Llámalo desventura

Brasaï. “Chez Suzy” 1932

A las tres de la madrugada el licor abona la lengua con gusto de achicoria e importa poco tragar cognac del bueno o alcohol de noventa grados. Todo sabe igual: el tabaco rubio de Virginia que el hachís importado del Líbano, las papilas y las pupilas, color o calor. Todo sabe igual porque todo se confunde en una bola inmensa que rueda desde la raíz del cabello a la punta de los pies. Y todavía más en esta noche de invierno, en la que Daniel Berardi se dirige a La Hafitte, uno de los pocos cafés bohemios que aún quedan en París y al que, en la década de los sesenta, solían acudir toda clase de noctámbulos: poetas malditos, artistas, truhanes, músicos y actores fracasados; gente adicta a la coca, al alcohol y a las bromas malignas. Años atrás, en la época dorada del jazz, bailaban allí al compás de la música de Charlie Parker y Dizzy Gillespie  antes de recorrer tugurios a la hora de las ratas y las calabazas, a la hora de los rufianes, bebiendo descomunales cantidades de whisky, de ginebra y a veces de pernod; bebían hasta caer redondos, hasta que la curda se les salía por las orejas y no encontraban el camino de regreso a casa. Años atrás, cuando parloteaban sin descanso y él se complacía en desplegar ante ella su célebre ingenio, su humor negro y sus historias escabrosas. En fin, cuando parecían amigos –la boca del pobre Daniel se retuerce en un rictus de amargura–, cuando la traicionera Leonor lo escuchaba durante horas y horas y tomaba notas en una agenda lila y se preparaba en secreto la muy ladina para convertirlo a él en Clement Rosand, filósofo de taberna y de buhardilla, dudoso artista, borracho impenitente, cleptómano, juglar, visitador de urinarios públicos, paño de lágrimas de toda clase de tarados y alma –por así decirlo– de la novela Llámalo desventura. Al pobre Daniel le gustaba hablar y hablar, discurrir largo y tendido sobre los más insólitos asuntos; le encantaba ser escuchado y también, porqué no decirlo, admirado. Tal vez por eso, por alimentar su ego locuaz, fue que se explayó acerca de la noche. O, más bien, acerca de sus excursiones a la noche parisina, la noche profunda y canallesca de la orilla izquierda, con su otra compinche, la pintora Lilian Fisk, ambos a la caza de hombres taciturnos, sombríos, un tanto aterradores.

Luego, Leonor Hasting –¿quién iba a imaginarlo?– escribió Llámalo desventura y le puso en la boca un montón de palabras estrambóticas, palabras que de vez en cuando no sonaban del todo mal (por pura casualidad, no porque esa bruja tuviera un miligramo de talento, no señor), frases que él jamás había pronunciado. Eso sin contar las descripciones infames de sus costumbres. Qué maldad. Y lo publicó en Editions du Soleil, bajo el ala protectora de Ray Stiller, un americano baldío con vocación francesa, alentador de sinvergüenzas, quien la consideraba sin recato “el genio más grande de la literatura de los últimos años”. ¿Genio de la literatura? ¡Hay que joderse!. Por causa de la novela la bruja maligna se hizo famosa, en un abrir y cerrar de ojos se convirtió en una estrella, una auténtica leyenda, mientras que él, Daniel Berardi, argentino cosmopolita y escritor frustrado, terminó por sentirse de veras como un crustáceo sin caparazón, un mísero bicho demasiado expuesto a todas las miradas. Alguien a quien los demás se permiten juzgar y analizar, alguien que suscita burlas. Qué espanto. Ahora ya no habla de la lluvia, de la bebida ni de la noche. Las padece. Ahora sabe que la noche es cuando te das cuenta de que estás completamente solo y empapado.

Pero aún le quedan muchas aventuras por vivir, por eso se dirige ansioso y enardecido a La Hafitte, a la vuelta de la esquina de la estación de metro de la rue Vaneau. Va deprisa, pisando los charcos formados por el aguacero, mascullando atrocidades con sabor a ginebra. Le importa un bledo si los escasos y no muy sobrios transeúntes de la madrugada, (cuando hace ya horas que el carruaje se transformó en calabaza y los corceles en ratas), lo ven gesticular como si fuera un loco. ¿Por qué habría de importarle? Quizá ni se percata. Va directo a lo suyo, a intentar olvidar durante unas horas sus problemas. A beberse una buena botella de ginebra, a ver si casualmente se topa con Leonor para cantarle las cuarenta…

Sigue lloviendo y la lluvia, intensa ahora, golpea su rostro. ¿Dónde habrá dejado el paraguas? ¿En el Café des Deux Magots o en el de Flore? ¿O en un banco de la iglesia de Saint-Germain-des-Prés, justo enfrente del primero? Mala suerte. Lo ya impreso no puede ser suprimido –suspira–, el pasado nos cae encima y nos aplasta con el peso de lo irreversible. Pero en fin, algo hay que hacer. Buscar a algún viejo amigo al que poder gorronearle una copa, o ajustarle las cuentas de una vez por todas a esa cínica y pervertida Leonor, si es que la encuentra allí. Ésa que anda por ahí haciéndose pasar por escritora sin tener en cuenta el sufrimiento de los demás, las desdichas e imperfecciones del prójimo, la hora oscura de la gentecilla ridícula.

