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Relatos

Aparente venganza

 

 

Por MANUEL HOSTALET

El dormitorio permanecía a oscuras, excepto por algunas manchas de luz velada y amarillenta que se filtraba desde la calle formando dos grandes rectángulos en el techo de la habitación.

Inquieta, la mujer cuyos cabellos reposaban en desorden sobre la almohada, se dio la vuelta en la cama buscando un rincón fresco y luego, sofocada por el calor abrumador de aquel verano, retiró la sábana que la cubría dejando al descubierto sus blancos muslos desnudos. A su derecha, una mole alta y pesada como una montaña, resoplaba y gruñía esforzándose en respirar.

Mientras la mujer, insomne y aburrida, espiaba la llegada del amanecer, a su lado aquel bulto de formas imprecisas dormía profundamente, ronco y sibilante como una vieja máquina de vapor. Cansada de oír aquellos estertores agónicos, calculó la distancia y le dio un enérgico codazo en el estómago, consiguiendo que, por unos momentos, la habitación quedara en silencio.

Se había acostumbrado a pegarle cuando dormía como un modo de desahogarse y también porque podía hacerlo impunemente ya que él jamás se había despertado. Llegó a sospechar incluso que, de manera inconsciente, incorporaba los golpes a sus sueños.

La sospecha se confirmó cuando una mañana, en mitad del desayuno, él le contó una pesadilla durante la cual había tenido la sensación real de ser asaeteado por una tribu de guerreras amazonas. Lo cierto era que noche anterior, ella, desesperada por no poder conciliar el sueño, se había entretenido pinchándole la grasa de su gran barriga con una larga aguja de tejer, para gozar con los gruñidos de dolor que le arrancaba.

A las seis, cuando una difusa claridad azulada penetraba a través de la ventana, decidió levantarse. En el baño, se quedó desnuda frente al espejo y observó detenidamente los rastros del tiempo en su cuerpo, el cual, pese a todo, se mantenía firme, los pechos erguidos, las caderas de curvas poderosas, piernas largas y perfectamente torneadas y, en conjunto, una figura que no había cambiado en los últimos años.

Al regresar a la habitación envuelta en un albornoz, miró en dirección a la cama y compuso una expresión traviesa, mezcla de astucia y placer, al comprobar que él seguía roncando y que, por tanto, continuaba a su merced.

Acercándose sin mayores precauciones al lado de la cama que ocupaba el hombre, lo mira sin resentimiento, dudando como lo haría alguien a quien se ofrece varios juegos y debe elegir sólo uno de ellos. Por fin ella se decide. Sentada al borde del lecho, se sube las bocamangas del albornoz y, aproximándose a la cara hinchada por el sueño, le da dos bofetadas con todas sus fuerzas. Él se incorpora de un salto.

–¿Qué ocurre? –dice.
–Nada, que has de levantarte –responde ella con calma.

El hombre se frota las mejillas enrojecidas y la mira como si tratara de alcanzar un asidero en el mundo real pues, durante unos momentos, ignora en qué plano de la realidad o del sueño se encuentra detenido.

No era odio, exactamente, lo que ella sentía por él. Sencillamente, despreciaba por simple al hombre gordo y sumiso que ella misma había ido transformando hasta convertido en un adefesio que las mujeres –sus antiguas admiradoras– evitaban con cualquier pretexto.

Un año antes, él se vanagloriaba de su cuerpo de atleta (lo había sido en su juventud) y, bromeando, alardeaba de cómo le perseguían las mujeres. Alto, piernas largas que le daban un aspecto elegante, el pecho musculoso, estrecha cintura y el abdomen plano como una tabla se unían a un carácter melifluo, todo lo cual ejercía un gran atractivo entre las damas, fueran jóvenes o de más edad. Era, pues, un hombre que resultaba irresistible cuando se lo proponía.

Fue entonces cuando ella trazó un plan para acabar con una situación que era incapaz de soportar. Se inspiró en la historia de Frankenstein, pues su propósito era el mismo que el de Mary Shelley: crear un monstruo. Aunque, en su caso, la mutación se haría a partir de un ser vivo.

