Magazine Literario

Transfalanda

In Literatura on marzo 19, 2011 at 5:50 pm

Un grupo de animales, que se criaban juntos, volvían al cercado donde habitualmente descansaban después de haber pasado el día pastando en los montes cercanos. Tenían unos apéndices largos y ovalados a los lados de la parte anterior e inferior del cuello, el pelo áspero y los cuernos encorvados hacia atrás. Empujándose  mutuamente presentían cerca el final de la jornada y afanados en llegar cuanto antes  al cobertizo deseado, dificultaban que el conjunto de elementos celulares que determinaba la forma característica de sus organismos, sirviéndoles  de sostén, mantuviese sus cuerpos en forma tal que las encontradas fuerzas que obraban en ellos, se compensasen destruyéndose mutuamente.

A su paso levantaban una nubecilla de polvo seco que casi los hacía invisibles. Algunos se paraban a mordisquear los brotes tiernos que crecían en los bordes del camino enfadando al leal canis familiaris –fuerte, de cuello grueso y corto, patas robustas, cabeza redonda, orejas pequeñas y caídas, ojos encendidos, boca rasgada y pelo largo, algo lanoso– y aún más al pastor, el cual  por haber hecho ya muchas veces aquello y estar muy acostumbrado a hacerlo y tenerlo muy sabido, crecido por el calor del día  y la cercana hora del reposo, afinaba su vara de avellano sobre el lomo de algún animal rezagado.

La tarde acumulaba todo el calor del día sofocante en la hora en que el sol completaba tres cuartas partes, y media hora más, aproximadamente, del arco que recorre entre su salida y su ocaso. Entre las suaves elevaciones del terreno, salpicadas de vez en cuando por la sombra de algún arbusto, descansaban las caballerías de los labriegos que, afanosamente, intentaban sacar algún provecho de aquellos eriales.

A esa misma hora de la tarde, Eme abrió los tableros sujetos con bisagras a los goznes del marco de la ventana del comedor para refrescarlo un poco, y observó que la sombra proyectada por cada árbol, era mayor en longitud a la vertical del mismo. Aunque ella no poseía grandes conocimientos en la materia, calculó que Febo estaba a unos cuarenta y cinco grados de su ocaso, y considerando la fecha y la latitud, llegó a la conclusión de que eran cerca de las ocho de la tarde. La nubecilla de polvo que arrastraba el ganado se elevó mansamente mientras Eme, apoyada en el alféizar, se dejó llevar viendo como se alejaba.

Poco después, dos mulos que tiraban de un carro cargado de frutos de la vid, se acercaron a la puerta por la que se accedía al local donde se estrujaba la uva, situado en la planta baja de su misma vivienda, almacén y tienda de vinos. Del carro se apearon dos mozos arrieros que venían encargados de pisarla.  Hicieron recular a las bestias hasta la boca del lagar donde iban a celebrar la fiesta, luego, basculando el carro por delante de las caballerías, lo manipularon hábilmente hasta vaciar su contenido en la cuba vacía.

Al percibir el ruido, Hache, que tenía a su cargo el establecimiento en representación del dueño, salió del despacho donde se había refugiado del calor por unas horas y acudió a donde estaban los arrieros, que en aquél momento ya habían terminado de vaciar la carga y comenzado a pisar, descalzos, el negro fruto de la vid.

Demandó, interrogó e hizo preguntas a uno de ellos para que dijera y respondiera sobre el negocio, a saber: cuantas unidades métricas aproximadamente similares a la masa de mil centímetros cúbicos de agua, a la temperatura de su máxima densidad -cuatro grados centígrados-, habían recogido esta vez. A lo que el mozo, que parecía el más avispado para desentrañar aquel jeroglífico, contestó que en la balanza bien habrían dispuesto unas trescientas unidades.

Hache bajó a la pieza subterránea, entre los cimientos del edificio en penumbra, con una lamparilla manual de aceite en forma de taza cubierta que tenía en su borde superior por un lado la piquera y por el otro el asa, para asegurarse de que el zumo exprimido de la uva antes de fermentar y hacerse vino, fuera cayendo adecuadamente en una vasija grande de barro cocido, mucho más ancha por el centro que por el fondo y por la boca.

Estaba fresco el lugar, la impresión aromática del dulce mosto perfumaba la densa mezcla gaseosa  del espacio, ascendía por la escalera y, anegando los ángulos que se forman en el encuentro de las paredes, aumentaba su proporción concentrándose sobre el antiguo, pero aseado, mostrador de madera que utilizaban para servir a los clientes, y en cuatro taburetes cuyos asientos, hechos de hojas secas de una especie de planta acuática que crece en lugares pantanosos,  invitaban, cual dulce canto de sirena, al que atraído por la sed y la frescura del lugar, atravesaba el umbral silencioso y oscuro de la bodega.