¿Leonor Hasting escritora? Bah. ¿Llámalo desventura? Puaf. ¡Menudo bodrio! ¿A quién se le ocurre poner sobre el papel tamaña sarta de estupideces? Una pizca de ingenio, dos de perversidad, tres de bajeza y cuatro de pimienta. Un libro que da ganas de vomitar. Palabrejas en francés y en inglés pescadas aquí y allá, probablemente en sus encuentros y posteriores borracheras con el políglota Thiersen, porque la muy burra lleva un montón de años en París y cada vez que va a un restaurante sólo puede pedir omelette, siempre omelette, que así de paupérrimo es su léxico. Miserable. Palurda. Con esos aires de superioridad, de gran dama, y ni siquiera sabe ordenar una frase. Qué va a saber. Todo le queda retorcido, giboso, enroscado en estúpidas volutas, como una traducción literal de los jeroglíficos egipcios o alguna otra sandez por el estilo. Ah, el mundo se ha vuelto loco si cree que Leonor Hasting es escritora. Pero él no se deja engatusar. Qué va. Él sí la conoce bien. Ella en realidad sólo es una diletante, una  oportunista, una grandísima estafa. Se burla de él –aprieta los puños–, sí, sí, se burla y hace que los demás, Jimmy la Cigüeña, Antón el Turco, el otro sodomita, Bob MacAlvin, en fin, la tribu, también se burlen a más y mejor y eso no puede ser. ¡Ay, cuando la encuentre..!

Son las tres de la madrugada y ahí va, caminando bajo la lluvia, el hombre fracasado. Su andar es oscilante, una especie de contoneo inseguro, con las rodillas arqueadas, los brazos extendidos hacia el frente y las muñecas dobladas hacia abajo, recuerda el de un perro que caminara erguido sobre las patas traseras. ¿Por qué serán todos tan imaginativos, tan dados a las comparaciones, la maledicencia, la guasa, la grotesquerie… –rechinan los dientes del hombre burlado–, a ver, por qué? El pobre Dannie (así le gusta llamarse, sobre todo cuando se siente como una tímida violeta aplastada por una boñiga), un perro para exhibir en ferias de cuarta categoría. Un chucho tiñoso, famélico, apaleado, con pulgas, animalejo de Dios. Suena el eco de un trueno cuando Daniel Berardi, malhumorado y calado hasta los huesos, entra en La Hafitte. Leonor no está, pero sí Marcella –una escultora ninfómana y alcohólica–, que lo llama y lo invita a su mesa.

A las tres de la madrugada los relojes se desmayan para minimizar la importancia de las cosas e iniciar el tiempo de las banalidades: –¡Dios, estás hecho una sopa! Siéntate conmigo Dannie, te invito a un trago… Oye, fíjate qué curioso: acabo de enterarme que la zootecnia moderna, a través de un algoritmo matemático, demuestra la veracidad del suicidio colectivo de los lemmings…

A las tres de la madrugada no conviene mostrarse cariñoso porque la piel supura cubitos de desdicha que la vuelven insensible al tacto, incapaz de distinguir el inicio de la caricia del final de los rasguños. Amar a esas horas supone un desperdicio de energía que debemos ahorrar. Tal vez por eso es que se apagan muchas luces a las tres. Sólo las cucarachas lo agradecen. Las cucarachas y los borrachos que aprovechan la oscuridad para cosquillear la espalda de los adúlteros anónimos o fornicar, botella en mano, con la poesía a falta de una mujer. El caso es despilfarrar palabras esdrújulas mal coordinadas que remitan a Keynes y a César Vallejo, o imaginar en voz alta el modo en que retoza la vecina de la buhardilla cuando baja a pedir una taza de azúcar. Qué puede importarle a nadie –piensa el pobre Dannie– si las consecuencias económicas de la paz inspiraron la muerte sin fin o viceversa, lo importante, lo pertinente es el hecho de recitar ambas, muy bajito en la oreja de Marcella, a cambio de una nueva copa que vaciar. ¿A quién le importan los economistas o los poetas o las vecinas cachondas cuando todos los lemmings se suicidan en masa?

