Vargas Vila y Thomas Carlyle

Retrato de Thomas Carlyle, por James McNeill Whistler. 1873

Más que un Poeta, fué un Profeta. ¿Dónde principian o dónde se juntan el Poeta y el Profeta en ciertos seres atormentados y grandiosos, que aparecen en el umbral de los siglos, voloteando como terribles águilas coléricas, en el corazón estremecido de las tinieblas y, a las cuales, les fuera dado el armonioso privilegio de cantar?.  Los más grandes Profetas han sido los más grandes Poetas.  ¿Quién como Ezequiel, fatigó el horror en la armonía, haciendo de su lecho de fiemo, una trípode divina, cantando su cántico de exaltación desde el fondo de su fetidez, como una alondra prisionera en una cloaca?.  Se diría, una lira de estiércol, pulsada por las manos de un dios en furia; lejos de aquella actividad del furor, ¿dónde hallar el furor de la Resignación, que no sea en Job?… Job, fué el Poeta del Fatalismo divino.

Nada más abyecto que su esperanza… Dios, no tuvo nunca, un esclavo más vil, que aquel idumeo vencido, predecesor de aquella turba de esclavos, que en el Circo de Roma, saludaban al César antes de morir.  Job, es, la larva de la Resignación, tomada del vértigo de la gratitud;  nada más vil, que aquella oveja semita, balando en un crepúsculo sin sol, en la llanura árida calcinada por el rayo; y, sin embargo, nada más bello que aquel Poema hebreo, más cargado de Fatalismo, que todos los que el genio induo pudo soñar en el silencio de las selvas indostánicas, más allá de las auroras vírgenes del Ramayana.  Job, tuvo el alma de un cenobita… todo lo obscuro, lo nauseabundo, lo abyecto del eremitismo de los primeros siglos cristianos, está en él;  pero, no hay ermita de penitente, igual, en magnificencia mental, al estercolero de aquel Poeta de la Piedad, atacado de la locura de la Resignación; antes del Stultitam crucis, que atacó al galileo, ya Job, había tenido la demencia de la cruz;  el abyecto placer del sufrimiento, la voluptuosidad de gemir bajo las manos de Dios.

En Job, el Hombre, es vil, pero, el Poeta, es enorme; ¿qué Olimpo, iguala a aquel estercolero, sobre el cual, un sol implacable fulge, como sobre una nube de cristal, y, del fondo de cuya miseria, el cántico se levanta, trémulo y apasionado, como el himno de la más cobarde, pero la más armoniosa Resignación, que hayan oído los siglos?. Cuando Job, habla, el mundo enrojece y calla; el Silencio se hace, en torno de aquel esclavo, que besa su cadena enamorado de ella; el Sol, parece hacerse más rojo, de la vergüenza de alumbrar aquella lepra que canta; el pentagrama, tiembla, repitiendo, los ecos de aquel cántico; toda la miseria humana, está en Job, y, todo el Dolor; el Desierto canta en él, su himno de simounes; el Silencio y la Soledad eran sus heraldos; él, violó el uno; sus amigos violaron el otro; el diálogo de esas dos violaciones, forma toda la entraña del Poema.  Job, es, una larva, que merece serlo; falta grandeza a Job, porque le falta Orgullo;  envilece su genio, adorando; ¿qué? la mano que lo hiere; ese beso al azote que lo flagela, es miserable, más allá de toda miseria, y, despreciable, más allá de todo desprecio; ese Poeta de la Resignación, está más abajo del Poeta de las Lamentaciones, que fué Ezequiel; del Poeta de las Imprecaciones, que fué Isaías; del Poeta de las Desolaciones, que fué Jeremías; permanece solo, en su abyección; como un escarabajo de luz, hecho de un rayo del Sol… inmundo, luminoso y sonoro… Isaías, es, la tempestad que canta; su cántico está orquestado, en la gama de las tormentas; su lira, es hecha de todos los rayos del Sinaí, y del último trueno, escapado de las manos de Júpiter… se diría, la última águila de Jove, ya que el Deuteronomio, no tiene águilas; viene directamente del Cáucaso; él bebió sobre los labios coléricos, el último aliento del Titán Encadenado; dialoga con los hombres, como Prometeo dialogaba con las Oceánidas; apostrofa a Dios, fingiendo apostrofar los hombres; se vuelve del lado de Dios y, lo interroga, como Prometeo interrogaba a Júpiter; cuando él, habla, parece que una nube de sangre se pone sobre el horizonte. Se diría que su boca se hace las cabeceras de todos los ríos confluentes al Mar Rojo; es, el Equinoxio en furor; después que él, ha callado, se oye aún el eco de su voz, como la del rayo, después que éste, se ha hundido en el corazón de la montaña.