Mientras esto acontecía, la claridad que hay desde que el sol se pone hasta que es de noche, iba haciendo volver a su lugar de origen a los jornaleros, que oscilando al movimiento regular y cómodo de sus cabalgaduras -cruce entre garañón y yegua en su mayoría- daban por concluida la jornada. Demorábanse, reduciendo la marcha y considerando algunos, al llegar a la altura de la bodega, seducidos por la agradable emanación que salía a su encuentro, la conveniencia de hacer un alto en el camino.

Junto a la puerta, recia y engoznada por gruesas bisagras de hierro a la jamba, había dispuestas en el muro unas argollas metálicas donde los jornaleros sujetaban con ligaduras a los cuadrúpedos cuyos hocicos sumergían, resoplando con vehemente anhelo, en el cuerpo formado por la combinación del líquido inodoro e insípido -un poco verdoso por el reflejo del terciopelo que cubría el fondo y las paredes del pequeño abrevadero- mientras aguardaban mansamente el regreso de los que tenían dominio sobre ellos.

En la interior bodega, tres criaturas dotadas de razón y sexo masculino, superficie de rostro oscuro, agrietado, tirando a negro, encallecidas las partes del cuerpo unidas al antebrazo desde la muñeca  hasta la punta de los dedos, afligidos por la dura y ominosa empresa cotidiana, descansaban las partes exteriores de sus antebrazos sobre el mostrador, participando mutuamente de una vasija de barro cocido, de cuello estrecho y llena de vino, que  Eme, de tanto en tanto, rellenaba mientras repasaba con un paño los vasos vacíos que examinaba al trasluz como buscando algún defecto. Acabada la cristalería, volvía hacia los vidrios incoloros que cerraban el hueco hecho en la pared a modo de alacena tras el mostrador, en cuyos estantes se custodiaban los licores y las botellas de vino.

Los tres proferían palabras para darse a entender con menor elevación de voz de lo habitual, con silencio y reserva, reclinada la parte superior del cuerpo sobre los antebrazos, observando las acciones con prevención hostil, atemorizados de que alguien pudiera hacerse cargo de aquello de lo que hablaban.

Eme, con suma discreción, podía seguir -mientras se recreaba en la limpieza persiguiendo el resplandor de los vasos- la conversación de los tres hombres, pero hacía como que no daba integridad a lo dicho y apartaba la mirada para no ser descubierta.

La conversación se movía circularmente alrededor de que en el pueblo los que habían servido o profesaron la milicia en el bando nacional, habían dado la orden de sacar andando –por distraerse– a todos los partidarios del gobierno representativo que aún pudieran imaginar, considerar o descubrir, que la facultad y autorización para ejercer legítimamente la administración del estado, residía en el pueblo. Manifestaron con palabras el pensamiento de que casa por casa, vivienda por vivienda, iban a hacer inventario y escrutinio de sus habitantes. Una completa desinfección que además prometía remuneración en servicio, trabajo, premio y distinción para aquéllos que revelaran de buen grado a la autoridad militar la identidad de los autores o dieran noticia del paradero de los vecinos simpatizantes o adeptos a la causa popular para que fuesen castigados, así como de aquéllos otros cuyo comportamiento moral no hubiese estado a la elevación requerida por la calidad del instante presente.

Esta totalidad de algo en que no se consideraban los detalles del procedimiento judicial o administrativo, daba pábulo a la recíproca desconfianza. La imaginación de un delito moral por conjeturas fundadas en apariencias de verdad, era la ocasión para algunos de liquidar el saldo desfavorable, los números rojos del resentimiento o las viejas rencillas vecinales no resueltas. Algún paisano ya había excitado la imitación de los demás dando ejemplo del cuidado, diligencia y esmero con que iba a poner en práctica su sabiduría en el cumplimiento del deber.

De los tres, el que menos parecía haber bebido, a juzgar por su aspecto, cubierta la cabeza  con una gorra circular sin parte delantera para guardar la vista, porción saliente de la cara –entre la frente y la boca–  poco prominente y como aplastada, con filamentos cilíndricos delgados, que crecían entre los orificios imperceptibles de la cara por debajo de la boca hasta la punta de la barbilla y los carrillos, de una serie de siete días naturales consecutivos sin raer con navaja o maquinilla, profirió sonidos articulados para expresar la imagen o representación que del boticario –persona innominada, sin duda o recelo del conocimiento interior del bien que debemos hacer y del mal que debemos evitar, a quien había que tener por objeto de temor debido a su relación familiar con el jefe militar de la provincia– había quedado en su alma.

