Trenes

Pasan frente a mi ventanilla, se abrazan, se apelotonan, se despiden, desaparecen, surgen de nuevo, bullentes y ruidores, sentimentales. Llueve. Traen en sus cabellos, todavía relucientes, finas gotas de la lluvia que, como una compañía apreciada, les siguen hasta el umbral de la estación. Y he aquí que me rodean con toda clase de exclamaciones realmente dirigidas a las arrugas de sus vestidos –felizmente, nos desconocemos. Así, me hundo en mi rincón, asiento para el tiempo de este viaje y asomo los ojos en una parte del cristal. No hay una descripción que identifique un tren en marcha en un paisaje que sugiera a mi sensibilidad: un vagón cotidiano tantas veces repetido, mis pensamientos son trasladados de un lugar a otro, rozando un horizonte tras el que otro tren y otra ventanilla y enfrente la línea eterna entre un cielo y el mar adormecidos, en torno a una charla ajena y un recuerdo. Mis ojos quedan cosidos en el rincón del departamento en un pespunte de los postes y los cables de la luz.


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