De todos esos poetas, hay en Carlyle; de todo ese profetismo, obscuro y desmesurado, que huracaniza sobre los cielos de Palestina, bajo los cuales pastoriza Moisés, su rebaño nómade de pueblos.  Añadid a eso, el estruendo de los carros del Apocalipsis rodando sobre las cimas de Pathmos; y, el vuelo fragoroso de las águilas dantescas, en el corazón de la Selva Impenetrable… y, tendréis a Carlyle; todo Carlyle; la virtud del Verbo, reside en él, con caracteres de resonancia y, atronación; es, sibilino y confuso; el Oráculo de Delfos, musita en sus labios; el caduceo de la Iniciación, ornado de las serpientes simbólicas de la Sabiduría, es necesario, para entrar al templo hermético de aquella prosa; el sentido de la Hermenéutica, es preciso allí.

No es un autor de fácil acceso mental este escocés abrupto y, escarpado, como los desfiladeros de un monte plutoniano; sus actitudes de Pitonisa encolerizada, dan un raro atractivo y, una trágica belleza, a su figura inquieta y sombría, que parece agitarse ante una tela movible, de Relámpagos, en un horizonte de borrascas; se diría, que el rayo es su báculo, y, el trueno es su voz; su prosa, contorsionada y guijarrosa, rechinante por la violencia, carece de belleza para los oídos ecuánimes y muelles, hechos al ritmo cadente, habitual de las bellas frases, escritas por los profesores de la euritmia anémica y académica, que gozan por lo pequeño de su inspiración, los favores de la admiración más grande.  Y, sin embargo nada igual a la belleza de aquella prosa huracanada, cuando llega sibilante a las cimas escuetas de la Invectiva; es allí que principia, el peripleo de las tempestades; la trayectoria del trueno… y, lo llenan todo; cuákero alucinado y alucinante, sus gesticulaciones de poseído, lo llevan a veces hasta el borde del Ridículo, que está tan cerca de lo Sublime; pero, no cae en él. Ese equilibrio es el sentido del Genio; quien dijo Poeta, dijo Dolor; y, por ese lado, Poeta fué Carlyle; pero quien dice : Poeta-Profeta, un solo nombre dice, y, ese nombre, es : Genio; vocablo solitario y, aislado, como un peñón que tiembla bajo las alas de las águilas y, las cóleras del cielo… todo Genio verdadero, es, un Genio solitario; y el Genio, aisla y se aisla; la cercanía al Genio, es intolerable a la Multitud; la cercanía de la Multitud, es  insoportable al Genio; se repelen; decir genial, es decir excepcional; excepción, es, proscripción; la Superioridad condena a la Soledad; es el camino que conduce a ella; el Genio, es una forma de Crimen Divino; todo Genio, es un Philoctetes, tocado de la lepra de los dioses; ha traicionado la pequenez de la Humanidad, siendo más grande que ella  y, su Soledad, es el islote de las Lócridas, desde el cual lanza sus lamentos, que las olas repiten, como un cántico en la Noche…

Las carabelas de los hombres pasan lejos, empujando con sus quillas, las espumas hacia el escollo, como un salivazo de la Victoria colectiva, al Genio, vencido y solitario; el Genio, sube hacia la Gloria, llevando sobre sus hombros, la montaña de su Soledad; es un Prometeo, que lleva consigo, la Cima, en que ha de ser clavado por los hombres y devorado por los buitres; el Genio, es la más triste expiación de la Gloria, que hayan conocido los hombres; el Genio, no ama la Tierra, que pisa;  y, tiene horror, al Cielo que lo cobija; aislado entre esas dos intemperies, igualmente odiosas y odiadas, su Vida es una queja, que el eco desmesurado, convierte en una requisitoria; … contra los dioses y contra los hombres… y, esa requisitoria, partida del corazón de las tinieblas, hace temblar el Mundo; el grito salvaje de la Soledad, tiene el poder de espantar o de encolerizar los hombres; no tiene el poder de encantarlos ni de salvarlos; es el rayo del Sinaí; no es la flauta de Orfeo, ni la voz del Tiberiades; en el Gólgota, al decir de la Leyenda, los hombres, crucificaron a un Dios; en el Cáucaso, los dioses, crucificaron a un Hombre; pero, ese hombre era el Genio; esta Leyenda, vale más que la otra; el Cáucaso, está más alto que el Gólgota; porque el sacrificio de un Genio, vale más que el Sacrificio de un dios; porque el Genio existe; y, la voz del Genio, es : la Verdad; violenta y desesperada, ella se clava en el corazón del Hombre, como el pico de un cóndor en el corazón de una oveja…

