Bradbury, ¿parábola o profecía?

¿Por qué será que, salvo muy escasas y loables excepciones, pareciera resultar siempre más aceptable para un auténtico artista digerir el fracaso que elaborar el éxito? Un éxito temprano, y sobre todo en sociedades donde implica reales y concretos beneficios, puede alterar las intenciones primigenias del creador y apartarlo de su objetivo original (la obra misma), para desviarlo –aunque sea inconscientemente– hacia otras metas subalternas: fama, dinero, premios. Pero no todos los casos son iguales, por supuesto. Y aquí tenemos uno: después de haber obtenido, a poco de empezar a escribir, éxitos merecidísimos con sus fundamentales Crónicas marcianas y El hombre ilustrado, el nombre de Ray Bradbury llegó a convertirse –por propia y justa gravitación– en el de un patriarca venerado de la mejor ciencia­-ficción contemporánea. Su nombre sigue siendo desde entonces (doble milagro), sinónimo de calidad y de éxito. No poco debe haber contribuido a ello su extraordinaria capacidad de comunicación (casi se diría de seducción), y no sólo como escritor.

Después de su aguda Farenheit 451, Bradbury inicia un ciclo de narraciones en las que redescubre su propia infancia; esa edad del mito hecho realidad. El árbol de las brujas (que se editó originalmente en 1972*) comienza en la mismísima Noche de las Brujas y el libro aprovecha una anécdota sencilla para recorrer las fiestas de los muertos de los pueblos del planeta, obligándonos a enfrentamos, como jugando, casi como si fuera una historia para niños grandes, con el abismo infinito de la Muerte, la estación última de todo afán humano, el sello y la matriz de nuestra condición: “Y bien, muchachos, ¿qué haremos ahora para espantar a los espantosos, aterrorizar a los terroríficos, horripilar a los horripilantes?”

(*) El árbol de las brujas. Ediciones Minotauro. Traducción de Matilde Horne. Buenos Aires.


One thought on “Bradbury, ¿parábola o profecía?

  1. El viejo mundo se muere. El nuevo tarde en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos.

    Antonio Gramsci

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