, algunos tipos con aspecto de vivir en la carretera comían  huevos y salchichas con café sin perder de vista a las camareras vestidas al estilo de los casinos, con medias oscuras, faldas cortas y ajustadas camisetas de tirantes tipo fitness. Atletas de la bandeja.

Los clientes gritaban impacientes, a veces irritados,  pero ellas no se apresuraban jamás, ni corrían para ganar una propina. Un tipo vestido de negro con sombrero tejano daba puñetazos en la mesa ante un hombrecillo que trataba de calmarlo llenándole la copa a cada momento.  Los golpes resonantes se mezclaban con las risotadas procedentes de un grupo situado al final de la barra en el que un viajante de pelo gris, parado junto a una abultada cartera que había a sus pies, explicaba alguna cosa graciosa gesticulando con las manos.  Ajenos a todos ellos,  los músicos de una escuálida banda de música country,  aislados por el humo, las carcajadas y los sonidos de la televisión,  parecían moverse en silencio al fondo del local sin que nadie reparara en ellos.

Apoyada de lado en la barra del bar, una jovencita alta, rubia, de blancos muslos redondos que sobresalían de la banqueta en la que se había sentado y piernas enfundadas en trasparentes medias de lycra, golpeaba con la afilada punta de su zapato, impaciente, el travesaño del asiento.

Vestía una blusa de seda blanca abierta que permitía  ver el suave arranque de sus senos. Sus manos de uñas pintadas jugaban con el vaso del combinado que había pedido. Bebía a pequeños sorbos mientras escuchaba con expresión distraída la música que, amortiguada, llegaba débilmente hasta ella.

La muchacha tuvo que hacer equilibrios para sacar los cigarrillos del bolso sin caerse de la banqueta, aunque no pudo evitar separar las piernas hasta forzar la ceñida falda roja que subió aún unos centímetros más.

En una mesa cercana, dos hombres vestidos con pantalones vaqueros y camisas de paño grueso pintadas a cuadros, con restos de grasa en sus manos de gruesos dedos,  se removieron en sus asientos intentando conseguir una mejor perspectiva de la mujer. No habían dejado de observarla desde que había entrado en el bar media hora antes, y ahora no se decidían a abandonar lo que podría ser una conquista fácil.

La chica hizo un gesto de alivio cuando vio la cabeza de Pat Sullivan asomar por la puerta. Lo saludó moviendo la mano que sostenía el cigarrillo, mientras varias caras se volvían en dirección a la entrada. Pat era un tipo alto, entrado en carnes, con cierto estilo propio de la gran ciudad y vestía un traje bien cortado aunque poco adecuado para el clima de California. Sin embargo, si aquello parecía ser una cita como otra cualquiera en un restaurant de carretera, la diferencia de edad y el modo algo brusco en que el hombre situó su mano en la nuca de la joven cuando llegó hasta ella podía hacer creer en una relación menos íntima de la que él intentaba aparentar.

Ella  sacudió la cabeza  obligándole a retirar la mano y cruzó las piernas para sentirse más cómoda: la falda se retiró otro poco y ella volvió la vista hacia Pat para comprobar su reacción, pero éste, con un whisky en la mano, se había colocado de espaldas a la barra y observaba sin dismulo a los hombres sentados en las mesas cercanas. Se sintió complacido al ver que la mayoría de aquellos clientes de aluvión, depositados allí por la autopista 66,  no apartaba los ojos de la chica cuyo cuerpo, vestido con aquella lujosa ropa ajustada a la que no estaban habituados, les parecía un regalo de navidad.

– Salgamos de aquí, dijo Sullivan, mientras apuraba su copa.

No había duda de que aquél era el lugar menos apropiado para citarse con una joven atractiva y sola que se había convertido en blanco del deseo, pensó.

M. H.


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