No hay un hálito de caricia, en aquel viento inmisericorde, que baja de la cima aislada, donde el Genio, tiene en sus manos el cuadrante de las tempestades; leed a Carlyle; sentiréis la impresión de una mano que os estrangula para convenceros, después de haberos abofeteado; de Esquilo hasta hoy, ninguna voz ha sonado más alta que la suya; ni la de los héroes y semidioses que Homero hace dialogar sobre las murallas de Troya; voz acre y sin dulzuras; toda música está ausente de ella; es el antilírico, por excelencia; es más que rebelde, áfono para toda clase de armonía; es rumoroso, pero, como los volcanes y, como el mar; como los ríos muy profundos; es desconcertante, en su enormidad y, en su obscuridad, cual si se viese en un sueño, una danza de montañas; es, uno como pastor de elefantes amaestrados, y de hipopótamos clowns; sus sarcasmos hacen pensar en los Circos foráneos, y, en las interjecciones y, los puños de los domadores de ferias; hay en él, monólogos de demente, que hacen pensar en los locos de Shakespeare; y, soliloquios fastuosos, no oídos después de Esquilo, ni aun en los titanes autoparlantes de Hugo; lo sublime reside en su prosa, en calidad de elemento primitivo, informe y, expontáneo, fuera de toda belleza de Arte; la Ternura yace en el fondo, en forma de yacimiento virgen; lo bello en forma caótica y profunda, menesteroso de un trabajo de exploración que lo revele; es un genio de caverna y, de cima, al propio tiempo… alto y profundo;hecho para escalar en su vuelo las tinieblas del cielo, y, penetrar en venazones de fuego hasta el corazón sagrado de la Tierra;  prosa ruda y cálida; efervescente, como un metal en fusión; todo en él, es volcánico, informe y vehemente; se diría una mina carbonífera incendiada;y su sonoridad anti-musical y, violenta, tiene el encanto misterioso de las fuerzas desencadenadas de la Naturaleza, cuando en la visión de un espectáculo suyo, nos hacen sufrir su sortilegio; ¿elocuencia? todo lo que se ha llamado tal, desaparece, ante el empuje brutal de la Elocuencia suya; músicas de Demóstenes y de Esquino, semejantes al rumor armonioso de los mares griegos, o a un manso vuelo de palomas sobre el espejo azul del Helesponto; apostrofes alquilados de Cicerón, produciendo un rumor de cítara, sobre sus labios venales; homonotopeyas sonoras de Julio César, semejantes a golpes de espada sobre un escudo céltico; bellezas ornamentales y, clásicas de Tiberio Graco; sarcasmos desesperados de Cayo, saltando como un tropel de tigres, sobre sus enemigos asombrados… prodigioso decir de Catilina, cuyo verbo tenía el encanto y la fuerza de un puñal tiranicida… todo eso aparece, como un bello juego de palabras, ante las voces atronadoras y, los gestos desconcertantes de este pujil de la diatriba, semejante a un derviche enfurecido, en el cual viviera la locura de un dios; sólo Isaías, le iguala en sublimidad, y, Ezequiel, en realismo desvergonzado y grandioso; parece que hubiera pasado cerca a la caverna del hijo de Amots, a las deyecciones del cerdo lírico y profético de Caldea, al estercolero de la larva de Huts, porque de todos esos clamores hay en su prosa, que semeja el viento colérico que ha atravesado los desiertos y, empujado con sus alas la marcha vertiginosa de las cataratas que se desprenden del corazón de las montañas; la dispepsia que atormentó su vida parece haberse comunicado a su prosa, ácida y fermentada.

