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La tristeza de Onán

In Escritores, Literatura, Relatos on febrero 17, 2012 at 5:54 pm

MIGUEL SÁNCHEZ ROBLES

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Es enorme la tristeza que un hombre y una mujer pueden hacerse entre sí.

Juan Gelman

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VOZ PRIMERA

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Hoy no tengo coñá. Hoy no tengo dinero. Me la suda la vida. Casi tó me la quema. Me la quema estarme aquí en la casa pensando en la culpa de toda aquella mierda de entonces, bostezando bajo la luz eléctrica, aburriéndome tanto bajo la luz eléctrica y esta angustia de paz que hay ahora en las cosas: en los platos de porcelana y en los obeliscos que te dejaste encima de algunos muebles, en los cuadros con barcos y palmeras que colgamos con mimo en todas las paredes de la casa, esta angustia en las cosas, en la misma despensa, en los espejos, en el loro de cuerpo verde que le compramos a la nena y le pusimos lulú y en el letrero que pone Dios te salve María, ¡Dios te salve María! Y me azaro si pienso tus ojos que eran ojos saharauis de mierda y mojo fotos en fanta de naranja, estas fotos nuestras en las que nos reímos bajo un sauce llorón de mierda en un parque de mierda de una ciudad de mierda de la que ya ni me acuerdo de su nombre, estas fotos de boda tan idiotas y blandas, casi artísticas, estas fotos que nos echó el Guillermo y nos costaron un ojo de la cara por aquel entonces, un ojo de la cara. También he estado mojando las postales de Francia y La Coruña, el papel del divorcio y el libro de familia que ya no nos sirve, y he mojado las fotos que me has ido mandando de la nena y he mojado mi título de manipulador de alimentos y los papeles del coche y del ocaso y todas las barajas que tengo por la casa porque el juego, el jilay, han tenido la culpa de todo. He metido en el fregadero las pocas cosas tuyas que se quedaron en los cajones de las mesillas de noche, del aparador, del armario de la sala estar, hasta el aparato ortopédico de los dientes de la nena lo he mojado y me da todo igual y me la suda. ¿Sabes? Quiero que sea de noche, que me dé sueño pronto. Casi tó me la quema y me acuerdo de ti haciendo planes con tu prima Luisa para ir a Roma a ver al Papa el verano que viene y la perola se me va atiborrando de macanas y me bullen y bullen los nervios que llevamos en el tuétano y estarme quieto en casa se parece a morirme. Desde que ya no estás sueño todas las noches que estoy metido en un bancal con jeringuillas de esas de los drogadictos y me da mucho apuro y me acuerdo de ti si me despierto, de cuando éramos jóvenes y bailábamos canciones de Roberta Flack y nos queríamos o no sé si nos queríamos, si aquello era querernos, pero estábamos vivos adentro de esa cosa que llaman ser felices y bebíamos refrescos y nos reíamos mucho por las tardes y nos poníamos a gusto y nos daba por jugar y embromarnos explicando con las manos el sabor del vinagre o comernos con gracia ciento ochenta y cinco pesetas de plátanos o escribir en los folios la palabra cheyennne o la palabra nabo, muchas veces seguidas la palabra nabo porque a ti te gustaba la palabra nabo y a mí me gustaba mucho la palabra cheyenne. Y por todas esas cosas y también por mi culpa de gustarme tanto el juego y chillaros a la nena y a ti, he cogido un bolígrafo y me he puesto a escribir y luego lo meteré todo en una carta de esas normales de pegar con saliva y le pongo tus señas y lo llevo a correos y te lo mando. Quiero decirte cosas, decirte que llevo ya nueve días sin fumar y no sé dónde poner las manos, qué hacer con las manos que me piden tabaco, coger un cigarro y apañarlo en los dedos y darle lumbre con muchísimas ganas y agonía y me he puesto a escribirte porque no tengo a nadie y no aguanto la tele y no quiero bajar hasta la calle por si fumo, por si me da la idea y me compro un ducados y lo empiezo y me engancho de nuevo en eso del tabaco y yo quiero vivir y yo quiero ser otro y no ser el de siempre el que fuma tantísimo y se harta de coñá y va siempre bebido y echa peste la boca y echa peste la ropa que te pones y te hinchas a fumar y toses por las noches y fumas tantísimo que no sientes placer y te da asco y a veces toses sangre y no sabes de qué y el médico te dice que tienes que ingresar para que te hagan pruebas la semana que viene en la Arrixaca y te da por pensar que es cáncer de pulmón y que ya no me quieres y te fuiste de aquí cuando te enteraste que me entendía con la peluquera de Aluche y te dio el juez la nena que vive con vosotros en casa de la yaya, y uno intenta vivir friendo cebolla por las noches, preparando una tortilla para cenar tortilla de cebolla que tú sabes que me gusta tanto la tortilla de cebolla y uno quiere ser otro y vestirse más limpio y afeitarse despacio los cercos de la boca, las patillas, la cara, lo que baja del pómulo hasta el cuello donde acaban los pelos cerca de la pelota de la nuez y después de afeitarse echarse el after shave que se echaba mi padre para ir oliendo a limpio por ahí y llamar a una puta los días diez de los meses y decirle: estate puntual a las once en mi casa y correrte si puedes en cuarenta minutos por lo menos dos veces por nueve mil pesetas y beberte después un cubalibre fresco con fanta de naranja y bacardí, porque tú sabes que yo no soy maricón y tengo que aliviarme de esa forma, porque tu también sabes que estoy solo y me aburro y cuando pliego en la granja de mi padre me vengo hasta la casa y ya no voy al bar a beber con la peña como antes, cuando a ti te cabreaba y me chillabas tanto y algún día te di una hostia para que no me chillaras tanto, nada más que para que no me chillaras tanto porque me daba vergüenza de la nena y de los Horcajo que siempre lo oyen todo, o yo no sé de lo que me daba vergüenza o por qué te pegaba y me siento en la mesa con los puños en las sienes y escupo en el lavabo y me orino también en el lavabo y abro luego el grifo y me paso un rato viendo correr el agua en el lavabo y me miro en el espejo y digo aquí estoy: Cosme López para servirle a Dios y a usted y abro las cartas que llegan del Cajamurcia y me llama el Felipe y me cuenta del Racing y yo qué sé del Racing si no me gusta el fútbol ni la tele y hasta el caballo me vomitó anoche la avena que se había comido y me hago lo que sea despacio en la cocina y un día de estos voy a subir a Santa Elena a pedir una cruz de penitente para las procesiones de la semana santa del año que viene y se me pegan los labios a las encías y después de este último domingo de pascua escupí sangre, por primera vez sangre, y me acuesto y no duermo y si pego los ojos sueño con un bancal lleno de jeringuillas de esas de los drogadictos o sueño que los perros me lamen los pulmones y me despierto sudando y doy la luz y la dejo encendida porque me da reparo de dormirme de nuevo y tener miedo y me pongo a acordarme de cuando tú me decías que ya no me querías y te agarraba muy fuerte y te hincaba los dedos en el brazo porque yo venía encendío del juego o harto de estarle vendiendo a las mujeres a veinte duros el kilo de carcasa de pavo para la sopa, ¡pavo para la sopa! y no me gustaba que me dijeras eso y me acuerdo también de cuando te hiciste el raspao de matriz y te llevé unas flores a la clínica y también me acuerdo mezclado con lo tuyo de mi madre que se murió del vientre cuando yo tenía doce años. Te escribo para decirte también que llevo El Quijote a medias y me lavo los ojos con manzanilla recién hecha todas las mañanas y la semana que entra vienen las Navidades y no sé cómo voy a poder pasarlas sin fumar y bebiendo poquito como me ha dicho el médico y a lo mejor las pase, si dicen de ingresarme, en una cama más de la Arrixaca y no sé qué voy hacer entonces, ni en qué voy a pensar y si vas a venir a verme con la nena o no vas a venir a verme con la nena. Te escribo por eso y porque no veo la tele y afuera está lloviendo y no quiero bajar a por tabaco, porque quiero quitarme para siempre, porque quiero vivir y seguir