Exactamente por el este la ciudad limita con el mar. Puedo concebirla en estos momentos como un dibujo japonés, de líneas gruesas los edificios y el conjunto de las olas en trazos muy finos.
A través de los amplios ventanales de mi vieja casona de la via dei Panzera, puedo observar la espesa neblina que cubre por completo las montañas de Carso, no muy lejos del Castello de Duino, donde Rilke fue huésped de la princesa Thurn und Taxis allá por el año 12. Pronto anochecerá. Me compadezco de unas flores marchitas encima de la mesa y escucho el ladrido lejano y reiterativo de unos perros que parecen lamentarse de algo. ¿Qué sospechan o adivinan los perros de Trieste cuando ladran melancólicamente desde el interior de las verjas y los parques? No hay nada más salvajemente melancólico. Es lo más parecido al más allá. Es el único más allá que no es dado percibir desde el más acá. Es como si a través de ellos nos hablara la muerte, es como si la muerte nos estuviera aullando hermosamente desde dentro de la vida. Es como si por la boca de esos perros insomnes estuviese saliendo la lástima salvaje, la nostalgia imposible de todo lo que existió y ya no vive.