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Colérico y, bilioso, el solitario de Chelsea, hecho profesor y, traductor de libros, para ganar su vida, y, sintiendo que ésta lo estrangulaba, como no tenía el oprobioso bozal de la Resignación, gritó tan alto sus rebeldías, que obligó al mundo, a volver a mirar hacia él, para obligarlo a callar; como siempre, el mundo lo insultó antes de comprenderlo, y, se mofó de él, antes de admirarlo; ¿por qué extraño fenómeno de refracción, el mundo, se empeña siempre en proyectar sobre el Genio, la sombra del arlequín, que él, lleva en sí? Carlyle, tuvo el desdén de la burla, que precede siempre al desdén de la admiración, en los grandes genios; profeta de la Verdad y, de la Justicia, se empeñó en evocar sus sombras, y, en extraer sus cadáveres, que dormían un sueño inmemorial de siglos, en un hipogeo repleto de cenizas y, bajó a la arena del combate, pujil sin otra fuerza que la de su Verbo hierático y sacerdotal, y, un corazón invulnerable, insensible a los dardos de la derrota, como el corazón de todo Héroe auténtico; la autenticidad de un Héroe, se prueba por su insensibilidad cuasi divina ante la derrota inmerecida; y, Carlyle, fué vencido; pero, ¿puede ser vencido un solitario? en sus soledades de Hoddam Hill, o de Chelsea, como en su desierto de Craigenputtock, Carlyle, no se preocupó de la derrota de sus ideas, y, eso a causa del desprecio que le inspiraba el vencedor… la soledad, tiene ese derecho inalienable, de despreciar el mundo, que la vence sin poder llegar hasta ella; ¿cuánto tiempo duró esa lucha?,  más de medio siglo.

Durante ese tiempo, Carlyle conoció todas las formas del Escarnio, nada, ni su Vida de Schiller, ni la de Goethe, ni su Ensayo sobre Eitcher, ni su Estudio sobre la Literatura alemana, bastaron para sacarlo de la ultrajante obscuridad; su Sartor Resartus, aquella enorme Mueca-Poema, desesperante en su hilaridad, como el rostro de Gwinplaine, obtuvo el más estrepitoso fracaso, que registra la historia de los libros; no el fracaso en el Silencio, sino el fracaso en el Insulto; «fárrago abominable», «locura insulsa», fueron entre otros, los títulos que mereció del Público, el más bello y más profundo libro de Ironía, que después del Quijote, se ha escrito en lengua de pueblos cultos; un Quijote ebrio; pero, ebrio de Sátira, y, de Dolor; Swift, Ritcher, y, todos los grandes humoristas palidecieron ante la creación genial y, absurda de Carlyle; el grotesco-épico, de forma puramente espiritual, no había adquirido hasta entonces, su forma máxima; la adquirió en ese libro.

llevaba, la Ironía en las garras, y, lo primero que había destrozado era la Gramática; por largos años se le dejó rugir y saltar en la Soledad; eso conviene a un Genio; la Soledad, es la vaca de Parsifal; su leche inspira sueños de oro; esa soledad, no fué turbada, sino por el himno de la diatriba; los insultos llegaban a él, como un vuelo de murciélagos en la Noche; fué declarado : «peste de la lengua inglesa»; «piedra de Escándalo»; «saltimbanqui insoportable»; ¿el Sabio de Chelsea, privado de serenidad, tuvo la cobardía de sufrir de esos ataques? tal se diría, leyendo ciertos libros suyos; ¡qué imprecaciones!.. ¡qué invectivas! ¡qué lamentaciones! la Elocuencia y, la Profética, tuvieron en ese Dolor, un yacimiento virgen; de él, extrajeron, los lingotes sin pulir, de los más bellos dicterios y de la más radiante dialéctica; aquella alma de llamas, abrasaba y se abrasaba; era la zarza, y era el fuego; era la tea, y era el incendio; consumiéndose, consumía; con esa fuerza de combustión, salen de su cerebro, esos libros, apocalípticos y terribles unos, otros grotescos, que se hacen trágicos, por la violencia del gesto, y, el poder de la expresión, como Past and Present, Chartisme, Signs of the Times, Caracteristics y aquellos Latter day Panphlets, cuya virulencia desconcertante, hizo gritar a sus enemigos. Carlyle, está loco, dijeron unos. Carlyle, se ha dado al wisky, dijeron otros… el viejo está ebrio, gritaron; y, en vez de andar de espaldas, como los hijos de Noé, para cubrir con el manto de la Piedad, la desnudez ebria del Genio, arrojaron sobre ella el vitriolo del Insulto… y, era una calumnia… calumniar al Genio, es fácil; comprenderlo, es, lo difícil.