Los tres fijaban sus retinas mutuamente en la reflexión común de algo que no querían expresar formalmente, sino que suponían o inferían. Ni uno solo de ellos tenía un protector que por oficio cuidara de sus derechos e intereses. Los tres habían tenido parte ocasional en alguna reunión de la Asociación de Trabajadores del Campo para la defensa de intereses económicos comunes, pero no se habían distinguido más que en  procurar ganarse diariamente el pan, ocupándose y poniendo gran cuidado y atención en el pedazo de terreno baldío que la “reforma agraria” les había señalado tras confiscar una de las muchas fincas improductivas de un rico hacendado a quien nadie recordaba haber visto jamás por el pueblo.

A esto, de lo que se toma o se comprende entera y cabalmente, asistía Eme desde el otro costado del mostrador con desaliñada solicitud, tratando de pasar desapercibida entre las tres cabezas un poco vencidas por el vino.

Dos horas más tarde, cuando ya faltaba el agente lumínico haciendo invisible lo que nos rodea, los tres hombres finiquitaron el líquido ingerido, se despidieron con alguna expresión de cortesía y subieron a las cabalgaduras que impacientes por la lentitud y tardanza de sus amos, ramoneaban las hojas de las ramas cercanas aguardando a que llegase la hora de la escasa ración de tallos de gramínea, por lo común huecos, secos y nudosos.

Los mozos que estrujaban las uvas ya habían marchado hacía un buen rato, y la bodega quedó sola, tristemente iluminada desde fuera con un globo amarillo de cristal incandescente.

A lo lejos se alzaba confusamente el campanario de Dorra por encima de las casas, débilmente alumbradas por un farol colgado del cuerpo voladizo que remataba la arquitectura de la torre.

Reinaba un silencio que excluía toda relación. La noche comenzaba a desvanecer la elevada temperatura de la masa de aire que rodea la esfera terrestre. El astro más cercano delineaba en la oscura bóveda el fin del cuarto menguante, apareciendo falazmente en su superficie iluminada pequeños círculos y cráteres que fuera, e independientemente de la conciencia que los capta pasivamente, llegan a medir hasta doscientos treinta kilómetros de la línea recta que los divide y pasa por el centro del círculo que los forma, terminando por ambos extremos de su circunferencia.

Para abreviar: Eme acabó de quitar del suelo con la escoba el polvo y de limpiar los restos que había en el mostrador, luego aseguró con cerradura el armazón de madera que engoznado en el quicio impedía la entrada y salida del local. Asiendo un utensilio para alumbrar, formado por dos recipientes de metal superpuestos, cada uno con su pico; puesto el aceite y la torcida en el superior, extinguió la araña del techo y ascendió los escalones. En la porción horizontal en que terminaba el primer tramo, a través del ventanuco de vidrio opaco que cubría la parte superior de la puerta que daba acceso a una pequeña oficina, percibió el haz de una lamparilla y junto a ella el contorno, inclinado sobre la mesa, de Hache. Subió al segundo piso donde tenían la vivienda y empujó la puerta, que hinchada por el calor cedió con pesar y arrepentimiento, accediendo a una sala espaciosa y amplia que era la pieza principal donde hacían la vida familiar y donde sus tres pequeños pasaban la mayor parte del día.

En el punto en que todas las diagonales que pasan por él quedan divididas en dos partes iguales, había un tablero redondo sostenido por un pie rectangular donde su hija, la pequeña Ele, ponía  mucho esmero en desplegar un mantel de hule y diligencia en la ejecución de los detalles, colocando al lado opuesto a aquél en que sentía latir su corazón, el paño que en la mesa sirve para aseo y limpieza de cada comensal; el instrumento que se compone de una palita cóncava y un mango, que sirve para llevar a la boca las cosas líquidas, blandas o menudas; la herramienta formada por una hoja de hierro acerado y de un solo corte, con mango de metal. A la zurda, el utensilio consistente en un astil con cuatro púas iguales que sirve para clavarlo en los manjares sólidos y llevarlos a la boca; dejando un espacio libre en el centro para la vasija chata y redonda, con su parte más deprimida en el centro, donde servir las viandas y comer en ella.

En un aposento contiguo jugaban los otros dos hermanos: Jota, subido a un reluciente caballo de cartón, daba golpes con una varita al cuadrúpedo que no parecía inmutarse ni hacerse eco de los palos, mientras Ese tiraba de la cuerda que, a modo de rienda, colgaba del cuello del animal paralítico desplazándole sobre las cuatro ruedas en que acababan sus extremidades. Los dos arreaban a la bestia de mala manera incitándola en tono amenazador para aumentar su velocidad, cosa que no conseguían a pesar de los esfuerzos del animal. Ambos parecían muy enfrascados y preocupados imaginando el principio de una aventura que nunca acabaría.