con lo de la granja, comprándole los chotos al Eugenio y los chinos en Lorca y el cordero al Atocha y los pollos y el pavo bajarlos de Archivel en el erre nueve que nos compramos con los veinte mil duros del subsidio y juntar unas perras en el banco y también porque vuelvas, porque estoy esperando y me creo que un día has de volver y te digo, por la presente te digo que por mí no hay problema que te vengas si quieres y estaremos a gusto y yo voy a cambiar y a sacarte de nuevo los domingos como antes, como antes cuando éramos jóvenes y vine de la mili y nos conocimos en la discoteca Saporo Tres de Cieza y nos magreábamos en los oscuro como se magreaban en lo oscuro las parejas de entonces, en lo oscuro, y después nos paseábamos por la calle Mayor y me cogías del brazo y nos íbamos al bar del Muelas y nos pedíamos una maza de cerveza con dos vasos y unas patatas fritas con boquerones por arriba y tú te reías tanto y eras otra distinta a la de ahora y sólo te importaba la cosa de la ropa de los cuartos de baño, una casa en la playa y limpiar bien los muebles con océdar; y queríamos casarnos y tener por lo menos seis zagales y que yo me quedara con los animales de mi padre que ha muerto hace ya dos semanas y que montáramos una carnicería. Me acuerdo de cuando te compré una diadema una vez pa tu santo y ahora pienso en la culpa de toda aquella mierda de beber por las noches y jugar por las noches y no sé qué me pasa que no puedo olvidarme de venir a deshoras y hacer el gilipollas y ahora quiero cambiar y a lo mejor es tarde y tú no vuelves nunca porque ya no me quieres y yo te lo notaba en la forma de hablarme, de mirarme, de dormir en el cuarto de la nena y no hacerme la cama grande de matrimonio en seis o siete días y notársete mucho la tristeza en la cara y aburrirte muchísimo y no guisarme cena y tener entonces que abrirme alguna lata o partirme embutido, tener que comer solo en un plato frío que tú me dejabas encima de la mesa de formica de la sala de estar y apenas nos hablábamos en los últimos meses que estuviste conmigo y yo fumaba más y se me hacía más tarde por las noches y no quería volver por no verte la cara de malahostia que pones, porque no me chillaras delante de la nena y me daban las dos de la mañana y llegaba borracho de haber bebido vino y después aguardiente con el Luis y el Esteban en los bares de la Plaza Nueva y mi vida era así, yo no me daba cuenta de estar haciendo daño ni haciéndomelo a mí, yo vivía casquivano, pero no me gustaba hacer algo distinto y me aburría la tele y estar quieto en la casa sin que tú me miraras ni me hicieras la cena ni tuviéramos nada que decirnos los dos quietos y mansos y mirando la tele, los programas de mierda de la televisión y me daba cansera estar así en la casa y que tú no me hablaras ni durmiéramos juntos y tuvieras envidia de la Lola y la Reme, de sus coches carisma ge te i con motor de inyección directa y su casa en la playa y sus maridos con traje trabajando en empresas teniendo vacaciones y saliendo a pasearse los domingos, de la Lola y la Reme con maridos de esos que en vez de decir coño dicen chocho para ser más finos y no aguantaba más y yo me iba a los bares y jugaba a las cartas apostando las perras y me daba lo mismo ocho que ochenta y tú allí con la nena encerrada en la casa y peinándote el pelo muy despacio o mirando la tele como tonta y yo te daba dinero cada lunes y tú ibas al mercado y comprabas alfombras y figuras y cosas que luego colocabas en las estanterías, también comprabas ropa, te gustaba la ropa y vestir a la nena con vestidos azules y chaquetas de lino y zapatos brillantes y te ibas con tu madre muchas tardes y me pedías más perras, el dinero maldito y necesario, y yo no te las daba porque ya no tenía, porque perdía a las cartas y la granja no daba y tú me pedías más y nos peleábamos y volvías a chillarme y te daba alguna hostia y tú llorabas y te ibas con tu madre y te estabas dos días y luego te venías otra vez tú y la nena y yo te volvía a dar perras los lunes y vivíamos así sin entendernos, cada uno en lo suyo sin saber qué decirnos, yo fumando a raudales y tú teniendo envidia de la gente normal que se casa y progresa y se compra mercedes y se van a la playa y ven mucho la tele y salen los domingos y a lo mejor se quieren y se besan la frente y se tocan la cara por las noches y se compran un reloj de oro para fliparse con el reloj de oro y no sé qué pensar y si quieres volver que sepas que te espero que ya no voy a fumar, aunque amo el tabaco y lo noto en las manos y me aburro muchísimo y quiero beber menos y he dejado las juntas y las cartas y me ducho a menudo y si quieres volver que sepas que aquí estoy, que te estoy esperando y a lo mejor me ingresan porque escupo con sangre y me duelen los bronquios y me canso del pecho y me aburro, me aburro, me dan ganas muy grandes de volver a fumar y a emborracharme, aunque yo me sujeto y hago cosas nerviosas de mojar en la fanta las fotos, los papeles, lo primero que pillo o coger las revistas del Semana y del Hola que te dejaste aquí debajo de la mesa de la tele y con unas tijeras ir cortando los rostros y los cuerpos y las tetas y pegarlas con fixo en las paredes. Tú sabes que te espero y es verdad que no fumo y que casi no bebo y me acuerdo de cosas de cuando éramos novios almorzando en un kiosco del parque San Cristóbal, yendo a misa los sábados con nuestra ropa limpia y las ganas antiguas de vivir y magrearnos a la hora que fuera en cualquier parte y éramos ignorantes y jóvenes y nos creíamos que La Habana era un país donde no se hacía otra cosa más que fumar, porque tú sabes que nosotros no hemos entendido nunca de geografía y nos entreteníamos el uno frente al otro mojando un palo de canela en el agua y chuparlo después y no sé por qué yo me envisqué en esta mierda de beber y jugar al jilay por las noches y fumar dos paquetes de cigarros ducados y no sé a estas alturas lo que tuvo la culpa, si la culpa fue mía o de los dos, si después de casarnos y arreglarnos la casa de mi abuela, algo tuvo la culpa de que no congeniáramos y se fuera al carajo esa cosa de jóvenes y después por las noches no quisieras hacerlo y me dieras la coba que me dabas y yo te veía fría con tus ojos azules esquivando los míos y aburriéndote mucho trabajando en las cosas de la casa y antes de que me diera por beber por las noches tú ya casi no hablabas y eras otra distinta a los años de novios y tuvimos la nena y te dio depresiones a los dos días del parto y te ponía nerviosa el jaleo de la nena, de pequeña la nena, el tener que criarla y la briega que lleva lo de dar de mamar y lavarle la ropa y cambiarla de noche si se caga. Tú querías otra cosa, otra cosa, otra cosa mejor como sale en la tele, eso de irse a París y tener amistades y hablar con fantasía y salir por las noches con vestidos de noche y un abrigo de pieles y un reloj de oro para fliparte con el reloj de oro, tú querías otra cosa, no vivir con un manso que no tiene pasiones ni le gusta estar en el candelabro, ni le gusta la tele, ni la gente pomposa, ni la prosopopeya, ni la labia de mierda de las cosas sociales que tú envidias tantísimo y me cago en la leche si lo pienso despacio y no sé si la culpa es más tuya que mía y me azaro me azaro y me cago en la leche por haberte preñado y que te hubieras ido con la nena con lo que yo más quiero en esta puta vida que no comprendo ni amo ni me gusta cuando no estoy fumando ni bebiendo ni jugando a la brisca en el bar de la esquina y me cago en la leche porque toso del pecho y a lo mejor es malo lo que tengo y tú sí te has salido con la tuya y ahora estás tan a gusto y me cago en tus muertos porque tienes la culpa, ya no quiero que vengas puedes irte a la mierda, pude no haber nacido y sería mejor y ojalá tenga un cáncer y me muera este sábado y ahora rompo esta carta y me voy a acostarme y a soñar jeringuillas y un bancal, drogadictos de mierda y esos perros pachones que lamen mi pulmón, mi pulmón de la izquierda que echa sangre si toso y escupo en el lavabo para verla borrarse con el agua del grifo tubo abajo.