Carlyle, estaba ebrio : sí; pero, ebrio de generosas cóleras, ebrio de Amor a la Justicia; esa embriaguez de los genios, nacidos para emular los dioses; la embriaguez de Prometeo; ¿no era natural, que los buitres del Odio, devoraran los hígados de aquel terrible asaltador de cielos y, cleptómano de los rayos divinos ?; él, desafiaba a Júpiter, y, Júpiter lo castigaba; y, Mercurio se unió al castigo, con sus huestes de alquiler; los críticos, que son los lacayos de todos los Olimpos, cayeron sobre aquel viejo Sagitario, y, como las golondrinas de Tobías, depositaron su fiemo en los ojos del Patriarca; pero, él, no cejó; continuó en lapidar los lacayos y, los amos; los compañeros de Carlyle, en su soledad, le fueron fatales, porque fueron, los abyectos y violentos metafísicos alemanes. Fitche, envenenó su pensamiento; él, lo intoxicó de esa herofilia morbosa, que había de ser tan fatal, a la libertad de sus ideas y, aun a la libertad del mundo.

Kant, lo maculó con su Metafísica. Dugal Stewart, le comunicó su odio al materialismo, que llamó una Idolatría; y, por no adorar la Materia, se preparó a adorar el Hombre bajo las facciones del Héroe. Goethe, Schiller, Kant, le ayudaron a pensar, mientras el terrible Juan Pablo Ritcher, le enseñó a reír… ¡cuánto rieron juntos!…tal vez de esa risa, nació el Profesor Teufelsdrockh; y, desde lo alto de su minarete, los dos lo vieron pasar por la calle y, rieron de su creación; sin embargo, nada más grave, más meditativo, más sombríamente triste, que este titánico y acongojado Carlyle, desde el día, en que a través de los libros, entrevió su Destino, en las soledades de Annan; y, desde el día, en que la abyección del pensamiento alemán, inoculó en su Pensamiento, el amor ciego de la Fuerza, ya no fué libre; fué el esclavo de la Fuerza, que se le aparecía, bajo las facciones radiosas del Heroísmo; el esclavo, y, el Profeta; el Heroísmo, se le apareció a la orilla de su senda, como Virgilio a Dante; y fué su guía; ya no supo, sino pensar con el Héroe, y adorar el Héroe; la Herolatría, lo poseyó; ella, deshonró su pensamiento y empequeñeció su Obra; de esa Idolatría, nació su libroLos Héroes; serie de conferencias atormentadas, reunidas en volumen; la Necesidad, que es la madrastra del Genio, obligó a Carlyle, a esta jira oratoria, que él, mismo llamó, «detestable mixtura de Profecía y de juego de actor»; losHéroes y, la Revolución Francesa, son los dos grandes pecados de Carlyle, porque son dos grandes pecados contra la Libertad; dos apologías, del despotismo, dos himnos a la Fuerza; ¡ay! Carlyle, que era un espíritu justo, no era un espíritu liberal; ¿cómo creer que al amparo de la Fuerza, puede vivir la Libertad ?… la Libertad de Carlyle, era la de Cronwell, no era la de Danton… ¿es esa la Libertad? aquel gran enamorado de la Justicia, no sabía encontrarla sino en la punta de una espada; toda su Metafísica, su Etica, y hasta su Estética, se basaban en la Fuerza; todo su mundo mental, giraba en derredor del Heroísmo; ese vil producto, de la Fuerza y de la Adoración, que es : el Héroe; era su dios; todo, radicaba en él.