Entretanto, Eme dejó el candil sobre la mesa, dio unas cuantas instrucciones a Ele sobre el modo de situar los vasos y se dirigió a la cocina unida al comedor por una puerta en arco de medio punto roto. En un ventanuco lateral, abierto en el muro, estaba la despensa. Sacó de ella un enorme pan cocido al horno de una bolsa de tela que colgaba de un clavo, y rebanó de una cuchillada una crujiente tajada a cuyo familiar olor acudieron los dos pequeños que habían ya olvidado por completo el objeto de su aventura ecuestre. Atizó el más leve y activo de los cuatro elementos que en la constitución del mundo distinguían muchos filósofos antiguos y que latía en el corazón hirviente de la cocina económica; puso agua a calentar en una olla y luego troceó unos cuantos tubérculos redondeados, carnosos y feculentos, pardos por fuera y amarillos por dentro. En otro recipiente de barro volcó un poco de aceite de la alcuza, peló unos dientes de ajo y cortó dos cebollas que añadió cuando el aceite estuvo bien caliente.

Por su parte, en la oficina, sentado en la mesa del escritorio, como cada noche, Hache anotaba regularmente a mano las cuentas en un libro de tapas negras en cuyo lomo se leía únicamente en grandes letras de imprenta: “Libro de Caja. Año de 1939”. Contó el dinero que había entrado aquél día y lo depositó en una pequeña caja fuerte que había empotrada en la pared. Luego guardó la llave dentro de un cajón del escritorio que a su vez cerró con otra llave que sacó del bolsillo interior de su chaleco. Cogió un papel en blanco y lo enrolló en el rodillo de la máquina de escribir:

“Estimado Señor: como cada mes, le envío un balance detallado de las operaciones, cobros y pagos, realizados en su nombre y delegación por este su seguro servidor y administrador. Como verá seguimos sufriendo las carencias de esta larga crisis cuyo final parecía inminente; si bien la vendimia, que acaba de comenzar esta semana, augura una de las mejores cosechas de los últimos años. Adjunto a la presente le remito una relación con las previsiones para la presente campaña. He de comunicarle que este año, como ya le anticipé, el precio de la uva se ha visto encarecido considerablemente debido a las cargas que el nuevo gobierno ha impuesto para sufragar los gastos militares, lo que repercutirá en el precio final del vino. No obstante quisiera transmitirle mi optimismo en que el fin de la contienda conllevará una mayor estabilidad que garantice el futuro del negocio.

Suyo afectísimo:  Hache.

La oficina seguía iluminada por la luz delicada y leve de una lámpara que había sobre la mesa del escritorio proyectando su sombra sobre los vidrios de la ventana. Desenrolló el papel de la máquina, lo firmó y lo dobló después introduciéndolo con otros documentos en un sobre en que escribió una dirección y lo puso en un extremo de la mesa. En el otro extremo, amontonadas, yacían algunas facturas pendientes de anotar. Echó mano con desgana a la primera de ellas, verificó el contenido comprobándolo con el albarán que sacó de un archivo en forma de acordeón y anotó su importe en un libro en cuya tapa, grabada en gruesas letras doradas, figuraba la inscripción: Registro.

Recordó que después se levantó para colocarla en la carpeta del archivo, y que al acercarse a la ventana creyó oír el ronquido lejano y seco de un motor. Se asomó a la ventana y divisó a lo lejos, temblando entre los árboles, los faros de un vehículo que venía del poblado aproximándose en aquella dirección. Pensó que no era hora de transporte o de visita alguna aquella noche. Apagó la luz y aguardó, con perceptible temor, a que el vehículo pasara bajo la ventana. Verificó la conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente: se trataba de un camión militar. En la parte trasera iban varias figuras agachadas, otras más de pie bamboleándose y manteniendo el equilibrio sin dejar caer lo que, a juzgar por los destellos luminosos que emitían, parecían puntiagudas bayonetas. No pudo, sin embargo, reconocer a nadie; el camión pasó de largo levantando una nube de polvo y se adentró en la noche. Hache quedó siguiendo la estela con la mirada puesta en la matrícula del vehículo, hasta que los pilotos rojos se perdieron en la oscuridad.

