Pavo horneado al estilo de Arizona

“Pásame la sal”, gruñó Cassady. Pero Kerouac, que estaba sentado al otro lado de la mesa, no le hizo caso. Siguió masticando un trozo de lechuga de la ensalada que había pedido mientras escuchaba con atención las arcadas de Ginsberg en el cuarto de baño situado al fondo del comedor.
“Pásame la sal, Jack.”
Era extraño –pensaba Kerouac– pero si te concentrabas lo suficiente, la vomitera de Ginsberg era lo único que se oía con claridad en aquél restaurante barato, no muy alejado del centro de Phoenix. La máquina de hacer hielo, la radio, el lavaplatos y el sonoro chisporroteo de la freidora, se habían desvanecido en un ruido blanco que parecía reconstituirse a sí mismo a través del vómito de Ginsberg.

“¡Jack!”, gritó Cassady, “¡La sal!”

Kerouac despertó súbitamente de su ensimismamiento y observó distraídamente a Cassedy, que con una violenta y fija mirada, parecía querer perforarle su embotado cerebro.

“¿Cómo puedes tener hambre?”, le preguntó Kerouac.
“¿Qué quieres decir…?, precisamente a Allen le ha sentado mal la bebida por no haber comido antes.”
“¿Comer? ¿A esa mierda le llamas comida?”
“Lo que tú digas, gourmet”… ¿Quieres pasarme la sal de una puta vez?”
“Toma” –dijo Kerouac–, golpeando el pequeño salero contra el grasiento tablero de la mesa. Sonó como un pequeño petardo.

Cassady, imperturbable, comenzó a sazonar con él su hamburguesa, que le había llegado humeante junto con las patatas fritas. La embadurnó con ketchup y mostaza, la cogió con ambas manos y se la llevó a la boca con verdadera delectación. Los hilillos del ketchup y la mostaza, mezclados con la grasa, se escurrían por las comisuras de sus labios.
Kerouac lo miraba atónito. Se sentía asqueado por los modales de Cassady en la mesa y, al mismo tiempo, arrepentido de haber pedido aquella horrible ensalada. ¿En qué estaría pensando? Estaba ya algo borracho, pero y qué… Nunca antes el alcohol le había anulado su criterio a la hora de escoger un menú, aunque fuera el de un restaurante de mala muerte como en el que se encontraban. Entonces miró el plato de Ginsberg, que le habían puesto a su lado. Pechugas de pavo al horno al estilo de Arizona, una comida típica de aquél desértico estado. Y parecía apetitosa. Sin pensárselo dos veces, cambió los platos y empezó a comerse el pavo de Ginsberg con la mayor naturalidad.

“¡Vaya un hipócrita!”, masculló Cassady, mientras Kerouac paracía deleitarse con cada bocado. Tenía los ojos entrecerrados mientras masticaba. No era una visión agradable. Había envejecido bastante, como el mismo diablo… Gracias a Dios que su madre no estaba aquí para verlo.

Ginsberg había terminado de vomitar y se había plantado frente al espejo del comedor. Tenía el pelo de punta y revuelto, como el de un payaso, aunque a él no le importara para nada su aspecto porque se sabía uno de los mejores poetas de Norteamérica. Pero pensándolo bien, hasta un payaso tiene a alguien a su lado, aunque sea la enana del circo… ¿A quién tenía Ginsberg? ¿A una pareja ocasional de mediana edad y alcohólica como todos ellos? Aunque Cassady mantenía todavía su aspecto musculoso, ya empezaba a notarse en él la tendencia a la obesidad, especialmente en la barriga. Ginsberg se echó una última mirada en el espejo y volvió a la mesa como si fuera el rey de la comedia.

“¿Ensalada?” –dijo mirando a los otros dos. “¿He pedido yo una ensalada?”.
“Sí, ensalada”, masculló Kerouac mientras los trozos del pavo iban desapareciendo del plato. “Eso fue lo que pediste, ¿no?”.

“¡Por supuesto que no!” –respondió Ginsberg– “Odio las ensaladas”. Había bebido bastante, pensó, pero no se había emborrachado tanto como otras veces. En realidad, después de vomitar se sentía casi sobrio. “¡Camarero! -gritó, mientras, intentaba recordar qué diablos había elegido de la carta- “¡Yo no he pedido esta ensalada!”…

El joven camarero se acercó a ellos con cara de fastidio, mirándolos desde arriba y señalando a cada uno de ellos con su índice mientras decía: “Vamos a ver, usted pidió una cheesburguer, usted pidió una ensalada y usted Pavo horneado al estilo Arizona. Si ha cambiado el plato con su amigo, no es mi problema”.

Y se marchó en dirección a la cocina, mascullando maldiciones en griego.

Pero Ginsberg siguió vociferando. “¿Cómo puede usted permitir que un cliente coja la comida de otro? ¡Es intolerable!”.
“No sabe lo que se dice, amigo. Creo que ha bebido demasiado”, dijo el camarero sin atender las quejas del viejo borracho.

Pero este borracho era Allen Ginsberg. Se levantó bruscamente de la silla, dio un puñetazo sobre la mesa, y dilatando su diafragma como un tenor de ópera, aulló: “¡Sé perfectamente lo que estoy diciendo! ¡Soy un poeta! ¡Soy el gran Allen Ginsbeeeerg!”

“Maldita sea, Allen”, balbuceó Cassady, “cierra la boca y vámonos de aquí antes de que nos metas en un lío.”
Ginsberg fulminó a Cassady con su mirada. Su semblante iracundo se puso tan rojo como una berenjena. “¡El que tienes que cerrar la boca eres tú, patético cretino!” Y terminando la frase, empujó a Cassady, tirándolo de la silla… Kerouac saltó como un resorte y abofeteó a Ginsberg.

El comedor se convirtió de momento en un pandemonium de borrachines intentando intervenir en la pelea. Volaban los platos, las sillas caían, se derramaba el líquido de las botellas y del café. Al griego le entró el pánico. Cogió una espátula de la parrilla y comenzó a golpear con ella a los tres, mientras los echaba a empujones a la calle. Minutos después, los mejores escritores de la Generación Beat estaban tumbados sobre la acera… Ginsberg miró a su alrededor. Desde el suelo vio escaparates iluminados y un par de cines, el letrero fluorescente de una Pizzería… Un joven que vestía una camiseta de colores chillones caminaba hacia ellos. Ginsberg, confiando en que el adolescente le ayudaría a levantarse, extendio su mano derecha.

“Lo siento, viejo” –dijo el muchacho mientras seguía su camino sin detenerse- “no llevo suelto.”

Jules Reader

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