No le fue difícil conseguir un frasco de corticoides provisto de cuentagotas, ni averiguar la cantidad que debía administrarse. Hizo una lista de los platos que él prefería y compró el mejor recetaría de repostería, pues era muy goloso. A partir de entonces comenzó a cocinar con esmero, con tanta aplicación como nunca lo había hecho antes. En realidad, se pasaba la mayor parte del día en la cocina, entre salsas y pasteles.

Lo animaba a comer con las ideas más peregrinas que, sin embargo, él aceptaba invariablemente porque era un glotón que siempre tenía apetito. Era la primera vez que, en contra de la moda anoréxica, le proporcionaba buenas razones para comer más. Allí estaba ella hablándole de los beneficios demostrados de una alimentación abundante, o de la necesidad de reponer fuerzas después del trabajo, o de cómo le preocupaba que estuviera tan delgado. Debía comer más, pensó él también. Y esperaba impaciente a que su mujer regresara de la cocina con un aromático estofado de cordero que había preparado ese día y al que había añadido una dosis doble del frasco que guardaba en el cajón de las especias.

Cada comida incluía un entrante y dos platos, uno de ellos siempre de carne, por lo general chuletones con salsas y guarnición. Y casi nunca faltaba una fuente de huevos fritos con patatas, que era uno de sus platos favoritos desde que estuvo en el ejército. Además, en la mesa siempre se colocaba una gran bandeja con diversas clases de quesos y otras tantas de embutidos. Para los postres siempre había un pastel hecho por ella, junto con pastas rellenas de crema, bizcochos y hojaldres con frutas.

Por las mañanas, él encontraba el desayuno perfectamente dispuesto. Croissants, ensaimadas, brioches y panecillos tiernos llenaban a rebosar el cesto de mimbre colocado en el centro de la mesa, y a su alrededor estaba la mantequilla, los pocillos llenos de confituras y mermeladas variadas, y tostadas en abundancia.

Como no le gustaba el café, ella le servía todos los días una jarra de leche fresca que él solía vaciar. Mientras desayunaba, su mujer le hablaba de la importancia del desayuno en una buena alimentación, pero después de algunos días se limitaba a algunas observaciones intrascendentes para no distraer su atención de la comida.

Al poco tiempo, el hombre comenzó a engordar, pero no le dio importancia; la mujer, simplemente lo negaba.

–Estás igual que siempre, –le decía.

Él tampoco sabía que comer en grandes cantidades acaba convirtiéndose en una adicción. La gula.

Cuando al cabo de dos meses comprobó que había engordado más de veinte quilos, comenzó a sospechar que todo aquello no era casual, sino que, seguramente, respondía a un plan muy meditado y ejecutado laboriosamente día tras día.

Sabía que la mujer, contra su costumbre de comer fuera de casa, ahora pasaba las mañanas en la cocina, incluso recordaba que ella le había pedido, poco tiempo atrás, una lista de sus platos preferidos. Desde que ella se encerraba en la cocina, la comida había ganado calidad y también era más abundante y variada.

Pero la confirmación de que su mujer estaba tramando algo en su contra, la tuvo un día que llegó antes del trabajo y entró sin previo aviso en la cocina. Ella dio un grito, pero el hombre llegó a vislumbrar el frasco con cuentagotas que la mujer se apresuró a esconder y llevando la mano atrás, en un sólo ademán, tan veloz como el de un prestidigitador. Él no le preguntó nada, le bastaba haberlo descubierto.

Ahora ya sabía cuál era el propósito de aquel plan, tan hábilmente tramado por su mujer. Del apuesto atleta de estómago liso como una tabla sólo quedaba, dos meses después una hinchada caricatura que todo el mundo rehuía. Las primeras en hacerla fueron las mujeres que antes se peleaban por estar junto a él.

Aquello no podía continuar así. Empezó a comer menos, pugnando con su apetito acostumbrado a la abundancia y al hartazgo. Pero, sobre todo, comenzó a pensar en una aparente venganza, conveniente y adecuada, como el único modo de restablecer el orden de las cosas.

De su juventud, conservaba un amigo que conocía cierta parte de la ciudad donde la venta de drogas era el pan de cada día. Lo pensó mucho antes de decidirse por el ácido lisérgico.