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VOZ SEGUNDA

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Las mujeres en bata nos pasamos la vida diabéticas perdidas arrastrando los pies en los pisos estrechos, de un lado para otro, sacudiendo el escay con el expulsador, destapando azafrán, echándole persil a las coladas, manejando la plancha, ordenando horquillas, tendiendo con desgana sábanas húmedas en las terrazas… Reímos poco, nos hundimos en ello y dentro del cerebro nos va creciendo una especie de desesperanza terrenal prematura, impostergable. Lo he dicho siempre: perder es fácil. Pero para nosotras la derrota es una condición ine-ludible y triste contra la cual apenas podemos hacer nada desde el momento mismo en que decimos «Sí quiero». En nuestro devenir se acaba no habiendo ni porciones de aventura, ni tan siquiera atisbos de esperanza o sorpresa, hay, eso sí, una especie de golpe que dura mucho tiempo, despacio, como a cámara lenta, una especie de golpe como un árbol enorme que cayera anchamente a lo largo del mundo y de nuestros corazones. No sabría decir qué, pero hay algo a la par que va muriendo dentro. Y aquí estamos, perniabiertas en medio de la vida, aquí, junto al olor a pasto que emanan las despensas, ensimismadas delante de la pantalla encendida de los televisores, masticando palabras sin sabor, bebiendo vino blanco en tetrabrik, estofando ternera con maneras mecánicas, creciendo en la costumbre de asomar las cabezas por el tragaluz para llamarnos por nuestros nombres, sentirnos juntas y criticar lo que sea. Aquí estamos, echadas en el suelo en el verano, desnudas contra el suelo, solas, con los ojos abiertos para nadie, yacentes contra el fresco de los suelos como cadáveres de soldaditos muertos por la patria, mientras que los esposos se juegan el dinero, se emborrachan o pierden su tiempo echándole a las máquinas, mientras que nuestros hijos envejecen ociosos, sin trabajo, deprisa en los suburbios, aullando en los suburbios el lobo que por dentro les estalla harto de sexo y paz y drogas blandas. Sí, aquí estamos, perniabiertas en medio del cansancio, rodeadas de paredes empapeladas con reiteraciones geométricas y colores chillones propios de los «sesenta», paredes atiborradas de rombos carmesíes y círculos concéntricos malva y amarillos, paredes decoradas por cuadros baratos hechos en ocasiones con almanaques de Espigas y Azucenas o con láminas pop o bodegones con un par de perdices y una escopeta escuetamente puestas encima de una mesa de madera tosca, oscura y agrietada. Aquí estamos, lavando bragas, realizando equilibrios con doce mil pesetas por semana para dar de comer y vestir a una hija que es un sol, a una hija que está triste desde que me separé de mi marido y me dan estas angustias y estos mareos tan grandes de la tensión, aquí, corriendo en los pasillos, repitiendo tareas que parecen no acabarse nunca o limpiando sin parar todo el edificio Austria, sacando la basura del edificio Austria, y otras veces quietas, quietísimas, perfectamente abotonadas hasta el último ojal, limpias, sentadas, sintiendo que es todo tan sencillo que lloramos por ello, sin ruido, serenamente lloramos diez minutos sin saber exactamente por qué. Aquí estamos, perdidas de la vida, tragando la saliva, hambrientas de morfina, estabuladas, reclinadas en la imposibilidad, propensas a los cánceres, sin sed, sin alegría, dejándonos vencer por la cansera, mirando siempre arder en la memoria lo que pudo haber sido y ya nunca será, lengüeteando cacao a escondidas, abotargadas por el efecto del sol en nuestros rostros untados a granel por los cosméticos, vaciadas de esperanza, lánguidas, sin fe, revolcándonos en el sucio saber de los adultos, palpándonos la parte más cansada, oyéndose ambulancias y palomas zurear en el alféizar, boquiabiertas, tiesas, hipnotizadas como una multitud de iguanas quietas, ocultas en los pisos pequeños de bloques de hormigón con más de doce alturas. Otras veces peinándonos parsimoniosamente, largamente lavándonos en silencio, escuchando a Machín, imitando violines, después de haber bebido, como un mimo con ganas de vivir, imitando violines descalzas todo el rato, subiéndole el volumen a la radio, atravesando el hall, entrando a las alcobas, poniéndonos sombreros y bebiendo más vino; removiendo tisanas con anís, poniéndoles flores a las estatuillas relucientes de la Virgen, encendiéndole velas, pintándonos las uñas… actuando y existiendo para nosotras mismas, calladamente, como si no hubiese azar, no existiese el destino y repitiésemos el argumento torpe e impaciente de una mala película en blanco y negro. Si, así vivimos, monógamas, hartas de pan y soledad, equivocadas, viejas, incrédulas, como viviendo para una ingratitud universal y vana, aproximadamente insoportable. Con ganas de nadar y apartar ramas con las manos, varadas en los sofás, con deseos de gritar algunas veces, cuando pensamos por ejemplo que una vez fuimos chulas y tuvimos dieciocho años, cuando pensamos que una vez estuvimos enamoradas de un hombre que luego resultó ser una bestia cerril que jugaba a las cartas sin hartura. Así vivimos, siendo tan sólo una triste presencia para el mundo, los hombres, las estadísticas y los diseñadores de anuncios publicitarios de productos de limpieza, esos anuncios que parecen suponer que somos subnormales; en los décimos pisos, desde los cuales tenemos la posibilidad de arrojarnos un día al vacío. Así, esperando que vuelvan las ganas de estar vivas, que el teléfono suene o sonriéndole a solas y a escondidas para que no me vea mi pobre hija, a un buen vaso de vodka con naranja. En definitiva presas, tristemente apresadas en el divorcio como un gorrión en una caja de zapatos. El amor está lejos, quedó atrás, más allá de muchos, muchos días. Casi no lo recuerdo. Quedó atrás, enquistado en el final de las tardes color sepia, coagulado en las sonrisas fijas de las fotografías, perdido en el perfume de los pañuelos, en las postales ya deterioradas, hundido para siempre en la zona occipital derecha del cerebro, sepultado en las ropas, diluido sin perdón bajo la llaga viva de la edad, bajo la llaga viva del desamor y las palizas. No queda nada, de cuando fuimos jóvenes sólo queda un cariño teatral de sílabas bonitas y un poco de ternura. El presente es a veces la imagen de un tumor dentro de un vaso. Masticamos, reímos, nos fotografiamos, vamos a misa, saludamos educadamente, compramos lotería y un buen día, de sopetón, de cuajo, descubrimos con asco que es tarde para todo, y nos vemos perdidas, desorientadas, arrodilladas como reses arrodilladas, perdiendo suavemente la memoria y la vida, adictas al desdén y las pastillas barrocamente blancas dándonos su piedad química y muda con un sueño profundo, artificial, adictas también a las conversaciones muertas, a los cálculos renales, a la hipertensión arterial, a los electrodomésticos, a las revistas del corazón, a la diabetes crónica. Henos entonces abiertas en canal echando peste. Y no hay nada más triste que esa paz derrotada, embarrizada en nosotras, vomitada en las cosas y en el ruido perpetuo que emiten los relojes y en las horas enormes fumando sin hablar, sin otra voluntad que una antigua ambición de sólo respirar. Y así vamos cayendo, heridas por el tiempo, vencidas por la vida, sin suerte ni alegría vamos cayendo, una tras otra como seres de palo derribados por piedras. Luisa ha muerto de cáncer en el útero. Cierro los ojos y aún puedo recordarla mirándonos a todos sin sosiego, tratando de entender por qué estaba muriendo, hacia dónde moría, qué cosa es ésta que a todos nos confunde, por qué no viene Dios y nos hace felices de una vez para siempre. A la pobre Irene también le pega su marido, no tiene valor para irse de casa o hacer algo y sus hijos le roban el dinero y le han vendido ya todo lo que tenía un poco de valor. ¡Pobre Irene! con dos hijos adictos y un marido borracho, sentada en el balcón haciendo molde, reprimiendo sus ganas de aullar contra la vida. Amalia no está a gusto, vive sola y su hija sólo viene en verano siete días, la llama «mamaíta» y le compra un buen pez de porcelana. Pura existe cabreada, ninguno de sus nietos lleva el nombre de ella o su difunto esposo, se llaman Cintia, Yonatan, Belinda… y no se acuerdan nunca de venir una tarde y darle una alegría, de venir una tarde a besar a su abuela y pedirle un gran trozo de pan y chocolate. Mi vecina Teresa tiene Alzheimer; no nos conoce ya, algún sábado vamos a verla morir muy despacito en una clínica azul de las afueras. Cecilia, Pepa y yo sobrevivimos como podemos. Nos hacemos visitas, comentamos anécdotas de las cosas del barrio, asistimos a entierros, velamos a los muertos, limpiamos los hogares, especulamos bodas, recordamos ayeres… Una vez viajamos muy barato a Palma de Mallorca, casi fuimos felices lejos de todo bailando cha cha chá y haciendo compras. Me llamo Úrsula Sánchez. Tengo treinta y seis años, estoy separada, soy diabética, padezco tensión alta, peso sesenta y cinco kilos y hoy estuve triste. He cogido un bolígrafo y estoy aquí escribiendo, intentando contar lo que la vida ha hecho de mí, reflexionando, desahogándome un poco, hablando de mí misma y de todas nosotras en un hermoso atardecer color ámbar del mes de septiembre, con llovizna cayendo intermitentemente, ahora sí, ahora no, cayendo píamente, melancólicamente en los cristales. Bogo con cierta suavidad en las palabras. Fumo. Quemo a veces mis dedos con restos de cigarro. Estoy aquí despierta, muevo los párpados, llueve y hay tristeza. Todo está ya vivido para mí, subrayado, como leído y muerto, tirado ahí en medio del Planeta. Ciertas mañanas salgo a la calle e intuyo anemia, y todo lo que veo es una enfermedad inconsolable, salgo a la calle y nada brilla ahí, en medio de los hombres y los labios. Muchas noches sueño intensamente y me sueño a mí misma, muerta a caballo, pálida y muerta encima de un caballo, vibrándome las vísceras y los ojos salírseme alocados y yertos como dos piedras. Otras veces siento el frío conocimiento despiadado que se tiene del mundo y de la vida cuando ya no se desean ni se aman. Siento también írseme todo, ahogada por la pena, perderse la alegría y con ella el sentido mismo de estar aquí, en esta especie de letargo ebrio, apretando los dientes, sorbiendo lágrimas y escuchando el tictac de los ojos del cielo. Los días pasan. Respiro. Existo. Fumo. Cuido a mi hija. Limpio en el Austria. Permanezco. Es todo. La vida es así. No hay otra. Es mentira todo aquello que un día soñábamos lograr. No existe ni es posible es magma feliz que de muy jóvenes anhelamos vivir el día de mañana, ese bagaje de aspiraciones y sueños inconcretos, abstractos, metafísicos, que flota en nuestra juventud de muchachas alegres y optimistas, y nos hace volar, sentirnos jóvenes y libres, ese bagaje que intenta tomar cuerpo en nuestros sueños, ese magma abigarrado de conceptos como la libertad, la dicha, la responsabilidad, la familia, la fama, el paraíso… esa mescolanza vital que los predicadores forman con las palabras Dios y Reino de los Cielos. Mañana es hoy y hoy es tan sólo una vacua palabra de tres letras. Somos nosotras mismas. No somos más que nosotras mismas. Las posibilidades han muerto y la conversación es ya una especie de cosa moribunda. Toda mi vida he estado esperando que sucediera algo. No ha sucedido nada, o dicho de otra forma: lo que ha sucedido no me ha hecho feliz, y ahora sé que estoy yendo, pero no sé hacia dónde. Después de tanto hastío nunca hubo nada. Lo demás es penumbra. Tan sólo existo yo. Hemos vivido equivocadas. Todas nosotras, hijas de un tiempo de extensas homilías y futuros cargados de mágicas promesas, chorreando cristianismo y fingiendo castamente orgasmos moderados, no hemos tenido suerte, hemos sido vencidas por la sórdida realidad, igual que respiramos hemos ido perdiendo, derrochando las sílabas y el tiempo. Ya no nos queda más aventura que nuestra soledad de amas de casa vivas y engordando. Las páginas del álbum están llenas de manchas. No es el amor quien enhebra nuestras vidas. Nadie asoma y nos besa o nos abraza fuerte. No hay oro. No hay espuma. No hay más enigma que la dicha emboscarse en los espejos. No nos ciegan los hechos ni el paisaje. No hay más liturgia que estar bebiendo aquí, al amparo del Tiempo, hojeando los periódicos y percibiendo en ellos un rastro de alimaña, palabras siempre iguales y rastros de alimañas. Anochece en las islas y en los puertos y el futuro adviene funerario, sonriéndonos ocre y cocainómano. No existe el alimento dulce de la paz y las horas y el hogar. No hay un cuerpo feliz fluyendo en nuestras manos. El sol brilla cansino y no tenemos alas. No existen los espías ni es posible la Alquimia. Nadie toca mi mano con dulzura, ni tampoco unos labios que me besen sin ruido, ni azul bajo los párpados, ni nos hablan los muertos, ni hay burbujas radiantes, ni vivimos alegres, ni somos inocentes, ni hay bondad en las calles, ni el tiempo nos hechiza, ni los hijos preguntan cuando tenemos fiebre, ni sopla la armonía, y tiernamente nadie nos fascina y las flores son falsas, son de plástico, y no hay éxtasis ni nada parecido, a no ser, eso sí, anfetaminas, hermosos barbitúricos y valium, baratos, accesibles, al alcance de todos, expuestos pulcramente en las lejas asépticas de todas las farmacias. Hermosos barbitúricos que yo tomo a puñados con el vodka. Quiero a mi hija, pero quiero calmar ese lobo que escuece en mi cabeza.

