La mirada

Apenas una sombra al borde del arcén. Una sombra difusa de oscuros contornos, distorsionada por la última luz de la tarde, oculta por la lluvia que vuelve extraños los límites con un no sé qué de fantasmal, de agónico mirar que te pone la piel de gallina y te encoge el estómago. No quería parar en esa tarde gélida y empapada. No quería descender del coche ni caminar la orilla de los charcos con todo ese aire frío ceñido a la garganta. No quería saber ¿para qué?. Tan fácil como volver la cabeza hacia otro lado y apretar el acelerador por un instante. Fijar la pupila en el paisaje, la mente en esa lluvia triste que cae casi sin fuerza, un poco por costumbre, porque es invierno y en invierno llueve. No quería mirar y, sin embargo, seguía mi mirada aquel perfil oscuro anegado de lluvia, más negro que la noche más negra, que me llamaba a gritos desde el silencio pacífico del ocaso, suplicante casi, como pidiendo perdón por la molestia. Maldije entredientes antes de echar el freno y cerrar con fuerza la gabardina. Tomé el periódico y recorrí sin ganas los pocos metros que me separaban de ella. No quería mirarla pero nada evitó a los ojos el vientre desgarrado de mala manera, ni aquel caracolear de instestinos fuera de sitio, ni el estómago flácido vomitando jugos espesos desteñidos por el agua. Ni los huesos quebrados de la pequeña mano izquierda, curiosamente doblada como una zeta, sin uñas ya… Ni la boca entreabierta de espuma, ni los ojos grandes, inmensamente grandes del todo dilatado el azul que me secó las lágrimas. No quería mirar… pero miré mientras convertía el papel en sudario de tinta que arropaba un cuerpo flácido, resignado e informe. Miré mientras descendía la cuneta y la acomodaba despacio al pie de los árboles. Miré mientras me ensuciaba de barro los zapatos que empujaban la tierra de aquella sepultura vespertina y pobre. Miré. Miré. No quería mirar, pero miré mientras huía de nuevo hacia el calor del coche, mientras hacía girar las llaves, mientras encendía la radio para volverla a apagar de inmediato porque, en esa tarde gris de lluvia y frío, los violines de Bach maullaban como los gatos. No quería mirar, pero miré… Sigo mirando.

6 thoughts on “La mirada

  1. Gracias, y es poco, por tu comentario querida Livia, y por tus atenciones con nosotros. Un cordial saludo, Manuel

    Me gusta

  2. “Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl.” — (Otro fragmento del mismo relato como respuesta agradecida a tu envío, amigo Gishman)

    Me gusta

  3. “Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardin des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl..” — Julio Cortázar

    Me gusta

  4. Se agradece mucho tu comentario, Ruben. Este breve relato sólo intenta reflejar un momento excepcional, una circunstancia o simplemente un estado de ánimo en la vida de alguien.
    Un fuerte abrazo.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s