Releyendo a Copi

El baile de las locas está abierto. El baile de las locas gira vertiginosamente, hace vibrar los muros cubiertos de pantera sintética de una discoteca para turistas españoles. Todos han comprendido que la novela de Copi, El baile de las locas, no obedece a ninguno de los tópicos de la mierda literaria actual en Francia: ni está cargado de autenticidad dramática, ni es respetablemente intimista; en una palabra, no es ni agridulce ni desencantada. No, lo que hace más bien es saltar, haciendo cabriolas en un cóctel sangriento, rápida rapsodia picaresca, histeria por entero volcada al exterior, a la acción. No se trata de una novela-problema, ni loca aquí encierra una verdad oculta de la homosexualidad, mezquina palabra antinovelesca que ata como sufijo el sexo a la medicina y promete de antemano la monotonía de lo mismo con lo mismo. Seamos rigurosos: la loca –gay con pluma, que dirían ahora– es la estrictamente heterosexual, proyectada como está constantemente a la aventura de lo heterogéneo.

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