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VOZ TERCERA

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No quiero tener sangre. No quiero comer nada. Me dan asco las enfermeras cuando se ríen y les tiemblan mucho sus tetas grandes. Esta mañana me ha dicho ese psicólogo rubio que huele siempre a tiza y a malboro que todo esto es por culpa de la televisión y de la moda, pero yo sé perfectamente que la culpa es de los hijoputas genes que tengo, sí, los hijoputas genes que tengo y que una noche de noviembre del ochenta y dos me legaría seguramente mi padre después de haber gozado y sudado lo suyo encima del cuerpo delicado de mamá y haberse corrido dentro con esa manera cínica y cerril con la que suele hacerlo todo, haber vaciado a gusto su vejiga seminal en las delicadas trompas de falopio de mi madre diabética y sumisa, de mi madre que le aguantó tanto hasta el día en que la abandonó definitivamente por una peluquera ninfómana de Aluche, mucho mayor que él. Estoy convencida de que todo esto me viene de mi padre, de cuando se ponía como loco y le daba patadas a las puertas y gritaba: ¡No hay futuro hostia!, ¡Viva la tabacalera!, ¡A la mierda el trabajo!, ¡A la mierda con todo!, ¡A la mierda Dios!; de cuando se ponía a contar asquerosamente los billetes sucios que traía del jilay y los metía dentro de la jarra beig de la despensa para que estuvieran allí, esperándole hasta la próxima partida, porque a mamá casi no le daba nada de dinero, o de cuando no traía aquellos repugnantes billetes y llegaba azarado e irritado y la tomaba con mamá y le gritaba muchísimo o la golpeaba mientras yo lo veía todo y me orinaba quieta, muy quieta, sentada en el suelo sin atreverme a llorar, y yo sentía la orina desplazarse por el suelo con pseudópodos tiernos hasta ir invadiendo poco a poco los juguetes, poco a poco los vestiditos lisos de mi barbie dos mundos, poco a poco los lápices alpino de colores que me dejaban todos los años los reyes magos en casa de la yaya Juana, poco a poco los blocs de dibujo que siempre había en el suelo de la sala de estar, porque mamá deseaba que yo fuera pintora y me hacía ir los sábados al taller de acuarela del cojo Vox Populi, un inválido calvo que vivía en nuestro barrio y eructaba sin ruido con peste a arroz con leche, y me hacía pintar, siempre pintar, echada sobre el suelo levantando los ojos para ver intermitentemente aquellos dibujos animados checoslovacos con muñecos de plastilina que salían en la 2 y tanto me gustaban. Ahora también me orino, los médicos lo llaman pequeñas pérdidas de orina, han escrito en un papel azulado, que han dejado encima de la mesa esta mañana, esa expresión bonita: «pequeñas pérdidas de orina», esa expresión que me gusta tanto como la palabra pseudópodo, una palabra que aprendí para siempre cuando estudié en segundo de bup las amebas y los protozoos, esos seres unicelulares que se mueven tan lentamente suaves en el caldo lechoso que se coloca debajo del microscopio. Ahora también me orino, pero no es como antes, como cuando estaba papá y yo era desgraciada y no dormía bien y soñaba con sangre que se extrae de serpientes y con besos que se disolvían en veneno y con escupir trozos de muchacho muerto. Estoy quieta o durmiendo y entonces pierdo orina sin poder evitarlo. Me tomo esas pastillas azules que me dan a las nueve y me duermo con un sabor de plátano podrido invadiéndome el cielo del paladar y me pongo a soñar que mamá me trae olivas porque quiere que coma y viene hacia a mí por un camino con niebla a ras del suelo, vestida de reina doña Sofía, es la reina doña Sofía, pero es mamá también, no sé explicarlo, son las dos pero es una, es mamá que me quiere y no está muerta y llega hasta muy cerca de donde yo estoy y me enseña unas olivas negras y brillantes en el cuenco que forman sus dos manos, es mamá que viene hasta mí como si viniera del lugar sin lugar del infinito, de ese sitio al que se refiere un verso que una vez leí no me acuerdo dónde y decía eso: el lugar sin lugar del infinito, y yo no he olvidado ese lugar, al contrario pienso mucho en él y por eso sé que de allí viene mamá, no me dice nada, pero yo lo sé, lo lleva en su sonrisa cuando intenta besarme y me despierto húmeda como si me saliesen unos decímetros de sangre y empapasen mis ingles y mis muslos y me cuesta trabajo durante unos segundos saber en dónde estoy o quién soy o qué tengo, y luego todo se articula solo en mi cabeza como esa caja cúbica de la película Hellraiser y me encuentro de nuevo ante esa tristeza de haberme orinado y estar sola, rotundamente sola, en esta habitación sin vistas a la calle. Me pasa que me canso. Me da pena el psicólogo porque es bueno conmigo, pero yo no le hablo. Me da pena la tele, lo que sale en la tele, esa gente tan fea que mastica de todo, tan ruidosa, tan gorda, tan respirando tanto el aire artificial de los sitios cerrados. Me dan pena las enfermeras porque cuando se ríen les tiemblan mucho las tetas, se inclinan para arreglarme la cama o tomarme la tensión o quitarme el termómetro y entonces me cuentan cosas graciosas para que yo me ría con ellas y veo cómo les tiemblan mucho las tetas y me viene la angustia, me viene un sabor agrio como a principios de vómito que yo intento ocultar y resistir. Me da pena la otra chica de al lado cuando vamos a rayos y me habla con palabras de persona mayor que no le gusta el mundo y me dice: Somos felices niños programados confirmando que todo funciona o me dice: Los monstruos que creamos nos reciben a bordo. Me da pena también este tono tan pálido que tienen las paredes. Me da pena el espejo que me escupe deforme, el espejo desde el que me mira con ojos de triste puta china esa que ya no es yo y que detesto. Es como si viviera con arena en la boca o dormida en la lluvia o como si fuera una anciana con los dientes rotos. Y todo está en la culpa de los genes que tengo, los hijoputas genes que me legó papá con sus brazos de pelo, sus horribles brazos de pelo nauseabundo con aquella horrible pulsera maricona que le gustaba ponerse y aquellos horribles músculos braquiorradiales y flexores que enseñaba en verano como un turco bastardo y sin conciencia. El psicólogo piensa que soy tonta. Quiere que crea esas cosas ingenuas que me dice. Quiere que coma y escribe instrucciones para las enfermeras de las tetas grandes. Ha ordenado que me quiten las gomas del pelo para que no pueda controlar mi gordura midiéndome el grosor de las muñecas y de los muslos con ellas. Ha ordenado que no me enciendan el televisor hasta que no coma el yogur de limón que tengo desde ayer encima de la mesa de formica. No me van a dejar salir de aquí y reunirme con los demás niños de la unidad de anorexia hasta que no coma dos yogures al día. Yo los oigo jugar al fondo del pasillo. Llega hasta aquí el eco de sus risas tristes. Cierro los ojos y los veo luchando por ser un poco más felices en una habitación que yo imagino blanca y ortopédica, tan blanca como ese trozo de gasa que le ponen a los operados de cáncer de garganta en el hueco de la pelota de la nuez, como el que lleva tío Anselmo, el hermano mayor de mamá, y tan ortopédica como esos hierros brillantes y complejos que ponen alrededor de las piernas tan blandas de los que han tenido la polio, como José Rubén, el primo de la Jennifer. Como no quiero comer me ponen a menudo la sonda y me dan primperan, mucho primperan para la angustia. Entonces pienso cosas. Me siento satisfecha de no haber vuelto a comer un día más y me acaricio con la lengua fuertemente el aparato dental que circunda mis dientes, circunda: otra palabra que me gusta, otra palabra de cuando yo era una magnifica estudiante con muy buena dicción que bebía té y leía mucho a Bécquer. Sí, cuando estoy contenta me chupo con la lengua el aparato de cuatrocientas mil pesetas que me pagó la yaya tres meses antes de haber muerto mamá. Lo chupo con placer y escupo el resultado en los rincones. Cuando estoy contenta a veces cierro mis ojos y bailo de manera soñolienta y me gustaría que me viese mamá bailar así: descalza, con esta enorme bata blanca que me llega hasta los tobillos, estirando los brazos como si volase sobre el mundo, sobre las ciudades amsterdam, sobre las ciudades madrid, sobre las ciudades bilbao, sobre las ciudades barcelona, como si volase sobre las calles desiertas, tan desiertas como después de la extinción de la especie, como si volase sobre los países, sobre la gente encerrada en los paí-ses y viendo la televisión de esos países, como si volase sobre los edificios con gente dormida que por la mañana tiene que madrugar para ir a doblar cuellos de pollo a la envasadora de mercamadrid como la tía Julia, la pobre tía Julia con sus manos heridas por la artrosis de desunir merluza congelada, de ordenar en los palés productos lácteos, de doblarles el cuello en un día a mil doscientos treinta y cinco pollos descuartizados para que quepan en el envase blanco de poliuretano con el que los venden en los híper. Pero en su conjunto no me gusta vivir. Quiero irme de aquí. Sé muy bien que lo quiero. Lo tengo escrito en una carta a Dios que he guardado en el fondo del cajón de los calcetines y las bragas en casa de la yaya. Primero la puse dentro del libro de economía financiera, y pensando que sería posible que allí no la encontrase nadie nunca, opté por cambiarla, luego la coloqué en los pliegues de la colcha rosa que hay en la cómoda del dormitorio de la yaya, pero también pensé que sería posible que no la viese nunca nadie allí, y yo quiero que la lean, que la abuela y tía Julia puedan un día leerla y saber qué me ha pasado, por qué hablaba tan poco y estudiaba tantísimo, y no tenía amigas y no reía nunca y dejé de comer definitivamente una semana antes de las Pascuas de este cacareado año dos mil, que sepan que yo tengo en mi alma una vacilación de no ser nada, de sentirme como una vieja cuchara suiza de tamaño intermedio que alguien ha olvidado en el césped de un camping, de sentirme como esas cenizas grises que se traga la noche, de vivir indiferente y extraña a toda la tristeza que me rodea, la tristeza del tío Anselmo, la tristeza de la tía Julia, la tristeza de la abuela Juana cuando la veo sentada llevándose una mano a la cara y mirando al infinito como queriendo llorar por todo cuanto ha pasado alrededor de ella y de nosotros, la tristeza de lo que echan por las mañanas y después de comer por la televisión, la tristeza también de la televisión por cable de los barrios y de los pueblos pequeños buscando en los programas una poquita introspección de la vida corriente y sin grandeza de esos pequeños mundos intramunicipales, la tristeza del bruto de papá al que hace tres años que no veo, la tristeza del tedio que me daba los viernes, la tristeza de mis compañeros de clase entusiasmados por las pizzas y el fútbol y el ron cola, la tristeza del marroquí del parquing que veía todos los días al volver de clase en el solar vacío que hay enfrente de casa, la tristeza que me dan las canciones de Malú, y sobre todo su voz, esa voz desgarrada que desgrana nostalgia, una nostalgia que no sé de dónde viene, y sobre todas las tristezas del mundo, la tristeza de haber muerto mamá, de cuando yo volví de la facultad de económicas y abrí con mi llave la puerta de nuestro piso octavo y mamá estaba allí, en decúbito prono en la cocina, con un rictus de angustia en su rostro diabético, con la boca torcida y desnivelada como una consecuencia visible de los efectos externos del derrame cerebral que le había dado según oí comentar a alguien en el velatorio: Tenía la pobre todo el rostro torcido por los efectos externos del derrame cerebral que le ha dado de tanto tomar vodka con pastillas. Mamá muerta sin haber podido ver cómo me licenciaba en ciencias económicas en la rama de administración de empresas, como ella quería. Mamá muerta aquella mañana vestida con su ropa ordinaria de ir al trabajo, al trabajo que le gobernó tío Anselmo, portero del edificio austria, y que consistía en limpiar los aseos de la caja de ahorros del edificio austria y después fregar los ascensores del edificio austria, y luego dar una pasada con la fregona por todos los pasillos del edificio austria, y también limpiar los cuatro recipientes gigantes de sacar la basura del edificio austria, aquel trabajo del que tío Anselmo se sentía satisfecho de haberle gobernao y lo decía así mismo: gobernao. Mamá muerta con treinta y nueve años en decúbito prono como ponía el informe del juzgado. Muerta para siempre, sin que yo la pudiera curar de aquello como a veces se cura o se puede curar una enfermedad con besos. Mamá tirada allí como un payaso disfrazado de mujer. Mamá de signo piscis. Mamá alegre en las fotos que tenemos de un viaje a Benidorm. Mamá cuando firmaba y ponía Úrsula Sánchez con unas letras grandes y puntiagudas. Mamá peinándose. Mamá cuando iba al cine y llevaba en el brazo su rebeca granate de entretiempo. Mamá partiendo muy graciosa trocitos pequeños de cebolla y llorando y riendo al mismo tiempo. Mamá con pelo largo. Mamá con pelo corto. Mamá muy maquillada en Nochevieja… No sé bien de qué hablo cuando hablo de mamá. Yo no sabía que mamá tomaba vodka con pastillas. Sólo sé que ella ha muerto y yo soy débil, débil como una leona joven que vi una vez en un documental de televisión y se llamaba Pinga y era incapaz de salir de un cercado de alambre y de alimentarse por sí misma. Mamá ha muerto y siento vértigo ante la vida y sueño con sucios espejos de secretas mentiras y con un demonio aullador de ojos rojos que me echa de aquí y con herir con cuchillos en el costado de una perra triste. Yo quiero ir con mamá al lugar sin lugar del infinito, por eso le he escrito una carta a Dios, porque quiero irme de aquí, quiero ir con mamá al lugar sin lugar sin lugar del infinito, a ese lugar que yo imagino dulce y lleno de algodón, ese lugar donde todo debe ser muy lento y los seres se besan en los párpados con besos que duran cuartos de hora. Ese lugar donde no hay los espejos, donde no hay que comer y la gente es delgada y todos visten como yo visto ahora con esta especie de hábito blanco que me llega al tobillo y también van descalzos y pisan bayas tiernas que renuevan los ángeles y hay tapias azules como en esos pequeños pueblecitos de la isla de Creta que vi una vez en una enciclopedia del instituto, tapias azules por las que corren vivarachas muchas lagartijas y salamanquesas españolas. Ese hermoso lugar donde todo se olvide y se borre lo triste de mi vida, y se borre papá y la yaya llorando y el cáncer de tío Anselmo y las manos artríticas de tía Julia y el decúbito prono y el rictus de mamá y mis compas de clase y se borre la eccema y se borren los granos de mi cara y esa cosa en los nervios, esa cosa en los genes, que tenemos las tristes, las rotas, las suicidas. Y ahora cierro mis ojos, me dispongo a soñar quieta y vacía, a soñar que me voy, que me estoy yendo, que todo ha terminado más acá de mi vida, a soñar con lebreles que se hunden en nubes y luchar contra cosas que apenas puedo ver y con un río de sangre que me cae por mis piernas mientras mamá me mira desde allí, desde ese lugar sin lugar del infinito, preguntándome sin palabras, con sus ojos abiertos, muy abiertos: ¿Qué te pasa Belén? y yo le respondo: «Todo va bien mamá, tan sólo estoy sangrando».