De este modo estaba, cuando su hija le sorprendió encendiendo la luz para anunciar la hora de la cena. Dio a entender que enseguida acudiría y que sería cuestión de poco tiempo rematar la faena. Anotó un par de facturas más, y vencido al fin por el día y el cansancio, apagó la lámpara, echó la llave al despacho y la guardó bajo la tapa hueca de su reloj de bolsillo. Después subió las escaleras en penumbra, con cierta gana de tomar bocado y rematar el caluroso día.

A la que entró en el comedor, vio puesta ya  la mesa y colocados los platos. Comprobó que su mujer se hacía cargo de sacar de la cocina una gran fuente de hortalizas mezcladas, cortadas en trozos y aderezadas con sal, aceite, vinagre, etcétera. Del otro lado de la mesa, observó a sus dos retoños disputando por un trozo de pan bañado en aceite, mientras su hija tratando de aliviar la espera untaba de manteca una crujiente rebanada.

Hache se puso a la mesa y tras un breve agradecimiento a aquél que eleva de forma sobrenatural a la criatura racional haciéndola hija suya, y participándola de su gracia, aunque no de su condición, comenzaron la cena acompañados por el repique de las cucharas en los platos de sopa.

Concentrados en ello andaban cuando de pronto reconocieron el movimiento vibratorio y hueco de lo que parecían unos disparos, cuyo eco, amortiguado por la distancia, entrecortó el silencio de la noche. Hache y su mujer se miraron un instante. Poco a poco la abstención de hablar fue tomando cuerpo como un arco sometido a la acción de la fuerza que lo estira, hasta que, por fin Eme arrancó con cierto estado anímico de excitación e impaciencia producido por una circunstancia que Hache no era capaz de capturar.

Una leve ráfaga de la mezcla gaseosa compuesta -una vez descontado el vapor de agua que contiene en muy varias proporciones- de aproximadamente veintiuna partes del elemento más difundido en la naturaleza, peso atómico dieciséis; número atómico ocho; símbolo O, más setenta y ocho partes de un metaloide gaseoso, incoloro y transparente que no sirve para la respiración ni la combustión por sí solo, si no aparece combinado con O. pero que también se encuentra en el amoniaco y la urea, o formando parte de proteínas vegetales y animales innúmero, y que atiende al nombre de ázoe, más una parte de un elemento químico, noble, raro, descubierto dos años antes del nacimiento de Hache y que poco después comenzó a emplearse, una vez destilado del aire líquido, en el interior de ciertos globos de cristal en los que hecho el vacío, y colocado con destreza un hilo de platino, carbón, tungsteno, etcétera, al movimiento de una partícula elemental estable, del grupo de los leptones, que posee la mínima carga negativa detectada, junto con otra partícula de carga igual a la anterior pero de signo contrario que interviene en la constitución de todos los núcleos atómicos, neutralizándose, se pone incandescente, el hilo. Podría, quien relató la escena, aún seguir dibujando el mapa de otros gases semejantes a éste, incluso demostrar que ésta terapia de transformar los núcleos atómicos ligeros (cómo el del ázoe) en otros más pesados, o viceversa: de cómo la fisión de un núcleo pesado en núcleos más ligeros, produciría una reacción nuclear en cadena que en materiales tales como el uranio-235 y el plutonio-239, convertiría, pocos años más tarde, en irracionales a ciertos reconocidos físicos y laboratorios, entre ellos los reputados Curie.

Una leve ráfaga de ésta masa gaseosa, como decía, entró apacible por el balcón abierto inundando el salón de una suave brisa nocturna, aunque taladrada de grillos.

Eme, a continuación, relató lo que había oído a los tres vecinos aquella misma tarde mientras les servía en la bodega. Sus temores a ser reconocidos y cómo parecían haberse tornado los acontecimientos con el final de la contienda.

Hache, acabada la cena, se levantó despacio de la mesa mientras Ele recogía los platos sucios y Eme acompañaba a los pequeños casi vencidos al dormitorio; se dirigió a la ventana para respirar un poco más de aire, miró al cielo estrellado y limpio, giró la vista a la izquierda en dirección al pequeño pueblo deteniéndose un instante en la alta torre del campanario, que apenas iluminada, emergía como un buque en la oscuridad.

De manera improvisada, un escalofrío le recorrió la columna vertebral hasta el cerebro haciéndole volver la vista hacia el otro lado del camino por donde de lejos venían abriendo la espesura nocturna los faros de un vehículo. Con una reacción instintiva apagó la lámpara del comedor y con un rápido gesto de director de orquesta silenció a toda la familia. Las luces parpadeaban con los baches desapareciendo de tanto en tanto para luego asomar, a ráfagas, entre los árboles que daban protección al camino. Era el mismo vehículo que poco antes, en el despacho, había visto pasar en dirección contraria. Con timidez acercó la cabeza al cristal y pudo comprobar de nuevo el afilado destello de las bayonetas en la punta de los fusiles, regresaban, sí, pero los cuerpos agachados que había visto poco antes en la parte trasera del remolque, ésos, habían desaparecido.