El LSD era lo más adecuado para sus propósitos. Es una droga sintética que no causa dependencia física, que produce alucinaciones y que, en personalidades predispuestas, puede favorecer la aparición de trastornos psíquicos.

Una semana después del incidente de la cocina, la mujer tragaba, sin saberlo, la primera dosis del ácido, mezclado con el café con leche del desayuno.

No pudo terminarlo.

–Me siento muy rara, parece que estoy flotando,
dijo ella.

–Vete a la cama, le contestó.

–Ayúdame, por favor.

Cuando ya estaba acostada, le sobrevino un ataque de pánico porque veía que la realidad se le escapaba como el agua que se escurre entre los dedos, y no podía retenerla. A su alrededor las cosas se deformaban y el corazón le golpeaba el pecho, latiendo desbocado.

Una hora más tarde le pareció distinguir a su marido, cerca de ella, con una expresión maligna en el rostro. Cerró los ojos y comenzó a ver con espanto figuras extrañas, ominosas y absurdas que le atemorizaban. Veía platos rebosantes de comida putrefacta que pasaban veloces cubriendo el cielo. La voz de él le llegaba distorsionada y amenazante.

Él llamó a la familia y les dijo que ella sufría un ataque de lo que parecían ser alucinaciones.

Pasado unos días, cuando ya se había sobrepuesto a la más extraña y demoníaca crisis de toda su vida, él añadió otra dosis de ácido al vaso de leche que ella acostumbraba a tomar antes de dormir.

Como era de esperar, media hora después, le sobrevino otros ataque poblado de alucinaciones. Esta vez, la familia de ella se mostró de acuerdo en llevarla al médico. Éste no le dio demasiada importancia a las alucinaciones y le dio una caja de somníferos.

Cuando se produjo la tercera crisis, todos coincidieron en que era necesario que la viera un siquiatra, el cual la trató como si fuera una psicótica y recomendó que, para seguridad de todos, lo más conveniente, oportuno y adecuado, era ingresarla en una clinica especializada.

Después de tres meses, durante los cuales la empapapuzaban, día y noche, con neurolépticos y barbitúricos, los médicos le dieron el alta. Cuando él la vio llegar desde el fondo oscuro de un ancho pasillo, observó enseguida la rigidez de sus miembros que la hacía caminar envarada. Lo único animado de aquella enflaquecida mujer eran sus ojos que, inquietos, se movían sin cesar de un lado a otro.

Al llegar junto al hombre, ella comenzó a besarle el rostro sin ningún pudor en el vestíbulo de la clínica. Después de comprobar, recelosa, que no había nadie cerca, le murmuró al oído que él era su salvador y, todavía en el delirio, le prometió que sería su esclava si la sacaba de allí.

La mujer, disminuida física y mentalmente, ya no representaba ninguna amenaza. En realidad, estaba a su merced, pensó mientras acomodaba en la palma de su mano las cajitas de medicamentos que debía administrar a la enferma. Luego, los dos juntos recorrieron el camino hasta su casa y, allí, al tiempo que ella deshacía sus maletas, él se encerró en la cocina para echar por el fregadero las dosis de ácido que aún guardaba.