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Miguel Sánchez Robles, uno de los mejores escritores españoles actuales según el criterio de DEBEDEHABER, nació en Caravaca de la Cruz en 1957 y es profesor de Historia en el instituto Ginés Pérez Chirinos de aquella ciudad. La tristeza del barro, ganadora del premio Fray Luis de León, fue la primera gran novela que llegó a manos de lectores avezados, aunque, como sus otras obras, no ha tenido la difusión y presencia en las librerías que merece su alta calidad de prosa poética, minuciosa y triste. La mayoría de sus libros están editados gracias a los numerosos premios literarios que ha ganado; de ellos, gran parte, son libros de poesía: Desecación de la Alegría (2004), Arder, haber ardido (2004), Cuento cosas del huésped que me habita (2001) y Palabras para un tiempo sin respuesta (1999), entre los más recientes. A sus dos principales novelas –escritas bajo el radical impulso de su talento poético–, la primera ya citada como obra mayor y la segunda titulada Donde empieza la Nada, se ha unido recientemente una más, Corazones de cordero, novela con la que Sánchez Robles ha ganado este año el Premio Internacional Javier Tomeo de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y que será editada por Ediciones Gens.

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David Rosenmann-Taub: Lectura de sus Silencios

In Literatura on enero 15, 2012 at 4:34 pm

Por Cristián Gómez O.

Este artículo intentará poner la obra poética de David Rosenmann-Taub en la perspectiva de aquellas condiciones de posibilidad que hacen factible una obra como la suya. Hemos querido, así, razonar los procedimientos internos de su poesía, interrogándola en su propia retórica, pero también en lo que esa retórica silencia o se niega a decir. En el complemento de estas dos preguntas, es donde se puede desplegar el rol que cumple la historia como principio de realidad de la obra incluso si no es explícitamente mencionada.

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Haga click sobre la imagen si desea ver un cortometraje sobre Rosenmann-Taub,

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Permítanme comenzar con una anécdota. Vamos a fecharla en 1993, pero podría haber sido 1990 ó 1996. Para el caso es lo mismo. Lo que importa aquí es un poeta por ese entonces joven, con cierto sentido de la tradición poética, Eliot de por medio, que lo llevaba al vano intento de agotar los anaqueles de cuanta biblioteca se le pusiera por delante, con la creencia de que la acumulación de títulos y nombres leídos lo llevarían tarde o temprano a encontrar o descubrir cierta epifanía que, digámoslo desde ya, aún no ha llegado. Ese joven poeta, con quien comparto nombre y apellido pero al cual le he añadido sin disimulo kilos y años por partes iguales, estaba en ese mentado año ’93 que pudo ser el ’96 o incluso pudo ser el ’90, leyendo en los salones de la Biblioteca Nacional de Chile, allá en Santiago, allá en la Alameda, un libro de un autor ligeramente desconocido, de quien había oído algunos comentarios respecto a su pertenencia a la generación del cincuenta, que tenía algunos libros publicados y había ganado un premio a fines de los años cuarenta. El libro era Los surcos inundados, el autor, David Rosenmann-Taub.

Traigo a colación este pasaje más o menos irrelevante de mi vida, porque nos da algunas luces en torno a la recepción que ha tenido la obra de Rosenmann Taub, en especial en los últimos años. A principios de los noventa se sabía de Rosenmann Taub, pero no podría afirmar que se lo hubiera leído mucho, sus libros eran difíciles de encontrar y en general la atención (esto puede ser una generalización, pero no creo estar tan equivocado) la acaparaban Lihn, Teillier, Millán, Juan Luis Martínez, Lira, Zurita. A partir del año 2002, sin embargo, con la publicación en LOM de buena parte de los títulos publicados hasta ese entonces por Rosenmann, el panorama comenzó a cambiar. Los poetas más jóvenes comenzaron a leer a este autor que en principio no le hace la tarea fácil al lector y uno que otro homenaje se le ha hecho a su obra. También empezaron los comentarios rimbombantes, a la manera de Armando Uribe Arce, quien dijo que Rosenmann Taub era el mejor poeta vivo de toda la lengua castellana, con lo cual no avanzamos nada en absoluto en torno a la comprensión de su obra, ya que al decirlo todo, terminamos no agregando nada. Ni siquiera estaría así, de buenas a primeras, de acuerdo con el comentario de Uribe. A menos que se historice, a menos que se contextualicen la obra de Rosenmann y los comentarios en torno a ella, cualquier panegírico, por más grandilocuente que sea, conduce solo a un callejón sin salida.

Nuestra tarea, en cambio, intentará poner su obra en la perspectiva de aquellas condiciones de posibilidad que hacen factible una obra como la suya. Sé que hablar en estos términos (factibilidad, contexto, historización) es lo que menos se ha aplicado en torno a la obra de Rosenmann, toda vez que suele destacarse de manera recalcitrantemente impresionista, su lenguaje alambicado y su tendencia a la mística, sin ahondar mayormente ni en lo uno ni en lo otro, recluyendo a la postre al poeta y su obra en las categorías de hermético y profundo, pero sin profundizar, valga aquí la paradoja, ni en el primer término de la ecuación ni tampoco en el segundo.