–Sí, Marcella, sí… deben de estar muy locos esos bichos.
–Más que nosotros, chérie, más que nosotros, que a veces confundimos el Sena con el Rin..
–¡Salud!

A las tres de la madrugada la vida se apelotona en un cúmulo de vasos y ceniceros sucios de saliva, de carmín, de semen y laca de uñas color apio; un cerro rebosante de basura que intentamos componer desde la boca de una botella que no es la última sino la del estribo. Es entonces cuando se recuerdan viejos blues, se intenta bailar “Summertime” sin tropezar la mesa que sostiene la vida, es decir, los vasos y los ceniceros. Pero incluso la vida deja de parecer interesante ante la impasibilidad con que una diminuta bestezuela se arroja al mar para morir panza arriba –o panza abajo– entre las algas y los nenúfares, con todos los bigotes apachurrados de lirios.

–No es el Tirreno, bobo, ¿Cómo podría haber lirios en el mar?
–No los hay, Marcella, pero no me negarás que la imagen es poética.
–Es cierto, Dannie querido…

A las tres de la madrugada los huesos se vuelven blandos como gelatina de limón y, como decía Leonor, se nos cuela en la boca el virus de la tristeza semántica, un protozoo infame capaz de asesinar el treinta por ciento de cualquier palabra. Y son muchas palabras las que se despilfarran en un vaso de vino o de ginebra cuando a los parroquianos de La Hafitte les da por desvariar sobre política o literatura en plena madrugada. Pero la desazón de la palabra es apenas una impertinencia ante la actitud globalofílica que impulsa a los lemmings a suicidarse en primavera pese al veto de Casona.

–Están como hipnotizados… Se ahogan cogidos de una pata y mueren a remojo, igual que los garbanzos. Dicen que es para salvar la especie.
–Para mí que son todos maricas si tienen que cogerse de las patas para morir…
–Más que cogerse se amontonan, unos encima de otros, empujando… –dice ella, levantando con mano temblorosa su copa de ginebra.
–Pues eso, mariquitas y encima estúpidos…

A las tres de la madrugada, Daniel y Marcella se miran a los ojos y –por si acaso, no vaya a ser que les dé por quererse de repente– los desvían hacia un rincón del bar; hacia Jack y Lee, graciosamente tristones como ellos y, como ellos, señalando en el almanaque las fiestas de guardar: en rojo los días del vino, en sepia los de las rosas. Las últimas briznas de licor embarran sobre las pared gotas de nicotina, motitas lagrimeantes de ginebra al estilo de van Nickels y un mar completo de mentiras.

–Ahora es cuando llega el momento de las lágrimas.
–No fastidies, todavía no son las cuatro…
–Da igual.

A partir de ese instante, Daniel, Marcella y los borrachos lloran sinceramente las cosas importantes de la vida. Lloran con sentimiento genuino, lloran con entusiasmo de coro griego o falacia de plañidera judía, lloran desde el corazón y desde el hígado y desde la cutícula de las uñas de los pies. A esa hora el llanto del vino semeja un acto de contrición no premeditado en el que se acostumbra golpear el pecho: uno tras otro cuatrocientos golpes y, de paso, dos pellizcos a la vecina rubia de la buhardilla. A las tres de la mañana el llanto del whisky o la ginebra abre las lámparas como se abren los paraguas de Cheburgo y todas las mujeres se peinan como Catherine Deneuve.

–¡Eso sí es un culo, Marcella, y no el de los malditos lemmings!

A las tres de la madrugada, Gillespie, saca del bolsillo un alfiler que le clava en el muslo derecho a Charlie Parker para despertar el llanto del bourbon e improvisar un solo en re menor que recuerde el New Orleans boogie de Jerry Lee Lewis.

–¡Malditos drogadictos!
–¿Los lemmings?
–No. Los músicos de jazz.
–¡Ah!

A las tres de la madrugada Paul y Leonor vomitan en camas separadas, Jack y Lee roncan en casas separadas, François y Catherine se masturban en cuartos de baño separados y un montón de lemmings recibe la extremaunción cogidos de una pata: una cosa es morir y otra hacerlo en pecado.

–Ya estás borracho, amigo.
–¿Es que no le harías tú un favor a aquella francesita?
–Y hasta tres si hiciera falta.
–Entonces…
–Pero lo de las ratas…
–Lemmings.
–De acuerdo, son ateas y, al final, todos los suicidas van al infierno, incluso las ratas.

A las tres de la madrugada, la embocadura del saxo pregunta curiosa y con un aire triste a la trompeta:

–¡Hey, Dizzie! ¿Es cierto qué todos los lemmings se suicidan?
–Sólo cuando están borrachos, Charlie, sólo cuando están borrachos…

I. Jiménez

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