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Sus cosas favoritas

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Mira, le digo a Robert, ella bebe y cuando bebe es como si estuviera danzando, en realidad habla con uno, esa conversación que es como una danza de la inconsciencia, y son los ojos, no la boca, y son las palabras de un lenguaje no cifrado, es la conversación de los gestos, de un leve temblor en la raíz íntima, de un continuo movimiento descendente de la sensibilidad hacia unos límites tampoco codificados, las pupilas pierden el negro de la indiferencia y hay una causticidad, se vuelven lecho y vierten un brillo que anuncia la ceremonia de la consumación del crack. Es, le digo a Robert, una conversación bajada de tono porque ya hemos llegado a la noche, hemos hallado las siete formas de decir ‘ausencia’ y aún queda media botella y suena al piano Black Friday, y es como si ella planeara por los mismos arabescos en constante desequilibrio, en un perentorio rogar la disculpa por esa danza que inicia y a la que se siente impulsada con una fuerza que ella misma no controla, con una fuerza que eyacula en su sangre ese primer impulso connatural, es una danza de cintura para arriba, casi una danza con la sola cabeza y a lo mejor es prácticamente una danza de los ojos, y sí: lo que en realidad ocurre no es sino que ella ha adoptado la posición expectante, en tensión, en íntima concentración, inmediatamente anterior al lanzamiento hacia el túnel de la música. Y es cierto que existe esa suerte de sugestión porque es un milagro el torso como surgiendo de la melodía, y también hay una ternura, y su cabello es un sentimiento conmovido, “y aquí, mira, es donde comienzan mis cosas favoritas, huecos que crea el movimiento, no, no me desengañes, déjame creerlo así, dirige mi vida en esa dirección, fuerza a ello el mundo, introdúceme de una vez por todas y devuélveme mis cosas favoritas, dales ese aliento de amor, llévame hasta el final de los límites y allí me depositas, justo en el borde con la lucidez, pero deja que conmigo viajen mis cosas favoritas”, sus cosas favoritas, Robert, que somos yo y nuestra mentira y nuestra desesperanza. Y nuestro medular lenguaje para designar las cosas imposibles, las palabras viejas y la cascada memoria: “amor, amor que es un recuerdo encerrado en las hojas de tu libro en el que tan bien encajábamos, ¿no es así?, oh, confírmame que no sólo la desventura, que no sólo la infelicidad acabarán con nosotros y con nuestra historia”, sino que también, Robert, con nosotros acabaron el enloquecido amor y nuestra conciencia de fugitivos como ese corolario de las películas moralistas.

No hubo amor todavía aquella tarde de chocolate y de Coleman endulzando los párrafos de mi primer libro acabado (lectura a la luz de una vela, la sombra de mi espectro contra la pared, oscilante, alguien había llevado a Lida y ésta colgaba subyugada en una banquetita, impregnada de la metáfora que eran mi voz y una cadencia –más tarde, Robert, tú habrías de anunciarme la metamorfosis que había acaecido en la oscuridad al alumbre de mis palabras, algo de lo que todo el mundo en aquella reunión fue consciente excepto mi yo pronunciándome en mis personajes, embebidos en mi propia contemplación) ni tampoco aquella vez la deseé, sino que más bien deseé su desnudo entre sábanas calientes y una perspectiva de bicicleta y de viaje meteórico, “porque tú eras la literatura y no hubiera sido impudicia ni esa suerte de velada perversión sino el mínimo homenaje que se te podía ofrecer”, que era como una especie de deseo más bien de los sentimientos encontrados y al aire libre. No hubo amor entonces puesto que entonces ninguno de los dos sabía cuáles eran sus cosas favoritas. Más tarde, sí, en las subsiguientes visitas, en las esporádicas huidas, en los ‘encuentros casuales’, y definitivamente cuando el día de ‘La Gran Escapada’ a nuestro particular asteroide de la Vieja Casa, al jazz, a la menta y a la alucinación. Más tarde hubo amor, y lo seguirá habiendo, pero no entonces, ni tampoco ahora: este ahora volcado detrás de mi soliloquio, porque ahora es un tiempo desplazado de su sitio y en realidad aquí hay aquella música primera –que no es de Coleman, sino de Coltrane, el tercer fugitivo escapando por la boca de su saxo– y sobre nosotros, ¿no te das cuenta?, cae, como un rocío, el glamour que aquella tarde nos aislara en el ‘para siempre jamás’ de nuestros ojos entrelazados. Entonces nos creímos la entrada en el túnel de la ficción –¿y no es ficción una música, no hay una evidencia de la fragilidad de nuestro mecanismo, cariño, pero qué importa, sobre el que asentamos la mentira de nuestros cuerpos juntos en las estrellas? – y aun ‘ahora’ no nos reconocemos en la salida, aunque la estamos viviendo, porque la sensación es la de vivir la memorización de ‘lo’ ahora y no vivir ‘el’ ahora que sólo a nuestra mentira pertenece y que acabará junto a nosotros mismos, en íntima descomposición.

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