Nos parece sin embargo que empezar nuestra tarea señalando las filiaciones de Rosenmann con la obra de César Vallejo en toda su intensidad y altura pasa, precisamente, por deslindar qué es lo que hereda Rosenmann de Vallejo y, aún mejor, qué es lo que entendemos por la obra de Vallejo.

Empezaré por un aspecto que si bien puede parecer epidérmico, en una lectura más comprensiva veremos el rol vital que juega. Me refiero a la supuesta oscuridad de la poesía de Rosenmann, al uso de neologismos y arcaísmos que —la crítica ha insistido en esto— afectarían los modos de una lectura transparente del texto:

Durante una espesura, plácido caracol

hacia los capitolios, enviscando la tribu,

en la morosidad de torvos rebalajes,

ah ser la fugaz grima de las algas atónitas,

y el espasmo de piedra de la zúpida batalla,

y el zigzag forastero de la escama que sueña,

y gozar del dolor: ser un dolor alegre:

la ola más alegre de los mares inmensos

y la nube más roja de todos los ocasos

(Cortejo y epinicio, 91).

Como puede verse en un primer acercamiento, Rosenmann elegirá temas más o menos universales de la poesía occidental, tales como la muerte, la presencia y la ausencia de una figura divina, la infancia como índice tanto de nuestra plenitud y de nuestra finitud. Pese a esto, su particular modulación de los mismos lo distingue entre los poetas de su promoción y en general de toda la poesía chilena.

Mortalidad, desconsuelo, horror, conciencia inapelable de la muerte y pérdida de una inocencia original aparecen como elementos que evocan otras fuentes de la tradición literaria nacional, española, universal. Los cultismos y manierismos propios de su estilo afloran junto con los neologismos, las palabras compuestas y las conversiones gramaticales, conformando un friso de acicaladas exploraciones verbales y pronominales, donde lo arcaico resuena siempre como novedoso y los relumbrones hirsutamente neomodernos, se insertan majestuosos en el mar heterogéneo de la frase (Nómez).

Rosenmann-Taub recurre, en Los despojos del sol (2006), según Carmen Foxley, también a la experiencia vital tal cual esta ocurre, «a episodios fugaces e insignificantes, a objetos cotidianos, fantasías, sueños, conflictos o recuerdos que están ahí, a la mano. Se establece una relación con ellos para buscar un conocimiento que supere al racional». El autor pone todas sus fichas a la intuición y la experiencia sensorial. Y la naturaleza está muy presente aquí, puesto que en su imagen se podrían encontrar huellas de lo infinito que late en lo finito. Es la opción de una escritura que se orienta a poner de relieve nuestra existencia en tanto seres espirituales, con un ojo puesto siempre en un afán de trascendencia. Se trata, en suma, de un proyecto poético que, como veremos en adelante, problematiza esa angustia ya señalada arriba por Naín Nómez, en tanto el desamparo expresado por el hablante de estos poemas se condice con lo que pareciera ser una condición esencial del ser humano, antes que una cuestión ligada a una coyuntura específica.

Otro punto que a Foxley le llama la atención es «la lucidez y coherencia significante del diseño textual». Efectivamente, la «Ananda primera» se divide en dos fragmentos de siete poemas en los que se inscribe el comienzo de la experiencia reflexiva y todo aquello que no se deja ver, a primera vista, a nuestra percepción sensorial. Sin embargo, ese infinito y ese absoluto que pareciera anhelar el hablante, se traducen en el poema a través de una serie de imágenes que mezclan referentes de primera mano (como la abuela mencionada en «La posesión», en la página 45, el ropero y el lecho por entre los que se asoma Dios, en la página 23) con otros que representan una indagación profunda en los límites de la identidad, como el juego del hablante y el espejo en el tercer texto de «Diario de un guijarro».

David Rosenmann-Taub en Santiago de Chile, 1961

En la «Ananda segunda» el panorama cambia. Estamos ahora ante una serie de interpelaciones sarcásticas y diálogos que dan un matiz dramático y terreno a la situación. La aparición de muebles y utensilios de cocina en un poema que es al mismo tiempo relato de un aprendizaje y autorreconocimiento religioso («Reconciliación», 81-83), nos habla de una segunda parte de este libro que intenta conscientemente traer aquella experiencia reflexiva hacia un contacto más directo con el mundo. Pero en ambos casos, debemos recordar que se trata de «anandas», palabra sánscrita que hasta donde hemos podido rastrear, significa alegría, felicidad suprema. En las dos partes del libro, entonces, podemos ver no el logro de un estado de plenitud, aunque sí se tiene la percepción y el deseo de él.

Quisiera volver aquí, en este punto, a Vallejo. Para abordar la relación entre su obra y la de Rosenmann, quisiera tocar ciertos aspectos que a estas alturas parecieran «lugares comunes» alrededor de la poesía vallejiana. Si nos detenemos por ejemplo, en el coloquia-lismo de Vallejo y su uso de lo que Francisco Martínez García llama la frase alterada, en la que el coloquialismo del autor peruano se despliega como un abanico de bloques sintácticos. La frase coloquial se relaciona con el contexto por «inmersión, contacto o simple presencia» (cit. en O’Hara, 36); por lo tanto interesa averiguar el funcionamiento de la frase alterada en Vallejo, sea por sustitución de elementos de la misma categoría gramatical (sustantivos, adjetivos, pronombres) o por ampliación. Los ejemplos abundan y Martínez nos dice que «Lo más normal es que el sentido primitivo quede alterado, ya que se trata de un módulo al que se da nueva significación precisamente por la alteración de un elemento» (cit. en O’Hara, 36-37). Por dar solo una muestra: la sustitución de sustantivo por sustantivo la tenemos en «Salutación angélica», donde dice «…italiano ex profeso, escandinavo de aire, /español de pura bestia» (en O’Hara, 37), en lugar de la frase original que sería de pura cepa.

Este tipo de alteraciones sintácticas e idiomáticas, que encontramos a raudales tanto en Vallejo como Rosenmann, debe, no obstante, ser puesta también en otro contexto, a riesgo de conculcar los múltiples sentidos de estas escrituras. En esta perspectiva, es que nos llama de sobremanera la atención la lectura de José Cerna-Bazán, al relacionar la composición de Trilce con la situación de la postguerra peruana y la pérdida de territorios a manos del ejército chileno en la Guerra del Pacífico, de 1879.

Cerna-Bazán es capaz de articular la elección idiomática y la composición del primer poema de Trilce con las consecuencias que tuvo aquel conflicto armado en la vida del Perú. Recordemos, solo brevemente, que el guano era el fertilizante que las inversiones inglesas buscaban ávidamente para mantener el sostenido crecimiento económico de Inglaterra por aquel entonces. Dice el primer poema de este libro, que citamos in extenso:

Quién hace tanta bulla, y ni deja

testar las islas que van quedando.

Un poco más de consideración

en cuanto será tarde, temprano,

y se aquilatará mejor

el guano, la simple calabrina tesórea

que brinda sin querer,

en el insular corazón,

salobre alcatraz, a cada hialóidea grupada.

Un poco más de consideración,

y el mantillo líquido, seis de la tarde

DE LOS MÁS SOBERBIOS BEMOLES

Y la península párase

por la espalda, abozaleada, impertérrita

en la línea mortal del equilibrio

(Vallejo, 119).

El argumento de Cerna Bazán se basa en la trascendencia de un vocablo al interior del conjunto total de Trilce, lo que relaciona los niveles ideológicos y creativos de la obra en una perfecta solución de continuidad:

I begin by examining the first poem of Trilce  which thematizes a key element of Peru’s social reality in Vallejo’s lifetime: the excrement of the alcatraz, guano. My focus on guano, instead of any other word in this poem is not arbitrary. Opening the book, «guano,» together with «alcatraz» and the terms that refer to the bird’s natural habitat («islands,» «insular,» «peninsula») saturate the poem.From that point on, guano is projected onto a set of organic elements («cadaverine,» «liquid muck» in Trilce ) that populate the seventy seven poems of the collection. Among those elements are material fluids like blood, sweat, tears, or cosmic and geological ones like rain and the ocean, as well as excremental materials and other substances that, in constant transformation, become organic matter or its opposite, the inorganic (Cerna-Bazán).

Desde nuestro punto de vista, lo que buscamos es explorar también en la obra de Ro-senmann Taub las dimensiones históricas de una obra que no por su tono aparentemente solipsista está ajena a la historia que la posibilita. Creemos firmemente que así como la lectura de Cerna Bazán explora el tejido histórico de Trilce, la relación de Rosenmann con Vallejo tampoco se agota en meras resoluciones formales sin consideración a su contexto.

En su prólogo a Cortejo y epinicio (2002), María Nieves Alonso recalca un punto que es central para nosotros, a saber: la nostalgia de lo absoluto presente en el primer Rosenmann, ese que permea de principio a fin ese cortejo de 1949 y que fuera vuelto a escribir en 1978 y editado y revisado por tercera vez en la última edición (de LOM, en Santiago), que es la que nosotros conocemos. «Nostalgia de lo absoluto: Alonso se refiere a él como un lugar del desconsuelo y el ansia de pureza y absoluto, de la búsqueda de un lenguaje que robe alguna brizna al misterio del que tan lúcidamente han hablado Simone Weil y, también, Nietzche» (Alonso, cit en «Rosenmann-Taub», Cortejo y epinicio, 8).

Para la investigadora de Concepción, Cortejo y epinicio está tramado en torno a una ausencia. Una ausencia que es una carencia vital para el hablante. La constante presencia de la muerte, la carencia de sentido de la experiencia vital, la convivencia paradójica con lo divino. Todo el libro está recorrido por una dolorosa torsión del lenguaje que opera como decurso formal del mundo representado. Sin embargo, para que las estructuras formales de las que se vale Rosenmann las entendamos como un correlato de ese mundo representado, hay primero varias mediaciones, varios niveles que interactúan entre sí.