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Como cada mañana, Eme se levantó a oscuras, a tientas entreabrió los postigos de la ventana de su alcoba y recorrió, con los ojos entornados por la deslumbrante claridad, las cejas de los picos recortadas en el horizonte, luego regresando lenta la mirada hacia el muro de piedra encalado del pequeño huerto, se detuvo en los detalles: matas de papilionáceas de corola amariposada y fruto comestible en vainas aplastadas con varias semillas en forma de la glándula secretora de la orina, emparradas sobre altos rodrigones, alternaban con liliáceas de tallo hueco, hinchado hacia la base con la raíz fibrosa que nace de un bulbo esferoidal. Todas alineadas en impecable formación. En un rincón, a cubierto de la intemperie por una techumbre de lascas de color negro azulado, vio algunas gallinas acurrucadas sobre un montón de paja respondiendo con desgana a la llamada insistente y promiscua del viejo gallo, cuya cresta, ya en franca decadencia, colgaba como una barretina sobre su ojo izquierdo, mientras alzando el cuello un tanto desplumado, afinaba su ronca garganta.

Como cada mañana, Eme detuvo la mirada un momento en la puerta de madera a media altura que daba acceso a la cuadra donde se desperezaba una vieja pareja de mulas. Oteó el cobertizo levantado sobre dos vigas de madera que servía de protección a los aperos de labranza que colgados y ordenados en la pared parecían dispuestos para una exposición. Una vieja tartana, cubierta con una capota de lona blanca, era el final del trayecto.

Como cada mañana, un ritual necesario, Eme vertió el aguamanil en la palangana, se enjuagó la cara, la secó, peinó con suavidad sus cabellos, se enfundó el vestido negro de una pieza y salió de puntillas para no despertar a los niños.

Como cada mañana, la bodega amaneció a oscuras, atravesada por un tibio haz del sol que entraba por el pequeño tragaluz redondo que había encima de la puerta, iluminando como un foco los vasos de la vitrina que colgaba tras el mostrador.

Como cada mañana, Eme bajó las escaleras, abrió la pesada hoja de madera de la entrada y se asomó al camino. Los primeros jornaleros aparecían en el horizonte, pequeños y lejanos, como hormigas saliendo del agujero en busca del sustento. Eme volvió a la tienda y vio la trampilla que comunicaba con el sótano abierta. El suave perfume del mosto subía por los escalones de madera abrazándolo todo. Al fondo, a la luz de un candil, Hache inclinado sobre la boca de una tinaja vacía limpiaba el fondo preparándola para la tarde.

* * *

Al cabo de media hora, comenzaron a llegar los primeros braceros dispuestos a rellenar sus cántaros con el líquido necesario para aguantar el día de fuego y la dura labor que aún tenían por delante. Saludaron dando los buenos días con lastimado acento. Eme siempre les servía de una vieja barrica un vino espeso y negro mientras calentaban el cuerpo apurando demoradamente unas copas de anís. No parecían tener prisa por reanudar la marcha. Algunos alargaban el ineludible momento de la partida liando un poco de picadura. El aroma del tabaco rancio, mezclado con la suavidad del vino y la seca dulzura del anís, en verdad creaban un ambiente acogedor y propicio para darse a la pereza y relajación de ánimo. Luego, poco a poco, ordeñados los cigarros, apuradas las copas y repletos los cántaros, partieron con renovados bríos, galleando entre bromas y reniegos, rumbo a los cortijos a desplumar las cepas.

Ya entraba de pleno el sol, dorando las paredes y ofreciendo en la pantalla del techo los caprichosos reflejos de las botellas ordenadas sobre la estantería, cuando Hache subiendo al lagar donde habrían de pisar la uva aquélla tarde, escuchó unas voces parecidas a la onomatopeya guau seguidas de un coro de balidos provenientes de un grupo de mamíferos patihendidos, sin incisivos en la mandíbula superior y con el estómago compuesto de cuatro cavidades que devuelven a la boca para ser masticadas, por segunda vez, las sustancias que les sirven de sustento, ya alojadas previamente en aquel hueco. Anunciaban que Efe, cliente habitual, amigo y buen conocedor del vino de la casa, llegaba a su destino. Eme le vio entrar y acudió a su encuentro dispuesta a servirle su diaria ración de caldo.