¿La Grandeza? : el Héroe… ¿la Nobleza? : el Héroe… ¿la Gloria? : el Héroe… todo… hasta la Belleza… el Héroe… el Héroe… llenando los seres y la Tierra… yo, no he visto nada más abyecto, que aquel Poema de la Fuerza Bruta, divinizada. Dios y, el Héroe, se confunden, y, se hacen como uno solo, en el crepitar de aquella dialéctica de fuego; en aquella Mitología divihumana, no se alcanza a ver, dónde acaba Dios, (Wuo-tan) y, dónde principia el Héroe, (Odín); se funden y, se confunden, se hacen uno solo, como llamas de un mismo foco y olas de un mismo mar; allí, no es el Héroe, el que se sublimiza, haciéndose dios; es dios, el que crece y, se agiganta, haciéndose Héroe; la extraña y peregrina teoría es desmesurada, y, aparece como un astro consolador, para alumbrar las noches, sin gloria de la Esclavitud; los cielos del Despotismo, se hacen enormes, con la aparición de esa Mitología, que disemina en ellos, esa constelación fatídica, que principiando en Odín, sobre un forjd escandinavo, pasa por Cronwell, sobre el peñón británico y va a morir, con el Doctor Francia, en cielos ecuatoriales, y sobre selvas profundas; la teoría de la Admiración al gesto heroico, se extiende hacia todas las latitudes, hacia todos los cielos, en torno a todos los hombres, que degollaron la Libertad con la espada de la Fuerza; el Héroe, es, el Dios, de Carlyle, él, lo evoca, él, lo pinta, él, lo adora, y, él, más que pedirnos, nos ordena que lo adoremos; es un ataque de forzofolia epiléptica, sacudiendo los miembros de un atleta; fué, y, ya lo dije, la brutalidad sumisa y contagiosa del Pensamiento alemán, la que pervirtió el juicio, de este cuákero escocés, feroz y, taciturno, atraillándolo al culto de la Fuerza, sacrificando en ese altar, el más extraño, el más viril, el más sonoro estilo que hayan leído los hombres; no hay lobo enchamarrado bebedor de sangre humana, desde las épocas prehistóricas hasta hoy, que no arranque una jaculatoria a aquel estilo portentoso, que, sin embargo, parece temblar a veces con el contacto del ídolo, y, se hace entonces confuso y dislocado, como el dialecto bárbaro que fulminó en los labios de Pablo el Apóstata, vuelto, súbitamente y furiosamente, del lado de la Divinidad… el raro amor de Carlyle, por la Fuerza, es una especie de histerismo de Pitonisa, que quiere ser violada por el Conquistador que la consulta; y, él, que tuvo la pasión de la Justicia, careció de la pasión de la Libertad; por eso, su Gloria resulta falla, ante el Juicio de la Historia.

Carlyle, sufrió el castigo merecido, de esa falta, que tiene las proporciones de un Crimen, porque vivió lo bastante para ser envilecido, es decir, para ser reconocido y admirado… murió a los ochenta y seis años, como un jefe bárbaro caído sobre su escudo, buscando con los ojos extraviados, alguien a quien herir; y, ese Apóstol de la Justicia, entró en la Eternidad, acaso con el designio de pedir cuenta a Dios, de esta grande Injusticia, que se llama : la Vida; las páginas de esa Requisitoria, duermen sobre los labios vírgenes del Misterio… ajenos a toda forma de Revelación.

(José María Vargas Vila. De su libro “Sombras de Águilas”)


2 thoughts on “Vargas Vila y Thomas Carlyle

  1. “Sombras de águilas” establece claramente una relación entre la obra de arte y la fecunda personalidad de Vargas Vila. Así, este peculiar autor descalifica o exalta por razones políticas, por aspectos biográficos o tendencias, a autores como Renan, Taine, Tolstoi, Merimee, De Maistre, Nietzsche, Ibsen, Valle- Inclán, Gener, Bloy o al propio Thomas Carlyle. El escritor colombiano solía recurrir con frecuencia a las comparaciones, los paralelismos y las paradojas. Y por poner un ejemplo, esto es lo que él escribe respecto a Tolstoi e Ibsen en este libro:

    “el sol al reflejarse sobre los pantanos de nieves y de lágrimas de Tolstoi, hace reflejos de desolación, como en las aguas verdosas de las paludes de Siberia; al reflejarse en las moles radiosas de Ibsen, les da resplandores de estrellas polares, caídas en el océano. Tolstoi, habla en nombre de la Piedad. Ibsen, en nombre de la justicia”.

    Dejando de lado los apasionamientos, entiendo que la obra de Vargas Vila –lejos de ser inferior, como algunos pretenden– marca dentro de su tiempo, una de las realizaciones más completas. Pese a los arabescos de mal gusto y a alguna reminiscencia incómoda, contiene elementos sólidos durables. La negación o el desprecio de muchos críticos hacia su obra nace de un prejuicio o de un examen superficial.

    Gracias por recordarlo aquí. Un cordial saludo

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  2. Así es, Mauricio. Esa negación –o directamente el desprecio de algunos críticos hacia la abundante obra de Vargas Vila– pone de manifiesto la radical manipulación ideológica que ha condicionado durante décadas la recepción de su producción narrativa y poética. Y todo ello, mediante el recurso a unos criterios que para nada tienen que ver con la categoría de lo literario.

    Al parecer, de poco sirvió el hecho de que su genial compatriota Gabriel García Márquez recordara en su novela Noticia de un secuestro, el nombre de Vargas Vila como “el escritor colombiano más popular en el mundo a principios de siglo XX”, y considerara sus libros capaces de apasionar “hasta las lágrimas”.

    Gracias por su interesante comentario.
    Un cordial saludo

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