Así como el tejido histórico de Trilce es rastreado por Cerna-Bazán a través de su lenguaje, también entenderemos el lenguaje de Cortejo y epinicio como un síntoma, pero asimismo como una mediación en ese marco histórico que es donde habita la obra de Rosenmann. Marco, sin embargo, no es la mejor palabra para definir lo que intento expresar, porque da la idea de un contexto, de algo que está en torno a la obra, fuera de ella y no, como realmente suponemos, formando parte intrínseca de ella.

Una de las características más acentuadas de la obra poética completa de Rosenmann-Taub es su coherencia interna, su unidad. Me explico: desde Cortejo y epinicio hasta Auge podemos notar una continuidad en la construcción del poema sobre la base de distintas formas métricas y una rima asonante como patrón casi unívoco. Ni tampoco el contenido ha dejado de darnos la misma imagen de un hablante torturado ante la carencia de un elemento fundamental de la existencia, ante la conciencia lacerante de la finitud de la vida y la imposibilidad de concretar un sentido frente a esas circunstancias. Es cierto: todo esto marca un continuum creativo que ha sido una de las notas más distintivas de este poeta. No obstante ello, creemos que en el poema mismo, en la elaboración de la materia poética, se dejan ver grietas y silencios que en términos formales nos parecen la correspondencia intrínseca de esa angustia por la unidad inalcanzable. Lagunas formales que dan cuenta de las grietas de la existencia, del deseo de plenitud y de la ¿imposibilidad? de alcanzarla.

El silencio en el poema puede estar indicado de muy distintas maneras. Ya sea por disposición autorial, ya sea por la participación del lector en el reconocimiento del papel que juegan ellos, podemos encontrar algunas estrategias escriturales ya codificadas para ayudarnos en la tarea. Rae Armantrout, poeta y profesora norteamericana, ha especificado algunas de las formas en que el silencio «ocupa» su lugar en el poema, a saber:

1. Ella podría terminar un verso o un poema de una manera abrupta e inesperadamente.

2. Podría crear conexiones extremadamente tenues entre las distintas partes del poema.

3. Podría crear deliberadamente un efecto de inconsecuencia.

4. Podría hacer uso de la auto-contradicción o retracción.

5. Podría usar elipsis obvias.

6. Podría usar algo que coloque lo existente en una relación perceptible con algo no-existente, ausente o externo (cit. en Chirinos, 33).

Varias de estas maniobras escriturales, si no todas, podemos encontrarlas en la obra de Rosenmann, aunque difícilmente se encuentren por separado, sino una o dos al mismo tiempo como principal recurso retórico. Pero no solo se trata, como decíamos, de una iniciativa autorial, sino que los silencios en que el texto incurre (voluntaria y/o involuntariamente), también necesitan ser cabalmente comprendidos por el lector: a este respecto, Emma Sepúlveda Pulvirenti (1990) especifica algunos de los puentes que se tienden entre hablante y receptor, a saber: 1) el uso de diferentes preguntas que no tienen respuesta en el poema y que crean «un espacio paralelo de silencio que va desarrollándose en el lector por medio de la lectura» (Sepúlveda, en Chirinos, 42), las pausas que se marcan con los signos ortográficos, como por ejemplo los puntos suspensivos que llevan el silencio del hablante hasta el lector. Y, 3) «el uso de una forma dialogada en el poema: espacio de silencio que divide los parlamentos de las voces poéticas» (Chirinos, 43).

Al leer los poemas de Rosenmann, nos encontramos una y otra vez con este tipo de artefactos retóricos, los que obligan a una intervención permanente y activa del lector. Así, por ejemplo, en un poema como «Rapsodia» o «Calvarios», de Auge, nos encontramos con el uso de los puntos suspensivos para referir directamente a un afuera del poema,

…Llaga, desde tu monte,

me respondes: «Responde».

(Rosenmann Taub, «Calvarios», en Auge, 225)

Puntos suspensivos, pero también un diálogo implícito del que sólo asistimos a un fragmento. ¿Por qué calvarios y no calvario, si se habla de Dios en este libro de Rosenmann, si se habla de una Madre y un Hijo que parecieran referir a la Santísima Trinidad de la teología cristiana?, ¿cuáles son esos otros calvarios?, ¿los calvarios del hablante se pueden equiparar, así, al Calvario de Cristo?

En «Rapsodia», en cambio, el paso abismante del tiempo es referido y conjurado (fallidamente) a través del recurso de la narración de una pequeña historia, una anécdota en la que el hablante despierta al erotismo en su infancia en la contemplación de la entrepierna de una compañera de clases, Elbirita, con quien después nos enteramos que el hablante terminará casándose y teniendo con ella hijos. El hecho de que Rosenmann sea capaz de transformar esta simple anécdota en un poema que ataca temas centrales de la poesía contemporánea, nos habla del peso del lenguaje en su obra. El tiempo se cuela en el poema a través de la incerteza del hablante, que es la nota decisiva en el poema. El pasado es recordado como si hubiera ocurrido hace «Cien billones de siglos/ o ayer: no queda nadie:/ ni el señor profesor,/ ni un compañero,/ ni, por supuesto, yo» (118). El tiempo es borrado en la equivalencia de cien billones de siglos o ayer, donde esa unión de los contrarios reconcilia por la fuerza de la imagen lo que de otro modo quedaría en el espacio del absurdo: no pierde, sin embargo, el paso del tiempo, su condición de inconmensurable, a condición de que sea enunciado en el poema: el tiempo sigue igualmente presente a pesar de ser incomprensible.

Pero ojo que el dolor del hablante se enfatiza no tanto en la percepción de lo ido, sino por sobre todo en la constatación factual de la pérdida inmediata. El hablante no está del todo seguro si Elbirita ya no está debido a que «murió de pulmonía» (Rosenmann, 118) o su muerte se produjo producto del nacimiento de los últimos de sus hijos, sus mellizos. Al nacer ellos, para el hablante no solo muere Elbirita (nótese que su nombre nunca pasa a ser un Elbira de mujer madura, sino siempre con el diminutivo, tal vez como una expresión de cariño, tal vez como una forma ilusoria y obsesiva de perpetuar el tiempo): también se muere en ese parto «su secreto,/ y a mí, el campo de dicha» (Rosenmann, 118). Su secreto, id est, su entrepierna, que ella se amañaba para mostrarle a sus compañeros de clase mientras se sentaba en su pupitre. Y la dicha del hablante, que en un juego de palabras implícito refiere al campo de visión, ya que él, como el resto de los alumnos de la referida clase de antaño, «divisaban» el secreto de Elbirita. Muerte y nacimiento, final y comienzo de un deseo, tiempo original y últimos momentos. Para Octavio Paz, «Entre nacer y morir la poesía nos abre una posibilidad, que no es la vida eterna de las religiones ni la muerte eterna de las filosofías, sino un vivir que implica y contiene al morir, un ser esto que es también un ser aquello. La antinomia poética, la imagen, no nos encubre nuestra condición: la descubre y nos invita a realizarla plenamente».

Quisiera aquí relacionar lo dicho por María Nieves Alonso en el prólogo de Cortejo y epinicio, en torno a la nostalgia de lo absoluto rastreable en la obra de Rosenmann, con lo que plantea Paz sobre la naturaleza misma de la poesía.

Lo sagrado se nos escapa. Al intentar asirlo, nos encontramos que tiene su origen en algo anterior y que se confunde con nuestro ser. Otro tanto ocurre con amor y poesía. Las tres experiencias son manifestaciones de algo que es la raíz misma del hombre. En las tres late la nostalgia de un estado anterior. Y ese estado de unidad primordial, del cual fuimos separados, del cual estamos siendo separados a cada momento, constituye nuestra condición original, a la que una y otra vez volvemos.

No es casual que en el que tal vez sea el mejor de sus libros, El mensajero (2003), o por lo menos en el cual se tratan con mayor ejemplaridad los temas más recurrentes de su obra: el anhelo de arraigo y absoluto en un mundo esencialmente contradictorio y efímero, el libro en el cual Rosenmann nos entregue lo que parece el reverso mismo de estos fervores, la explicación menos trascendental que podríamos esperar por parte del poeta. Allí nos dice, en un poema que no por nada se titula «Alienus», lo siguiente:

La forastera góndola

del tedio

me dicta sus desechos:

mi historia: poesía.

Me parece especialmente relevante que un poeta tildado de metafísico y hermético proponga tal equivalencia entre historia y poesía. Por mucho que el texto se refiera a una historia personal, ésta no puede esconder su contextualización dentro de una historia colectiva que es su previa y necesaria condición de posibilidad. La extrañeza sugerida en el título del poema nos indica una dirección probablemente incoherente con el conjunto de su escritura, en donde la requisitoria permanente es una pregunta por la esencia misma de lo humano y su relación con la divinidad. Aquí, en cambio, nos pone frente a una idea de la poesía diametralmente opuesta a la que, por ejemplo, nos entrega al concluir el libro:

Conque manso el potrillo…!

Mansa coz

de chúcaro denuedo!

Por resultado, versos:

paráfrasis de Dios.

Entre una y otra de estas posturas hay un silencio y/o una grieta que puede responder muchas preguntas. No intentamos llenar ese hueco sino simplemente subrayar el conflicto interno que la obra misma pareciera pasar por alto. Tal vez al destacar las contradicciones internas como la recién señalada en la escritura de Rosenmann podamos respondernos, por ejemplo, por qué El mensajero, publicado en el año 2003, lleva el subtítulo de «Cortejo y epinicio II», cuya primera parte lo antecede (por lo menos en la fecha de publicación) en cincuenta y cuatro años. Aquí hablamos de hacer una conexión entre dos obras que pertenecen a momentos muy distantes el uno del otro. En 1949 todavía no se conocía en su totalidad el Canto general (1950), de Pablo Neruda. Poemas y antipoemas sería publicado cinco años después. Un año antes, Gonzalo Rojas había publicado la primera edición, en Valparaíso, de La miseria del hombre. Jorge Teillier y Enrique Lihn aún se mantenían (prácticamente) inéditos. Ergo, Cortejo y epinicio pertenece a una era donde el paradigma de la antipoesía apenas asomaba tímidamente en el panorama de la poesía chilena, sin tener todavía ni remotamente el peso que adquiriría a posteriori. El mensajero, en cambio, ve la luz en el apogeo y probablemente la resaca del mismo discurso, el que ya ha sido canonizado y cuyos efectos más desestabilizadores o ya se hicieron sentir o han sido continuados, extendidos y modificados por sus herederos predilectos (Lihn, Martínez, Lira): sin embargo, no podemos decir que todos estos cambios afectaran de manera sustancial la escritura de Rosenmann.