Aquélla mañana, sin embargo, el rostro del cabrero huía de su habitual y despreocupado aspecto. Entendiendo que alguna causa debía ocultarse tras aquélla expresión, fue a servirle una copa de aguardiente para purificar su ánimo y ganar su confianza, pues sabía que su órgano muscular situado en la cavidad por donde se recepciona el alimento y que sirve para gustar y articular los sonidos que el aire expelido de los pulmones produce en los ligamentos capaces de adquirir más o menos tensión y de producir vibraciones al salir de la laringe, se soltaba al roce de los labios con el vidrio. Cogió Efe la copa y miró de qué modo estaba perfumada –diríase lavada en la fuente de las Horas-- masculló.

Mientras, las cabras comenzaban a buscar la sombra unas de otras custodiadas por los dos Anubis que aguardaban, como efigies en la puerta del templo, el regreso de su amo. Por fin, granado y mejorado su aspecto por efecto de la bebida, Efe habló descubriendo su cabeza de la gorra de pana sucia y sudada que ocultaba su incipiente calva: las primeras piezas habían caído aquella noche.

Eme, sobreponiéndose a un primer momento de incerteza, pudo ligar los cabos y deducir, por los detalles, que se trataba de los tres tipos a los que había estado sirviendo y escuchando la tarde anterior. Esto además coincidía con la escena del camión y con los disparos de la noche pasada. El cabrero con aspavientos aconsejó a la familia que abandonase el lugar y huyesen del pueblo con todas las cosas accesorias o necesarias lo antes posible. A lo que pudo alcanzar su corto, pero agudo entendimiento, el practicante había puesto precio a la cabeza de Hache a quien tenía por hereje y corruptor de las buenas costumbres del lugar.

Se despidió con prisas el pastor de Baco resollando en la puerta, y gritando malhumorado algo ininteligible cuya posible traducción fuera: ¡Oh putas cabras, guardaos de excitar con vuestros zangoloteos al macho cabrío para que se os suba encima!

Hache desde su puesto, aturdido como Sócrates, meditó la elocuencia y sentido de lo que acababa de oír al joven koridon, pero no dio excesiva importancia al asunto calibrando que él no había jugado siquiera un papel secundario en ninguno de los bandos. Sin embargo, aquella profecía amenazaba su integridad moral ahora situada en el punto de mira del simbólico fusil cuyo gatillo acariciaba el sacamuelas.

Por los menos sería la hora en que está el sol en el más alto punto de su elevación sobre la línea aparente que separa la esfera azul y diáfana en la cual parece que se mueven los astros, de la parte superficial del globo que habitamos, cuando oyeron acercarse ruido de cascos. Al menos dividiendo mentalmente el número de golpes de pezuña por la mitad del circulo que recorre la manecilla del mecanismo con movimiento uniforme que mostraba cada una de las partes en que se divide el uso horario y que descansando estaba sobre uno de los estantes de la pared trasera del mostrador, junto a la vitrina, Eme pudo deducir que se trataba de tres cabalgaduras.

El primero en desmontar fue el que ponía las inyecciones y practicaba las curas en Dorra. Algo tripudo y tocado con un sombrero de fieltro gris de ala ancha caído sobre el ojo derecho, entró embutido en su traje a medida tejido de fina lana gris con lazo de terciopelo negro anudado al cuello de la camisa blanca, como un relámpago. El sudor, resbalando desde su amplia frente y siguiendo la pronunciada curva de las mejillas, caía con cuentagotas sobre la solapa de su indumentaria, cosa que a veces trataba de evitar inútilmente pasándose un pañuelo empapado entre las sienes. Por si algo fallaba, el lazo de terciopelo parecía apretarle el cuello hasta casi cortarle la respiración, pero no se atrevió a descomponer su aliño por no rebajar la importancia del momento presente.

Con sorna saludó a Eme para atemorizarla. En vano había intentado franquear, en otro tiempo, la distancia que le separaba de ella y… quién sabe, quizás ahora tuviera una segunda oportunidad.

No de negocios, presintió Eme, trataría la visita a juzgar por los dos acompañantes del sacamuelas, que enfundados en los uniformes del Duque de Ahumada, descendientes directos de la Santa Hermandad, y rematadas sus ideas por sombreros de tres picos, aguardaban instrucciones sin alejarse de sus carabinas a la puerta del recinto.

Enrojecido el rostro e inyectados los ojos por un odio largo tiempo amagado, y empujado más por la cortesía de los dos acompañantes que le seguían, que por su propia audacia y valentía, exigió audiencia inmediata y detalles precisos sobre la exacta ubicación de Hache, quien a su vez, mientras Eme mentalmente adivinaba el número de invitados que se acercaban a la venta, se ausentó momentáneamente, sin haber dado señales de sus intenciones.