De hecho, un dato que nos parece de sumo interés es la dedicatoria con que se abre este último libro. Allí, Rosenmann dice lo siguiente:

Papá,

………tres días antes de marcharte,

me pediste que te prometiera que revisaría

El Mensajero hasta crear el más hermoso

-real- libro.

………Cumplir la promesa me ha exigido

cumplir tu edad (7).

De manera más o menos explícita, Rosenmann nos indica que efectivamente El mensajero es muy posterior a su antecesor, tanto que su escritura se ha cumplido en un plazo de décadas. No obstante, años más o años menos, el paso del tiempo no ha cambiado, como ya indicábamos, en su esencia la escritura de Rosenmann Taub. El mensajero, de hecho, aparece en la etapa de plena ebullición de lo que alguna crítica ha llamado generación de los ’90, misma época en que empiezan a re-editarse una serie de poetas que habían sido, por distintas razones, si no olvidados, sí perdidos de vista al lado de otras figuras canónicas de nuestra poesía. De manera que no nos parece casual que estos autores, como Rosamel del Valle (quien cobra nuevos bríos con la publicación de su Obra poética [2000], en una edición a cargo de Leonardo Sanhueza, además de la antología El Orfeo del Pacífico [2000], llevada a cabo por Hernán Castellano Girón) u otros como Omar Cáceres y su Defensa del ídolo (1996), la Obra completa (2009) de Gustavo Ossorio y la reedición de autores como Enrique Gómez-Correa, Teófilo Cid y Winnett de Rokha, todos ellos demuestran una afinidad difícil de negar y que pasa precisamente por privilegiar la escritura irracional ante el paradigma reflexivo. Son los poetas de los que Nicanor Parra quiso diferenciarse al autodenominarse como parte de los «poetas de la claridad», por oposición a los de la oscuridad.

Coincidentemente, entonces, con este proceso de recuperación de una zona de la tradición poética chilena, la obra de Rosenmann (y la publicación de El mensajero en el momento más oportuno y necesario) muestra su consonancia con esta nueva y antigua estética. A primera vista, alguien podría pensar que todo este revival se trata simplemente de una aproximación romanticista y nostálgica a la tradición chilena, una suerte de retorno al pasado en busca de respuestas que no se encontrarían en el presente. De este modo podrían también explicarse poéticas tan cercanas a los autores mencionados en poetas de las promociones más recientes, como Leonardo Sanhueza o Javier Bello, ambos editores de algunos de los rescates ya indicados. Me parece, sin embargo, que la realidad es ligeramente más complicada y que ofrece una serie de matices en los que, de no reparar en ellos, estaríamos distorsionando en demasía la búsqueda que este «retorno al pasado» representa.

Esto es así porque, de hecho, me parece que no se trata de un retorno a ningún pasado. Toda esta revalorización de autores de antaño hay que entenderla como parte de un proceso mayor que la excede pero también la explica, un proceso que a su vez encuentra su punto de apoyo en este tipo de búsqueda estética.

Tal proceso requiere entender las dimensiones del cambio que Chile ha experimentado en las tres últimas décadas. Con la instalación del modelo neoliberal en Chile, por parte de la dictadura pinochetista y la continuación del modelo bajo los gobiernos democráticos, lo que en definitiva ha tenido lugar es una modificación en el paradigma con el cual la sociedad chilena se entendía a sí misma. Del Chile autosuficiente de la imaginación patrimonial resguardada por el Estado, se ha pasado a la trans-nación administrada por el mercado. Los flujos de mercancías son también intercambios de signos, marcas comerciales que han devenido tan importantes como el producto mismo que promocionan, conformando un tejido de mensajes culturales que legitiman y naturalizan una imposición del sistema de mercado que no se vive como imposición. Refiriéndose a su estudio, el académico chileno plantea que «[...] la economía política, la cultura pública y la ficción literaria se analizan y se exponen en una trama de relaciones, al interior de un dominio discursivo mayor, en que, como en una red, se hallan histórica y virtualmente entrelazados. Leo entonces el sistema de libre mercado como una formación discursiva y, subsecuentemente, como una red de signos» (13).

Cárcamo propone leer el mercado como una fábula, un relato que ha tejido su propio tramado para constituirse como una formación social sin contrapeso. Haciéndose eco de la distinción que establece Raymond Williams para el concepto gramsciano de hege-monía, Cárcamo sostiene que desde esa perspectiva «se puede sostener que el sistema de libre mercado se constituyó, en el período estudiado [.], en una forma no sólo de dominio sino que pasó a informar el horizonte semántico y valórico del sujeto social: la economía de libre mercado como ficción social, como imaginación pública, en suma, como cultura» (249).

En esta cultura de mercado, entonces, es que la apertura de una economía abierta y «sin restricciones» pone ante la figura del autor un haz de discursos en circulación que, a pesar de las limitaciones de marketing y ventas de la lírica, no son ajenos al desenvolvimiento económico en general. Para Cárcamo, novelistas insertos en el mercado global como Isabel Allende y Luis Sepúlveda, entre otros, hacen un usufructo simbólico de lo exótico y/o de lo distante (para un público en principio no tercermundista, aunque también se dirijan por extensión a este último), «a partir de una re-utilización no mediada de los códigos del realismo mágico (a lo García Márquez) en el caso de Allende» (52) o los de la novela de aventuras y de viajes en el de Sepúlveda. Al valerse de estos idiomas pre-establecidos, estos autores (pero no solo ellos) pasan a ser una especie de escritores-consumidores, que hacen uso del código estético que más les convenga y esté disponible en el supermercado de las mercaderías simbólicas.

De acuerdo a Cárcamo, el giro determinante que marca a estas narrativas sentimentales es, en lugar de un impulso político, la sintomatización de una nostalgia antes los efectos de desarraigo propios de la modernización económica en el Chile de las últimas tres décadas. Para ello recurren a una «restitución ficcional» (Cárcamo, 53) con la que se compensa la pérdida de ciertos referentes tradicionales (como la familia, la naturaleza, las costumbres hogareñas, la memoria histórica) en el nuevo escenario de un país regido en buena medida por el mercado trans-nacional.

En este contexto, la re-edición de los libros de Rosenmann Taub, su favorable recepción y la acogida que han obtenido entre las generaciones más jóvenes, indica que la sintonía de cierta zona de la producción poética más reciente con la obra del autor de País más allá y Poesiectomía, no redunda únicamente en un retorno reaccionario hacia el pasado, como si se intentara obviar el continuum histórico y el peso de la contingencia. Por el contrario, vemos en esta mirada retrospectiva un intento por enfatizar en ese desarraigo propio del Chile contemporáneo, a través de una obra como la de Rosenmann Taub (y la de los otros autores aquí incluidos) que centran su discurso en torno a esa nostalgia de absoluto que trasunta larvariamente las consecuencias del desarraigo, aun cuando todavía se haga en una escala individual. Los autores-consumidores de hoy en día, como los califica Cárcamo, revierten creativamente tal etiqueta, tal vez porque al ingresar al hipermercado de las ofertas culturales, aun cuando se encuentran al igual que otros con una amplia variedad de alternativas estilísticas, la forma en que éstas han sido asumidas por los poetas chilenos de hoy difiere de las estrategias escriturales que menciona Cárcamo. Si —para citar nuevamente a Williams— ante toda hegemonía existe o puede existir una contrahegemonía o una hegemonía alternativa (132), los poetas del Chile de hoy intentan implementar una posibilidad de diferencia al recurrir a estas prácticas culturales (re-ediciones, homenajes, lecturas públicas, estudios de los autores que intentan revivir) con las que dibujan una poética anti-celebratoria de la realidad chilena. El análisis de la nueva narrativa que hace Cárcamo, describe a los lectores de estas narrativas sentimentales como embarcándose en un viaje profiláctico hacia el pasado, espacios exóticos y/o desaparecidos, «a la manera de turistas cuyo lugar de proveniencia es el «incuestionable» aquí y ahora de la neomodernización» (53). A diferencia de estos turistas culturales, una buena parte de la poesía más reciente en Chile lo que hace es precisamente cuestionar ese aquí y ese ahora en la relectura creativa de la obra de algunos otros autores de antaño que han cobrado un renovado nuevo brío y de los que Rosenmann Taub es la evidencia de su contemporaneidad.

Hemos querido, así, razonar los procedimientos internos de la poesía de Rosenmann, interrogándola en su propia retórica, pero también en lo que esa retórica silencia o se niega a decir. En el complemento de estas dos preguntas, es donde se puede desplegar el rol que cumple la historia como principio de realidad de la obra incluso si no es explícitamente mencionada. En los silencios de la obra de Rosenmann, esas grietas que median entre una y otra definición del acto de escritura, entre Cortejo y epinicio, por una parte, y El mensajero por otra, es donde encontramos la posibilidad de explicar su escritura con relación a esa historia que lo posibilita y que, además, lo ha convertido en una figura de tal relevancia para los lectores y autores de hoy. Son esas contradicciones, esa nostalgia de absoluto a la que hemos hecho referencia una y otra vez, esa nostalgia concreta y contextualizada, las que entendemos como la expresión más relevante y atingente de la obra de Rosenmann. Cerramos, entonces, con un ejemplo que ilustra nuestra exposición:

……XCII

Me prolongo en el lecho.

Las rapideces, lentas.

«El lápiz», ruego, a tientas.

Escribo: «Escribo». Y fecho

(Poesiectomía).

*

Cristián Gómez O.

The University of Iowa

Publicado en AISTHESIS (n° 48)

–Este texto, en una versión resumida, fue leído en el Simposio sobre César Vallejo «Voy a hablar de la esperanza», que se llevó a cabo en Hofstra University, durante el mes de octubre del 2008. De allí se desprende cierta oralidad en el ordenamiento del ensayo que el autor ha decidido mantener.

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