Eme no supo qué decir, pero Ge, que así se hacía llamar el boticario, clavó sus ojos en la puerta de la oficina cuando vio que una sombra cruzaba por detrás del cristal opaco. Como si de mejor presa se tratara, descuidó por completo el banquete que se le ofrecía por delante y enfiló las escaleras lanzándose en picado hacia la puerta previamente fijada en su retina.

De lo que allí dentro se habló, solo Hache y Ge tuvieron conocimiento. Pero Eme sospechó, por lo acalorado de la discusión que mantenían y por las conclusiones que pudo sacar entre las voces que llegaban hasta ella, amortiguadas por la distancia, que un manto negro estaba a punto de caer sobre sus vidas.

En efecto, hubo como un eclipse; el fuerte sol perdió intensidad como si algún objeto se interpusiera en su camino hacia la tierra, al menos eso creyó Eme cuando al abrirse la puerta de la oficina, Ge transfigurado el rostro, ojizaino, la atravesó con la mirada y elevando dos dedos cruzados de la garra derecha por delante de ella, le escupió: –Grandísima ramera, juro que nunca más volverás a ver ni a tu marido ni a tu hija.

Dicho esto, salió encolerizado del local y ordenando a la pareja, que aguardaba instrucciones bajo la sombra de una higuera cercana, apresar al encargado de manera inmediata, montó en su jaca negra e hincó espuelas en dirección al pueblo.

La pareja no puso objeción, antes bien al contrario, obedeciendo prontamente las órdenes recibidas, subieron hasta la oficina donde encontraron a Hache de pie, inmóvil frente a la ventana, con la mirada puesta en algún punto impreciso del horizonte en el momento en que por delante del paisaje, hacia la derecha, cruzaban tres pájaros carnívoros que en el pico tienen un diente visible en el extremo de la mandíbula superior, cuyo plumaje obscuro como el carbón, con visos pavonados, profetiza calamidades.

A punta de fusil le hicieron bajar las escaleras y sin darle tiempo siquiera a despedirse, le empujaron al camino. Uno de ellos sacó unas manillas de un metal dúctil, maleable y muy tenaz, del color centelleante de la luz solar no descompuesta aún en los colores del espectro, que llevaba colgadas del cinto emparejadas a la altura de la bragueta, y mientras el otro le sujetaba los antebrazos por detrás, con un movimiento brusco, las apretó sobre las muñecas de Hache.

Eme corrió afligida entre convulsiones: varias inspiraciones bruscas, entrecortadas, seguidas de una espiración (fenómeno nervioso que suele acompañar a las lágrimas), intentando que no se lo llevaran. Reclamó su inocencia y la media orfandad en que dejaban a sus tres hijos. Inútil. Los guardias, blindando sus oídos, montaron en las bestias y empujaron a Hache obligándole a caminar por delante de ellos en dirección al pueblo mientras le escoltaban uno a cada lado del camino.

Sus miradas acuosas se encontraron durante unos segundos, suficientes para comprender que sus vidas se quebraban. Eme quedó siguiéndoles con la mirada nublada y hundida en la nube de polvo denso y amarillo que levantaban las cabalgaduras, hasta que las figuras se borraron de sus ojos.

La bodega quedó envuelta en el sopor. Cuando Eme volvió a su interior, las partículas menudas de la tierra muy seca que flotan en el aire y que son atraídas por los objetos posándose sobre ellos, lo habían cubierto todo de una fina opacidad: vasos, espejos, botellas, mesas… ahora tenían un aspecto sombrío, que ella percibió como de lugar vacío y abandonado, como si de golpe todo hubiera envejecido. Subió como pudo a su habitación y abrazó a sus tres hijos, que ajenos a lo ocurrido gateaban a trompicones tras una pelota de trapo.

© RAFAEL CRUZ

  1. Gracias por sus amables palabras; nos sentimos animados por ellas. Un abrazo, M. Hostalet

  2. Ya se sabe, en verano –me refiero al mío, al austral– todo se relaja; con este calor no hay quien escriba ni lea, las elevadas temperaturas perturban el funcionamiento del computador y las neuronas. De modo que con cierta desgana entré a este blog para echarle un simple vistazo… Y bueno, ese vistazo se convirtió en un grato momento de fascinante lectura. No me dio tiempo a digerirlo todo, pero varios de los textos que leí son excelentes, incluyendo éste.

    Puedo asegurarle –y me considero un buen lector– que su prosa (muy impregnada de poesía) es magnífica. Les doy las gracias por haberme brindado la oportunidad de leer algo interesante en esta saturada y en su mayor parte mediocre y tediosa blogosfera.

    Un saludo cordial desde Montevideo.

    E. Valdés

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